NOTAS SOBRE EL LIBRO DE 

JOSUÉ

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CONTENIDO

 

 

                                                                      

 

INTRODUCCIÓN                                                                             

 

JOSUÉ ESTABLECIDO EN EL OFICIO (Jos.1)                      

 

LOS CRUCES DEL JORDÁN (Jos. 2-4)                                                        

GILGAL (Jos.5)                                                                                

 

JERICÓ Y HAI (Jos.6-8)                                                       

 

LOS GABAONITAS (Jos.9)                                                              

 

LA CONQUISTA DE LA TIERRA (Jos. 10-12)                      

 

LA DIVISIÓN DE LA TIERRA ((Jos. 13-21)              

 

CALEB                                                                                  

 

LAS DOS TRIBUS Y MEDIA (Jos. 22)                                  

 

LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE JOSUÉ (Jos. 23-24) 

 

CONCLUSIÓN                                                                      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tuvieron nuestros padres

el tabernáculo del testimonio

en el desierto, como había ordenado Dios

cuando dijo a Moisés que lo hiciese conforme

al modelo que había visto.
El cual, recibido a su vez por nuestros padres,

lo introdujeron con Josué al tomar posesión

de la tierra de los gentiles, a los cuales Dios arrojó

de la presencia de nuestros padres,

hasta los días de David

(Hech. 7:44-45)

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

 

Eventos futuros, que tienen importancia en sí mismos, se dice que arrojan su sombra de antemano, y la llegada de personas de dignidad tienen correos para anunciarlas. Yo veo esto en Josué.

Josué debía tener un gran ministerio encomendado, él debía guiar a Israel dentro de la tierra de su herencia, debía ser testigo, si puedo expresar esto, del día de gloria entre el pueblo de Dios, como Moisés había sido testigo del día de la gracia; él debía ser el redentor de la herencia, como Moisés había sido el redentor del pueblo. Por él Dios perfeccionaría lo que concernía a Israel, como por medio de Moisés Dios lo había comenzado. Él debía guiar a Israel dentro de Canaán, como Moisés lo había guiado fuera de Egipto. De antemano, por tanto, lo vemos a él constantemente con Moisés. Él le asiste, podemos decir, la herencia espera a los herederos, como al final de la obra, al comienzo de ella. Y éste constante permanecer al lado de Moisés, y esperando en él, era una sombra arrojada de antemano, del ministerio que él debía cumplir, tan pronto como el día para eso llegase, porque él debía terminar, como hemos dicho, lo que Moisés había comenzado, para Israel; él debía unir la herencia con los herederos.

Pero, además, no es sólo en este constante compañerismo con Moisés, este permanecer con él, que debemos ver una prefiguración del futuro ministerio de Josué, lo vemos a él también en aquellos servicios que él rindió en Israel, mientras Moisés todavía estaba con ellos. Él pelea contra Amalec, justo cuando Israel estaba alcanzando el monte de Dios, y trae de Canaán un anticipo del fruto de esa tierra que era su herencia prometida (Éx.17 y Núm.13 y 14). Todo esto es significativo, estas cosas son ejemplos, puedo decir, del ministerio de aquel que más adelante debía subyugar a las naciones de Canaán y repartir su tierra como herencia entre el pueblo de Dios. Y de esta forma este ministerio arroja su sombra de antemano. El Josué del desierto puede prepararnos para el Josué de la tierra. Pedro, entre los apóstoles, predestinado para alimentar las ovejas y los corderos de Dios, y Josué, predestinado para guiar pronto a Israel, son llevados a realizar sus ejercicios —y esto amados, realmente es bueno para todos nosotros.

Y aquí permítanme observar que la conexión de Aarón con Moisés fue diferente de aquella de Josué. Ésta fue coordinada, la de Josué subordinada. Admito que Moisés fue el principal, porque el rey en orden divino está antes que el sacerdote. Aun así, Aarón fue independiente en un gran sentido, él no esperó en Moisés, como lo hizo Josué; él no fue el reflejo de Moisés, tampoco su sucesor. Sus oficios y ministerios no admitían tales cosas. Pero digo esto sólo de paso. El tiempo en el libro de Josué era el tiempo del primer amor de Israel en la tierra, como el breve día del libro de Levítico ha sido el tiempo de su primer amor en el desierto. En el desierto, el pecado del becerro de oro ha sido motivo de arrepentimiento, y en fe el santuario de oro, como puedo llamarlo, ha sido levantado. Y mientras este santuario estaba todavía abierto, Israel pasó el tiempo del libro de Levítico, en feliz y santo orden, entre ellos y Dios.

Había mal, es verdad, como en las personas de Nadab y Abiú; pero con eso, también celo en el campamento para purificarse del mal. Y así ahora, mientras estamos en el libro de Josué, Israel anda en un muy justo espíritu. Hay algún mal nuevamente, lo sabemos, en la persona de Acán, pero también celo en el pueblo para purificarse de éste. Y de esta forma, el libro presenta a Israel como en el tiempo de su primer amor. Ellos sirvieron a Dios todos los días de Josué.

Tenemos un tiempo parecido en la historia de la Iglesia. Esto lo vemos en Hech.2-5. Nuevamente hay mal allí, como en las personas de Ananías y Safira. Pero otra vez, celo para poner fuera el mal, y la Iglesia, por un momento, por una hora en una soleada y brillante mañana sin nubes, como aquella de Levítico en el desierto, o de Josué en la tierra, está en su primer amor.

¡Ay!, sabemos que tiempos como estos pasan rápidamente. Ellos brillan en su hora señalada, como el breve momento de Adán en el huerto al final de Gén.2. Ellos dan testimonio del Señor en su santa y hermosa obra, y de esta forma vindican Su gracia y sabiduría en la variada administración de Su nombre entre los hombres —o, en el progreso de las edades y dispensaciones. Pero el hombre —ya sea Adán, Israel, o la Iglesia— puesto en mayordomía y bajo responsabilidad, rápidamente es encontrado falto e infiel. Dios es justificado, nosotros somos expuestos. Dios es justificado, ya sea que Él nos llame a alegrarnos o a lamentarnos —somos hallados como siendo instrumentos fuera de tono. No tenemos respuesta al toque de Sus dedos, no danzamos al toque de la flauta, ni nos lamentamos ante Sus endechas, a pesar de lo hábiles que puedan ser nuestros corazones y manos en las obras e invenciones propias.

 

 

Josué establecido en el oficio

Capítulo 1

La ordenación de Josué, como decimos nosotros, ha tenido lugar en el tiempo de Núm.27. En este capítulo él recibe su cargo, o es establecido en su oficio, para hacer la obra para la cual ya había sido ordenado.

David también ha sido ordenado antes de ser puesto en el oficio. El aceite de Samuel había sido derramado sobre su cabeza antes de que comenzaran sus tribulaciones bajo la mano de Saúl.

Para la profunda tristeza de su corazón, a Moisés le fue negada su entrada en la tierra de Canaán. Él perdió ese privilegio; y una bendición perdida jamás es restaurada. La pérdida pueda dar lugar a una cosa mejor; pero la cosa perdida en sí misma, nunca es restaurada.

Moisés se inclina al propósito de Dios, que le negó la entrada en la tierra. Él no habla más acerca de esto; pero su interés por el rebaño de Israel que él había sacado de Egipto, y que ahora debía dejar en el desierto, se manifiesta muy claramente. Él los considera como con el ojo de su Maestro divino en días futuros. El Señor Jesús vio a Israel como ovejas que no tenían pastor, y comenzó a enseñarles, y a ordenar a otros para que entrasen en ese servicio. Moisés ahora ve a Israel como ovejas que pronto no tendrán pastor, y comienza a interceder por ellos. Él pide a Dios que les dé un pastor. Él se vuelve de su propia aflicción a las necesidades del pueblo —y bello como es esto, cuando podemos pensar en la angustia de otros en los días de nuestra propia calamidad. El bendito Señor, ilustrando toda virtud como siempre, teniendo prominencia moral personal, y oficial en todas las cosas, se dirige a las hijas de Jerusalén en Su camino al Calvario, y después, estando en la cruz, se dirige a Su madre. Así es con Moisés ahora, en su forma y medida. Y, permítanme observar, Moisés era un hombre humillado y quebrantado en ese momento. Canaán le había sido negada, y él veía la mano de otro y de uno más joven confiada con el servicio y la dignidad que le había sido quitada a él. Pero con santa, como Cristo, amplitud de corazón, él olvida todo, excepto la necesidad del pueblo.

Esto es hermoso —y Dios responde a esto en gran y dulce gracia. Él enseguida dice a Moisés que dará a Israel un líder conforme a su deseo; pero más que eso —y es cosa bendita leer acerca de tal gracia— Dios les dice que él ordenará a este líder de Israel, y le dará su cargo en presencia de la congregación, y pondrá de su espíritu sobre él.

¡Qué exquisita es toda esta gracia! La tristeza de Moisés puede ser aliviada, y el deseo de su corazón por el rebaño que amaba y al cual estaba a punto de dejar, sería satisfecho —y en lugar de ser humillado, será honrado; él será visto por todo el pueblo, por toda la congregación de Israel, que es el “mayor” y no el “menor”, él bendecirá al futuro líder, y pondrá algo, aunque no todo, de su espíritu sobre él.

¡Ésta fue una ocasión llena de belleza, la consideración de la gracia en la cual Dios trata con Su siervo, y el abnegado amor que llenaba el corazón de Moisés! La comunicación entre Dios y Sus santos es a veces maravillosa, en el tono de santa, y preciosa intimidad que los caracteriza, y éste es un ejemplo.

Después de esta ordenación, Josué es establecido en el oficio, o en su obra. Su comisión es después leída, con estímulos, exhortaciones y promesas. La tierra en toda su extensión y anchura, con sus límites, le es también descrita, como también los pueblos que moran allí, para que Josué pueda conocer la tarea que ahora era puesta sobre él, y como le había sido designada su porción, de poner al redimido Israel de Dios en la posesión de la herencia que se les había prometido como siendo la simiente y los hijos de sus padres.

Josué comienza enseguida a actuar bajo sus órdenes, y prepara al pueblo para pasar el Jordán; y aquí se reaviva el recuerdo en nuestras mentes, que cosas pequeñas en las Escrituras están muy llenas de significado. “Lucas, el médico amado, y Demas os saludan, es un ejemplo de lo que pienso. Tales palabras comunican la impresión de cuál era el pensamiento del apóstol respecto a estos dos compañeros suyos —y los eventos que prontamente siguieron, vindicaron tales expresiones.

Así es aquí, al final de nuestro capítulo. En cuanto a las tribus de modo general, Josué sólo tiene que decir, “Preparaos comida, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán para entrar a poseer la tierra que Jehová vuestro Dios os da en posesión” (v.11). Ellos estaban preparados, debían marchar en orden, y sólo tenían que saber la hora de la partida. Como Noé, estaban preparados para el viaje que debía llevarlos a otro mundo. Todo lo que debía hacer era entrar en el barco. Pero los rubenitas y gaditas y la mitad de la tribu de Manasés no estaban libertados, y Josué siente hacia ellos como siendo una pesada carga en esta hora de partida; él ha tenido que desafiarlos, al menos ha sentido que debía recordarles las promesas que habían hecho a Moisés, porque ellos no eran a su vista, completamente israelitas. En alguna medida, él es para ellos lo que el ángel que vino a Sodoma fue para Lot. No digo que ellos eran como Lot, pero podían, en algunos aspectos recordarnos a Lot. Como él, la historia de ellos comienza al contemplar las bien regadas planicies que eran buenas para el ganado; y debido a que tenían ganado, Galaad y Basan les convenía.

¡Qué común es este caso! Ésta es una numerosa generación. Nos conocemos lo suficiente a nosotros mismos como para sorprendernos de esto.

Si leemos la historia de esa ocasión, encontraremos que Moisés se ha inquietado por este movimiento por parte de las dos tribus y media, y él expresa su inquietud (Núm.32). Él les dice que su conducta les recordaba a los espías que habían sido enviados años atrás a examinar la tierra, desde Kades–barnea, y cuya conducta había ocasionado los cuarenta años de peregrinaje en el desierto. Ellos se explican a sí mismos, y hacen promesa de que de ninguna forma se proponen separarse de la comunión e intereses de sus hermanos; y a pesar de que hacen esto con celo e integridad, Moisés tiene sus temores acerca de ellos.

Y ahora Josué tiene el mismo temor y sospecha de estas personas. Él las llama, y se dirige a ellos con una especial palabra de exhortación y advertencia, ahora que el tiempo de acción en el campamento de Dios estaba comenzando.

Pero todo esto es penoso. Es malo cuando esta inquietud es producida, cuando el primer pensamiento instintivo de un santo andando en el poder de la resurrección de Cristo, es de alarma ante lo que ve en un hermano; en hermanos como Rubén, Gad y Manasés, mientras se mantiene la esperanza del pueblo de Dios, esto no es conveniente al lugar de esa esperanza. El vestido de "lana y lino", para usar una figura levítica, está sobre los tales, y el ojo sacerdotal, que discierne las cosas que son diferentes, es apenado.

Nuevamente digo, ¡Qué común es esto! Pero nos conocemos a nosotros mismos y nuestra crueldad demasiado bien como para añadir, ¡Qué sorprendente!

Nuevamente, aunque ellos responden a Josué con celo e integridad, como habían respondido a Moisés. “Conforme escuchamos a Moisés”. Ellos dicen a Josué ahora, “De la manera que obedecimos a Moisés en todas las cosas, así te obedeceremos a ti; solamente que Jehová tu Dios esté contigo, como estuvo con Moisés “.

 

Los cruces del Jordán

Capítulos 2 al 4

En estos capítulos leemos de dos cruces del río Jordán, uno por los espías y otro por todo el campamento. El primero de estos fue hecho en debilidad. Ésta fue por tanto la prueba de la fe. Rahab recibe a los espías, aunque esto fue hecho poniendo en peligro su vida, a pesar de su debilidad, como si tuviesen ellos un título superior a cada relación en la cual ella se encontraba entonces.

Estas tres cosas están entre las más finas cualidades de la fe del pueblo de Dios, ciertamente éstas son el fruto de la obra del Espíritu en el creyente, de modo que toda la gloria es de Dios, pero éstas brillan esplendorosamente, y más cuando se encuentran juntas como aquí. Éstas ennoblecen el alma que las está ilustrando, como Rahab la ramera de Jericó lo hizo. Ella puso la demanda de estos extranjeros, en debilidad y peligro como ellos estaban, sobre las demandas de su rey y país, porque reconocía a Dios en ellos. “El que a vosotros recibe, a Mí me recibe”. Esto fue como Abigail, Jael, o Jonatán, quienes, en sus días, hicieron más por los testigos de Dios, que por su marido, huésped o pariente. La fe viene por el oír, ella responde de su fe, como la fe debe siempre responder por sí misma. Un reporte, noticias de lo que Jehová había hecho por Israel, era su autorización. La fe viene por el oír.

 La gracia entonces se muestra preparada para responder a la fe, como siempre lo hace. Ésta promete seguridad a todos los que usan de sus provisiones, y ella obtiene una señal segura; que sólo requiere que haya fidelidad hacia ellos en el día de su debilidad.

Si hemos tenido en cuenta las finas cualidades ilustradas en Rahab, ciertamente todo esto en los espías nos habla de los excelentes caminos de la gracia. La cruz ha sido dejada en este mundo juzgado como la señal cierta de salvación a todos los que quieran hacer uso de ella y protegerse bajo ella antes de que llegue el día de juicio. Sólo debemos ser fieles a ella, y no tener otra confianza, sino que debemos aferrarnos firmemente de ella, como nuestro único refugio, hasta el fin.

Los espías pueden haber excedido su comisión. Ellos habían sido enviados por Josué desde el campamento en el desierto para espiar la tierra, y no para proteger a las personas. Pero la gracia es «como un mar sin orillas». Ésta es como “Rama fructífera es José, fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro”. Quienes saben esto, no necesitan ordenación para publicarla, y Aquel de quien fluye esta gracia nunca les ha dicho que deben esperar ordenes con relación a esto, antes de prometerla, y el fruto de ella es vida y justificación a todos los que ellos encuentran en los caminos de este mundo, arruinado y perdido. Entonces, la seguridad y decisión con la cual los espías, aunque en su día de debilidad, prometen salvación a Rahab, es muy bendita en su gracia y significado. Esto me recuerda aquellas palabras del Señor Jesús. “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene autoridad sobre la tierra para perdonar pecados”. No hay futuro para arreglar la gran cuestión que afecta a nuestras almas. Esto debe ser hecho aquí, y la nuestra es enseguida una salvación presente, y así fue para Rahab. «Más feliz, pero no más segura» es el lenguaje del creyente con relación a sí mismo y los glorificados.

¡Y qué poder y debilidad encontramos aquí! Los hombres que estaban escondidos bajos telas de lino ocultos de sus perseguidores aseguran salvación a todos los que la quieran tomar de ellos. El Hijo del hombre, el despreciado de Galilea, el rechazado, sella el perdón de un pecador. ¡Qué destellos de Cristo encontramos a través de estas primeras narraciones del libro de Dios desde sus mismos comienzos!

La fe de esta mujer de Jericó, a la cual los espías han respondido desde el campamento de Dios, se vale también rápidamente de esta promesa de salvación. Ella cuelga el místico cordón de grana sobre su ventana tan pronto como los espías han partido, y ésta es otra cualidad de la fe. Ésta corre a su refugio. Ella no discute con las probabilidades ni acepta ningún retraso. Ella conoce donde está su seguridad y refugio, y no conoce esto en ninguna otra parte. David tenía temor de moverse de la era de Ornán donde la misericordia se había regocijado y triunfado sobre el juicio, y donde Dios había aceptado su ofrenda. Todo esto tiene su carácter. Y entonces ella por medio de su fe, condenó al mundo Cananeo —porque todos los habitantes de esa tierra habían sentido el reporte de lo que Dios había hecho por medio de Israel, como ella misma; pero sólo Rahab había actuado en conformidad a este reporte (ver Jos.2:9 y Heb.11:7).

Uno no puede sino conmoverse por la bondad que se nos ha mostrado al dejarnos una narración como ésta, al comienzo de un libro como éste. Estamos a punto de ser testigos de los hechos del Dios de juicio, pero antes de que entremos en aquello se nos presenta un rico y precioso ejemplo de los caminos de la gracia de Dios. Ésta es, como decimos, la hora undécima —sí, y el último minuto de esa hora— pero ese día aún no ha terminado completamente, su sol aún no ha descendido, la gracia está allí todavía y se mostrará incansable en la grandeza de sus caminos. Sus primeros momentos reviven con todo su poder y frescura, aquí, al mismo final. El capítulo 12 de Éxodo nuevamente es leído aquí en Josué 2. La sangre está rociada sobre los dinteles otra vez para la redención del pecador —el cordón de grana preserva la casa de la fe en la condenada Canaán como los dinteles rociados lo habían hecho en el juzgado Egipto.

Y la obra de gracia es hecha con sus propios atributos, y en su propio excelente estilo. Toda certeza marca las promesas que ella da, y éstas son ministradas con un corazón dispuesto.

El momento también, presenta una atracción especial a esta obra que ningún otro momento podía haber hecho. Esto es, como hemos dicho, el último momento de la hora undécima de su día, y aún esta gracia sirve y está activa, desplegando de este modo su divina energía. Ciertamente, bien podemos tomar y gozar esta historia de Rahab la ramera de Jericó; algo mostrada, como la historia de Saulo de Tarso, el perseguidor, como un modelo de la paciencia en la gracia del Dios de salvación. Y cosa feliz es nuevamente, puedo decir, tener tal escena en un libro como éste, que mientras estamos a punto de ser testigos de los juicios que son una obra necesaria de Dios, la gracia que aquí contemplamos, es Su propia y agradable obra.

 

 

“Su despertada ira se mueve lentamente.

Su dispuesta misericordia vuela a prisa”.

 

El segundo de estos pasajes del Jordán tiene un carácter completamente distinto. Éste es realizado con poder y plena gloria. Es el “arca del Dios de toda la tierra”, la que está ahora cruzando el río, a la cabeza del ejército de Jehová. La presencia divina se está haciendo ahora a sí misma conocida en majestad. Jehová está a punto de preparar Su trono para juicio y para tomar Su reino.

Todo es grandeza. Tan pronto como los pies de los sacerdotes que llevan el arca tocan la orilla de las aguas, éstas se retiran, “¿Qué te alarmó, oh Jordán para que te retiraras?”.

         La presencia de Dios fue sentida. En calma e imperturbable majestad con la conciencia de llevar nada menos que el poder divino, se hace el cruce del Jordán. Las montañas ayer no habían sido sino un lugar de escondite para los espías, pero ahora las mismas aguas se levantan como un monte al servicio del campamento.

No hay ahora, de acuerdo con esto, ningún llamado a la fe, como había sucedido antes, ni debilidad, tampoco búsqueda de favor y protección, ni aparente degradación, como uno ocultándose a sí mismo sobre el techo de una casa bajo lino escondido por la mano de una mujer. Todo es poder, ahora es el tiempo de recompensar a aquellos que han sido fieles; libertando a los que han recibido la palabra de gracia; y juzgando a aquellos que han temido, pero que no han actuado de acuerdo con esos temores. Éste era el día de gloria cumpliendo las promesas que la gracia ya había dado en un mundo juzgado. Éste era el día de poder y del reino, levantando un memorial para sí mismo en el lugar de su herencia, que últimamente había sido el lugar del enemigo.

Estas son las características del segundo cruce del Jordán registrado en estos capítulos. Y cuando contemplamos estos dos cruces, diferentes como son, no podemos sino ver la imagen de las dos venidas del Señor a este juzgado mundo nuestro; la primera dirigiéndose en debilidad, fe, y prometiendo redención —la segunda, en poder, afirmando los derechos del Dios de toda la tierra en el juicio de un mundo que ha llenado su medida, y dando la prometida libertad a aquellos que Lo habían recibido y que habían confiado en Él, en el día de Su humillación; y estableciendo el honor de Sus hechos por medio de un pilar de doce piedras, la alabanza de todos Sus santos, en el lugar de su herencia.

¡Cuán pleno, claro y simple! ¡Qué palabras nos proveen estos tres capítulos! ¿Hemos, como la ramera de Jericó, aceptado la gracia de la primera venida, de modo que estamos siempre esperando con ansias la gloria de la segunda venida? ¿Conocemos ese perfecto amor que está ahora en Él, de manera que tenemos libertad al pensar en el juicio que todavía debe ser ejecutado?

Pero al finalizar mis meditaciones sobre estos capítulos, no puedo negarme a añadir cuánto admiro la acción de este libro al introducir esta libertad de Rahab. Esto me recuerda de manera sorprendente al heredero, ahora cuando estamos a punto de entrar en la gran acción de la redención de la herencia.

¡Tenemos esto en la historia de Rahab en Jericó, un vívido recuerdo de Israel en Egipto, y otra vez digo que es bello tener este cuadro de salvación de un pecador, justo cuando estamos a punto de entrar en esa escena que nos habla del reino o de la gloria! Porque, en principio, hay solo un paso —justo como los dos cruces del Jordán están cerca el uno del otro. “A los que justificó, a estos también glorificó”, y como en un abrir y cerrar de ojos, el ladrón creyente sobre la cruz fue el santo en el paraíso con Cristo.

 

Gilgal

Capítulo 5

Desde los primeros tiempos de los días de los patriarcas, los elegidos de Dios, los hijos de Israel vienen ahora a tocar la tierra de la promesa. Éste fue un largo intervalo, más de doscientos años; y ese intervalo ha sido ocupado por ellos para su vergüenza como para su aflicción. Una hora radiante había brillado sobre su camino en el tiempo de José; pero desde entonces, los hornos, ladrillos, y capataces de Egipto, y después los cuarenta años de peregrinaje en el desierto, han narrado sus aflicciones; pero sus idolatrías en la tierra de su cautividad, su incredulidad cuando Dios se levantó para libertarlos, y después sus muchas provocaciones a lo largo de todo el camino por el cual llegaron a Canaán, han narrado sus pecados.

Y antes que ese curso de pecado y aflicción hubiese comenzado, fue su iniquidad la que los separó de esa tierra al principio, que ahora ellos justo retomaban. Ellos habían pecado contra José, y entonces ésta era su cautividad.

A pesar, sin embargo, de todo esto, aquí están ellos nuevamente. Sus pies tocan la tierra del sepulcro de sus padres, la tierra de la promesa y pacto de su Dios.

Las naciones de la tierra sienten el poder de ese momento. Esto fue como el clamor que aún debe ser escuchado cuando el Esposo venga. El Señor de la casa ahora se ha levantado. Israel ha cruzado los límites, y era demasiado tarde para clamar, “¡Señor, ábrenos!” Ellos sienten este momento a pesar de sí mismos, y su corazón desmaya.

Pero al campamento se le hace sentir otra cosa. La generación que había nacido en el desierto no había sido circuncidada, y ellos se encontraban en una extraña condición.

Pero ahora ellos tienen que ser, algo reavivados en su propio carácter, y la circuncisión viene a ser una cosa necesaria. Canaán era suya sólo si ellos eran de Jehová, y ellos debían llevar sobre si la señal de que eran Suyos. Ellos fueron circuncidados, y de esta forma vinieron a ser un pueblo nuevo. Todo es dejado atrás, “el reproche de Egipto” como se dice aquí, “la vergüenza de su juventud” como dice Isaías (Isa. 54:4). Todo es cancelado “Este día, dice Jehová a Josué, cuando la circuncisión del pueblo tuvo lugar, “he quitado el reproche de Egipto de sobre vosotros”. Él estaba nuevamente comenzando con Su pueblo. Esta circuncisión, una segunda vez, fue como si Jehová ahora estuviese comenzando con la nación; como en los primeros días de Abraham, por medio de la primera circuncisión, ha comenzado con la familia (Gén.17). Y una muy fina expresión de gracia en su rica y abundante gloria, era ésta. Israel ahora podía celebrar la Pascua como lo hizo la noche de su redención en Egipto, en Éx.12 —porque la Pascua pertenece a un pueblo circuncidado. Porque, cuando Dios santifica, es decir, separa para Sí mismo por elección, Él redime, y quiere que Sus redimidos conozcan y celebren su redención (Éx.12:45).

Y la herencia entonces, en debido orden, sigue a la redención, como la redención sigue a la santificación o separación. De acuerdo con esto, la tierra ahora presenta para ellos alimento, ya que ellos ahora habían celebrado la Pascua después de su circuncisión. Como leemos aquí, “Al otro día de la pascua comieron del fruto de la tierra, los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas. El maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto de la tierra; y los hijos de Israel nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año” Esto era el goce de la herencia. Era la tierra que presentaba sus panes y grano tostado, el maná no era más necesario en la tierra. Esto verdaderamente es demasiado precioso como para olvidarlo; por tanto, un omer de aquel será guardado como memorial en la misma arca de Dios (Éx.16:33), pero la comida del desierto no es necesaria en la tierra de la herencia. Como, en semejante espíritu, Israel hará tabernáculos en la fiesta de los Tabernáculos que les recuerdan la vida del desierto; pero tabernáculos no se necesitaran más en medio de las ciudades de Israel en los días del reino. Los recuerdos de la aflicción pasada no hacen sino aumentar el gozo. La cesta con los primeros frutos reconoce esto. Esa cesta era el testigo de la actual plenitud, pero la confesión que acompañaba la presentación de ésta recordaba al pensamiento el día cuando Israel era un extranjero pereciendo. Del mismo modo ahora nosotros en espíritu, como nos lo muestra el cap.2 de Efesios, recordamos que éramos gentiles, y sin esperanza y sin Dios, aunque ahora en la libertad de un pueblo conscientemente acercado. Y así será en la gloria, como lo es ahora en espíritu o por medio de la fe. Porque las arpas de los arpistas en el cielo hablarán de la condición pasada de pecado y ruina.

Aquí, podría decir, el reino o milenio brilla por un breve y místico momento. El Jordán ha sido atravesado, el desierto ha sido dejado atrás, y el pueblo de Dios se sienta en una fructífera tierra de promesa y gloria.

 

Jericó y Hai

Capítulos 6 al 8

Habiendo entrado en la tierra y asumido su circuncisión, ese orden de santificación que conviene a la herencia, y a la presencia del Dios de Israel, comienza la subyugación de la tierra. El Señor se pone ahora al frente del ejército para poder ordenar las batallas, como Capitán de Israel; como antes a través del desierto, en la columna de nube estuvo al frente del campamento, para ordenar sus jornadas, como el Guía de Israel. Aquí, sin embargo, miraré a mi alrededor por unos pocos minutos.

El Señor aparece como un soldado bajo los muros de Jericó, y en presencia de Josué. Pero Josué no lo descubre. Esto fue como Gedeón después en Juec.6, y como Manoa en Juec.13. Josué tuvo que preguntarle como ellos han tenido que hacerlo en su día. Pero no ha sido así con Abraham en Gén.18. Él descubrió a Jehová enseguida, y se inclinó ante Él, tratándolo como Señor. Pero Josué tiene que preguntarle como a Uno a quien no conocía, “¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?".

Pero Cristo no puede andar con aquellos que tienen pensamientos despreciativos hacia Él. Fue así con Marta en Jn.11. Ella dijo, “lo que quieras que tú le pidas a Dios, Dios te lo dará”. Pero esto no estaba bien. Y Él enseguida le hace saber esto. Él le dice en respuesta, “Tu hermano resucitará”, No en respuesta a que Él le pidiera a Dios que Lázaro resucitase, como lo sugerían las palabras de Marta, sino sobre Su propia autoridad personal, como en el ejercicio de Sus propios derechos, Él promete esto, que Lázaro resucitaría. Y así, cuando en la oscuridad de sus propios pensamientos ella habló nuevamente y dijo, “yo sé que resucitará en el día postrero”, El Señor, nuevamente, resintiéndose, dice “Yo soy la resurrección y la vida”. Él quería que Marta tuviese pensamientos justos acerca de Su gloria. Y así fue con Josué respecto a Él, un pensamiento que lo consideraba como estando posiblemente de lado de Israel, pero no lo reconocía como estando al frente de Israel. Él debía tener un justo lugar en los pensamientos de Josué y Marta, con relación a Su gloria. Si, en todos nosotros, amados. Y ciertamente cada uno de nosotros puede orar —«Haz que podamos comprender siempre esto sin una nube, y confesarlo sin una vacilación».

Y es cosa feliz ver cuán rápidamente el pensamiento de Josué toma su justo lugar. Él adora al Extraño a quien justamente antes había desafiado. Él es ahora el capitán de salvación ante sus ojos, y Aquel que debía guiar a los hijos de Israel a la victoria. Podemos necesitar instrucción en las variadas glorias del Hijo de Dios, y esperar que éstas nos sean desplegadas, pero cada santo tiene una mente preparada para esto, y enseguida, ahora pida e instintivamente se regocija en ellas.

La batalla siendo ahora de Jehová, no importaba ahora cuales fuesen las armas de guerra. Una aguijada de asno, una onda y una piedra, cántaros y antorchas, etc. Y así el grito de los soldados y el sonido de la trompeta de cuernos de carnero se muestran suficientes; los muros de Jericó cayeron, y esa ciudad, como los primeros frutos de la tierra, fue tomada. La fe hizo esto, y no la fuerza (Heb.11:30) —la fe que introduce a Dios, y entonces la fe no sólo puede derribar muros, sino también remover montañas. Pero el mundo debe ser juzgado. El reino debe ser limpiado de todo lo que ofende y hace iniquidad, antes de que éste pueda ser tomado y gobernado por Cristo. Jericó es consagrado a la espada. Esta ciudad es hecha un ejemplo de aquello que debe ser juzgado, y todo lo que estaba o pertenecía a ella, excepto la casa de la fe que estaba protegida bajo el cordón de grana, todo lo demás debía ser cortado por el juicio. Esa familia, sólo esa, fue redimida en aquel día de juicio en Canaán, como la casa de Israel lo había sido anteriormente en otro día del juicio en Egipto (Éx.12).

Pero, además, todo el oro y la plata debía ser dedicada a Jehová, todos los vasos de bronce y hierro, ¿Nos sorprende esto? Una moneda de oro era suficiente para contaminar toda una tienda, y traer el juicio de Dios en terrible y poderosa ruina sobre todos los que estaban en ella, mientras el mismo Jehová podía introducir en Su tesoro todo el oro que podía encontrarse en la ciudad. Nuevamente, pregunto, ¿Nos sorprende esto? Bien, Dios es Dios y no hombre. Cristo podía tocar al leproso; ningún israelita podía hacer esto, fuese quien fuese, sacerdote o rey, o aun un nazareo. La ira del hombre alabará a Dios. Dios puede usarla, pero nosotros no debemos ejercerla. Aun a aquellos que predican a Cristo por contención y mala voluntad, Cristo puede usarlos, pero nosotros debemos limpiarnos cuando tomamos Su nombre para publicarlo.

Jericó es ahora el representante del mundo para el campamento de Israel, de esa cosa que debía ser juzgada; aun así, cada hombre del campamento debía mantenerse aparte de éste, y de todo lo que le pertenecía. Por tanto, como leemos aquí, el pueblo era advertido para no tomar ninguna cosa de ese lugar, aun, como podría decir, aunque fuese sólo “un cordón de sandalia”. Jericó era como Sodoma a la vista de Abraham. Y, además, como Sodoma nuevamente, debía ser quemada perpetuamente. Josué, conjuró al campamento en aquel tiempo, diciendo, “Maldito ante Jehová el hombre, que se levantare y edificare esta ciudad de Jericó”. Porque realmente ese sería un acto como aquel de Nimrod, un desafío al Dios de juicio, un acto semejante al de Amalec. Esto sería jugar nuevamente la parte de Cam, volviendo a la tierra que Dios había maldecido, reviviendo lo que Dios había sentenciado y destinado a la destrucción. La cosa maldecida, sin embargo, a pesar de estas solemnes advertencias, fue tomada. Éste fue, en verdad, un presuntuoso pecado. Ningún sacrificio podía expiar tal acto. “Hay pecado de muerte; no digo que se ore por este”. Un lingote de oro y un manto babilónico fueron codiciados y tomados, y ocultados en medio de Israel; e Israel, el campamento, vino a ser, a la vista de Dios, por un tiempo, un Jericó. La maldición que últimamente había descansado sobre esa ciudad de los incircuncisos ahora descansaba sobre el campamento del pueblo de Dios. La lepra de Naamán se puso sobre Giezi —y por esta justa razón, Israel es derrotado en su segunda batalla, es decir contra la ciudad de Hai.

Y aquí, permítanme decir, que esto ha sido hecho bajo cada prueba a la cual el hombre ha sido sometido —una cosa maldecida ha sido una y otra vez tomada. La criatura de Dios, Su criatura responsable, se ha enlazado con la contaminación, es decir, con la misma cosa que debiese haber juzgado. Tal fue Adán en Gén.3 —tal es Israel ahora, y lo mismo encontramos en Juec.1 —tal fue Salomón en Judá, y Jeroboam en Israel —y tal es la iglesia o cristiandad, como se nos muestra en 2ª Tim.2.

Esta ocasión nos habla de esto. Josué debiese haber conocido la razón de la derrota de Israel. Él debiese haber conocido el mal que estaba dentro, y que Israel no se había fortalecido en Dios sino en sí mismo. “Por esta causa”, como dice el apóstol, por la causa de que existía algo dentro de las puertas, “muchos están debilitados y enfermos entre vosotros, y muchos duermen”. Y también por Jos. 6:18 él debiese haber sabido donde debía encontrarse la causa del desastre. Pero él parece acusar a Jehová, y, como David en el día de su mal temperamento a causa de la muerte de Uza, Josué ha tenido que aprender que la falta estaba en ellos. En lugar, por tanto, de las victorias de Israel, la purificación de Israel debe tener lugar. En lugar de ir de poder en poder, deben hacerse nuevamente las primeras obras. Si no nos juzgamos a nosotros mismos, el Señor lo hará, para que no seamos condenados con el mundo. El campamento de Israel no será como la nación cananea, aunque por un momento pueda ser como Jericó. El pecado y el juicio de María una vez retrasó el progreso de Israel en el desierto, el pecado y juicio de Acán debe ahora retrasar el progreso de Israel en la tierra. Pero éste es sólo un retraso. La disciplina no revoca la gracia; ésta sólo mantiene la santidad. El valle de Acor es una puerta de esperanza (Oseas 2:15)

Y cosa feliz es saber, que un alma restaurada es siempre un alma bendecida. Y así es aquí, el campamento debe subir una segunda vez contra Hai, y esta ciudad es ahora tomada, no realmente con la facilidad y honor que fue tomada Jericó; pero aun así ésta es tomada, como en la experiencia de nuestras propias almas, y aunque restaurados y perdonados, y puestos nuevamente en el camino, con bendiciones más ricas y elevadas, aun así, el alma encuentra algunos nuevos elementos en su historia. Ésta tiene ejercicios a través de los cuales pasar que podrían haber sido evitados si se hubiese andado más constante y justamente. Pero al final, muy ciertamente, Israel es bendecido. Hai cae y su ganado y despojos vienen a ser la propiedad del pueblo, como el oro y la plata, el bronce y el hierro de Jericó ya habían venido a ser la propiedad de Jehová.

El altar es entonces levantado, Dios enseguida es reconocido, como lo había sido por Noé, cuando salió del arca para entrar en un mundo nuevo —y como Abraham lo había reconocido, cuando llegó al lugar que la gloria de Dios le había dicho— como Israel lo había reconocido tan pronto como ellos habían ido más allá de Egipto y al otro lado del mar Rojo —y como Salomón lo reconoció cuando él tomó el reino. Cual sea la misericordia, el pilar y el altar siguen a esto —la misericordia es la ocasión del testimonio y la alabanza.

Y al final de estos capítulos el pacto que puso a Israel bajo la ley es inscrito sobre su propio pilar, y leído ante la audiencia del pueblo; porque la ley era la condición sobre la cual la herencia a la que ahora se había entrado era asegurada y gozada, como podemos verlo en el capítulo 23.

Y al mirar hacia atrás a estos capítulos por un momento, permítanme decir, que, si el Señor juzga esto en el mundo, ciertamente no pasará por alto lo mismo en Sus santos. Si la cosa maldecida de Jericó se encuentra en Israel, la mano de Dios se hará sentir sobre Israel como se hizo sentir sobre Jericó. Y todo esto es mostrado aquí. Jericó es destruido, el campamento es purificado, Jericó no existe más, el campamento está en su camino de conquista nuevamente. En el caso del santo, el valle de Acor es siempre una puerta de esperanza. La tribulación produce esperanza a través de la paciencia y la experiencia. El Señor no deja a Su pueblo en ese valle. Y somos juzgados por el Señor para no ser condenados con el mundo.

Pero aquí, sugeriría una verdad que creo es moralmente de gran importancia, y que debemos recordar siempre cuando estamos siguiendo el curso de victorias de Josué, que estas victorias son el juicio de Dios sobre un pueblo al cual se ha tenido paciencia por siglos, y que ahora, antes que la espada de Josué sea desenvainada, ha colmado la medida de sus pecados (ver Gén.15). La iniquidad del amorreo era ahora plena, y su juicio contra ellos era ahora ejecutado. La espada de Josué era de juicio, más bien que de victoria. Él aparece ante nosotros como un juez, no como un conquistador, y esto alivia el corazón, cuando vemos las matanzas de esta solemne historia, recordar esto, que las guerras de este líder de Israel nunca deben ser consideradas como meras invasiones de un país más débil, por la fortaleza inmoral y sin conciencia de un ejército superior. Josué era el ministro de Dios, y “Dios no puede ser tentado por el mal, tampoco Él tienta a nadie”.

Los gabaonitas

Capítulo 9

En este libro de Josué, fructífero en variadas ilustraciones morales, somos ahora introducidos a los gabaonitas, y a través de ellos a una muy seria e importante lección.

Fue la fe la que guió a Rahab la ramera a entrar en una alianza con Israel, como lo hemos visto en nuestra meditación sobre Jos.2, y como lo aprendemos por Santiago y Heb.11. Porque ella aceptó al pueblo de Dios en el día de debilidad, mientras ellos aún estaban en el desierto —como Rut después se contentaría seguir a Noemí, aunque ella aún estaba en exilio y pobreza, o como Abigail quien reconoció a David en el día cuando él necesitaba un pedazo de pan.

Esto es fe. Ésta es la aceptación del Hijo del hombre bajo la señal del profeta Jonás. Pero éste no es el camino de los gabaonitas. Durante el intervalo desde Rahab a ellos, Israel había cruzado el Jordán. En palabras de las Escrituras, “el maestro de la casa se había levantado para cerrar la puerta”. El juicio había comenzado y seguía su curso.  Era demasiado tarde para que la fe pudiese ejercitarse. Israel no estaba más lejos, sino que había llegado; no era más invisible, sino que estaba en medio. Su día de poder había llegado. Era, por tanto, temor por sí mismos, y no fe, lo que movió a los gabaonitas a buscar alianza con Israel. Esto fue como el clamor, “¡Señor, ábrenos!” —y a nosotros se nos dice que ese clamor fue en vano.

Los gabaonitas habían escuchado lo que Josué había hecho a Jericó y a Hai; es decir, que habían escuchado acerca del juicio de la tierra, después que Israel había cruzado el Jordán, o como hemos dicho, cuando el maestro de la casa se había levantado. Rahab había escuchado lo que Jehová había hecho en el mar Rojo y en el desierto (ver Jos.2:10 y 9:3). Pero esto hace una gran diferencia. Es fácil ser afable y bondadoso cuando el tormento viene sobre nosotros; pero tal actitud no es de fe, sino de temor. Esto es natural, y además necesario. Los gabaonitas pretendían haber sido movidos por el mismo reporte que movió a Rahab (v.9-10); pero esto era falso, como el v.3 ya nos lo ha mostrado. Ellos eran como la multitud que seguía al Señor, no porque veían los milagros, sino porque habían comido de los panes y los peces y se habían saciado, buscaron a Josué por lo que ellos podían obtener de él; le buscaron para sí mismos, porque necesitaban la libertad que buscaban, ya que el juicio estaba sobre ellos.

Ésta era la posición moral de los gabaonitas. Esto no era en ellos, fe conforme al conocimiento del Dios de Israel. Josué debiese haber estado consciente de todo esto, pero él dormía, y la cizaña era ahora sembrada en el campo. Los príncipes hacen alianza con estos hombres de Gabaón, y el incircunciso encuentra un lugar en medio de Israel. Israel podía hacer ahora lo mejor que podía, bajo las condiciones y resultados de su propio descuido, pero la cizaña no puede ser arrancada, y allí, en los campos de Israel éstas están destinadas a ser una turbación para aquellos que los han dejado entrar (ver 2ª Sam.21).

Ciertamente vemos en esto una seria lección para nosotros. Aprendemos la diferencia entre la fe que forma tal actual alianza con Cristo, lo que Él reconocerá en el día futuro de Su gloria —y el temor que lo busca después de que el día de juicio ha comenzado. Es en esta edad de Su debilidad que la fe lo busca y reconoce, y después en la hora del juicio, y la eternidad de gloria en sus diferentes formas, ambas cosas serán nuestras.

También aprendemos, el peligro como también el mal, de ser descuidados en el servicio de la casa de Dios. “Mientras los hombres dormían, el enemigo entró y sembró cizaña”. Nuestro descuido produce daño, cuyos amargos frutos pueden ser vistos después de años.

 

La conquista de la tierra

Capítulos 10 al 12

                         

Israel, como lo hemos visto, ahora ha entrado en la tierra en el nombre del Dios de toda la tierra, los que tenían fe, han sido libertados. El campamento ha sido purificado de la maldición que lo hizo por unos momentos un Jericó o Babilonia. Jericó y Hai han caído.  Los gabaonitas han entrado, como cizaña entre el trigo, en juicio sobre los hombres que dormían, y ahora, la espada de Jehová y de Josué está a punto de completar la conquista de la tierra.

Este es un día de juicio. La venganza de la justicia debe ser ejecutada sobre los Amorreos, que ahora habían llenado la medida de sus pecados. La paciencia de Dios ya no podía esperar más (Gén.15:16)

Éste es un día de juicio sobre las naciones, como lo fue el día de Noé sobre el mundo antes del diluvio, o el día de Lot sobre las ciudades de la planicie, o el día de Moisés sobre la tierra de Egipto. La espada de Josué, como ya hemos dicho, debe ser interpretada como la espada de un juez, más bien que como la espada de un conquistador. La concesión de su herencia a los hijos de Abraham puede parecer la principal causa de esta gran acción, pero esto está realmente fundamentado sobre el hecho de que la iniquidad de los Amorreos ahora había llegado a su colmo. La espada de conquista para Israel es la espada de juicio sobre los Cananeos —y el pueblo de Jehová debe esperar a que el pecado de aquellas naciones madure y el juicio de Jehová, antes de que ellos puedan alcanzar la herencia (ver Gén.15:16).

Esto es exactamente lo que sucede en estos mismos momentos. El reino milenial, que es la herencia de Cristo y los santos, no será alcanzado hasta que el mundo haya llenado su medida y la espada de juicio lo haya visitado. Lo que juzga al mundo, limpia el camino para el reino y la herencia, como una vez lo hizo la espada de Josué. Escuche las diferentes voces en los primeros versículos de Apoc.14.

Pero, además: Esto siendo así, la espada de Josué es realmente la espada de Jehová, la victoria del gran capitán de Israel es realmente el juicio de Dios, y vemos al mismo Dios interfiriendo directamente. Piedras son arrojadas desde el cielo en la batalla de Gabaón, y el sol y la luna se detuvieron en su curso hasta que Josué hubo vengado a Jehová sobre Sus enemigos y obtenido la victoria para Su pueblo. Ha sido así en días de otros y más anteriores juicios, porque “la venganza pertenece a Dios”. Dios es el Juez; como se ha señalado del mismo comienzo. Porque fue Dios quien tomó en Sus manos el juicio de Caín (Gén.4:15). Y fue el mismo Dios quien trajo las aguas del diluvio en días de Noé. Y fue Él mismo Dios quien hizo llover fuego del cielo y azufre sobre las ciudades de Sodoma y Gomorra. Y fue Dios mismo también quien envió plagas sobre la tierra de Egipto, y quien finalmente miró a través de la columna de fuego, y destruyó a los ejércitos de Egipto en el mar Rojo.

Y así, si leemos Apocalipsis que registra para nosotros el juicio del mundo justo antes que el reino de gloria sea establecido, encontramos que será el mismo Señor quien abrirá los sellos, y permitirá aquellas visitaciones de ira sobre la tierra; y al final, como el Jinete sobre el caballo blanco, destruirá a toda la confederación apostata del mundo. Ese Jinete, saliendo del cielo para juzgar la Bestia y su ejército es como Jehová mirando a través de la nube sobre el ejército de Egipto.

Realmente es muy sorprendente, Josué parece haber comprendido el carácter de ese momento. Los granizos de piedra, admito, pueden señalarnos que el cielo estaba haciendo suya la batalla. Pero la historia de otros días de juicio, tales como aquellos a los cuales ya nos hemos referido, como de los días de Caín, Lot, y Moisés, fue abundante como para permitir además saber que Él mismo era el ejecutor del juicio, y Josué, por tanto, ahora pondría las armas de guerra y los instrumentos de venganza en Sus propias manos, él bellamente comprendió, nuevamente digo, el carácter de ese momento. Él nos recuerda a Juan en los evangelios. Juan representa ese sabor y simpatía espiritual que lo hacía rápida e instintivamente, descubrir a su Señor. Y Josué ahora celebra su conocido oráculo, y sin ninguna reserva o estorbo en su espíritu, y con toda libertad y autoridad, dice: “Sol detente en Gabaón, y tú luna en Ajalón”. Él sabía que el juicio de Dios estaba en curso, y que podía ponerlo en Sus manos; él sabía que Dios peleaba por Israel, y por tanto le dejaba a Él la batalla. Este tono de decisión, a causa de la claridad en la luz y conocimiento de la mente de Cristo, es algo muy fino. Los espías, en el capítulo 2, no fueron reservados o dudosos al prometer seguridad a Rahab. Ellos no volvieron para consultar con Josué en busca de alguna autorización. Ellos conocían su derecho a prometerle salvación a Rahab, pecadora y cananea como era ella. Ellos tenían el espíritu de fe, y eran vasos de la luz de Dios. Ellos “juzgaron en si mismos”. Ellos sabían cuál era la aceptable y buena voluntad de Dios, en tal momento, y así aquí, en el capítulo 10, Josué no tarda ni duda, sino que actúa rápidamente y con decisión, y eso, también, algo más allá de lo que podía ser estimado las más altas prerrogativas de una criatura, aun en gracia; él habló a los cielos, y mandó al sol y luna. ¡Maravilloso! El Espíritu, registra tal momento, y se detiene para que admiremos esto. “Y no hubo día como aquel, ni antes ni después de él, habiendo atendido Jehová a la voz de un hombre; porque Jehová peleaba por Israel” (Jos.10:14).

Ésta fue realmente una gran ocasión; pero hay días semejantes después, y aun así no hay sorpresa ante ellos. El Señor Jesús manda a los vientos y las olas. Él detiene las fuerzas de la naturaleza, ya sea que éstas perteneciesen a los cielos o la tierra, pero el Espíritu, que registra estos hechos también, no se maravilla ante ellos, porque realmente esto no era una maravilla. La voz de Josué era sólo "la voz de un hombre”, como leemos, y Cristo era “Dios, sobre todo, bendito para siempre”. Pero este momento puede ser lleno de admiración para nosotros. Josué sabía que la batalla era de Jehová a favor de Su pueblo, y también que el juicio y venganza le pertenecía a Él, y él mandó al sol y luna que esperaran y dieran espacio para que Dios terminará Su obra aquel día, para que realizará Su poderosa y extraña obra, Sus obras de misericordia y juicio.

Y como leemos en estos capítulos, Dios endurece los corazones de los cananeos en su día de juicio, como antes había endurecido el corazón de Faraón en su día de juicio, y como lo hará en el futuro, enloquecerá al mundo antes de juzgarlo, y le enviará un espíritu de mentira y engaño. El corazón de estas naciones de los Amorreos estaba ahora endurecido contra Israel, y ellos se lanzaron a la batalla contra el escudo del Todopoderoso, como leemos; o como volvemos a leer, para dar coces contra el aguijón en el entontecido espíritu de propia destrucción.

De igual manera aprendemos por estos capítulos que el ejército conquistador de Israel retornó a Gilgal, donde estaba el campamento. Gilgal había sido el lugar de su circuncisión, y ésta era la señal de su nueva condición. Ésta había quitado de sobre ellos el reproche de Egipto. Todo eso es pasado, y es pasado para un pueblo circuncidado o bautizado. Los tales han renunciado a sí mismos. La circuncisión nos habla de la puesta a un lado de todo aquello que era propio de ellos, y de tomar a Dios como su fuente de confianza y fortaleza, y el secreto de todas las virtudes en ellos. “Nosotros somos la circuncisión que adoramos a Dios en espíritu, y nos gloriamos en Cristo Jesús, y no tenemos confianza en la carne”. Esto contradice y manifiesta la carne, y se gloría en el Señor. ¿Y cuándo puede tal cosa ser más adecuadamente recordada, que cuando Gilgal es convenientemente revisitada, que después de la victoria? La victoria puede envanecer. Es difícil usar un día de adulaciones con modestia. Más difícil aún es usar una victoria que obtenerla, como se ha dicho. Abraham usó bien esto. En espíritu él volvió a Gilgal después de la victoria, y así lo hace aquí el ejército de Israel. “Cuando hayáis hecho todo, decid siervos inútiles somos”. Los honores que ellos han obtenido deben ser puestos sobre el altar de Dios, o a los pies del Señor. Su circuncisión fue recordada, ellos habían renunciado a sí mismos, ellos eran ahora un ejército de conquistadores circuncidados. Su victoria era de Dios. “Y Josué retornó y con él todo Israel al campamento en Gilgal” (ver Jos.5:9; 9:6 y 10:6, 43). Silo por ahora sería el lugar donde debía estar el tabernáculo (Jos.18), Gilgal es ahora el lugar del campamento, y también del ejército después de sus victorias.

El catálogo de los reyes y sus tierras ahora reducido termina esta sección de nuestro libro — “Y”, como leemos, “la tierra descansó de la guerra”.

 

La división de la tierra

Capítulos 13 al 21

La división de la tierra sigue a la conquista. Ésta viene a ser la herencia de Israel, tan pronto como es arrebatada de las manos de los Amorreos. El tiempo de juicio del pueblo de la tierra ha llegado, y juntamente con eso, el tiempo para poner a los hijos de Abraham en posesión de ella. Si los Amorreos habían colmado ahora la medida de sus pecados, Israel ahora ha llenado la medida de su esclavitud y peregrinaje.

El vaso ha sido limpiado, y entonces el tesoro es puesto dentro. Así debe ser. Éstas son las demandas de la santidad y la gracia, y tales demandas deben ciertamente ser respondidas. Ésta es la imagen del camino de Dios, y necesariamente así, de principio a fin. ¿Por qué la obra del Creador en el mismo comienzo, si el descanso del Creador no la ha de seguir? y ¿Por qué, los juicios en el mismo final son para limpiar la tierra de sus opresiones y corrupciones, si el reino y gloria no han de seguir? Un día milenial debe venir después de los juicios, como el descanso del Creador ha seguido a Su labor, o, como el nuevo mundo salió antiguamente de debajo del diluvio; o, como la herencia en el día de Josué sucedió a la espada, la división de la tierra, a su conquista; o como las victorias de David hicieron lugar para el cetro, el pacífico cetro de Salomón (ver Núm.33:50-56). Todo esto es cierto y simple —santidad y gracia, como hemos dicho, hacen estas demandas, y tales demandas deben ser respondidas en los más perfectos caminos y designios de Dios.

Pero hay más. La tierra, ahora quitada de las manos del malo, y hecha la porción de los elegidos de Dios, debe tener nuevos y convenientes caracteres grabados sobre ella. Esto debe ser así. Si la obra del Señor es para conducirlo a Su descanso; si Él juzga y quita la iniquidad, es para guiar al reino; y después, tan pronto como Él ha entrado en Su reposo, o tomado el reino, Su descanso y reino deben tener caracteres estampados sobre ellos, dignos de Su mano y presencia. El nuevo mundo después del diluvio dio testimonio de Su adoración, y gobierno, el altar y espada de Noé nos hablan de esto. Estas cosas dieron carácter a este nuevo mundo. Los días de Salomón han tenido de igual forma sus convenientes marcas. Bajo sus vides e higueras, Israel ha estado comiendo y bebiendo y alegrándose entonces, como a orillas del mar; el templo fue edificado; la paz fluyó como un río; y los reyes de tierras distantes querían ver al rey en Jerusalén; y así, como sabemos, el mundo milenial tendrá las marcas de la presencia de las glorias de Cristo por todo lugar. Este tiempo tendrá sus propias y profundas características. Éste será un mundo redimido de las manos del hombre y de Satanás y que estará en manos del Señor; y como tal tendrá sus propias características y frutos.

Así vemos esto en el progreso de estos capítulos. La tierra de Canaán estando ahora en posesión del pueblo de Dios, lleva muchos distintivos que hablan de sus nuevas condiciones, tales como los Amorreos jamás habrían podido poner sobre ella. De esta forma ésta viene a ser un santuario, la escena y testigo de la adoración de Dios. El tabernáculo fue levantado en Silo. Aunque la extensión y anchura, es hecha, como decimos nosotros, un mundo religioso, el asiento de un establecimiento religioso, los ministros de Dios son investidos y establecidos en todas partes del país, esperando continuamente en el servicio de Dios. Aunque la extensión y anchura de este también, se hace provisión para mantener la justicia entre hombre y hombre. La institución de las ciudades de refugio nos habla de esto, porque allí debía huir el inocente para encontrar protección hasta que la cuestión dudosa entre él y su prójimo pudiese ser arreglada, de acuerdo con la verdad y la justicia.

Estas cosas estaban entre los grandes y convenientes caracteres grabados sobre la tierra ahora rescatada de los incircuncisos y hecha la porción del pueblo de Dios. Éstas constituyen la plena expresión de un mundo religioso, de la tierra restaurada a Dios. Canaán había sido ahora purificada por juicios, y dada a las tribus de Jehová, y hecha la escena de la adoración divina, los términos de la santidad de Dios y la justicia entre hombre y hombre son asegurados. Éste era un pequeño mundo hecho por Dios —un ejemplo de la tierra restaurada a Dios— una sombra de los bienes venideros, cuando todo el mundo, la tierra en su extensión y anchura, sea tomada por el Señor, y tenga las señales de su santificación, el conocimiento de Su gloria cubriéndola como las aguas cubren el mar, el nombre del Señor Jesús levantándose con cada sacrificio de mañana y tarde, y el cetro de justicia manteniendo todo en santo orden a través de todas las condiciones y relaciones de los hombres.

Encontramos, sin embargo, algo diferente en la actual condición de cosas. La tierra no estaba todavía plenamente conquistada, aunque había sido plenamente repartida; y esto era así, porque Israel debía ser probado. Ellos eran puestos en la posesión de la tierra por la gracia del Dios de sus padres, pero debían mantenerla como un pueblo obligado a obedecer, bajo la ley que ellos mismos habían aceptado, en el monte Sinaí. En un sentido ellos estaban ahora en posesión de su herencia, y en otra forma no lo estaban. Por tanto, en el progreso de estos capítulos, leemos un lenguaje muy diferente. Esto puede sonar discordante y comunicar el sentido de inconsistencias, pero todo es moral y bellamente correcto, cuando, en debida forma, nos enteramos de las condiciones del pueblo ahora en la tierra.

El lenguaje al cual me refiero está en estos dos pasajes. “Y Jehová dio a Israel toda la tierra que Él juró que daría a sus padres, y ellos la poseyeron, y moraron en ella, y Jehová les dio descanso alrededor conforme a todo lo que Él había jurado a sus padres —y nadie pudo hacerles frente: y Jehová entregó a todos sus enemigos en sus manos” Y nuevamente —“Siendo Josué ya viejo, entrado en años, Jehová le dijo: Tú eres ya viejo, de edad avanzada, y queda aún mucha tierra por poseer” (Jos.13:1).

Ahora, estos pasajes, y otros que podrían ser citados, suenan como discordantes, y parecerían ser históricamente inconsistentes; pero moralmente, o de acuerdo con las condiciones bajo las cuales Israel estaba ahora en su herencia, todo es justo y comprensible. Ellos no se fortalecieron en Dios, quien estaba ahora preparado para establecerlos plenamente, sino que se fortalecieron en sí mismos y perdieron la tierra. Algunos enemigos en la tierra no fueron conquistados, pero toda la tierra fue repartida, en vista a que Israel fuese probado. De modo que todo el estado de cosas es simple y fácilmente comprendido. Dios era fiel, y manifestaría el cumplimiento de todas Sus promesas. Israel tenía que probar todavía su fidelidad.

La tierra habiendo sido completamente repartida puede hablarnos de cómo Jehová fue verdadero y les dio a ellos todo lo que había prometido, como leemos aquí —los habitantes fueron sólo parcialmente subyugados, y esto nos dice que Israel debía ser probado, y que ellos no estaban aún en la plena posesión, como también leemos esto mismo aquí.

 

Caleb

 

¿Hemos dado tal respeto a Caleb, o atención a su historia, como debiésemos haberlo hecho? Lo perdemos de vista ante las más amplias y brillantes líneas de Josué. Pero esto no debe ser así, porque él brilla en su propia esfera en el cielo de la Escritura, y deja trazas de sí mismo detrás, que bien deberíamos desear reproducir en nosotros mismos.

Lo vemos en Núm.13 y 14, y lo encontramos allí, como el más ferviente de los dos. Por alguna razón, él allí merece un buen grado como Josué.

Ciertamente la gracia será soberana; y ésta es una muy bendita cosa, cuando podemos inclinarnos a su soberanía, aunque en sus elevadas prerrogativas ésta pueda tratarnos en formas de las cuales la naturaleza se resiente, y nos da sólo un Manasés o una bendición de mano izquierda. Por tanto, Caleb no se atreve a lamentarse por un sólo momento de que Josué haya sido puesto más cerca de Moisés que él; pero para alivio de su corazón (si él sufrió bajo una prueba como ésta) él podía haber recordado que antes del día de Núm.13 y 14, aun antes del tiempo de Éx.17, Josué había estado junto a Moisés, y que en esa misma ocasión él no había estado con él.

Aun así, podemos comprender muy bien que la naturaleza puede haberse sentido herida, cuando, después de Moisés, Josué vino a ser el líder principal en el campamento, y él vino a estar subordinado a él, como lo vemos en nuestro capítulo 14. Pero él soporta esto bellamente, y me pregunto a mí mismo ¿No es hermoso regocijarse en la productividad de otro, de modo a ser también nosotros fructíferos?

Sin envidia y no dejando que su espíritu fuese contaminado por ello, Caleb busca el patrocinio del hombre con quien, temprano en su vida, había estado asociado; él lo usa en lugar de envidiarlo, y no se preocupa porque no se diga de él, «da a este hombre lugar». El cántico, “Saúl mató a sus miles y David a sus diez miles” lo encuentra preparado. Esto no lo conmovió.

Tal cosa tiene una gran belleza moral. Tenemos otro ejemplo de esto en Pedro, en Juan 13. Pedro ve a Juan recostado en el pecho del Señor; pero en lugar de envidiar, ese lugar de mayor cercanía usa esto para sí, y pregunta a Juan para que obtuviese el secreto de ese seno, donde él estaba, aunque Pedro, el mayor de los dos, no estaba allí.  Y así hace Caleb aquí en Jos.14. El usa a Josué en lugar de envidiarlo.

Realmente podría haber notado igual gracia en Moisés, cuando él escuchó que Eldad y Meldad estaban profetizando en el campamento, él enseguida va al campamento para poder escuchar él mismo; él reprendió ese resentimiento que habría tenido envidia de ellos por su causa.

Extraño, admito, es que nos detengamos para admirar tales cosas, pero sabemos que podemos hacer esto. Las corrupciones son de un profundo y odioso carácter en el alma, como todos justamente lo sabemos, y estos ejemplos de victoria no pueden sino despertar nuestra admiración.

Pero nuevamente, Caleb fue grande en otra característica. Él fue fiel entre los infieles. Él lo fue en el desierto, y lo es ahora en la tierra. Él parece haber sido el único de todas las tribus de Israel que se negó a formar una alianza con los nativos cananeos. Justo como él había sido con Josué, fiel entre los espías en el desierto, aún sigue siendo fiel entre las tribus en la tierra. Él sube, con espada en mano, hasta haber expulsado a todos los cananeos que encontró allí, en sus posesiones en Hebrón (Jos.15).

Y aun más todavía, él valoró su herencia. Su corazón estaba sobre aquello que Dios le había prometido. Él fue fuerte y valiente para tomar lo que Dios le había dado, y después fue sincero y feliz al gozar de ello.

Éstas son cualidades finas de un “verdadero israelita”. Caleb se humilló a sí mismo ante los designios de Dios para obtener su porción; él pone su corazón sobre esa porción; él es diligente y valiente para obtenerla frente a todo lo que se le opone. ¡Finas señales realmente de un santo de Dios! Y ciertamente, puedo decir nuevamente, es bueno y provechoso, y también agradable, dar un poco más de atención a este distinguido israelita, que la que se le ha dado comúnmente entre nosotros. Él es lo contrario de sus hermanos infieles. En lugar de formar una alianza con los cananeos, y dar sus hijos o hijas en matrimonio, él publica aquella noble proclamación —“Y dijo Caleb: El que atacare a Quiriat-sefer y la tomare, yo le daré Acsa mi hija por mujer” (Juec.1:12). El guardó el camino de Dios tan puramente como lo hizo Abraham. Ningún marido para su hija salvo aquel que Jehová señalare: Él no edificaría su casa con madera y hojarasca.

 

Las dos tribus y media

Capítulo 22

El ejército ahora puede ser disuelto. Éste había sido enlistado en el capítulo 1, y había servido fielmente en las batallas de Canaán, pero el país habiendo sido ahora conquistado, y la tierra repartida, no hay nueva ocasión para el ejército que había sido contratado para este servicio. Los rubenitas, gaditas y los hombres de Manasés, ahora pueden volver a cruzar el Jordán para apacentar sus rebaños en las montañas de Galaad y Basán. Ellos pueden ahora transformar sus espadas en cayado de pastor.

Esto es como si la espada de David hubiese sido envainada en presencia del pacífico trono de Salomón, o como la armadura de David hubiese sido colgada en el templo de Dios (ver 2ª Crón.23:9).

Esto tiene sabor, también, a aquel día futuro cuando el ejército que ha de acompañar al Jinete sobre el caballo blanco en el día de juicio de la Bestia y sus aliados, habiendo hecho su servicio como los ejércitos del cielo, pondrán a un lado sus armas de guerra para tomar su lugar en el pacífico y glorioso reino del mundo venidero (Apoc.19-20).

El ejército de las dos tribus y media vino a ser cultivador de sus campos y de sus rebaños al lado oriental del Jordán, pero allí, en su propia porción, ellos continuaron siendo uno con sus hermanos en la tierra de Canaán, y testigos y adoradores del Dios de Israel.

Y al meditar en la escena conectada con esto, me detendría un poco; porque si no me equivoco, esto tiene una palabra para nuestras almas. El arca había pasado conduciendo y protegiendo al Israel de Dios, e Israel y el arca habían quedado allí, pero los hombres de Rubén, Gad, y Manasés habían vuelto a cruzar el Jordán, volviendo para establecerse donde sus hermanos sólo habían sido peregrinos. Antes de que ellos volviesen para establecerse allí, como lo hemos visto en el capítulo 1, Josué ha estado muy inquieto a causa de ellos, y tan pronto como cruzan el Jordán, y tocan el lugar que han escogido, comienzan, evidentemente, a estar inquietos también; y bajo la presión de esta inquietud levantan un altar.

Esto está lleno de lecciones para nosotros. Un israelita viviendo en la tierra de Galaad en este día lo entiende. Josafat lo comprendió cuando se vio a sí mismo sobre el trono con Acab; él fue, de esta manera, inquietado, y bajo la presión de su alma, él pidió por un profeta de Jehová. Y todo esto fue el lenguaje de la mente renovada en una tierra extraña, o en el lugar de los incircuncisos. Del mismo modo las dos tribus y media ahora levantan un altar, y lo llaman “Ed”. Éste era un testimonio, como lo dijeron ellos, de que el Dios de Israel era su Dios.

¿Pero por qué todo esto? Si ellos hubiesen tomado su porción en Canaán no habrían tenido necesidad de ello. Ellos habrían tenido el altar original y no una copia; pero ellos estaban en Galaad y no en Canaán, Silo no estaba en vista, y ellos tenían, por tanto, que dar alguna ayuda secundaria y artificial para sustentar su confianza, de que ellos y el Israel de Dios eran realmente uno.

Todo esto tiene su significado, y es muy experimentado hoy. Algún testimonio de quienes y lo que somos es anhelado por el alma y es pedido por otros, cuando hemos tomado una posición en el mundo que no concuerda con el llamado de Dios. Se siente que algún extraordinario testimonio es deseable —la aceptación de otros, el examen de nuestra propia condición personal, razonamientos en nosotros mismos o inquieta acción en el alma, recuerdos de días mejores; algo de todo esto debe ser invocado, donde no existe consistencia y fidelidad; y este altar es llamado “Ed”; esto está escrito sobre el pilar en la tierra de Galaad. La esposa de Lot, el pilar en las planicies de Sodoma también tiene un escrito, y el maestro divino lo ha descifrado para nosotros; y no dudo, el Espíritu Santo, el Espíritu de verdad, quiere que estemos bajo Su unción, para poder leer el escrito sobre este pilar en la tierra de Galaad. Esto puede advertirnos si amamos la quietud y seguridad de corazón, para no retornar y encontrar un lugar donde la iglesia de Dios sólo debe ser peregrina.

Un israelita en Galaad no retiene firme su llamamiento y elección. ¿Ha aprendido mi alma esta lección? Cada corazón conoce su propia humillación. Estas perturbaciones de espíritu, esta demanda de Josafat por un profeta, este altar de “Ed” levantado por los rubenitas y sus compañeros, hablan de tales ejercicios, y un mayor apego y cercanía a Cristo ciertamente nos libraría de todo esto.

Pero como siempre la gracia sobreabunda; y así es aquí, porque a pesar de todo esto, siento que puedo decir que no conozco que Israel se nos presente en más belleza moral que en este tiempo. Fue cosa feliz escuchar su cántico a orillas del mar Rojo, y ver su buen orden al cruzar el Jordán, y bueno, como ya lo he notado, verlos a ellos y sus caminos reflejados en el libro de Levítico; y generalmente a través de todo el libro de Josué. Pero los tiempos de Israel bajo Josué, fueron aún más brillantes. El corazón, quizás, encuentra mayor delicia en el capítulo 22 de Josué, que en cualquier otro.

El celo y temor de las tribus al lado occidental del río, tan pronto como escuchan del altar levantado por sus hermanos en el este, tiene cada expresión en ella que puede satisfacernos; y la respuesta que los rubenitas y sus compañeros dan a esta celosa pregunta es igualmente perfecta en su forma. El Jordán que amenazaba ser una muralla de separación, viene a ser, más bien, por medio de tales ejercicios, un eslabón entre ellos. Si éste es un velo, es un velo roto. En el corazón, y en las simpatías de su fe común, todo debe haber sido más firme y felizmente unido que si nada hubiese ocurrido. Cada uno debe haber valorado al otro más, a causa del testimonio que ellos deliberadamente habían dado a su común Dios. Los temores y los celos de unos deben haber tenido muy buena recepción en los otros, aunque ellos mismos los habían despertado —y la buena fe y simplicidad de las tribus en el lado oriental debe haber sido muy refrescante a sus hermanos en el lado occidental, aunque esto reprendía la falta de fundamento e indignidad de sus temores. Cada uno de ellos actuó como ante Dios —y esa es la fortaleza, como también el título, de la comunión.

Esto me recuerda Romanos 14. Los hermanos en el Nuevo Testamento están sobre uno de estos lados del muro de separación: El comer y el no comer, el observar y no observar días, es como el Jordán corriendo entre ellos. Pero cuando ellos investigan bajo la luz y guía del Espíritu Santo, descubren que estas particiones son realmente eslabones, que el velo, es un velo roto, y que como unos observan un día para el Señor, y los otros no lo hacen; ya que el Señor, Su nombre, gloria, y placer es todo para cada uno de ellos, ellos son solamente más unidos entre sí. Mientras más larga la cuerda que los une, por su misma extensión se muestra su fortaleza.

Felices somos de poder hablar de este modo, ya sea de hermanos del Antiguo o Nuevo testamento; y no tengo el más mínimo temor de hablar de esta forma.

Existe, sin embargo, otra luz con la cual ver la conducta y carácter de las dos tribus y media; y ésta es una advertencia, como la otra vista ha sido una consolación. Ya me he referido a esto; y aquí sólo añado que nada es más común que esto, que muchos santos de Dios vistos personalmente en su propio espíritu y conducta, pueden ser gozo para el corazón de uno; pero vistos en su posición, pueden fácilmente entristecernos y sorprendernos.

En nuestro propio día, esto es probado abundantemente. Esto está ilustrado en la historia de los rubenitas, gaditas, y la mitad de la tribu de Manasés; y preciosas son realmente estas unidades divinas, que son trazadas a través de todo el Libro de Dios y Su obra en los santos. Estoy en Romanos 14, cuando leo Josué 22, y estoy en medio de los hermanos en el Señor Jesús a mi alrededor en este momento, cuando leo uno u otro de estos capítulos.

 

Las últimas palabras de Josué

Capítulos 23 y 24

Las cosas bajo las manos de Josué están ahora terminando. La tierra ha sido parcialmente conquistada y completamente repartida. Una extraña condición, como ya lo he notado. Pero así es. Las partes no conquistadas son dejadas para que Israel pueda ser probado, si realmente ellos serían obedientes o no; Caleb pide a Dios que se muestre a Sí mismo preparado para conquistar lo que quedaba todavía de la posesión de los cananeos, o que Él hiciese esto la porción de Su pueblo, si ellos permanecían obedientes a Él. Pero Josué les advirtió que, si ellos dejaban de seguir a Jehová, entonces los pueblos no sometidos aún serían como una plaga para ellos, y espinas para sus costados, hasta que ellos mismos serían destruidos en la tierra que ahora se les daba.

Esto es ahora reconocido por Josué como siendo la condición y posición de Israel en la tierra de Canaán. Esto es como la condición de Adán en el huerto de Edén. Adán estuvo allí, rodeado por el testimonio de la bondad de Dios hacia él, y con la perfección de su propio estado; pero el árbol del conocimiento del bien y del mal, que estaba en medio del huerto, estaba allí, para ser una prueba de su obediencia —una advertencia y una amenaza fue pronunciada, y la penalidad de la muerte, si el mandato a no comer de ese árbol era despreciado.

El parecido moral entre estas dos condiciones: Adán en Edén e Israel en Canaán, es perfecto; y podríamos haber esperado que fuese así, porque sabemos por la enseñanza de Romanos 5, que Adán fue puesto bajo una ley en el huerto de Edén, y que Israel fue puesto bajo la ley en la tierra de Canaán.

La gracia los había hasta aquí conducido. Fue el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, de Isaac, y Jacob quien los había libertado de Egipto, y los había conducido a través del desierto, hasta cruzar el Jordán, y ahora ellos eran plantados en la tierra prometida a sus padres; pero la gracia habiéndolos plantado de este modo allí, como antiguamente había puesto a Adán en el huerto, ellos ahora debían obedecer los términos de su propio pacto, o esa condición de obediencia. Es de este modo, puedo añadir, con el trono de David después. En gracia Dios escogió y exaltó a David. Él lo sustentó y le dio victoria tras victoria, hasta que no quedó enemigo que vencer. Él estableció su trono en gloria y paz, en la persona de su hijo Salomón, pero después la familia de David debía mantener el trono sobre los términos de obediencia; y sabemos que ellos perdieron el trono, como las tribus de Israel perdieron la tierra, y Adán el huerto.

Siendo establecidos sobre estos términos, Josué los exhorta. Él deseaba que ellos fuesen fieles, obedientes y felices; él repite su exhortación pues está interesado por ellos, no estaba sólo oficialmente sobre ellos, sino que estaba personalmente con ellos; él no era un asalariado, de quienes no eran las ovejas —él tenía profundo interés por ellos. Josué los exhorta, primero, en una asamblea, donde estaban sus ancianos, gobernadores y jueces, después que Jehová les hubo dado descanso, y cuando él mismo estaba avanzado en años, y a punto de partir, nuevamente en una reunión de asamblea, todo el pueblo se presenta solemnemente ante Dios. Y aquí él repite, en el nombre de Jehová, todos los hechos de Él por ellos, desde el día del llamado de Abraham hasta esa misma hora.

Es cosa bendita señalar todo esto —el ferviente espíritu, con que este anciano siervo de Dios y sincero amigo de Israel cierra de este modo su ministerio. Esto puede recordarnos a Moisés hablando a Israel en el límite del desierto, en las palabras del libro de Deuteronomio —o a David aconsejando a su hijo, a sus nobles y pueblo, cuando él estaba a punto de dejarlos en 1ª Crónicas— o a Pablo exhortando y advirtiendo a los ancianos de Éfeso, viéndolos, en el ejercicio de su ministerio, por última vez en Hechos 20.

Verdadera afección, el amor que hace de los intereses de otros los suyos propios, han dictado todas estas ocasiones, el Espíritu de Dios los ha usado, ya sea en Moisés, Josué, David o Pablo. En distantes y separadas partes de la palabra, se encuentran todas estas ocasiones, ¡Pero como un solo Espíritu llena a estos vasos con igual tesoro, y con las mismas afecciones!

El pueblo acepta la exhortación y promete obediencia. Josué les advierte que no se confíen en ello. Ellos persisten en dar promesas de obediencia una y otra vez. Porque ellos son el mismo pueblo que confía en sí mismo, del día de Éx.14; el mismo ahora que terminaba su jornada y que había experimentado cuarenta años de fracaso, como eran en la misma partida. Ellos aún confiaban en su propia suficiencia, y aún deseaban hacer algo de sí mismos. Ellos habían dicho, bajo el monte Sinaí, “Todo lo que Jehová ha dicho, eso haremos”, y ahora “a Jehová nuestro Dios serviremos, y Su voz obedeceremos”.

 Literalmente una generación había pasado y otra la había sucedido, pero moralmente ellos eran la misma generación. Y esta misma generación no ha pasado hasta este mismo día (Mt.24:34).

Después de todo esto, el pacto es establecido entre Jehová y el pueblo en este carácter condicional; su confianza en sí mismos en el día cuando estuvieron ante el monte Sinaí los guiaba a esto, y sus renovadas promesas de obediencia aquí en Siquem nuevamente lo hacen, y les recuerdan sus responsabilidades.

Ahora, después de todo esto, pregunto, ¿Pueden ellos sorprenderse del juicio que ha caído sobre ellos, o lamentarse de las desolaciones y cautividad que ellos han debido soportar? Ellos deben permanecer mudos, como el hombre en la parábola de las bodas del hijo del rey; o como los judíos después de escuchar el juicio sobre los labradores malvados —ellos deben pronunciar la sentencia sobre sí mismos, no tienen excusa. Ellos han tratado de responder por sí mismos y al hacerlo se han arruinado a sí mismos. Dejaron la mano de Dios, y su propia mano los ha traicionado —y como siempre, así ha sido en el juicio de Israel, podemos decir juntamente con David y Pablo, a Dios, “Para que seas reconocido justo en tu palabra, Y tenido por puro en tu juicio” (Sal.51:4 y Rom.3:4).

Una piedra es entonces levantada, no sobre las orillas del Jordán, como en el comienzo del libro, como testigo de que el Dios de salvación había introducido a Su pueblo a pesar de todo lo que había intervenido y estorbado, a la tierra prometida, sino un testigo de que el pueblo ahora había tomado sobre sí estos pactos y obligaciones.

Entonces Josué muere, y fue sepultado en su propia porción en el monte de Efraín. Moisés había muerto en el desierto, y Jehová lo había sepultado, Josué muere en la tierra, y sus hermanos lo sepultan. Pero Moisés pasó desde su sepulcro en el desierto al cielo, Josué descansa en la tierra con la esperanza de una resurrección, para heredarla. Hablo ahora de misterios, de Moisés como representando el destino celestial de la iglesia, y de Josué como anunciando las promesas terrenales de Dios para Israel; y juntos ellos son ejemplos de esa dispensación, cuando, en la plenitud de los tiempos, todas las cosas, las que están en los cielos y en la tierra sean reunidas en Cristo (Efes.1:10); y  esto es lo mismo que fue exhibido mucho antes en los tiempos de Enoc y Noé y también después en los días de Elías y Eliseo, de modo que en todos los tiempos, como aquellos de los patriarcas, de Moisés, y los profetas, pueden en varias formas, repetir de antemano las glorias del mundo venidero. De acuerdo con todo esto, es Moisés y Elías quienes reaparecen allí en los cielos. Ellos son vistos en gloria con Cristo sobre el monte santo, mientras Pedro, Jacobo, y Juan, ocupan místicamente el lugar de Noé, Josué, y Eliseo, y que son todavía ciudadanos de la tierra en sus propias personas o en sus cuerpos no glorificados aún, ven los cielos brillando en su excelencia ante ellos y sobre ellos.

Conclusión

Al dejar este libro de Josué, quisiera decir que yo lo leo como ocupando moralmente el mismo lugar en el Antiguo Testamento que aquel que ocupa el Apocalipsis en el Nuevo Testamento. Esto puede sonar apresurado y extraño, pero no es así. Josué es el libro que nos habla de los juicios de Dios en la tierra de los Amorreos. El Apocalipsis nos habla de los juicios de Dios sobre las naciones apostatas de los últimos días. Josué, de igual forma, es el libro de la herencia, y nos habla de la repartición de la tierra prometida entre los hijos de Abraham y del establecimiento del nombre y adoración de Dios allí, como una tierra restaurada a Dios desde la ruina y la contaminación. El Apocalipsis en el Nuevo Testamento es lo mismo. El libro sellado con siete sellos es abierto y los juicios que siguen, limpian la escena para que la glorificada esposa del Cordero descienda y tome su conexión con la tierra.

Como Josué introdujo el tabernáculo de Dios en la posesión de los Gentiles, así la ciudad de gloria, la santa Jerusalén, es vista, en Apoc. 21:10, descendiendo, y teniendo en medio de ella “la gloria de Dios”, para que el gobierno del mundo pueda ser tomado, y el trono de Dios y del Cordero pueda ser establecido sobre una creación redimida.

Éste es un solemne pensamiento, que, en la historia de este mundo, Dios está desplegando justicia, como también manifestando y dispensando gracia. En las Escrituras tenemos ejemplos de esto, como en Sus tratos con el mundo antes del diluvio, y con las ciudades de la planicie, con Egipto, con los Amorreos, con Israel, y también con la Cristiandad.

Pero esto es solemne, aunque necesario. Cuando Sus juicios están sobre la tierra, los habitantes del mundo aprenderán justicia, sabrán que hay justicia en Él (Éx.7:1-5: Isa.26:9 y Apoc.15:4). La gracia ya ha sido propuesta, los propósitos y provisiones de ésta han sido manifestados y revelados; pero la gracia ha sido despreciada, el juicio entra, y la justicia es enseñada por medio del juicio. Entonces la gracia habiendo reunido a los suyos, y el juicio habiendo limpiado la escena, la gloria será manifestada y establecida, y el reino será el lugar de la justicia práctica. El cetro de ésta mantendrá la justicia —y hermoso, permítanme decir, será todo esto. La gracia será celebrada en una escena de justicia; la redención será recordada en el lugar donde todo será verdad y santidad. La gracia de la redención habrá sido introducida a una región sin nubes, y de inmaculada pureza.

¡Qué brillante y perfecta combinación! La gracia es conocida; somos completamente deudores a ella por lo que somos y seremos; y no se abusará de ella, como decimos. Ésta será conocida cuando todo alrededor sea justo y puro, y donde no entrará nada que pueda manchar.

Tal será el reino futuro en sus realidades morales, y tal en espíritu es ahora nuestro lugar en el evangelio. La gracia de Dios ha traído salvación, pero ésta también nos ha enseñado a renunciar a los deseos mundanos, y a vivir sobria, justa, y piadosamente.

Además, tenemos una simple reflexión sobre este libro, que ahora el pacto ha sido cumplido y ha dado la tierra en la cual los padres habían sido extranjeros. La tierra de su peregrinaje, como una herencia para sus hijos (Éx.6:5). No debemos olvidar esto. El lugar que una vez fue testigo del peregrinaje es ahora la escena de la ciudadanía y herencia. Esto es realmente significativo —un niño puede leer la historia, y al hacerlo, interpreta la parábola y saca las lecciones morales de ella.

 

                                                                                         J. G. BELLETT