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Pensamientos de Juan 1:1-13

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Hay una observación que proporciona una clave muy importante para el Evangelio de Juan, que se ilustra de manera muy simple y manifiesta en este primer capítulo. El objeto del Espíritu Santo es afirmar la gloria personal de Jesús; y de ahí que no haya tal vez un solo capitulo en el Nuevo Testamento que presente a nuestro Señor en tantos aspectos diferentes, pero a la vez personales, como la apertura de este primer capítulo de este Evangelio. Su gloria divina es cuidadosamente protegida. Es dicho en el lenguaje más distintivo que es Dios en cuanto a Su naturaleza, pero al mismo tiempo un hombre. Él es Dios no menos que el Padre, o el Espíritu Santo; pero Él es la Palabra de una manera en que el Padre y el Espíritu Santo no lo fueron. Fue Jesucristo el Hijo de Dios el único que fue la Palabra de Dios; El de manera personal expresa a Dios.

El Padre y el Espíritu Santo permanecen en su propia invisible majestad. La Palabra tenia por Su lugar expresar a Dios claramente; y esto le pertenecía a Él, esto es evidente, como una gloria personal distintiva. No fue meramente que Él fue la Palabra cuando El vino al mundo, sino “en el principio fue la Palabra” cuando no había criatura. Antes que todo viniera a ser aquello que fue hecho, la Palabra fue en el principio con Dios, no meramente en Dios, como si estuviera fusionada o perdida en Dios, sino que Él tenía una subsistencia personal distintiva antes de que existiera una criatura. Él fue en el principio con Dios. Esto es de una inmensa importancia, y con estas verdades se abre nuestro Evangelio. 

  Entonces encontramos Su gloria creacional declarada más tarde. “Todas las cosas fueron hechas por él”. No hay nada que más estampe a Dios como siendo Dios que dando existencia a aquello que no era, causando la existencia por Su propia voluntad y poder. Ahora todas las cosas existen por la Palabra: y así enfáticamente verdad es que el Espíritu añade, “y sin el nada de lo que ha sido echo fue echo”.   

Pero había algo que le pertenecía al Señor Jesús que no fue echo: “En él está la vida”. No era que solo Él podía hacer que existiera una vida que no había existido antes, sino que había una vida que le pertenecía a Él desde la eternidad. “En él estaba la vida”. No es que esta vida comenzó a ser: todo lo demás, toda la creación, comenzó a ser; y fue El quien dio el comienzo de su existencia.

Pero en Él estaba la vida, una vida que no fue creada, una vida que fue por lo tanto divina en su naturaleza. Era la realidad y la manifestación de esta vida lo que era de primera importancia para el hombre. Todo lo demás que ha sido desde el comienzo del mundo era solo una criatura; pero en Él estaba la vida. El Hombre fue destinado para tener el despliegue de esta vida en la tierra. Pero esta fue en El antes que El viniera en medio de los hombres. La vida fue llamada la luz no de los ángeles sino de los hombres. En ninguna parte encontramos que la vida eterna fue creada. Nunca se dice que los ángeles tengan vida en el Hijo de Dios. Ellos fueron guardados por el poder divino, y santo. La suya es puramente la vida de una criatura, por lo tanto, este es un maravilloso echo de la revelación que nosotros quienes creemos tengamos la vida eterna que fue en Jesucristo el Hijo de Dios, y son por tanto vistos como siendo participes de la naturaleza divina. Esto no es de ninguna manera verdad de los ángeles. No es que nosotros por un momento cesamos de ser criaturas, sino que nosotros tenemos aquello que esta sobre la criatura en Cristo el Hijo de Dios.

 Y esta “luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no la comprendió”. Es sorprendente destacar aquí la que se pasa por alto enteramente toda la historia del mundo de quien nosotros estamos dispuestos a remarcar tanto, si, incluso de los tratos dispensacionales de Dios con el hombre. Todo es pasado brevemente incluso aquellas edades que el hombre piensa que son casi interminables, en que Dios da comienzo a la criatura y en las que Él pudo haber cambiado una y otra vez las variadas formas de las criaturas, donde la ciencia se esfuerza en perseguir un camino incierto y cansador. Todo esto es cerrado en unas pocas palabras, “Todas las cosas fueron hechas por él”. La Escritura, y sus capítulos en particular, lo resumen con sorprendente brevedad. “todas las cosas fueron hechas por él”. Los detalles de esto son dejados completamente de lado. Lo que es bueno para nosotros conocer se nos dice en Gen 1. No hay nada como ese capítulo incluso en las cosmogonías que tomaron prestadas de él. Y todo lo que los hombres han pesado, o dicho, o escrito acerca de un sistema del mundo no puede ser considerada tan profundo o cierto, como la simplicidad de la brújula más pequeña.

Pero esta es una razón de porque todas estas materias como tal después de dos o tres palabras son vanas. Esto es porque el Señor Jesús, la Palabra de Dios, es el objeto que el Espíritu Santo insiste. En el momento en que Él es traído la creación simplemente le rinde homenaje a Él, le pertenece a Él por ser el Creador, y es en el acto rechazado. “Todas las cosas fueron por el hechas y sin el nada de lo que ha sido hecho fue hecho”. Es suficiente decir que El creo todo. El permanece en Su propia gracia. Ahora aprendemos cual es el objeto del Espíritu en esto. No fue el darnos detalles de la creación; sino el darnos a conocer a Jesús como la luz de los hombres.    

¿En qué condición entonces El encontró a los hombres? ¿No había grandes diferencias entre ellos, como fue pensado?  Había algunas, de hecho, idolatras, aunque sabios y prudentes, adoradores de madera y piedras; y otros quienes no eran idolatras pero grandes celosos por la ley como dada por Moisés. No es que una sola palabra sea dicha aun acerca de la ley, ni acerca de alguna diferencia, sino que la Palabra de Dios fue la luz que manifestó a todos: sea Judíos o Gentiles, ellos eran solo oscuridad. Esto no es por lo tanto solo que la creación física es pasada de la manera más cortante, sino que el mundo moral se cierra casi con la misma brevedad. “La luz brilla en las tinieblas”, y sea cual sea la jactancia de los Gentiles, y la ley de los Judíos, que era real como comparada con los Gentiles, aquí todo es medido y expuesto, por así decirlo, por la verdadera luz, la Palabra de Dios. Judíos o Gentiles, no son más que oscuridad y la luz brilla en la oscuridad, y, a pesar de todas su pretensión y orgullo, las tinieblas no lo comprendieron. “El hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios”. Cuando el Espíritu Santo vino abajo, las cosas son así probadas convictas por El: y Él es presentado más adelante por Pablo un poco como Juan aquí introduce al Hijo de Dios. Esto muestra cuan pobre todos los hombres son en comparación con Dios, y cuan poco pueden ser capaces de apreciar la verdad en el Hijo o por el Espíritu.

 

Luego encontramos a Juan. La razón por la cual es escogido de entre todos los demás creo que es esta; fue el precursor inmediato del Señor Jesús. Él no podría ser nombrado aquí si no fuera porque él era como la luna que derivando su luz del sol – del Señor Jesús que estaba por venir. La suya era solo una luz derivada, y parece que es presentado aquí solo por aquella peculiaridad.

 

Otros profetas fueron más distantes de Cristo, pero Juan fue lo suficientemente cercano para ser el inmediato precursor del Mesías. “Este fue un hombre enviado por Dios, cuyo nombre fue Juan”. El mismo vino para ser un testigo, para ser testigo de la luz, para que todos los hombres a través de él puedan creer”. Esta no es una cuestión de la prueba de la ley o poner a prueba. Todo esto fue muy importante en su lugar; pero la gloria que la ley tenia es completamente eclipsada por una gloria más brillante. La escritura entonces toma cuidado en decir, Juan “no era la luz, sino que él fue enviado para dar testimonio de la luz”. Él puede ser una lámpara ardiente y brillante (como esto puede ser visto en el capítulo 5), pero él fue solo una luz terrenal y derivada. “Él no era aquella luz”. “Él era la verdadera luz”; Jesús es la luz, la verdadera luz, que (como se interpreta correctamente) al entrar en el mundo ilumina a cada hombre.  Esto habla del efecto de Cristo viniendo al mundo. No es cada hombre que viene al mundo; sino que, cuando El vino al mundo, Él es el Único que arroja su luz en cada uno aquí abajo. Este ha sido un tiempo cuando, como es dicho en los Hechos, Dios paso por alto la ignorancia del hombre; pero ahora cada cosa debe aparecer en su propia luz, o más bien oscuridad, porque la verdadera luz vino; y por lo tanto cuando El viene al mundo El ilumina a cada hombre aquí: todos son traídos justo como ellos son y ninguno puede escapar. “Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por él”, y el horrible resultado de esta oscuridad fue que “el mundo no le conoció”. El vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. El mundo fue completamente culpable, este fue tan oscuro que este no le conoció; los Judíos tenían abundancia de verdad por la cual ellos podían conocerle a Él, pero su voluntad fue aún más puesta en contra del Hijo de Dios que incluso los pobres Gentiles. “los Suyos no le recibieron. Pero a todos cuando le recibieron, les dio el poder [título o derecho] de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre: quienes nacieron, no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de hombre, sino de Dios”. ¡Que bendito lugar! ¡Y bendición de conocer que este es nuestro lugar que la gracia nos ha dado ahora en Su nombre! ¡Que podamos darle a conocer a Él a cada criatura con todo nuestro corazón en la medida del poder que El Señor nos ha dado, y honrarlo así, y en cada uno de los caminos, ¡al Señor Jesús, a quien el Espíritu Santo ama honrar!

 

Tenemos otras glorias de Su manifestación más adelante. Oímos de El como Hijo, el Cordero de Dios, como el que Bautiza con el Espíritu Santo, el Rey de Israel, y el Hijo del Hombre. Todas estas son sucesivamente desarrolladas para nosotros en este capítulo. Podría ser difícil decir que gloria de nuestro Señor no es presentada acá excepto aquella de Sacerdote, y de Cabeza de la Iglesia. Juan nunca nos da el sacerdocio de Jesús. El habla lo que está cercano a esto, cuando el habla en sus epístolas de abogado con el Padre; pero el asunto de Juan fue mostrarnos Su gloria personal divina, de un hombre sobre la tierra. El Sacerdocio fue lo que él Fue llamado en el cielo; y como Cabeza de la Iglesia El está allí también. Pero Juan nos muestra lo que Él fue en Sí mismo como viniendo del cielo, y así El no pierde ningún ápice de Su gloria al hacerse hombre. Siendo Sacerdocio y Cabeza de la Iglesia vemos glorias especiales que El recibió cuando fue al cielo, y estas Pablo las desarrolla plenamente. El punto de Juan es que Dios y el Padre fueron manifestados en la tierra en la persona de Jesucristo Su Hijo.