Por Dios estamos en Cristo Jesús, quien nos ha sido hecho sabiduría, justicia, santificación y redención (1 Cor.1:30).

No pertenecemos a un maestro o una compañía de maestros, aunque bendecidos, pertenecemos al templo de Dios, y el Espíritu Santo mora en él. No somos “Los Hermanos” (llamados Hermanos de Plymouth por sectarios y el mundo en reproche) que han tenido su origen cincuenta años atrás (Tiempo en que vivió el escritor); sino que somos “Hermanos entre los muchos hermanos de la gran familia de Dios que ha existido desde antes; quienes, por la gracia de Dios han sido libertados de la cautividad babilónica de la iglesia que ha durado muchos años, y que han retornado al terreno original, sentados en lugares celestiales en Cristo, para confesar al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo como la fuente de unidad, el Dios y Padre de toda la familia de Dios dispersada o reunida (Efes.1:1-18); para confesar a Cristo como Cabeza de su cuerpo (Efes.1:19-23: 2:1-18); y al Espíritu Santo como el Edificador y Habitante de la casa de Dios (Efes.2:19-22).

Nuestro origen no es de maestros, aunque bendecidos y reconocidos por Dios, que han sido usados poderosamente por Él unos cincuenta años atrás (1827-30) para reavivar verdades por largo tiempo sepultadas en medio de los escombros de la iglesia profesante, sino del Dios que llamó a Pedro, Andrés, y Juan en Su gracia soberana (Jn.1); quien entregó a Cristo a muerte por nuestras trasgresiones, y lo resucitó para nuestra justificación (Rom.4:25); y quien después llamó a Saulo de Tarso desde la gloria, lo sacó del mundo judío y gentil que había rechazado a Cristo, y lo envió desde la gloria como unido a Cristo para dar testimonio de Su gloria y de la unión de los santos con Él como Su cuerpo y esposa.

Nuestra posición no es en un cuerpo que tuvo su origen cincuenta años atrás, sino en el Cristo que, después de hablar a María de las nuevas relaciones formadas, en las palabras, “subo a Mi Padre y a vuestro Padre, a Mi Dios y a vuestro Dios” (Jn.20:17-20), y posteriormente se puso en medio de Sus hermanos congregados, y les dio la paz que había hecho para ellos cuando murió en la cruz, y de lo que dio prueba en Sus manos y costado herido. Estamos en el Cristo que una segunda vez les dio Su paz como enviado del Padre, soplando en ellos Su propia vida de resurrección, conectándolos de este modo consigo mismo como el Cabeza resucitado de la nueva creación. Estamos en el Cristo que, después de esto, como hombre ascendió a lo alto y envió el Espíritu Santo, como la promesa del Padre, para morar en ellos.

De manera que ahora la nueva familia de Dios plenamente establecida cada uno pudiese, individual y colectivamente, clamar “Abba, Padre” (Jn.20:19-22; Hech. 1:4). Al mismo tiempo el Espíritu Santo los bautizó a todos en un solo cuerpo, y los edificó juntamente para ser Su habitación sobre la tierra. ¡Este es nuestro origen, ésta es nuestra posición! A esta familia, y a este cuerpo, y casa solamente pertenecemos, y hemos sido llamados a dar testimonio de esto, como también de Aquel que es el Dios y Padre. ¡Qué noble origen! ¡Qué elevado descenso! Hermanos, no olvidemos esto, ¡qué nadie tome tu corona! Nuestro testimonio debe ser simplemente a Cristo y Su palabra, no dejando nada fuera, ¡retengamos firme el nombre de Cristo! ¡El hermoso nombre de Cristo el Santo y el Verdadero, es suficiente!

A. P. Cecil