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CRISTO Y SU YUGO

(Mateo. 11: 28-30)

“Venid a mi todos los que estáis cansados y trabajados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprender de mí; porque soy manso y humilde de corazón: y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”

            En este precioso y bien conocido texto tenemos dos puntos que son muy distintos y aun así están íntimamente conectados – Cristo y Su yugo. Primero, tenemos que venir a Cristo y sus resultados. Segundo, el tomar Su yugo y sus resultados. “venid a mí y yo os daré descanso” Estas cosas, siendo distintas, nunca deben ser confundidas, y al estar íntimamente conectadas, por lo tanto no deben ser separadas. Confundirlas es oscurecer el lustre de la gracia divina; separarlas es contravenir las demandas de la santidad divina. Ambos males deben ser cuidadosamente evitados.

             Hay muchos que mantienen y sostienen ante los ojos del “cargado y cansado “pecador”, el yugo de Cristo como algo que él debe “tomar” antes que su cargado corazón pueda probar ese bendito descanso que Cristo da a “todos” los que simplemente “vienen a él” tal como están. El pasaje ante nosotros no enseña esto. Esto pone a Cristo primero y Su yugo después. Este no oculta a Cristo detrás de Su yugo, sino que más bien lo pone a Él, en toda su atractiva gracia, ante el corazón como Aquel que puede satisfacer cada necesidad, remover cada peso, expulsar cada culpable temor, llenar cada vacío, satisfacer ese anhelado deseo. Él es capaz de hacer, y dice “os haré descansar”. No hay condiciones propuestas, ni demandas hechas, ni barreras levantadas. Sino la simple, tocante y subyugante invitación, la palabra ganadora es “Ven”. No es “anda”, “Haz”, “da”, “trae”, “siente”, “realiza”. No esta es, “ven”, y ¿Cómo hemos de venir? Observe, debemos venir justamente como somos. No debemos esperar alterar una jota o tilde de nuestro estado, condición o carácter. Hacer esto sería “venir” a alguna alteración o mejoramiento en nosotros mismos, considerando que clara y enfáticamente dice, “Venid a mí”. Muchas almas fallan en este punto. Ellas piensan que deben mejorar sus caminos, alterar su curso, mejorar su condición moral antes de venir a Cristo. De hecho, hasta que ellos vengan realmente a Cristo no pueden mejorar o alterar nada. No hay ninguna autorización, ninguna para nadie para creer que él será un poco mejor ahora, un día, un mes o un año desde entonces, de lo que es en este momento

            No hay nada más cierto que todos los que han probado un plan de mejoramiento propio han encontrado este un completo fracaso. Ellos han comenzado en las tinieblas, continuado en la miseria y terminado en desesperanza. Aun así, es extraño decir, en vista de los innumerables avisos que están ante nosotros para advertirnos de la locura y el peligro de andar en tal camino, estamos seguros que esto ha sido así desde el principio para no adoptarlo. En alguna forma u otra, el yo es visto y trata de procurar una autorización para venir a Cristo. “Ellos ignorando la justicia de Dios, y queriendo establecer la suya propia, no se han sometido a la justicia de Dios” (Rom.10:3) Nada puede ser una más seca, deprimente, y desesperanzadora tarea que establecer su propia justicia. Realmente, la sequedad de la tarea debe ser siempre en proporción a la seriedad y sinceridad del alma que emprende tal tarea. Los tales siempre tarde o temprano tendrán que expresar, “¡Miserable de mí!” y también preguntarán, “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24) No puede haber ninguna excepción. Todos aquellos en quienes el Espíritu de Dios nunca ha trabajado, en una forma u otra han sido obligados a reconocer la desesperanzadora tarea de establecer su propia justicia. Cristo debe ser todo; el yo nada. Esta doctrina es fácilmente declarada, pero ¡oh, la experiencia, cuán distinta es!

            Lo mismo es verdadero con relación a la gran realidad de la santificación. Muchos que han venido a Cristo por justicia no se han aferrado práctica y experimentalmente a Él como siendo su santificación. Pero Él ha sido hecho por Dios en nuestro favor ambas cosas. “Por él vosotros estáis en Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención: como está escrito, el que se gloría, gloríese en el Señor” 1 Cor.1:30-31). El creyente es impotente en cuanto a la obra de santificación como lo es en aquella de justificación. Si no fuese así, alguna carne podría gloriarse en la presencia divina. Yo no podría subyugar una sola codicia, o una sola pasión ni ganar el dominio sobre un temperamento, más que abrir el reino de los cielos o establecer mi propia justicia ante Dios. Esto no es suficientemente comprendido. Entonces, muchos verdaderos cristianos constantemente sufren las más humillantes derrotas en su carrera práctica. Ellos saben que Cristo es su justicia, que sus pecados han sido perdonados, que son hijos de Dios, pero están severamente probados constantemente a causa de sus constantes fracasos en su santidad personal, en su santificación práctica. Una y otra vez ellos experimentan algunos no santificados deseos o ven brotar en ellos temperamentos no santificados. Una persona o una circunstancia cruzan ayer su camino y le hacen perder su temperamento. Teniendo que encontrar a la misma persona o circunstancia hoy, ellos resuelven hacer algo mejor, pero lamentablemente, ellos nuevamente son forzados a retirarse defraudados y humillados.

            No es que tales personas no puedan estar orando sinceramente por la gracia del Espíritu Santo para capacitarlos para vencerse a sí mismos y a las circunstancias que los rodean. Este no es el punto. Ellos no han aprendido prácticamente, cuan indigna es esta teoría, que ellos están completamente sin poder en la materia de la santificación como lo están en el asunto de la “justicia”, y en relación a ambas cosas. Cristo debe ser todo; y el yo nada. Ellos no han entrado en el significado de las palabras, “venid a Mí y yo os haré descansar” Aquí está la causa y fuente de su fracaso. Ellos son completamente impotentes en la más trivial materia conectada con la santificación práctica como lo están en la de su posición ante Dios. Y deben ser llevados a creer esto antes de que ellos puedan conocer la plenitud del “descanso” que Cristo da. Es imposible que el yo pueda gozar descanso en medio de las incesantes derrotas en mi vida diaria.

            Es verdad, puedo venir una y otra vez y derramar ante el oído de mi Padre celestial el humillante relato de mi fracaso y ruina. Puedo confesarle mis pecados y encontrarlo a Él siempre “fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia” (1 Jn.1:9) Pero debemos conocer a Cristo como nuestra santificación también como “El Señor nuestra justicia”. Además, es por fe y no por esfuerzos que podemos entrar en lo uno y en lo otro. Miramos a Cristo por justicia porque no tenemos ninguna justicia propia, y miramos a Cristo por santificación práctica porque tampoco la tenemos. No se necesita esfuerzo personal de nuestra parte para obtener justicia porque Cristo es nuestra justicia, y tampoco necesitamos ningún esfuerzo humano para obtener la santificación, porque Cristo es nuestra santificación.

            Parece extraño que, mientras el inspirado apóstol claramente nos dice que Cristo nos ha sido hecho “de Dios sabiduría, justicia, santificación y redención”, a pesar de ello ligamos un esfuerzo personal a una de las cuatro cosas que él enumera. ¿Podemos guiarnos nosotros mismos en las diez mil dificultades y detalles de nuestro curso cristiano por nuestra sabiduría y discernimiento? Ciertamente que no. ¿Debemos hacer algún esfuerzo? De ninguna forma. ¿Por qué no? Porque Dios ha hecho a Cristo “nuestra sabiduría”. Por tanto es nuestro precioso privilegio, habiendo sido llevados al fin de nuestro ingenio, a mirar a Cristo por sabiduría. En otras palabras, cuando Cristo dice, “Venid a mí”. Él quiere decir que vayamos a Él para sabiduría como para todo lo demás, y no podemos venir a Cristo y a nuestros esfuerzos al mismo tiempo. No, mientras estemos haciendo esfuerzos, debemos ser extraños al “descanso”.

            Lo mismo podemos decir en cuanto a la “justicia” ¿Podemos hacernos nuestra propia justicia? Ciertamente que no. ¿Debemos hacer el esfuerzo? Por ningún medio. ¿Por qué no? Porque Dios nos ha hecho a Cristo nuestra “justicia”, y esa justicia no es para aquel que obra (Rom.5:5).

            Así es también en cuanto a la materia de “redención” que es puesta al final en 1 Cor. 1:30 porque incluye la libertad final del cuerpo del creyente del poder de la muerte. ¿Podríamos por esfuerzos personales librar nuestros cuerpos del dominio de la mortalidad? Ciertamente que no. ¿Debemos tratar? El pensamiento es impío. ¿Por qué? Porque Dios nos ha hecho a Cristo “redención” en relación al alma y al cuerpo. Y Aquel que ya ha aplicado por el poder del Espíritu esa gloriosa redención a nuestras almas, también la aplicará a nuestros cuerpos.

            ¿Por qué entonces la “santificación” debe ser sacada de esa preciosa lista y añadida a la triste y legal idea de un esfuerzo personal? Si no podemos por nuestros esfuerzos obtener “Sabiduría, justificación y redención ¿podremos tener éxito en cuanto a santificación? Claramente que no. ¿No hemos probado esto muchas veces? ¿Nuestros cuartos no han sido testigos de nuestras lágrimas y gemidos por el penoso sentido de fracaso tras fracaso en nuestros propios esfuerzos para andar con paso firme, en el camino de la santidad personal? ¿Negará el lector esto? Confío que no. Y espero que él haya respondido al llamado del Señor Jesús, “Venid a mi todos los que estáis cargados y cansados, que yo os haré descansar”. Es en vano trabajar para obtener esto. Debemos venir a Jesús por esto. Y habiendo venido a Él, hallaremos que no hay codicia que Él no pueda hacer morir, ni temperamento que no pueda subyugar, ni pasión que no pueda vencer. La misma mano que ha cancelado nuestros pecados, nos guía en nuestras dificultades y pronto libertará nuestros cuerpos del poder de la muerte, puede darnos completa victoria sobre todas nuestras debilidades personales, y llenar nuestros corazones con Su sagrado descanso.

            Es inmensamente importante tener una comprensión clara de la cuestión de la santificación.

            Muchos por años han estado “trabajando y cansados y cargados”, esforzándose para lograr en una forma u otra, su santificación, y no han tenido éxito, porque ¿Quién lo ha tenido alguna vez? Ellos han sido tentados a cuestionar si en verdad se han convertido.

            Tales personas tienen vistas claras en cuanto al evangelio. Ellos podrían decir con exactitud escritural a un inquiridor que anda tras la justicia como, donde y cuando él podría encontrarla. Aun así, si ese mismo investigador preguntase acerca de su propio estado de corazón ante Dios, ellos le darían una triste respuesta. ¿Por qué esto? Simplemente porque ellos no se han aferrado de Cristo como su santificación como también su justicia. Ellos se han estado esforzando, en parte con su propio poder y en parte orando por las influencias del Espíritu Santo, para tropezar a lo largo del camino de santificación. Ellos estimarían a una persona muy ignorante del “plan de salvación” si ellos lo encuentran tratando de “establecer su propia justicia,” pero no ven que ellos mismos manifiestan ignorancia de ese “plan” por tratar de establecer su propia santificación. Verdaderamente si en un caso se trata de una pobre justicia la que es obrada, en el otro caso es una santificación coja. Porque si es verdadero que todas nuestras justicias son “trapos de inmundicia”, es igualmente verdadero que todas nuestras santificaciones son “trapos de inmundicia.”

Lo que sea que signifique la palabra “nuestras” ligada a esto debe ser completamente imperfecto. Cristo es la justicia y santificación de Dios. Lo uno y lo otro se obtienen simplemente por venir, mirar y confiar en Cristo. Difícilmente necesito decir, que es por el poder del Espíritu Santo y a través de las Santas Escrituras que Cristo nos es aplicado, como nuestra justicia y santificación. Pero todo esto solamente saca la materia más y más de nuestras manos y no nos deja nada en lo que gloriarnos. Si pudiésemos vencer un mal temperamento, podríamos realmente pensar de nosotros mismos como siendo inteligentes, pero ya que no se nos pide añadir a nuestra justicia o sabiduría, tampoco se nos pide añadir algo a nuestra santificación. En todo esto Cristo es todo, y nosotros nada. Esta doctrina es fácilmente declarada, pero, ¡qué diferente es nuestra experiencia!

Cualquiera pensará ¿el escritor está terminando con la santificación? Si así, puede también decir que está terminando con la “justicia,” “la sabiduría,” o “la redención.” ¿Quién contenderá por la justicia, sabiduría y redención propia? ¿Quién sino el hombre que contiende por la santificación propia? ¿Quién alcanzará y exhibirá el más elevado estándar de santidad personal? ¿Es el hombre que está perpetuamente forcejeando en medio de sus propias imperfectas luchas y resoluciones de telaraña, o aquel que está diariamente, a cada hora aferrándose a Cristo como su santificación? La respuesta es simple. La santificación que encontramos en Cristo es tan perfecta como la justicia, la sabiduría y la redención. ¿Estoy poniendo a un lado la “sabiduría” porque digo que soy loco? ¿Estoy terminando con la “justicia” porque digo que soy culpable? ¿Estoy poniendo a un lado la “redención” porque digo que soy mortal? ¿Estoy terminando y poniendo a un lado la “santificación” porque digo que soy vil? Sí, estoy poniendo a un lado todas estas cosas, para encontrar todas en Cristo. Este es el punto, ¡todo en Cristo!

¡Oh! ¿Cuándo aprenderemos a encontrar el fin de nosotros mismos y aferrarnos simplemente a Cristo? ¿Cuándo entraremos en la profundidad y poder de estas palabras “venid a Mí”? Él no dice, “venid a Mi yugo.” No; sino “Venid a Mí.” Debemos cesar de nuestras propias obras en cada forma y venir a Cristo, justo como somos, debemos venir ahora. Venimos a Cristo y encontramos descanso de y en Él antes de que escuchemos una palabra acerca del “yugo.” Poner el yugo primero es desplazar todo de su lugar. Si un pecador “pesadamente cargado” piensa en el yugo, debe ser abrumado con el pensamiento de su propia y total incapacidad para tomar y llevar este yugo. Pero cuando él viene a Jesús y entra en Su precioso descanso, él encuentra que “el yugo es ligero y liviana la carga.”

Esto nos conduce al segundo punto en nuestro tema. “El yugo”. Debemos mantener las dos cosas como siendo distintas. Confundirlas es empañar el lustre de la gracia de Cristo y poner un yugo sobre el cuello del pecador y una carga sobre su hombro que él, estando “sin poder”, es completamente incapaz de sobrellevar. Pero estas cosas están moralmente conectadas. Todos los que vienen a Cristo deben tomar Su yugo y aprender de Él, si han de encontrar “descanso para sus almas.”

Venir a Cristo es una cosa; andar con Él o aprender de Él es otra. Cristo fue “manso y humilde de corazón.” Él podía enfrentar las circunstancias más adversas y desalentadoras con un “así te agradó Padre.” El corazón de Juan el Bautista falló en medio de las espesas nubes que se reunieron a su alrededor en el calabozo de Herodes; los hombres de esa generación podían rechazar el doble testimonio de Sus poderosas obras, un torrente de evidencia que uno podría suponer destruiría cada barrera que se opusiera. Todas estas cosas, y muchas más podrían cruzarse en el camino del Obrero divino, pero que siendo “manso y humilde de corazón,” Él podía decir, te doy gracias, oh Padre, porque así agradó a Tu vista.” Su “descanso” en los consejos del Padre era profundo y perfecto, y Él nos invita a tomar Su yugo, y aprender de Él, a beber de Su espíritu, y conocer los resultados prácticos de una mente sujeta, para que podamos encontrar “descanso para nuestras almas.”

Una voluntad quebrantada es el verdadero fundamento de descanso que debemos encontrar después de haber venido a Cristo. Si Dios quiere una cosa y nosotros otra, no podemos encontrar descanso en eso. No importa cuál sea la escena o la circunstancia. Podemos expandir la lista de cosas a una extensión inimaginable, en la cual nuestra voluntad pueda correr contra la voluntad de Dios, pero en lo que sea, no podemos encontrar descanso mientras nuestra voluntad propia no sea quebrantada. Debemos llegar al fin de nosotros mismos en la materia de la voluntad como en la materia de la “sabiduría, justicia, santificación, y redención,” de otra manera no encontraremos “descanso.”

Esto, amado lector, es una profunda, real y personal obra. Además, esta es una cosa diaria. Es un continuar tomando el yugo de Cristo sobre nosotros y aprender de Él. No es que tomamos el yugo para venir a Cristo. No. Venimos primero a Cristo, y cuando Su amor llena y satisface nuestras almas, cuando Su descanso refresca nuestros espíritus, cuando podemos ver por fe Su bondadoso rostro y verlo inclinarse para conferir sobre nosotros el elevado y santo privilegio de llevar Su yugo y aprender Sus lecciones, encontramos que Su yugo es realmente fácil y ligera Su carga. La naturaleza no subyugada, ni mortificada nunca podría llevar ese yugo o esa carga. La primera cosa es, “venid a Mí, y Yo os haré descansar.” La segunda cosa es, “tomad Mi yugo sobre vosotros y encontrareis descanso.”

Nunca debemos alterar las cosas, ni confundirlas, tampoco desplazarlas, ni separarlas. Llamar a un pecador a tomar el yugo de Cristo antes de haber encontrado el descanso de Cristo, es poner a Cristo sobre el monte Sinaí, es poner al pecador a los pies de ese monte y un impenetrable abismo entre ellos. Esto no debe ser hecho. Cristo permanece en toda Su incomparable gracia ante el ojo del pecador y derrama Su tierna invitación, “Venid,” y añade Su segura promesa, “Y Yo os daré.” No hay condición, ni demanda, “ni obra servil.” Todo es la más pura, libre, y rica gracia. Justo, “venid y Yo os haré descansar.” ¿Y qué entonces? ¿Es esto esclavitud, duda y temor? ¡Ah! No. “Tomad Mi yugo sobre vosotros.” ¡Cuán maravillosamente cerca esto nos lleva a Aquel que ya nos ha dado descanso! ¡Qué elevado honor llevar el mismo yugo de Él! No es que Él pone un yugo pesado sobre nuestro cuello y una pesada carga sobre nuestros hombros que tenemos que llevar a los pies del monte que arde con fuego. Este no es el camino de Cristo. No es de esta forma que Él trata con el cansado y cargado que viene a Él. Él les da descanso. Les da parte de Su yugo y comparte Su carga. En otras palabras, Él los llama a comunión con Él mismo, y en la medida que ellos entran en esta comunión encontrarán un descanso más profundo en Él y en Sus benditos caminos. Y al final, Él los conducirá a ese descanso eterno que queda para el pueblo de Dios.

Pueda el Señor capacitarnos a entrar más plenamente en el poder de todas estas realidades divinas, de manera que Su gozo permanezca en nosotros y éste gozo pueda ser pleno. Hay una urgente necesidad de una entrega plena, y sin reservas del corazón a Cristo y una plena y sin reserva aceptación de Él en toda Su preciosa adaptación a cada necesidad nuestra. Necesitamos todo el corazón, el ojo simple, la mente mortificada, la voluntad quebrantada. Donde estas cosas existen, habrá pocos lamentos de dudas y temores, altos y bajos, días pesados, horas vacantes, momentos de inquietud, y estupor, alejamiento y esterilidad. Cuando uno ha llegado al fin de uno mismo con relación a la sabiduría, la justicia, la santidad y todo lo demás, y cuando él realmente ha encontrado a Cristo como la provisión para todo, solamente hasta entonces, él conocerá la profundidad y el poder de esa palabra “descanso.”

EL CAMINO DE HERMOSA OBEDIENCIA

“Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; 
10:13 que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad? “ (Dt.10:12,13)

            Todo esto era para su real bien, y para su profunda, y plena bendición, para andar en el camino de los mandamientos divinos. El camino de incondicional obediencia es el único camino de verdadera felicidad; y bendito sea Dios, este camino siempre puede ser recorrido por aquellos que aman al Señor.

Este es un inexpresable consuelo en todo tiempo. Dios nos ha dado Su preciosa palabra, la perfecta revelación de Su pensamiento; y Él nos ha dado lo que Israel no tuvo, Su Espíritu Santo para morar en nuestros corazones, por lo cual podemos comprender y apreciar Su palabra. De allí que nuestras obligaciones son vastamente más elevadas que las de Israel. Estamos obligados a una vida de obediencia por cada argumento que pudiese ser presentado sobre el corazón y el entendimiento.

Y ciertamente es para nuestro bien ser obedientes. Hay realmente “gran recompensa” en guardar los mandamientos de nuestro afectuoso Padre. Cada pensamiento de Él y de Sus caminos en gracia, cada referencia a Sus maravillosos tratos con nosotros, Su bondadoso ministerio, Su tierna preocupación, y cuidadoso amor., todo esto debiese unir nuestros corazones en afectuosa devoción hacia Él, y vivificar nuestros pasos para andar en afectuosa y ferviente obediencia hacia Él. Dondequiera que volvemos nuestros ojos, somos enfrentados por las más poderosas evidencias de Sus demandas sobre las afecciones de nuestros corazones, y sobre las energías de nuestro rescatado ser. Y, bendito sea Su nombre, mientras más plenamente somos capacitados por Su gracia para responder a Sus más preciosas demandas, más brillante y feliz es nuestro camino y porción del alma obediente. “gran paz tienen los que aman Tu ley y nada les ofenderá.” (Sal.119:165).El humilde discípulo, que encuentra su comida y bebida en hacer la voluntad de su amado Señor y Maestro, posee una paz que el mundo no puede dar ni quitar. Verdad, él puede ser mal comprendido o mal interpretado; él puede ser apodado estrecho y fanático, y semejante; pero ninguna de estas cosas lo mueven. Una sonrisa aprobadora de su Señor es más que amplia recompensa para todo el reproche que los hombres pueden amontonar sobre él. Él sabe cómo estimar en su propia dignidad los pensamientos de los hombres; estos son para él como la paja que el viento se lleva lejos. La profunda expresión de su corazón, cuando él se mueve continuamente en el camino sagrado de la obediencia, es “permitan que mi debilidad se recline sobre ese eterno amor Tuyo, y olvidar los pensamientos humanos; y como niño atender lo que Tú dices, salir y servirte, mientras es día, No dejar Tu dulce asilo”

En los versos finales de Dt.10, el legislador parece levantarse más alto y más alto en su presentación de los motivos morales para la obediencia, y más y más cerca a los corazones del pueblo. “He aquí,” dice él, “los cielos de los cielos son de Jehová tu Dios, también la tierra, con todo lo que está en ella. Sólo Jehová se deleitó en tus padres para amarlos, y Él escogió su simiente tras ellos, a vosotros sobre todos los pueblos, como en este día.”

¡Qué maravilloso privilegio ser escogido y amado por el poseedor del cielo y la tierra! ¡Qué honor ser llamado a servirle y obedecerle! Ciertamente nada en todo este mundo podría ser más elevado o mejor. Estar identificados y asociados con el Dios Altísimo, tener Su nombre invocado sobre ellos, ser Su pueblo peculiar, Su especial posesión, el pueblo de Su elección, ser puestos aparte de todas las naciones de la tierra para ser siervos de Jehová y Sus testigos. ¿Qué, podemos preguntar, podría exceder esto, excepto aquello a lo que la iglesia de Dios, y el creyente individual es llamado?

Ciertamente, nuestros privilegios son más elevados, ya que conocemos a Dios en una forma más elevada, profunda, cercana e íntima que la nación de Israel. Le conocemos como el Dios y Padre del Señor Jesucristo, y como nuestro Dios y Padre. Tenemos al Espíritu Santo morando con nosotros, derramando el amor de Dios sobre nuestros corazones, y guiándonos a clamar, Abba, Padre.

Todo está lejos más allá de lo que el pueblo terrenal jamás conoció o podría conocer; y considerando que nuestros privilegios son más elevados, Sus demandas sobre nuestra sincera e incondicional obediencia también son más elevadas. Cada llamado al corazón de Israel debiese llegar con aumentada fuerza a nuestros corazones, amado lector cristiano, cada exhortación dirigida a ellos debiese hablar más poderosamente a nosotros. Ocupamos el más elevado fundamento sobre el cual alguna criatura pudiese estar. Tampoco la simiente de Abraham sobre la tierra, tampoco los ángeles de Dios en el cielo podían decir lo que podemos decir nosotros, o conocer lo que nosotros conocemos. Estamos enlazados y eternamente asociados con el resucitado y glorificado Hijo de Dios.

Podemos adoptar como nuestro el maravilloso lenguaje de 1 Jn. 4:17, y decir, “como Él es, así somos nosotros en este mundo.” ¿Qué puede exceder esto en cuanto a privilegio y dignidad? Ciertamente nada salvo estar, en cuerpo, alma, y espíritu, conformados a Su adorable imagen, como seremos, dentro de poco, a través de la abundante gracia de Dios. Bien, entonces debemos siempre tener en mente, si, y profundamente en nuestros corazones , que de acuerdo a nuestros privilegios son nuestras obligaciones. No rechacemos la saludable palabra obligación como si ésta tuviese un anillo legal a su alrededor. Lejos de esto; sería completamente imposible imaginar algo más alejado de todo pensamiento de legalidad que las obligaciones que fluyen de la posición cristiana. Es un muy serio error estar continuamente levantando el grito de, ¡legal! ¡Legal! Dondequiera que las santas responsabilidades de nuestra posición son presionadas sobre nosotros. Creemos que cada verdadero cristiano piadoso se deleitará en todos los llamados y exhortaciones que el Espíritu Santo nos dirige en cuanto a nuestras obligaciones, viendo que todas ellas están fundamentadas sobre los privilegios conferidos sobre nosotros por la gracia soberana de Dios, a través de la preciosa sangre de Cristo, y aplicada a nosotros por el poderoso ministerio del Espíritu Santo.

                                                       

                             C.H. Mackintosh