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EL BANQUETE DE BELSASAR

(Daniel v.)

Para dar testimonio a la unidad de Dios contra el politeísmo de los paganos el pueblo de Israel fue especialmente llamado. “Escucha, oh Israel: el Señor nuestro Dios es un Señor” (Dt.6:4) era el testimonio que ellos debiesen haber mantenido. En lugar de eso, ellos aprendieron y practicaron las variadas formas de idolatría que existía alrededor de ellos. Expulsados de su tierra a causa de eso, y toda observancia de su sacrificio ritual por un tiempo fue hecho cesar por medio de la destrucción del templo, ¿no fue este un acto de Dios debido al fracaso del pueblo en hacer así? A los hombres les podría parecer como si tal fuese el caso, ya que los declarados adoradores de ídolos, primero los asirios y después los babilonios, habían deportado a las tribus o estorbado en los países a los cuales los conquistadores les agradaron establecerlos.

Pero, con la captura del arca por parte de los filisteos, así fue con la cautividad babiloniana, Dios, podemos decir con reverencia, tomó la oportunidad para mostrarse a Sí mismo como Dios, y para hacer sensibles a los conquistadores de esto, aunque mucho como ellos habían triunfado sobre sus cautivos. De esto el libro de Daniel (2-6) es un sorprendente relato, como la sabiduría del hombre, su poder, y orgullo, e impiedad, y también su apostasía son cada cosa, en su orden, tratados en los capítulos justo enumerados. Dios por ello mantenía Su propia gloria y daba testimonio de esto, aunque Israel se había mostrado infiel.

Volviendo a la narración de la fiesta de Belsasar (Dn.5), ¡Qué instrucción hay en la narración para hombres de todas las edades! Belsasar fue el último rey de esa dinastía de monarcas absolutos establecidos por Dios en la persona de Nabucodonosor. Grande y glorioso, aunque de breve duración, fue ese reino, que gozó del imperio universal. Solamente por setenta años mantuvo a los judíos cautivos (Jer.25:11,12), y gozó de la supremacía desconocida desde entonces en la historia del mundo desde la caída, siendo, como lo aprendemos, el cabeza de oro (Dn.2:37,38). Por muchos años ellos habían tenido los utensilios de la casa de Dios en Jerusalén estando al cuidado y guarda del rey de Babilonia, sin señal de desagrado por parte del Dios del cielo, aunque Nabucodonosor los había puesto en su templo en Babilonia (2 Crón. 36:7). Porque Dios había permitido que cuando el arca de Dios fuese tomada cautiva, y puesta en la casa de Dagón, la autoridad y supremacía de Dios sobre los ídolos fuese una vez más vindicada. No así en conexión con los utensilios sagrados. En el tiempo, como el arca, ellos serían devueltos, y restaurados a su sagrado uso. Años, sin embargo debían pasar, antes de que eso sucediese, y el rey de Babilonia, mientras tanto, era su virtual guardián. ¿Había Dios dejado de preocuparse por Su gloria, de manera que estos utensilios fuesen dejados en paz en la cámara de tesoros del templo de un ídolo? Púbicamente ahora debía manifestarse que Dios se preocupaba por Su gloria, y que los utensilios, antiguamente dedicados a Su servicio, no debían ser usados con impunidad para propósitos comunes. (La impiedad debía recibir un duro golpe, y el perpetrador de esto sería visitado con irrevocable castigo).

Belsasar probablemente, en el orgullo de su corazón, y probablemente gobernado por el vino, hizo que trajesen los utensilios sagrados del templo de Salomón a su fiesta. Los utensilios fueron traídos. Dios permitió esto. Vino fue derramado en ellos, y la compañía incircuncisa bebió en ellos, para alabar a sus ídolos, y de este modo insultaron al Dios del cielo (Dn.5:3,4). Todo siguió alegremente. Ningún terremoto sacudió el edificio. Ningún trueno se hizo escuchar a través de la bóveda celestial. La escena dentro de la casa del banquete debe haber sido realmente brillante. El rey presidía; miles de sus señores eran sus huéspedes; sus esposas y concubinas también hermoseaban la fiesta. Ciertamente podemos decir que toda la riqueza real podía hacer tal fiesta atractiva, impresionante, y exitoso este último banquete de Belsasar.

Todo ese día fue requisado. Y los utensilios que habían llenado la casa de Jehová estaban ahora sobre la mesa de un ¡monarca pagano! ¿Consentía Dios a tal deshonor hecho a Él? Él conoce todo lo que sucede sobre la tierra. Él puede ser paciente, pero nunca indiferente. El necio puede decir en su corazón que no hay Dios. Pero el necio en ese salmo tiene que aprender que hay Uno (Sal.14:1-5). Los hombres pueden decir, “¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Dios Altísimo?” (Sal.73). Terriblemente, a veces, tal pregunta ha sido respondida.

Antes del diluvio ellos estaban comiendo y bebiendo, y casándose y dándose en casamiento, gozando de la vida y pensando perpetuarla. Dios no estaba de ninguna manera en sus pensamientos. ¡Qué rudo sacudón deben haber tenido ellos cuando vino el diluvio y se los llevó a todos! En Sodoma y Gomorra ellos estaban gozando de la vida, y ocupados en su trabajo y en las labores agriculturales. El fuego y el azufre cayeron, y los envolvieron a todos, una plena respuesta al pensamiento de que Dios se preocupaba acerca de lo que ocurre aquí abajo. Así será en un día futuro, cuando los hombres habrán dejado afuera, en la medida que ellos pueden, todo reconocimiento de Dios de esta tierra (Lc.17:30). Así fue con Belsasar, quien había hecho la fiesta, pensando poco en la forma pública en la cual Dios, aquella noche, se mostraría a Sí mismo.

Bebiendo vino y alabando a los dioses de oro, plata, bronce hierro y piedra, sin considerar de ninguna manera el futuro, o algún peligro desde fuera de la gran y amplia ciudad amurallada de Babilonia, el rey vio, y aparentemente fue el primero en ver, dedos de una mano humana trazando caracteres sobre el muro delante de él. Dios de esta manera quietamente, pero no menos seguramente, se manifestó en la escena. El Dios verdadero mostraría que no era indiferente a la impiedad que públicamente se desplegaba en la casa del banquete. ¿De dónde vino esa misteriosa mano humana? ¿Qué significaba ese escrito? Belsasar no lo sabía. Pero enseguida para él, y solamente para él, esa brillante escena fue cambiada.

El brillo de esa noche se desvaneció en la nada. Las alabanzas a los dioses de Babilonia cesaron en lo que concernía al rey. Todo gozo fue oscurecido. El vino en la copa fue dejado sin beber. Porque él temblaba: “sus pensamientos lo turbaron, de manera que ….sus rodillas golpeaban la una contra la otra” (v.6) Una descripción verdaderamente gráfica de un testigo ocular, o al menos contemporáneo. El monarca no podía gozar más de la fiesta, o alegrar sus ojos con esa escena, raramente igualada, bien podemos creer, en la historia del mundo. No se esperaba que ninguna nube oscureciese su brillantez. Un gran y elevado festival estaba siendo celebrado, pero sin un pensamiento de Dios, o temor de la captura de la ciudad por un ejército sitiador al lado de fuera. Aun así una oscura nube ensombreció ese salón y a sus ocupantes, porque una mano de hombre había sido vista trazando misteriosos caracteres sobre el muro.

Dios estaba ahora hablando, y hablando de una manera que forzaba la atención por parte de Belsasar, Uno para quien el rey era un extraño tenía un mensaje para ese impío monarca. Él tenía derecho a hablar como lo hizo, porque Belsasar era Su criatura. Agitado y alarmado, el rey clamó fuertemente a los encantadores, caldeos, y hechiceros. Él quería leer ese escrito, y conocer el significado de la comunicación. Él estaba ahora completamente levantado. ¿De qué valor era ahora la brillante escena que lo rodeaba? ¿Qué era el vino para él? ¿Y la reunión de miles de sus señores, con sus esposas y concubinas, mientras esas misteriosas letras permaneciesen sobre el muro y su significado no descifrado?

Dios, podemos decir, estaba ahora hablando, y cuando Él habla la criatura a la cual se dirige no puede sino atender. Dios habla a veces, y nadie puede estorbarlo. Puede ser, como piensan los hombres, en momentos oportunos e inoportunos. Él, sin embargo, escoge Su propio tiempo, y es soberano, en la selección de los medios. En el banquete de Belsasar habló a Sus criaturas. Repito, Él tiene derecho a hacerlo, sean ellos verdaderos siervos y adoradores, o los devotos de los ídolos. En eso Él permanece solo como el Dios Vivo y Verdadero. Los devotos de los ídolos pueden afirmar y creer que su supuesta deidad tutelar se ha dirigido a ellos. Tal era el caso con los monarcas asirio y babilonio. Pero ¿quién escuchó a alguno dirigirse a aquellos que no profesaban honrarlo? ¡Cuán diferente es con Dios! Porque todas son Sus criaturas, y a veces Él hace eso manifiesto. Fue así en esta ocasión. Belsasar, quien no lo reconocía, y no lo conocía, y que estaba en ese mismo momento alabando a los dioses de oro, plata, bronce, madera y piedra, debía recibir un mensaje esa tarde de parte del Dios del cielo, un mensaje que no admitía retraso. Para ese él estaba ahora preparado, habiendo sido aterrorizado al ver esa mano, y las letras que habían sido escritas sobre el muro.

¿Pero quién podía leer la comunicación divina? Y además, ¿quién podría interpretarla? Los encantadores, los caldeos, los hechiceros, todos habían fallado al rey. Todos los sabios de estas clases fallaban al observar asombrados el muro. ¿Tendría el rey que ser indiferente a lo que estaba allí escrito? ¿Se persuadiría a sí mismo que esta era una materia sin importancia, o sería inducido a creer que era la imaginación de una mente desordenada bajo el efecto del vino? ¡Ah, no! Allí estaban las letras. Ellos las tenían en frente. Él también había visto la mano que las había escrito. Él necesitaba que se le dijese lo que estas significaban. Nada menos que una clara, no adornada interpretación solamente lo dejaría satisfecho. ¿Pero dónde estaba el hombre que le proveería eso?.

Dos hechos importantes ya hemos señalado, que Dios no es indiferente a lo que sucede sobre la tierra; y segundo, que cuando Él habla a la criatura, la atención de la criatura debe ser atraída, sea que esta se beneficie o no por esta comunicación. Dos hechos más importantes de esta historia de la fiesta hay que aclarar: la fidelidad de Dios hacia Su palabra, y la responsabilidad de Sus criaturas sobre aquello que conocen.

Primero, en cuanto a la fidelidad de Dios hacia Su palabra.

Los tiempos han sido establecidos por Dios, y él no pasa por sobre ellos. La hora viene, y Él golpea. No solamente una vez, o dos, lo que se ha verificado en el pasado, se acercaba el tiempo para que el imperio Babilónico terminase. Su duración bajo la cabeza de oro ha sido limitada a setenta años (Jer.25). El último día de estos setenta años había llegado, y antes que amaneciese estos terminarían. De allí el anuncio relacionado con el imperio Medo-Persa, destinado a suceder al babilónico. La noche, por tanto, formaba una importante época en la historia del mundo. El sol de los primeros cuatro imperios de Daniel 7 estaba a punto de ponerse. El sol del segundo imperio estaba a punto de levantarse en el horizonte. El cabeza de oro (Dn.2:37,38) pasaría para siempre, y el pecho de plata de la gran imagen de Nabucodonosor vendría a prominencia.

Dios había establecido estos límites de Su paciencia con el mundo anti-diluviano (Gén. 6:3). Cuantos años debían pasar. Él ha señalado un día todavía en el futuro “en el cual Él juzgará al mundo en justicia, por medio del Hombre que Él ha ordenado; porque Él ha dado seguridad a todos los hombres, por haberlo levantado de los muertos” (Hech.17:31). Cuando ese día llegue, en el curso del tiempo, aunque oculto el conocimiento de este ahora en el pensamiento del Padre, Dios ciertamente hará lo que ha dicho. Juicio, y eso en justicia, debe venir sobre el mundo tan ciertamente como vino sobre Belsasar en esa noche. Un solemne pensamiento nos da esto en el retrospecto y en el prospecto. Dios ha señalado un tiempo, y cuando ese tiempo llegue, Él actuará. Un retraso, no será entonces concedido. Belsasar muy probablemente nunca escucho la profecía de Jeremías (Jer.25:11,12). Su ignorancia de esto, sin embargo, no cambiará el pensamiento divino, ni retrasará la realización del pensamiento divino. Entonces fue que el dedo de una mano humana apareció, y escribió sobre el muro en cuanto a la certeza y cercanía del cumplimiento de las inalterables intenciones de Dios.

Honores, adornos, y progreso, aun en el tercer gobernador en el reino, es decir, estos ofrecidos por el rey, han fallado en procurar una interpretación de los caracteres y letras ante él. Los caldeos parecían honestos esta vez. Ninguno pretendió descifrar lo que estaba más allá de su habilidad. Pero este hecho no debilitó la turbación del rey, ni disminuyó el asombro de sus señores, Dios estaba realmente trabajando. Esto no era magia, tampoco una falsificación, esto era real, un mensaje comprensible, importante y urgente. ¿Pero quién podría interpretarlo? Solamente uno en la ciudad podía hacer esto, un extranjero, un extranjero a toda esa escena de jolgorio, y entre incontables señores.

Daniel, mencionado por la reina madre, fue llamado a desenmarañar el misterio. Un extraño para Belsasar, aun así bien conocido para Nabucodonosor, su progenitor, el profeta, el siervo de Dios, el descuidado ministro y fiel siervo del gran rey el fundador del reino, un exilado, también, de la tierra de su nacimiento por setenta años, habla ahora, habla con autoridad. Los honores ofrecidos él los valoraba muy altamente. ¿Qué podría ser la posición del tercer gobernador en el reino para uno que sabía que el reino estaba cerca de su fin? Él habló, entonces, no para ganarse el favor de Belsasar, tampoco para llevar una ropa escarlata con una cadena de oro en su cuello. Él habló como el ministro, el profeta de Dios, encargado con un mensaje para Belsasar de la más seria importancia. MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN, el anciano profeta leyó al ver las letras en el muro. Contado, pesado y dividido, eso significaban las palabras. Ahora Daniel proveía la clave, y todo era claro. “Dios ha contado tu reino, y puesto fin a este. Tú has sido pesado en balanzas, y has sido encontrado falto. Tu reino es dividido, y dado a los Medas y Persas.” De las mismas palabras, poco inteligible significado podría extraerse. ¿Qué era contado? ¿Qué era pesado? ¿Y qué significaba dividido? Pero Daniel, como hemos dicho, enseñado por Dios, proveyó la clave, y ante todos, los señores, las esposas y las concubinas, anuncio el inminente juicio sobre el aterrorizado rey.

¿Quién se habría atrevido hablar de este modo a un autócrata? Con Dios delante de sí el profeta era valiente, y en esta muy pública forma acusó al rey, ante todos los grandes de su corte, con haber fallado en glorificar al Dios del cielo.

Aquí, entontes, viene el cuarto acto a prominencia, la responsabilidad de la criatura de glorificar a Dios. Verdad, Belsasar no sabía nada de la ley de Moisés, y muy probablemente nunca habrá escuchado de una revelación escrita. Eso, sin embargo, no lo excusaba. Ignorancia de la ley no era razón válida para no glorificar a Dios. Además, él no fue condenado por no actuar conforme a lo que no conocía, sino por no actuar conforme a lo que sabía. La responsabilidad de la criatura es medida por lo que esta conoce. Y aunque hay un testimonio para Dios en las obras de la creación, que deja a un idolatra sin excusa (Rom.1:19), Belsasar tenía más que eso. La historia de los tratos de Dios con Nabucodonosor él la conocía, pero no se había beneficiado de ello.

¿Podría haber él profanado los utensilios si él hubiese leído justamente esa historia? ¿Podría él haber bebido vino en ellos, alabando a todos los ídolos de oro, plata, bronce, hierro, piedra y madera, que no ven, ni escuchan, ni conocen, si lo que sucedió con Nabucodonosor hubiese sido puesto en la forma más pública ¿ (Dn. 4:1-3) si él hubiese aprendido por ello, que el Altísimo gobierna en el reino de los hombres, y da el reino a quién Él quiere? Pero todo eso había sido una pérdida para él; y el Dios en cuyas manos estaba su aliento, él no lo había glorificado. Verdad, cuán terriblemente verdadero fue eso. Y el rey tuvo que escuchar esto.

El profeta dejó de hablar. Él había cumplido su misión, valiente y fielmente había descargado su deber. Aun así ni una sola palabra salió de él, ni esperanza de restauración, si Belsasar se arrepentía. ¿Se arrepintió el rey? No hay señal de esto. Su promesa real él la cumplió a Daniel, pero alguna humillación de sí mismo ante Dios, la historia permanece en silencio, y todo lo que sabemos de él es que esa noche salió a ese otro mundo, donde los lamentos no son de ningún valor, y donde los cambios no tienen lugar. Su primera y última reunión con Daniel tuvo lugar en ese salón. Por primera vez, probablemente, y por última vez sobre la tierra, él escuchó la verdad acerca de sí mismo.

¿Era Dios injusto al tratar de este modo con él? ¿Quién podría decir eso? Belsasar no lo había glorificado. “Aquel que me alaba, Me glorifica,” dice Dios. Belsasar había alabado a los ídolos, a las vanidades de los paganos en lugar de a Dios, entonces, Dios era glorificado al tratar con él judicialmente. Y un infeliz rey es una advertencia a todas las criaturas responsables, a otros también como a él se les dirá al final de su carrera terrenal, “el Dios en cuya mano está tu aliento, y ante quien están todos tus caminos, no has glorificado.”

A Belsasar, hemos notado, no se le presentó oferta de misericordia. Gracias a Dios, ese no es el caso en la dispensación actual. Misericordia, plena, y libre, pleno perdón, y eterna salvación de Dios es ahora proclamada. Nadie que haya escuchado ese mensaje puede librarse de responsabilidad si ellos desprecian, o rechazan esta. Ahora es la oportunidad de glorificar a Dios, quien dio a Su Hijo por nosotros, antes de que el día de la gracia para el individuo pase para siempre, y Dios sea glorificado al tratar con el tal en juicio (Ezeq.38:23)

                   C. E. S.