El vestido de boda

  EL VESTIDO DE BODA

Things New and Old – Things New and Old: Volume 21

Mateo 22:1-14

“Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo:

22:2 El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo;

22:3 y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; más éstos no quisieron venir.

22:4 Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas.

22:5 Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios;

22:6 y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron.

22:7 Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad.

22:8 Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; más los que fueron convidados no eran dignos.

22:9 Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis.

22:10 Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados.

22:11 Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda.

22:12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció.

22:13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

22:14 Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.»

Será necesario para el lector, en vista a comprender el significado y fuerza de esta muy solemne parábola, considerarla en directa conexión con las dos que la preceden. En las tres tenemos vivida y forzosamente ante nosotros, primero, el incorregible mal del hombre; y segundo, el esmerado amor y gracia de Dios. Toda escritura, muy ciertamente, ilustra estas cosas; pero estas son presentadas con peculiar poder en este notable grupo de parábolas.

Volvámonos por unos momentos a Mt.21. “Y cuando hubo entrado en el templo” _ el lugar que había sido edificado para Su adoración, y donde Él ciertamente debiese haber sido honrado_ “los principales sacerdotes y ancianos del pueblo” _ los mismos hombres que debiesen haber sido los principales en guiar al pueblo a Sus pies, en adoración_ “mientras Él estaba enseñando, le dijeron ¿con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad?”

Lector, medite esto, le rogamos. Sólo piense en el hecho aquí presentado. Dios vino a este mundo nuestro, en perfecta gracia y bondad_ vino en amor, para buscar y salvar lo que se  había perdido_ vino a satisfacer las necesidades del hombre_ vino a predicar el evangelio a los pobres, y sanar a los quebrantados de  corazón, a predicar libertad a los  cautivos, y dar vista a los ciegos, a levantar al pecador de la profundidad de su ruina y miseria, e introducirlo en eterna bendición y gloria_ vino a hacer todo esto; y aun así el hombre ha tenido la audacia de ¡preguntarle por Su autoridad para hacer esto! ¡Solo imagine_ a un miserable gusano de la tierra desafiando a Dios y preguntándole por Su autoridad para venir a este mundo que Sus propias manos han hecho, en vista a que Él pudiese remediar la ruina del hombre!  ¡Dios, en verdad, debe decir al hombre de donde Él derivaba Su autoridad para venir a Su propio mundo!

Sin duda, que en respuesta se dirá, que estos ancianos y principales sacerdotes no sabían que Jesús de Nazaret era el Dios de Israel. ¿Pero cómo esto mejorará su caso? Es penosamente evidente que ellos no lo conocían; ¿pero por qué no? Las mismas escrituras que eran leídas en sus sinagogas cada sábado mostraban la verdad de que Jesús era el Hijo de Dios, si, Dios, sobre todo, bendito para siempre. ¿Por qué ellos no sabían esto? ¿Por qué ignoraban tan grandemente la verdad que brilla, con lustre celestial, desde comienzo a fin en estos oráculos vivientes en que ellos se jactaban, y de los cuales debiesen haber sido los fieles expositores al pueblo?  La verdad de la deidad de Jesús es la clave al glorioso arco de la revelación divina. Si usted quita eso, si lo niega, si ignora eso, no le queda absolutamente nada digno de tener. No ver la Deidad de Jesús, es no ver el sol en el sistema solar. ¿Y cómo podría usted tener un sistema solar sin el sol?

Pero estos ancianos y principales sacerdotes estaban ciegos_ mental, moral, y espiritualmente ciegos. Justo así; ¿cómo entonces, podían ellos enseñar al pueblo? ¿Y no hay algo peculiarmente terrible al pensar en hombres estableciéndose a sí mismos o siendo establecidos por sus compañeros, como guías religiosos y maestros del profesante pueblo de Dios, y todo el tiempo, siendo ignorantes de la gran verdad fundamental de que Jesús de Nazaret es Dios y Hombre? ¡Qué terrible la condición de tales hombres! ¡Cuán terrible su fin! ¡Qué terrible su destino eterno! Ellos podían ser muy astutos, muy amables muy morales, benevolentes, altamente cultos, y refinados; ¿pero que es todo eso sin Cristo? Además, ¿qué es todo esto cuando es conectado con la negación de Su deidad esencial?

No es de ningún valor hablar de Cristo como siendo un buen hombre, un ejemplo de elevada virtud, el más hermoso ejemplo de humanidad jamás exhibido en este mundo, como uno que ha vivido irreprensiblemente, una vida benevolente, y que murió en defensa de Sus principios. Todo esto no es sino arrojar polvo en nuestros ojos; es engañarnos con vanas palabras; es la más grande farsa que pudiese ser impuesta sobre nosotros. Y en cuanto a nuestro adorable Señor, es añadir insulto a la injuria_ es traicionarlo con besos_ burlarse de Él con lisonjas, mientras se le priva de Sus derechos divinos, y blasfemar de Su sagrada Persona.

Si Jesús no es Dios, ¿qué es Él? Escuche estas palabras, “porque como el Padre levanta a los muertos y los vivifica; también el Hijo vivifica a quien quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha encomendado todo juicio al Hijo; para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo ha enviado.” (Jn.5:21-23)

Si el hombre que expresó estas palabras no fuese Dios_ ni igual con el Padre_ ¿qué era Él? Note lo que Él dice. “Para que todos honren al Hijo, como honran al Padre.”  Nada menos de esto lo hará.  Nada menos que homenaje divino. No lo hará poner al Hijo al nivel de Moisés y Elías. Cuando Pedro en absoluta ignorancia de lo que estaba diciendo, y en la confusión del momento, sugirió tal cosa, una voz de la excelente majestad al instante lo corrigió, “este es Mi Hijo amado, en quien tengo Mi complacencia; a Él oíd.” Moisés y Elías desaparecieron, y sólo Jesús fue dejado.

Nuevamente, Él dice, “Yo y mi Padre somos uno.”  Si Aquel que expresó estas palabras no era Dios, igual al Padre, ¿quién era Él? ¿Podía posiblemente Él ser denominado un buen hombre? ¿Podría un mero pretendido a la Deidad ser estimado un buen hombre? ¿Podría Él ser visto como un ejemplo de elevada virtud? Imposible.  No podemos imaginar una cosa más grosera o impíamente absurda que hablar de Jesús como un buen hombre y todavía negar Su absoluta Deidad, Su esencial Deidad. El hecho es claro como la luz del sol; si Jesús de Nazaret no es Dios, sobre todo, bendito para siempre, Él solamente podría ser visto como_ no me atrevo a escribir la palabra.

¿Se nos dirá que, contender por la verdad de la Deidad de nuestro Señor Jesucristo, es un mero dogma, y que el tiempo para insistir sobre dogmas ha pasado? ¿Puede esto ser así? No, lector, no es así.  Los hombres pueden hablar de esta manera; ellos pueden hablar de este modo acerca de los dogmas, como de meras opiniones, credos sectarios, o estrechez de mente. Ellos pueden hablar extensamente acerca de ser liberales, de amplia mente, de catolicidad de espíritu, y cosas semejantes.

Pero todo es vano. Si un hombre no adora a Jesús de Nazaret como el Dios vivo y verdadero, ¿qué valor tiene toda su catolicidad de espíritu, su amplitud de mente y de corazón? ¿Puedo yo sentarme a la misma mesa, o estar en la misma plataforma, o enlazarme en la misma obra_ cual pueda ser esa obra_ con uno que niega la Deidad de mi bendito Señor y Salvador Jesucristo? ¡No lo quiera Dios! ¿Puedo reconocer a un hombre como cristiano que blasfema al Hijo de Dios, y lo priva de Sus derechos divinos? ¿Debo saludar a un hombre a expensas de Aquel que ha puesto Su preciosa vida para libertar mi culpable alma de las llamas del infierno eterno?

No estamos hablando de ignorancia. Líderes, maestros, y guías religiosos no deben ser tratados sobre tal fundamento. Los principales sacerdotes, ancianos y escribas no eran hombres ignorantes.  Ellos se jactaban de su conocimiento; ellos eran los profesados depositarios de todo el saber religioso del día. Y aun así ellos negaban la Deidad de Jesús, y como hemos dicho, tenían la audacia terrible de desafiarlo en cuanto a Su autoridad para venir a Su propio mundo para hacer bien. “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad?

¡Qué terrible ceguedad y dureza de corazón! ¡Qué insensibilidad moral! ¡Qué total incapacidad para pesar la evidencia o juzgar con justo juicio! ¿Sus obras no llevaban sus propias credenciales? ¿Su maravilloso ministerio no probaba su origen divino? ¿Toda Su vida no presentaba suficiente y poderosa evidencia para llevar convicción a cualquier mente no cegada y pervertida por el dios de este mundo? Como Él dijo, en otra ocasión, “Las obras que el Padre me ha dado a hacer las mismas obras que Yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado.”

Pero estos líderes religiosos eran completamente incapaces de juzgar. La autoridad humana ellos la podían comprender y apreciar, porque era en virtud de ella que ellos tenían su lugar_ a eso ellos debían su influencia y reputación. De esta manera es siempre. El hombre no permitirá que aun Dios mismo actuase sin autoridad humana. El poder divino sin autoridad humana, no bastará. La autoridad humana, sin el poder divino, sin don, ni gracia, es completamente suficiente. Así fue en Jerusalén, en los días de nuestro Señor; es así en la Cristiandad, en los días del Espíritu Santo.  Si un hombre posee todos los dones, gracias, y poderes que el Espíritu Santo puede otorgar, todavía, excepto tenga autoridad humana_ si no ha sido ordenado, licenciado, o designado por los hombres_ él no puede ser un ministro. Pero, si él posee autoridad humana, aunque esté completamente destituido de dones o gracia_ si, aunque sea inconverso_ él puede ministrar. ¡Qué terrible pensamiento! ¡Cuán terrible la condición de cosas! ¡Qué terrible el juicio que cuelga sobre la iglesia profesante! Ciertamente el pueblo del Señor debe levantarse para considerar esta solemne materia.  Estamos llenos con horror_ y justamente así_ ante el pensamiento de que los principales sacerdotes y ancianos hayan desafiado a nuestro adorable Señor y Salvador acerca de Su autoridad al cumplir Su santa misión.

¿Pero no es esto tan malo como rechazar el ministerio del Espíritu Santo, excepto este venga a nosotros con el sello y aprobación de la autoridad humana? Si se complace en levantar un hombre en medio nuestro, dotarlo con un don espiritual, llenarlo con poder del Espíritu Santo, y adecuarlo como evangelista, pastor o maestro, usarlo ampliamente para bendecir las almas ya sea para sacarlas del mundo, o edificarlas en la santísima fe_ ¿el tal será recibido o reconocido en la cristiandad, si viene con un certificado firmado por una mano humana?

Dejamos al lector cristiano considerar esta cuestión, calmada y honestamente, en presencia de Dios, mientras retornamos a nuestro tema, y contemplamos la maravillosa respuesta dada por nuestro Señor a los hombres que presumían desafiarlo en cuanto a Su autoridad.

“Y Jesús les respondió y les dijo, Yo también les preguntaré una cosa, que, si me la decís, Yo de igual manera os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo o de los hombres? Y ellos razonaban dentro de sí mismos, diciendo, si decimos, del cielo; él nos dirá, ¿por qué no le creísteis entonces? Pero si le decimos, de los hombres, tememos al pueblo; porque todos consideran a Juan un profeta. Y ellos respondieron a Jesús, y dijeron. No sabemos. Y Él les dijo, tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas.”

¡Qué sabiduría tenemos aquí! ¡Qué poder! ¡Qué mano maestra tratando con el material moral ante él! ¿No debían estos líderes y maestros religiosos del pueblo haber sido capaces de decidir sobre una cuestión como la misión de Juan el Bautista? ¿Eran ellos competentes para enseñar a otros, si ellos no podían responder a una cuestión tan simple como esa? Y si ellos no podían decidir en cuanto a la autoridad de Juan, ¿qué razón tenían ellos para desafiar a Cristo en cuanto a la Suya?

Y no sólo eso, pero si ellos eran realmente hombres honestos, ¿no podían ellos dar una respuesta honesta y justa? ¿Por qué “razonaban en sí mismos”?  ¿Por qué pesar las consecuencias de su respuesta? ¡Ay! allí no había honestidad moral, ni competencia espiritual en estos hombres.  No era la gloria de Dios, ni las simples demandas de la verdad, las que gobernaban sus corazones y dictaban su respuesta.  Era su propia reputación, por una parte, o sus intereses personales, por la otra.

Esta es siempre una mala señal, siempre sospechosa, cuando hombres “razonaban en sí mismos” de manera a responder a una respuesta clara. Desde el momento que un hombre comienza a razonar en qué manera su respuesta lo afectará, no se debe confiar de él.  Un hombre completamente honesto responderá a una pregunta honesta, sin ninguna referencia a sí mismo.

Pero estos ancianos y sacerdotes no eran honestos. Ellos no reconocían el ministerio de Juan el Bautista, y entonces no dirían que era del cielo; y aun así ellos no tenían coraje para decir lo que ellos debiesen haber dicho, que era de los hombres. Ellos estaban asustados del pueblo. Para ellos no se trataba de Dios o Su verdad. El yo era su punto, y entonces todo su rango de visión era falso, y sus conclusiones absolutamente erróneas. Ellos eran completamente incompetentes para guiar a otros, por tanto, no tenían derecho a desafiar a nadie en cuanto a su autoridad.

Nada puede exceder la sabiduría y poder moral de la respuesta de nuestro Señor a estos sacerdotes y ancianos.  Ellos eran dejados sin ningún fundamento. Ellos fueron completamente expuestos. Ellos habían presumido de desafiarlo a causa de Su autoridad, pero Él les mostró, claramente su completa ineptitud para la posición que asumían, viendo que no podían decidir en cuanto a la pregunta si el bautismo de Juan era del cielo o de los hombres. Si ellos hubiesen comprendido ese bautismo, si lo hubiesen reconocido, se habrían inclinado bajo su poder, no habrían tenido ocasión para preguntar a Cristo por Su autoridad. Si ellos hubiesen tomado su lugar en arrepentimiento, si hubiesen descendido a las aguas del Jordán confesando sus pecados, habrían estado en un estado moral para saludar y recibir el ministerio del Bendito que venía para sanar a los quebrantados de corazón, y derramar la rica consolación de la gracia dentro de un espíritu contrito.

Todo esto se muestra forzosamente en la parábola de los dos hijos. “¿Qué pensáis? Un hombre tenía dos hijos: y vino al primero, y le dijo, hijo, ve a trabajar hoy a mi viña. Él respondió, y dijo, no iré; pero después arrepentido, fue. Y vino al segundo, y le dijo de igual manera. Y él respondió y dijo, sí señor, iré, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Ellos le dijeron, el primero. Jesús les dijo, de cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. Porque vino Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero publicanos y rameras le creyeron; y vosotros cuando habéis visto esto, no os arrepentisteis, para creer en él.”

El hijo arrepentido muestra la condición de los pobres despreciados publicanos y rameras. Ellos eran pecadores, y reconocían esto. Se inclinaron ante el ministerio de justicia. Ellos tomaron el fundamento de verdadero arrepentimiento_ el único fundamento propio para un pecador_ el fundamento sobre el cual la gracia soberana de Dios puede encontrarlo. Desde el mismo momento que un pecador toma el lugar de arrepentimiento y juicio propio, la gracia lo encuentra, y lo conduce a través de la puerta abierta, justo dentro del reino de Dios, donde él es salvado y bendecido, de acuerdo a todo el amor del corazón de Dios, y de acuerdo a toda la eficacia del precioso sacrificio de Cristo, y conforme a toda la excelencia divina y aceptabilidad de Su persona. Desde el mismo momento que un pecador verdaderamente confiesa sus pecados, él es divinamente, y por tanto perfecta y eternamente, perdonado. “dije, confesaré mis trasgresiones al Señor, y Tú perdonaste la iniquidad de mi pecado.”  “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia” (Sal.32; 1 Jn. 1)

Será bueno para el lector meditar profundamente este importante punto. Arrepentimiento es la gran época en la historia de un pecador.  Este es el primer paso de realidad moral que no solo guía justamente al reino de Dios, sino que debe siempre caracterizar a todos los que han entrado en ese reino. Arrepentimiento no es una emoción pasajera, sino una permanente condición moral_ la permanente actitud de cada alma que es realmente guiada y enseñada por el Espíritu de Dios. La persona no arrepentida, no quebrantada, y que confía en sí misma, quienes edifican sobre su propia justicia_ cual sea esa justicia_ todos ellos, quienquiera y dondequiera que ellos estén, son como el segundo hijo en la parábola, que dijo, “iré, señor; pero no fue.” Hay allí una profesión vacía, sin un átomo de realidad. Todo es una farsa, un engaño, una ilusión.

¿Cómo es posible para tales personas comprender o apreciar la gracia divina? ¿Cómo pueden ellos gustar el amor de un Dios-Salvador? ¿Cómo pueden ellos conocer algo del valor de la sangre de Jesucristo? Ellos viven en una región donde todo es ficticio; ellos respiran una atmosfera de irrealidad; nunca han tomado el primer paso en el camino de verdad; ellos nunca se han arrepentido; nunca han aceptado el consejo de Dios contra sí mismos; nunca se han inclinado a la sentencia de Su santa palabra; jamás realmente se han reconocido como siendo lo que Dios les dice que son; ellos están en litigio con Dios acerca de su propia condición actual; toda su vida religiosa es grande, palpable mentira; no puede haber allí verdad ni realidad en la religión de un alma no arrepentida. El hacha de la justicia divina debe, tarde o temprano, cortar cada árbol que no da buen fruto; y la única forma posible de escapar es reconocer que somos malos árboles, y refugiarse, por fe, en Cristo, el Sustituto del pecador_ la plena, libre y eterna salvación de Dios.

Es la altura de la locura religiosa para uno andar día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, expresando el falso e impío formulario, «iré, Señor,» mientras toda la vida practica muestra la mentira de la expresión de los labios.

Pero, por otra parte, el primer paso en el camino verdadero, sabiduría celestial,  es arrepentirse y volverse a Dios, en verdadera contrición, en real quebrantamiento de espíritu; y entonces estamos en condición de conocer la eficacia divina de la obra de  Cristo, no solamente en la completa puesta aparte de nuestros pecados, sino también al ser introducidos en una condición completamente nueva, en la cual somos  actualmente enlazados con Él mismo en toda Su perfección, en la presencia de Dios, de manera que podemos tomar el maravilloso lenguaje de 1 Jn. 4:17, y decir, “como Él es, así somos nosotros en este mundo.”

Nada puede exceder esto. Aun el amor de Dios no podría ir más allá de eso; y entonces se dice que es la misma perfección del amor divino hacia nosotros; y este se aplica, en toda su plenitud, a cualquier pobre publicano o ramera, si, y a cualquier pobre escriba o fariseo que verdaderamente se arrepiente; pero esto no tiene ninguna aplicación a aquellos que están contentos con un vano e indigno, si “Señor, iré.”      Mateo 21:33-44

Ahora llamamos la atención del lector a la segunda parábola en el grupo, es decir, la de los labradores. Citaremos esta extensamente, creyendo, como lo hacemos, muy ciertamente, que no hay nada semejante al verdadero lenguaje de las Santas Escrituras_ las actuales palabras que salieron de labios de Aquel que habló como nunca hombre alguno habló.

“Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos.

21:34 Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos.

21:35 Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon.

21:36 Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera.

21:37 Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo.

21:38 Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad.

21:39 Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron.

21:40 Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?

21:41 Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo.

21:42 Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras:

La piedra que desecharon los edificadores,

Ha venido a ser cabeza del ángulo.

El Señor ha hecho esto,

Y es cosa maravillosa a nuestros ojos?

21:43 Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él.

21:44 Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.

21:45 Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los fariseos, entendieron que hablaba de ellos.

21:46 Pero al buscar cómo echarle mano, temían al pueblo, porque éste le tenía por profeta.»

Ahora, mientras la principal aplicación de esta parábola es obviamente para el pueblo judío, todavía ésta tiene un alcance moral sobre todos los que han sido especialmente favorecidos con ventajas religiosas. Por ejemplo, ¿quién negaría su aplicación a todos los que han tomado sobre sí mismos la profesión de Cristo_ todos aquellos dentro de los límites de la bautizada Cristiandad_ todos los que tienen a su alcance una copia de las Santas Escrituras? Los tales han sido puestos bajo solemne responsabilidad, y muy ciertamente, ¿tendrán que dar cuenta de estos privilegios que han sido puestos a su alcance?

Pero, principalmente, como hemos dicho, la parábola de la viña se aplica a Israel, como el lector puede verlo claramente por referirse a Isa.5. “Ahora cantaré por mi amado el cantar de mi amado a su viña. Tenía mi amado una viña en una ladera fértil.

5:2 La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres.

5:3 Ahora, pues, vecinos de Jerusalén y varones de Judá, juzgad ahora entre mí y mi viña.

5:4 ¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres?

5:5 Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada.

5:6 Haré que quede desierta; no será podada ni cavada, y crecerán el cardo y los espinos; y aun a las nubes mandaré que no derramen lluvia sobre ella.

5:7 Ciertamente la viña de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá planta deliciosa suya. Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor»

En los tratos divinos con la casa de Israel, vemos al hombre completamente probado_ de tal marea que Jehová podía decir, “¿Qué haré a Mi viña que ya no haya hecho?”  No era solamente que ellos habían roto la ley; sino, que cuando fueron introducidos en la tierra de Canaán, y fueron puestos en posesión de esa hermosa herencia, ellos miserablemente desilusionaron el corazón de Dios. Ellos fallaron en producir un solo racimo de fruto aceptable; y no solo eso, sino que ellos apedrearon y trataron vergonzosamente a los mensajeros que, en paciente gracia, Él les enviaba.

Pero había más que esto. El hombre debía ser aún más probado. “Finalmente, les envió a su hijo, diciendo, ellos reverenciaran a mi hijo” esta era la espera del corazón de Dios, que Su amado Hijo fuese recibido con el amor y la reverencia que le era debida. Tenemos, en el evangelio de Lucas, un muy exquisito toque. “entonces dijo el señor de la viña, ¿qué haré? Enviaré a mi hijo amado; puede ser que a él reverenciarán al verlo.”

¡Cuán profundamente tocante es todo esto! ¡Cuán sorprendentemente característico del evangelio de Lucas_ ese precioso tesoro de todo lo que es divinamente humano! “puede ser que ellos reverenciarán a mi hijo amado.” El corazón del Padre alentaba la esperanza que el bendito, en quien Él encontraba toda Su delicia, fuese al instante reverenciado, amado y recibiese el homenaje del corazón humano.

Se nos dirá que Dios sabía hacía donde esto se volvería_ que Él no tenía tal espera_ que Él conocía el fin desde el comienzo. Sin duda que Dios sabía todo lo que el hombre haría; pero eso de ninguna manera toca el hecho mostrado en las palabras de nuestro Señor, “puede ser”. Dios tiene derecho a esperar que los hombres reverencien a Su Hijo amado y Unigénito. Puede con igual fuerza, decirse que Dios conocía desde el comienzo que el hombre quebrantaría la ley; pero como toca esto la cuestión de la responsabilidad humana ¿No tiene Dios derecho a esperar obediencia a Su ley? ¿No fue el hombre responsable de presentar esa obediencia? Ciertamente. ¿Cómo entonces, podría el conocimiento de Dios afectar la cuestión? De ninguna manera, excepto, realmente, escuchemos los argumentos de un repulsivo fatalismo, que priva a los tratos divinos de toda su poderosa fuerza moral, y reduce al hombre al nivel de una mera máquina, sin un átomo de responsabilidad moral.

Así es también con relación a la viña. ¿No tiene Dios derecho a esperar fruto, después de todas las penas y labores gastadas sobre ésta? ¿Y no era el hombre responsable de dar este fruto? ¿Quién cuestionaría esto, salvo un fatalista, cuyo sistema falsifica completamente el carácter divino, y la posición del hombre bajo el gobierno de Dios?

Si, entonces, es así con relación a la viña y la ley_ si Dios fue justificado al demandar y esperar fruto y obediencia, y si el hombre responsable de presentar lo uno y lo otro, ¡cuánto más podría Dios esperar que el hombre reverenciase a Su Hijo, y cuánto más responsable el hombre de ofrecer tal reverencia! Pero no la dio; él defraudó a Dios en esto más que en todo, considerando que la misión del Hijo era el mismo más elevado acto de gracia por parte de Dios, y cuyas demandas estaban fundamentadas sobre esta misión eran las más poderosas que podrían posiblemente ser presentadas. Fue bastante malo romper la ley, apedrear a los mensajeros enviados a buscar fruto de la viña; pero peor que todo fue arrojar fuera de la viña al heredero, y crucificarlo.

¡Qué respuesta a la espera del corazón del Padre! “Quizás reverencien a mi hijo cuando lo vean.” ¡Qué justa espera! ¡Cuán digno de reverencia, homenaje y adoración era el Hijo! Pero el corazón humano no le dio nada de esto. Éste prefirió a un ladrón y asesino antes que al bendito Hijo de Dios_ un ladrón y asesino antes que a Dios manifestado en carne_ Dios, sobre todo, bendito para siempre.

Y debe recordarse, que este no fue el acto de pobres ciegos e ignorantes paganos. No, lector, este fue el acto de aquellos que tenían las Escrituras en sus manos, y que leían estas escrituras en sus sinagogas cada día sábado. Este fue el acto de aquellos que estaban en el goce de las más elevadas ventajas religiosas_ de aquellos que eran guías responsables, líderes y maestros del profesante pueblo de Dios, los principales sacerdotes, ancianos y guías del único pueblo sobre la faz de la tierra con quien Jehová había conectado Su nombre.

¡Cuán solemne es este hecho! ¡Cómo esto hace manifiesta la profunda enemistad del corazón humano hacia Dios! Nunca antes esta enemistad había sido plenamente declarada. La misión del Hijo de Dios puso a prueba completamente el corazón del hombre. Esto lo aprendemos de las propias palabras de nuestro Señor, “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado. El que me aborrece a mí, también a mi Padre aborrece. Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” (juan 15:22-24).

Ahora, es de suprema importancia comprender este aspecto de la misión del Hijo de Dios. Somos inclinados a perder de vista esto. Perdemos de vista la solemne verdad presentada en las palabras justo citadas. “Si no hubiese venido y hablado, ellos no habrían tenido pecado.” ¿No habían ellos roto la ley? ¿¡No habían dado muerte a los profetas? ¿No habían pisoteado las sagradas instituciones de la economía Mosaica? ¡Ay! ¡Ay! ellos habían hecho todo esto. Y aun así Él dice, “si no hubiese venido y hablado, ellos no habrían tenido pecado.” Su venir y hablarles ha manifestado plenamente su pecado. La luz que brilló en Él los dejó completamente sin excusa.  Al rechazarlo, ellos probaron su completo odio de Dios. “ellos me han visto y odiado a Mí y a mi Padre.”  ¡Terrible hecho! No había un solo rayo de esperanza, en lo que al hombre concernía.  Perfecta bondad había sido desplegada ante los ojos del hombre, en la Persona y vida del Señor Jesucristo.  Él era la imagen del Dios invisible, la refulgencia de Su gloria, la misma imagen de Su sustancia. Él era el único Hombre perfecto que ha pisado esta tierra, la personificación viva de todo lo que era puro, verdadero, y bueno.  En Él estaban perfectamente combinadas, y benditamente desplegadas, cada perfección humana y divina. Él anduvo haciendo bienes, y sanando a todos los oprimidos del diablo; porque Dios estaba con Él. Él era el siempre preparado Siervo de cada forma de necesidad humana. Su delicia era ministrar a todas las variadas necesidades de la humanidad caída y necesitada.

Él tocó al pobre leproso, y lo limpio. Abrió los ojos del ciego, y los oídos de los sordos. Alimentó a los hambrientos, y secó las lágrimas de las viudas; hizo saltar a los cojos de gozo. Sanó a los quebrantados de corazón, y libertó a los oprimidos. En una palabra, Él fue el perfecto despliegue de la bondad divina en una vida absoluta y perfectamente humana.

Tal fue el Hombre Cristo Jesús_ el Hijo eterno del Padre_ la perfecta encarnación de la gracia y la verdad, de la santidad y el amor, la majestad y la misericordia, poder y paciencia.  Y aun así el hombre lo odio. El corazón humano odio absolutamente a ese Ser moralmente glorioso y perfecto.

Ahora, todos sabemos que los hechos son poderosos argumentos; y aquí tenemos un tremendo hecho registrado en las páginas de la inspiración, establecido, no solamente por dos o tres, sino por muchos testigos, usados por el Espíritu Santo puesto ante nosotros en toda su depravación. El hombre odió y crucificó al Hijo de Dios_ al Bendito, que gastó su vida haciendo bienes, “quien no hizo pecado, ni engaño fue encontrado en su boca” _ al santo, inofensivo, bondadoso Amigo del hombre, quien vino desde el cielo, en perfecto amor, para servir y dar, para buscar y salvar lo que estaba perdido. El hombre deliberadamente prefirió a un ladrón y asesino a este Ser perfecto.  Dios descendió al mundo que Sus manos habían hecho_ vino, en la más rica y pura gracia_ vino en la Persona de Jesús, para bendecir al hombre por su presencia; y ellos no sólo desafiaron Su autoridad, sino que lo rechazaron y colgaron en una cruz entre dos ladrones.

¡Terrible hecho!  ¿Qué lengua, qué pluma, podría adecuadamente mostrar la culpabilidad de tal acto? ¡Cuán solemne será el día en que se deba dar cuenta de esto! ¡Cuando el Dios Todopoderoso demande el derramamiento de la sangre de Su Hijo: ¡cuando desenvaine la espada de juicio, para vengar el asesinato de Su bien amado y Unigénito Hijo_ como ciertamente lo hará! _ ¿quién será entonces capaz de soportar ese día?

Cuando nuestro Señor, al final de la parábola, preguntó a Sus oyentes, “Cuando el Señor de la viña venga, ¿qué hará a estos labradores? Ellos le dijeron, destruirá a estos malos hombres, y entregará la viña a otros labradores, que le darán sus frutos a su tiempo.» ¡Cuán poco ellos sabían lo que estaban diciendo! Es una cosa pasar sentencia en algún caso abstracto, y otra muy diferente ver la aplicación de esa sentencia a nosotros mismos. «Él destruirá a estos hombres malos.» Si; ¿pero ¿dónde está la culpabilidad? ¿Qué acerca de mí mismo? ¿Cuál es mi relación con el terrible suceso del Calvario? No debo decir, «estos malos hombres.»  Debo ver mi propia parte en la materia.  Si la crucifixión del bendito Hijo de Dios fue el acto del corazón humano_ el acto del hombre_ el acto del mundo; entonces, si soy parte del mundo, si soy un hombre no convertido, si tengo un corazón no arrepentido, sino me he inclinado ante Dios en verdadero arrepentimiento, si no he roto con el mundo, y tomado el lado de Dios contra mí mismo_ soy verdaderamente culpable del rechazo del Hijo de Dios. No hay terreno intermedio. «El que no es por Mi contra Mí es.»

Esto es muy solemne. Hay sólo dos clases, y el lector pertenece a una u otra; hay quienes reconocen y adoran al Hijo de Dios; y hay quienes lo rechazan; hay quienes por sus obras y caminos dicen, «apártate de nosotros, porque no deseamos el conocimiento de tus caminos.»  Es fácil ver cuál es nuestra posición con referencia a Cristo_ fácil ver donde se inclinan nuestras afecciones_ el objeto de nuestros corazones.  Si realmente amamos al Señor Jesús en sinceridad y verdad, ese amor se expresará en miles de formas, negativa y positivamente. Sería imposible ocultar esto; en lo que hacemos y en lo que no hacemos; en lo que decimos, y en lo que no decimos; donde vamos y donde no vamos; en todo, en resumen, la verdadera inclinación de nuestros corazones se manifestará.

Es un dicho común entre nosotros, que una pluma me dirá cuál es la dirección del viento; así es en la vida de una persona, la mera bagatela puede hacer manifiesto la real corriente del alma.  Tome, por ejemplo, la simple materia de leer. Pregúntese a sí mismo el lector, ¿qué realmente me gusta leer? ¿Es algo acerca de Cristo, o algo acerca del mundo? ¿La Biblia o una novela, o un diario lo que atrae mi corazón? ¿Leería un capítulo en el N. Testamento, o el reporte de una corte criminal?

Seamos honestos con nosotros mismos. Esto realmente, después de todo, se resuelve en la pregunta, “¿Este hombre, o Barrabás?” “¿Qué pensáis del Cristo?” ¡Importante pregunta! “Si alguno no amare al Señor Jesucristo, sea anatema, Maranata”. Cristo es el estándar de Dios, Su prueba para cada cosa. El estado del corazón hacia Cristo da el carácter a todo lo que pensamos, decimos y hacemos, desde la mañana hasta la noche, y desde el comienzo al fin del año. Cuán importante es, por tanto, para cada uno de nosotros considerar bien la verdadera actitud del corazón con referencia al Cristo de Dios. Somos amadores u odiadores del bendito Señor Jesucristo. Claramente no hay el grueso de un cabello de terreno neutral.

Lector, lo exhortamos a pesar, en lo más profundo de su alma, esta importante pregunta, ¿cómo estoy tratando al heredero? ¿Estoy reverenciando o rechazando al Hijo de Dios? Considere, le suplicamos, las solemnes palabras de nuestro Señor al final de Su discurso a los principales sacerdotes y ancianos.  Note lo que Él dice acerca de la piedra rechazada_ esa maravillosa piedra, cuya historia corre a través de todo el volumen inspirado, desde Génesis a Apocalipsis_ desde el discurso profético de Jacob, hasta los fundamentos de la Nueva Jerusalén. Cristo es esa piedra. Él fue presentado a los edificadores de Israel; pero, en lugar de edificar sobre Él, tropezaron en Él, y lo rechazaron. ¿Dónde está Él ahora? Exaltado a la diestra de Dios en la majestad en las alturas, y proclamado en el evangelio de la gracia de Dios, en vista a que cada pecador cargado, enfermo por el pecado, y quebrantado de corazón pueda edificar sobre Él, en simple fe, y sea salvado con eterna salvación.

Escuche estas preciosas palabras del profeta Isaías_ escuche y crea: “Por tanto, así dice el Señor Dios, he puesto en Sión” _ el asiento y centro real de la gracia triunfante_ “por piedra de fundamento, una piedra probada, una preciosa piedra del ángulo, un fundamento seguro; el que creyere no será confundido” (Isa.8)

Diga, querido amigo, ¿está usted satisfecho con el fundamento de Dios? ¿Es Su preciosa Piedra suficiente para su alma? ¿O usted desea añadir algo propio? Dios dice, “he puesto” ¿Y qué entonces? “El que creyere” Dios está satisfecho con Cristo sin ninguna cosa suya. ¿Está usted satisfecho? ¿Puede usted confiar en el fundamento de Dios? Él le asegura que, si usted simplemente cree en Su probada y principal Piedra del ángulo, nunca será confundido jamás. Si usted edifica sobre otro fundamento, usted será cubierto con eterna confusión. Se está acercando rápidamente cuando la Piedra rechazada, ahora oculta en el cielo, caerá, en juicio devastador, sobre este mundo malo, haciendo polvo todo eso en lo que el corazón humano encuentra su delicia y satisfacción.

¡Qué momento será ese! ¡Cuán terrible para todos los que rechazan la preciosa Piedra de Dios! ¡Oh, que el lector no esté entre este número! Ningún lenguaje humano puede mostrar la terrible condición de aquellos que rechazan a Cristo, como de todos los que se niegan a edificar sobre Él ahora. Una persona puede decir, “no pienso rechazar a Cristo, intento plenamente, algún día, dar atención a estas cosas; pero no he tenido suficiente tiempo todavía. Necesito un poco más del mundo, un poco más de placer, etc.”

¡Ay, qué locura! Esta noche se te pedirá tu alma; entonces ¿qué será de tus placeres? ¿Cómo ellas te beneficiarán en el terrible día de juicio? No sea engañado. Venga ahora, fervientemente lo exhortamos, a encontrar descanso, paz, seguridad, y eterna bendición en la preciosa Piedra de Dios. ¡Venga a Jesús, justo ahora, tal como está!  Dele a Él la plena confianza de su corazón, y entonces, cuando la hora del juicio llegue, será exceptuado del juicio como el mismo Juez. ¡Asombroso hecho! _ un hecho sólo explicado por la muerte del Hijo de Dios.

La parábola de la fiesta de boda demanda ahora nuestra atención. En ella tenemos nueva evidencia de la gran bondad de Dios, por una parte; y de la desesperanzadora oposición del hombre y determinada enemistad, por la otra. La verdad es aquí plenamente manifestada, que, si el hombre ha de participar en toda la rica y preciosa gracia de Dios, él debe ser obligado a hacer esto.

“Y Jesús respondió y les habló nuevamente en parábolas, y dijo, el reino de los cielos es como cierto rey, que hizo fiesta de boda para su hijo.”

Aquí tenemos una cosa completamente nueva. No se trata ahora de la ley, como en el caso de los dos hijos; tampoco es una cuestión de ordenanzas o ventajas religiosas, como en el caso de los labradores; Dios está a punto de hacer una fiesta de boda para Su Hijo, y envía a Sus mensajeros para invitar a los hombres a venir a la fiesta. Él no les pide nada. Él no está diciendo, “venid, trabajad,” o “dad fruto,” sino simplemente invitándolos a la fiesta, cuyo objeto es honrar a Su Hijo.

En esta parábola no se nos dice nada acerca de la esposa, ya sea la Jerusalén terrenal, o la iglesia; tampoco tenemos la más mínima indicación en cuanto a la esfera de las nupcias. El momento no ha llegado para desplegar algo de esto. Tenemos una similitud del reino de los cielos, en un especial aspecto de éste. Nunca encontramos algo prematuro en la palabra de Dios. Entonces nuestro bendito Señor no podía sacar a luz la verdad de la iglesia en la parábola ahora bajo nuestra consideración.  Esta es simplemente una comparación del reino de los cielos. Este es como cierto rey que hizo una fiesta de boda para su hijo. Sabemos quién es el Rey y quien es el Hijo; pero, en cuanto a la novia o esposa, no se nos dice nada en esta parábola. No está dentro de Su alcance hablar de ella. El gran objeto es mostrar la maravillosa gracia de Dios_ Su propósito de amor y determinación al tratar con nosotros pobres pecadores, y a pesar de lo que somos en nosotros mismos. Si el hombre no va a trabajar cuando se le pide eso, no presenta fruto cuando se le pide, la pregunta es, ¿cuándo es invitado a la fiesta de boda, vendrá él?

Esta es la cuestión. Pronto veremos la respuesta. “Él envió a sus siervos para llamar a los invitados a las bodas; y ellos no vinieron.”  Esto ocurrió en la propia vida de nuestro Señor sobre la tierra. Él envió a los doce y después a los setenta_ los envió exclusivamente a Israel. A ellos se les prohibió ir en camino de gentiles, o entrar en alguna ciudad samaritana. Su misión fue sólo “a las ovejas perdidas de la casa de Israel.” La invitación es una de pura gracia. No se hace ninguna demanda. La preciosa palabra es, “venid a la fiesta.”

Pero ¡ay, ellos no quisieron venir! No había corazón por el Rey, ni por Su Hijo. Si a ellos se les hubiese pedido contribuir con algo para la fiesta, ellos podrían haber argumentado pobreza e incapacidad. Pero, como cada uno sabe, cuando las personas son invitadas a una fiesta, el mismo pensamiento de que llevasen alguna cosa, sería un claro insulto al que los invita.

Ahora, el lector debe comprender claramente que no estamos de ninguna forma negando la responsabilidad del hombre. Lejos de esto, claramente mantenemos esto. El hombre es, muy ciertamente, responsable. Él fue responsable de guardar la ley cuando se puso bajo ella. Él fue responsable de dar algo en retorno por todas las ventajas religiosas puestas a su alcance bajo el ceremonial levítico. Negar la responsabilidad humana, lo consideraríamos como un muy grave error realmente. El hombre no es una mera máquina. Él es un ser responsable, con quien Dios ha estado tratando, en edades pasadas, en varias formas, para ver si algo se podía hacer con él.

Pero el hombre ha sido probado como siendo una desesperanzadora ruina, si, más aun, como un implacable enemigo. Él no desea tener nada que hacer con Dios o Su Hijo. Él no tiene corazón por esa fiesta nupcial, ni por honrar al Hijo del Rey. Esto es probado por su conducta, la verdadera prueba de la inclinación del corazón del hombre. El hombre, cuando se le dijo “id a trabajar” podía argumentar falta de poder. Cuando se le ha pedido que presente fruto, podía abogar incapacidad para producirlo. No es que el argumento sea admisible por un momento ante el trono de Dios; porque nunca debemos perder de vista la solemne, y claramente establecida verdad acerca de la responsabilidad humana.

Pero un llamado a una fiesta de boda no presenta ninguna excusa posible y entonces el no querer venir solo prueba que el corazón no tiene interés en el Rey ni en Su Hijo. “Ellos no quisieron venir.” No se dice que ellos no podían venir. Ellos no deseaban venir. El hombre nunca lo desea, hasta que es obligado. No se encontrará un sólo invitado a la fiesta de boda, ninguno jamás se encontrará allí, que no haya sido obligado a venir.

No hay, en todo el compás del corazón humano, un sólo deseo por Dios o las cosas celestiales, ningún átomo de gusto por lo que es divino o espiritual. El hombre, si dejado a sí mismo, nunca vendría a Dios. Él no desea ir al infierno; evita el pensamiento de dolor, tormento, y miseria; y viendo que el cielo es el lugar de completa libertad de todas esas cosas, él más bien desearía ir allí que a un infierno eterno. Más allá de esto él no tiene pensamiento o deseo del cielo; y en cuanto a la presencia de Dios, este es el último lugar en el amplio universo en el cual desearía encontrarse; él no podría soportar esto, sería completamente intolerable para él.

En vista a gozar la presencia divina, debe haber no solamente un título divino, sino también una naturaleza divina; y el hombre no renovado no tiene lo uno ni lo otro; él no tiene derecho al lugar, y ninguna capacidad para gozar de esto. Un mendigo en harapos estaría tristemente fuera de lugar e inconfortable en la habitación de la reina; ¡cuánto más, la naturaleza no renovada en el cielo!

Pero debemos seguir con nuestra parábola, y al hacer así, podemos justo destacar que la primera invitación a la fiesta de bodas fue dada en el propio tiempo de nuestro Señor. Pero, en segundo lugar, observamos un muy considerable avance en el fundamento moral de la invitación; el rey puede presentar mucho más fuertes demandas sobre los corazones de los invitados. “Nuevamente, él envió otros siervos, diciendo, decid a los invitados, he aquí, he preparado mi cena; mis bueyes…todas las cosas están preparadas; venid a la fiesta de bodas.”

Aquí tenemos vívidamente ilustrado el llamado a Israel, sobre el fundamento de una redención cumplida, como en la predicación de los apóstoles en el día de Pentecostés. Durante el ministerio de nuestro Señor, la invitación ha salido.  Él ha enviado a Sus mensajeros a las ovejas perdidas de la casa de Israel; pero, después de Su muerte y resurrección, el Espíritu Santo descendió, y llenó a los apóstoles y a otros con nuevo poder para presionar sobre el pueblo la bendita invitación, fundamentada sobre el glorioso hecho de que la obra expiatoria estaba consumada; que Dios había glorificado a Su Hijo Jesús; que todas las cosas estaban preparadas. “A este Jesús Dios ha levantado, de lo cual todos nosotros somos testigos. Por tanto, siendo exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, Él ha enviado esto, que vosotros ahora veis y escucháis…Por tanto sepa ciertamente toda la casa de Israel, que Dios ha hecho a este mismo Jesús, a quien vosotros habéis crucificado, Señor y Cristo.” Y nuevamente, “a vosotros, primeramente, Dios habiendo levantado a Su Hijo Jesús, lo ha enviado para bendeciros.”

¿Cuál fue el resultado, con relación a la nación y sus líderes? Deliberado rechazo.  Muchos fueron obligados a venir, ellos fueron hechos dispuestos en el día del poder del Espíritu.  Miles se inclinaron en verdadero arrepentimiento ante Dios, y con gratitud aceptaron la bendita invitación a venir a la fiesta de bodas. Pero, con relación a la gran multitud del pueblo, fue exactamente conforme a las palabras de nuestra parábola, “ellos despreciaron esto, y siguieron su camino, uno fue a su campo, y otro a sus mercancías.”

¡Ay! así es hasta este mismo día. Las personas “desprecian” el precioso evangelio de Cristo. La dulce invitación del amor divino es presionada sobre ellos; las grandes realidades de la eternidad les son presentadas_ los goces del cielo, los horrores de un infierno eterno_  el inexpresable valor de sus almas inmortales_ todas estas cosas son solemne, sincera, y cariñosamente  puestas ante ellos, y su atención atraída a ellas; pero ellos las despreciaron, y siguieron sus caminos; el campo, la mercancía, hacer dinero, vanidad, locura, modas dominaban sus corazones, ellos  no se preocupaban por la fiesta de bodas; ellos no tenían corazón por el Rey ni Su Hijo, o la fiesta nupcial_ ninguna preocupación por la salvación de sus almas inmortales_ ningún deseo verdadero para escapar de la terrible ira que debe, dentro de no mucho tiempo, caer sobre todos los que rechazan  el bendito mensaje de la salvación de Dios_ de todos los que mueren en sus pecados.

Hay, sin embargo, más que indiferencia; esto lo vemos en la gran multitud del pueblo. Hay clara enemistad. “tomaron a sus siervos, … y los mataron.” Esto está en pleno y melancólico acuerdo con el solemne discurso de Esteban en Hech.7, un poco antes de su martirio. “¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros.

7:52 ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores;

7:53 vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis.

7:54 Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él.

7:55 Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios,

7:56 y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.

7:57 Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él.

7:58 Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo.

7:59 Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu.

7:60 Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió. «

El registro histórico está en perfecto unísono con la enseñanza de la parábola. Cada esfuerzo de la gracia divina, todos los esfuerzos y labores del amor divino, es enfrentado con el determinado odio del corazón humano. La ley rota; los profetas apedreados; el Hijo rechazado y crucificado; el vaso del Espíritu Santo martirizado. El caso era desesperanzador_ el mal incorregible; nada quedaba, sino que el juicio siguiese su curso. “Cuando el rey escuchó, se enojó; y envió sus ejércitos, y destruyó a estos asesinos, y quemó su ciudad.”

Cuán literalmente esto fue cumplido en la terrible historia de Jerusalén, no necesitamos decirlo. Esto es conocido por todos. Los horrores de ese terrible sitio son suficientes para congelar la sangre en nuestras venas, cuando leemos las páginas de la historia. ¡Cuáles deben haber sido los hechos!  Y todavía eran como nada cuando son comparados con los sufrimientos de aquellos que encontrarán su porción en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte. Pero, debe recordarse bien, que tan ciertamente como Jerusalén fue destruida por los romanos_ tan ciertamente como los apostatas judíos soportaron los terribles sufrimientos que la pluma del historiador ha registrado, tan ciertamente todos los que rechazan el evangelio de la gracia de Dios tendrán que sufrir la inexpresable agonía y angustia de ese lugar donde la esperanza nunca puede llegar. Lo uno es tan verdadero como lo otro, y viene con igual fuerza y solemnidad en nuestra parábola.

“Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis.

22:10 Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados.»

Aquí vemos la rica y preciosa gracia de Dios fluyendo hacia los gentiles. Todas las barreras son traspasadas, y el brillante río de la salvación de Dios envía sus refrescantes corrientes de vida a los confines de la tierra. “La salvación de Dios es enviada a los gentiles, y ellos escucharán.”

Tenemos del inspirado evangelista Lucas, un muy exquisito punto en conexión con este sujeto. “Y el Señor dijo al siervo, ve a las salidas de los caminos, y oblígalos a entrar, para que mi casa sea llena.”

No es posible imaginar algo más hermoso o glorioso que esto. Esta es pura, absoluta, y soberana gracia. Esta no es cuestión de la responsabilidad humana; todo eso está cerrado. No se trata de “ve a trabajar;” tampoco “presenta fruto”; ni siquiera “venid”. Todos estos métodos han sido probados, y en vano. Él no haría obras; no daría, ni siquiera vendría.

¡Qué queda! Justo esto_ ¡la irresistible gracia de Dios! Él dice al pecador, “sino tienes nada que decirme, estoy determinado a tener que decirte, que te salvaré a pesar de ti mismo. Te obligaré a venir. Estoy determinado a llenar mi casa con invitados.  Te adecuaré y vestiré con vestidos de bodas. No importa quién eres o lo que eres; te tendré en mi presencia, y en mi fiesta de una manera digna de mí mismo. He hecho amplia provisión; he hecho el título, encontrado el rescate, he hecho todo; y no sólo eso, sino que también haré que tú vengas. Sé que, si te dejo a ti mismo, nunca vendrás; he probado esto_ probado más allá de toda cuestión;  y ahora no te dejaré a ti mismo;  no permitiré que quedes lejos; te libraré de ti mismo, de tus pecados, del diablo, del mundo, de todas tus responsabilidades, como un pecador perdido, arruinado  y culpable;  y te traeré a  mi mesa vestido con vestiduras de  salvación_ si, vestido en Mi justicia, aceptado en toda la aceptabilidad de Mi propio Hijo. Te daré título, capacidad, una naturaleza, para que seáis mis invitados para siempre; y si alguno preguntare, ¿cómo puede ser esto? La respuesta es, de este modo se hará con el hombre a quien el rey se deleita en honrar. Esto es gracia de principio a fin_ todo para alabanza de la gloria de Mi gracia. No te pido un átomo; no te pido un sólo esfuerzo: sé que eso no sería de ninguna utilidad, porque si todo dependiese de su movimiento, no lo harías. He tomado toda la materia en Mis propias manos, de principio a fin, y tú serás, por toda la eternidad, un monumento de Mi gracia salvadora, vivificante e irresistible.»

Lector, le preguntamos, ¿no es esto muy maravilloso? ¿Puede algo exceder esto? ¿No pueden los ángeles anhelar ver esto? ¿No pueden los principados y potestades mirar con asombro esto? ¿Quién sino Dios podía hablar y actuar de esta manera? Solamente piense en Su tratar de esta forma con el ser que ha quebrantado Su ley, apedreado a Sus profetas, asesinado a Su Hijo, resistido a Su Espíritu. ¡Qué incomparable, trascendente y adorable gracia! Dios llenará Su casa con invitados, que, si dejados a sí mismos le habrían vuelto para siempre sus espaldas, y dirigido a un infierno eterno.

¿Necesitamos decir que hay santas responsabilidades fluyendo de toda esta maravillosa gracia_ poderosas demandas sobre estos que son felices, y privilegiados sujetos de ella? Ciertamente que las hay. Si nuestra responsabilidad como pecadores, ha tenido como resultado la más completa ruina y fracaso; si ésta ha terminado para siempre en la cruz del Hijo del Dios; si la gracia nos ha obligado a entrar en el santificado circulo de la salvación de  Dios: si somos salvados, bendecidos, limpiados, vestidos, aceptados en el Amado, dotados con cada energía que Dios puede concedernos, si todo es verdadero, y lo es, verdadero como la verdad de Dios puede hacerlo_ entonces,  nos podemos preguntar, ¿qué clase de personas debemos ser? Si hemos sido salvados, ¿no hemos de vivir como tales? Si hemos recibido el vestido de bodas, ¿no debemos llevarlo, y aparecer continuamente en éste? ¿No somos llamados a vestirnos de Cristo en nuestra vida diaria? ¿Nuestros hábitos, costumbres, y temperamentos, estilo, espíritu, toda nuestra vida y carácter práctico, declaran quiénes somos y a quien servimos? ¿Puede ser que alguno que profese tener el vestido de bodas, sea encontrado yendo tras la locura, la vanidad, la frivolidad, y las ridículas modas de este miserable mundo?

¡Ay! ¡Ay! existe una terrible suma de vana profesión en medio nuestro. Las doctrinas de la gracia son habladas ¿pero ¿dónde está el fruto? No hay nada más terrible, ni triste y humillante que ver a personas profesando ser salvas por la libre gracia de Dios, y aun así estar exhibiendo grosero egoísmo y mundanalidad en su vida privada diaria. Fue esto lo que rompió el corazón del apóstol, y lo hizo llorar amargas lágrimas, como él mismo nos dice en su epístola a sus amados filipenses.  Y si esto fue así en su día, ¿cómo es ahora?

Puede quizás preguntarse, ¿qué tiene que hacer esto con la parábola del vestido de bodas? Respondemos, mucho. Leamos la sentencia final y veamos si esto no está relacionado, con terrible solemnidad sobre todos los que toman su lugar, profesadamente, entre los “invitados”, pero que no están realmente vestidos con vestiduras de bodas.

“Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda.

22:12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció.22:13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.22:14 Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.»

¡Cuán solemne y subyugante! ¡Qué terrible para alguno aparecer entre los invitados, para tomar su lugar entre los salvados, profesar ser un sujeto de la gracia, y aun así ¡no tener vestidura de boda! “¿Cómo entraste aquí?” Esté es un abierto y atrevido insulto al Rey y a Su Hijo, y para la fiesta nupcial_ la más elevada ofensa contra la gracia de Dios. La idea de aparecer entre el pueblo del Señor, de estar a Su mesa, profesar pertenecerle, y aun así no estar realmente vestido de Cristo_ la verdadera vestidura de boda; presumir pertenecer a una escena en la cual uno no tiene parte_ este es un pecado que solamente puede encontrarse entre las filas de la profesión bautizada. Esto es característico de la Cristiandad; esto es pecar contra y despreciar el más rico, elevado, y grande despliegue de gracia que haya sido desplegado alguna vez en este mundo.

“¿Cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda?” No hay excusa. Él no puede decir, “no pude comprarme uno.” Todo es gratis. La vestidura es tan libre y gratis como la fiesta. No hay estorbo. Todo es de gracia_ libre, soberana, irresistible gracia. De otra manera no habría fuerza en la palabra “¿cómo?”  Pero hay tremenda fuerza en ella; tal fuerza realmente deja al hombre “sin respuesta.” Él no tiene nada que decir. Su caso es desesperado.

Y debe recordarse, este es un ejemplo_ un caso, no dudamos en decirlo, con terrible énfasis, sobre miles de profesantes a nuestro alrededor. Recordemos las palabras, “el reino de los cielos es semejante.” En otro lugar leemos, “entonces el reino de los cielos será semejante.” Pero nuestra parábola es una similitud del reino ahora; y esto indica el cierto y terrible destino y porción de todos aquellos que, aunque apareciendo entre los invitados, realmente no pertenecen a Cristo, que no son verdaderamente convertidos, son personas que se satisfacen a sí mismas, y que aman el mundo.

¡Qué terrible el fin de los tales! No hay esperanza, ni remedio, ni argumento alguno. Este es el absoluto rechazo de las vestiduras de bodas; y todo el tiempo, profesando ser un cristiano. De hecho, este es el más elevado orden de maldad, el pecado condenador de este día de alta y extensa profesión evangélica. Ya que nada puede exceder la gracia que brilla en el evangelio de Dios, como es ahora predicado, del mismo modo nada puede exceder la culpabilidad de aquellos que en sus corazones lo descuidan, mientras profesan tenerlo. “¿Cómo escaparemos, si descuidamos tan grande salvación?”

“Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.” No podemos intentar detenernos sobre esto. Esto no necesita comentario. La exposición humana solamente podría debilitar su fuerza. Sólo el Espíritu Santo podría aplicar estas palabras a quienes pueda interesarle. Pero oramos fervientemente que el lector de estas líneas nunca sea arrojado en las tinieblas de afuera_ ese lugar de lloro y crujir de dientes.  Dios conceda que él pueda no solamente aparecer entre los invitados, sino que realmente tenga las vestiduras de boda, para alabanza de esa gracia irresistible a la cual debemos nuestra actual paz y la eterna gloria.

C.H. Mackintosh