Pin It

CONFLICTO EN LAS ALTURAS DE MOAB.

Núm. 22.-24.

El libro de Números, como llamamos a este, trata de eventos que transcurrieron durante treinta y nueve años de la historia de Israel, comenzando con el año segundo de su existencia política, y terminando con el año cuarenta desde su salida de Egipto. Conocido en el canon hebreo con el título En el Desierto,  esto abarca mucho de lo que ha sido preservado de la historia del pueblo durante su travesía en el desierto. Decimos “mucho”; porque Levítico 24:10-23 registra dos buenas acciones (Núm. 15:32-36 relatando el otra) que son puestas a su favor durante todo ese tiempo; y Dt. 10:6-7 menciona una porción de su jornada, una vuelta en la ruta, no relatada en Núm. 33.

Leyendo Números, rápidamente podemos ver cuán naturalmente este se divide en tres grandes partes, 1-9; 10:10-11-21:12; 21:13 hasta el fin. En la primera parte, el pueblo es visto como acampando bajo el monte Sinaí. En la segunda, ellos están en su jornada en el diserto. En la tercera, ellos están acampados en las planicies de Moab, habiendo comenzado la conquista del territorio asignado a ellos  por Dios.  Ellos han cruzado el arroyo de Zered, que puso fin a los viajes del desierto, y han encontrado en la tierra de su posesión provisiones de aguas desde un pozo.  Hay tres partes del libro especialmente conectadas con algo acerca de Dios.  En la primera  vemos a Dios morando en medio de ellos, ordenando a las tribus a Su alrededor, limpiando el campamento, y preparando al pueblo en cada cosa para su marcha.  En la segunda división vemos a Dios con ellos en todos sus viajes, y a pesar de todas sus murmuraciones.  En la tercera parte tenemos la historia de  Balaam cronológica y moralmente encuentra su lugar.

En el cap. 21, la destrucción del poder Amorreo al lado sur del Jordán, en la persona de  Sehon, quien moraba en Hesbon, es brevemente relatada. Israel era invencible.  Cada una de las razas condenadas, mujeres y niños todos fueron destruidos. Una nación fue cortada; su misma existencia en el territorio completamente borrada.  Nunca antes, y nunca desde entonces, tal  exterminación ha tenido lugar. Tampoco podía Og, del remanente del poderoso Refain, o gigantes, resistir al pueblo. Como un devastador torrente, que arrastraba todo delante de sí, Israel llenó toda la tierra. Puertas, barras, ciudades  amuralladas, nada podía detenerlos.  Cada uno al oriente del Jordán dentro del territorio de Sehon y Og fueron cortados (Dt.2:30-3:6.). Ni una sola  vida se perdió entre los ejércitos de Israel. Dios estaba con ellos. ¿Quién podía estar contra ellos?

En esta coyuntura aparece Balaam en la escena, enviado por Balac desde Petor, que estaba junto al río, el Éufrates, para maldecir a Israel, en vista a  que Moab pudiese vencerlo.  Si Moab hubiese  sabido del mandato de Dios por medio de Moisés a dejar solamente su territorio, porque ÉL había  dado aquel a los hijos de Lot (Dt.2:9), ella podía haber dormido en paz. Pero, ignorante de eso,  el temor poseyó a su rey, de que Israel “lamiese”, dijo él, “a todo nuestro alrededor, como el buey la hierba del campo” (Núm.22:4). Muy natural era el temor, porque ellos habían visto al despojador de su tierra, que años antes había tomado una gran parte de su reino, y mantenido este, ahora completamente derrotado por Israel.  Sehon, victorioso sobre Moab, era impotente ante la nueva  fuerza invasora.  Entonces para Moab contender exitosamente en batalla con Israel era desesperanzador. Si los amorreos fueron exterminados por Israel, como un buey que lame la hierba del campo, ¿qué podía esperar Moab? La única  esperanza de  Balac estaba en lograr que  Balaam lo maldijese, para que él pudiese vencerlo, y  volver a  recuperar los territorios perdidos recientemente y ocupados por los Amorreos.

Esa era la política de Balac. En conjunción con los ancianos de Madian, él y los ancianos de Moab procedieron a actuar, porque los madianitas habían sido tributarios a Sehón, sus príncipes eran “Duques en Sehon” (Jos.13:21), sus vasallos. Un interés común, entonces,  fue establecido por la caída del poder Amorreo, al cual ambos, Moab y  Madian habían sido una vez forzados a someterse. La cuestión entonces era,  ¿presentarse y hacerse tributarios a los que habían vencido y conquistado a Sehon? O ¿podían ellos lograr dominar a Israel? Ellos o los invasores debían tener la supremacía. Para asegurarse esta supremacía, podemos comprender porque han hecho causa común  en la embajada despachada a Balaam.

Balaam era un profeta (2 Ped. 2:16). Su reputación fue establecida. “Sé,” dijo Balac, “que a quien tú bendigas será bendecido, y a quien maldigas será maldecido” (Núm. 22:6). Además, él profesaba tener el pensamiento de Jehová el Dios de Israel.  Si él era favorable a Moab, todo podía estar bien. El movimiento de Balac al enviar a buscar a Balaam parecía,  por tanto, algo muy sabio, y la mejor cosa por hacer, como pensarían los hombres. Los mensajeros despachados llegaron debidamente a la habitación de Balaam, y fueron recibidos por el profeta, quien les prometió que por la mañana les diría lo que Jehová le dijese.

Ahora comenzaba el verdadero conflicto.  Y este se iniciaba con Dios hablando a Balaam, y no, como lo vemos más adelante, Balaam hablando a Dios. “Dios vino a Balaam, y dijo, ¿qué hombres son los que están contigo?”. En el silencio y soledad de la noche Dios comenzó a hablar, y el profeta tuvo que escuchar, Dios, velaba sobre Israel acampado en las planicies de Moab, habló esa noche a Balaam, quien estaba lejos, cerca del río Éufrates. ¿Quién en el campamento de Israel sabía lo que estaba sucediendo en su favor en Petor? Balaam estaba  preparado y bien dispuesto para responder a la petición de Balac; Dios, sin embargo, le prohibió. “Tú no irás con ellos; tú no maldecirás al pueblo: porque ellos son bendecidos” (v.12) Un breve pero claro anuncio, al cual Balaam dio oído, aunque muy probablemente con temor. “El Señor se rehúsa a dejarme ir con vosotros” fue su respuesta a los príncipes de Moab. Él fue estorbado, de otra manera él rápidamente habría consentido a la petición de Balac.

Balac, probablemente consciente de la disposición codiciosa de Balaam, no pensó realmente que la respuesta del profeta era la última palabra en la materia.  De manera que envió una nueva embajada, y esta vez príncipes más honorables, y ofertas de grandes  recompensas, acompañadas por una promesa de someterse a los deseos del profeta. “Lo que tú me digas  haremos.” ¡Fama y honor casi al alcance de Balaam! ¡Realmente una tentación! Fama, si él podía exitosamente maldecir a ese poderoso y victorioso pueblo; honores, si de sus labios salían maldiciones  contra ellos.  La tentación para una persona como Balaam era grande.  Su primer rechazo no ha destruido todas las  esperanzas de Balac: tampoco el claro anuncio de  Dios a Balaam lo detuvo, ni le impidió escuchar nuevas ofertas por parte del rey de Moab, y también de los príncipes de Moab. Porque, mientras respondiendo a los mensajeros, él evidentemente esperaba  que alguna nueva comunicación modificara la  anterior clara declaración de Dios.

Por segunda vez su morada fue abierta, para alojar allí a la embajada moabita.  Vino la noche. Una palabra más de parte de Dios  recibió él.  Un permiso condicional le fue concedido, acompañado por una  indicación de la palabra de Dios hacia él, que  él debía cumplir. “Si los hombres te llaman,”  era la condición, “levántate, ve con ellos.”  La mañana siguió a la noche. Balaam ensilló su asna y salió.  Aun así, parecería,  que ellos no lo habían llamado. El permiso condicional actuó sobre él como si éste hubiese sido concedido incondicionalmente. Entonces el espíritu  de Balaam se mostró. La tentación por adquirir beneficios temporales  él no la pudo resistir.  Él salió,  consciente,  ciertamente, que esto era en un espíritu de desobediencia.

Ahora Dios manifestaría esto públicamente, usando la asna sobre la cual Balaam cabalgaba como Su instrumento.  Tres veces  su asna mostró a Balaam su indisposición a seguir adelante. Tres veces el profeta la golpeo por su inusual conducta.  Entonces el Señor abrió la boca del asna, y esta habló. A un animal mudo Dios dio, para la ocasión,  el poder de hablar. El asna habló. Balaam respondió. El asna se reincorporó, y volvió  a  su condición natural,  para nunca otra vez  volver a hablar con un hombre.

Ahora el Señor abrió los ojos de Balaam para ver lo que su asna había visto,  al Ángel del Señor con Su espada desenvainada, preparada,  si el profeta avanzaba, para matarlo.  La conducta del asna fue de este modo  explicada. La locura del profeta fue  demostrada. El Ángel ahora se dirige al profeta, y le dice como fue que él estaba todavía vivo. Él había sido salvado por su asna.  Pero además,  las palabras del ángel hacían claro quien estaba hablando. “Tu camino”, dijo Él, “es ´perverso ante Mí.”  El Señor a quien Balaam profesaba servir, también el Dios de Israel, salió a enfrentarlo en el camino para resistirlo.  Prohibiéndole claramente, primero, que escuchase las proposiciones de Balac, le permitió seguir con una condición que nunca fue cumplida, el Señor  ahora lo enfrentaba en su camino, y la muerte lo habría alcanzado en desobediencia  sino hubiese sido por su asna. Dios no era indiferente, ni sin interés  acerca de los deseos y esfuerzos de Balaam por maldecir a Israel.

Balaam, profesadamente penitente, ofreció volver atrás.  Su oferta realmente delataba su indisposición a volver,  y manifestaba  su absoluta falta de sinceridad. A él se le permitió, ahora, sin condición seguir adelante, para ser, aunque involuntariamente, el portavoz de Dios. ¿Estaba Dios arrepintiéndose  de Su propósito concerniente a Israel? “Él no es hombre para mentir, ni hijo de hombre para arrepentirse” Balaam seguiría adelante como profeta, expresando realmente el pensamiento de Dios en las palabras  escogidas por Dios. Él  iría como un cautivo restringido por el poder de Dios, y obligado a  expresar lo que era  extraño a su verdadero deseo.  Todos aprenderían la imposibilidad del poder humano o satánico para alterar el establecido propósito de Dios.  Balaam, reprendido por Balac por su retraso, le habla de su posición. “He aquí, yo he venido a ti: ¿tengo yo algún poder para decir algo? La palabra que Dios ponga en mi boca, esa hablaré.” El rey se jactaba  de su poder para promover en honores a Balaam.  El profeta declaraba su incapacidad para ser  algo sino el portavoz del Todopoderoso. Verdadera inspiración es una cosa muy real.  EL vaso de ésta expresaba el pensamiento de otro,  en palabras  escogidas por el Espíritu Santo.

Hubo una  fiesta esa noche en Kirjath.huzoth. Balac estaba evidentemente regocijándose ante la llegada del profeta, seguro que lo que él dijese vendría a ser verdad. Aquellos a los cuales él maldijese  serían maldecidos, y aquellos que bendijese, serian bendecidos. ¿Pero sobre quién caería la maldición? ¿Quiénes serían los objetos de la bendición del profeta? Unas pocas horas decidirían esto. Mientras  tanto el huésped sería honrado; y los eventos de la mañana  esperarían, ciertamente,  en anhelante espera.  Esa noche había un profeta, y un profesado siervo de Dios (Gén.22:18), en la corte  del rey de Moab, y llevado allí con el claro propósito de maldecir a Israel.  La mañana revelaría la factibilidad del esquema de Balac. Probablemente inconsciente estaba el pueblo de Israel de la llegada de ese visitante; o del propósito de su venida. Bien podemos comprender que para los intereses de Moab  era necesario que las noticias no llegasen hasta el campamento de Israel.  Inconsciente, también, era el pueblo en la mañana en la cual los dos hombres estaban observando su extenso campamento desde las alturas de Baal. Ellos  no tomaron, por tanto,  ninguna acción para estorbar los designios del rey. Si, entonces,  ellos fuesen derrotados, esto debía ser por otro poder aparte del de Israel.

La mañana llegó. Los dos hombres subieron a las alturas de Baal,  desde donde el profeta podía ver toda la extensión del pueblo al cual él había sido traído desde Petor para maldecir. Para eso, sin embargo,  el favor de Dios debía ser buscado; de este modo, en acuerdo con las costumbres de ese día, sacrificios fueron provistos. Balaam ordenó que se levantasen siete altares. Sobre cada uno de ellos, él y Balac ofrecieron un toro y un carnero. De esta forma buscando el favor del cielo, él se apartó a una distancia, para  esperar, si agradaría al Señor dar una comunicación del Todopoderoso,  seleccionando una altura dentro del alcance de la vista de Balac, pero no quizás  al alcance del oído de Dios que viniese a su encuentro.  Todo había sido hecho para asegurar una respuesta favorable; de eso el profeta, quien fue el primero en hablar,  aseguraba de Dios. Él le habló de los altares que había edificado; enumeró los sacrificios que había ofrecido.  Ahora habló el Señor. Pero ni una sola palabra hubo de aprobación de los altares, ni una silaba de aceptación de los sacrificios. ¿No hubo un sobresaliente silencio? Balaam había puesto énfasis sobre lo que él había hecho. Dios pasó sobre esto completamente.

Existe una cosa como intentar hacer un hechizo de las cosas divinas. Dios, sin embargo, no puede ser burlado. El intento de Balaam para asegurarse de Su favor por sacrificio fue completamente un fracaso. ¿Era Dios indiferente a los sacrificios? Estos eran Su pan, aquello de lo cual Él se alimentaba (Núm.27:2). Pero los sacrificios de Balaam, ofrecidos como un encanto o hechizo, no podían cambiar el establecido propósito de Dios acerca de Su pueblo que lo que podría la presencia del arca en el campamento (1 Sam.4), en los días de Elí, librar a Israel de manos de los filisteos.

Y ahora somos testigos de la inmutabilidad del propósito de Dios acerca de Su pueblo, y de la completa derrota del enemigo en este conflicto. Balaam a través de todo no fue dejado un momento, como podríamos decir,  a sí mismo. En su propia morada Dios vino a él de noche, y le preguntó acerca de los hombres que estaban con él. Ahora,  en los lugares altos de Baal, Dios vino nuevamente a su encuentro, y puso una palabra en su boca, y le enseñó lo que tenía que decir. “¿Cómo maldeciré?”, fue obligado a decir Balaam a Balac, en presencia de sus príncipes, “¿a quién Dios no ha maldecido? ¿Y cómo desecraré  a quién Dios no ha desecrado?” Allí estaba  el centro de toda la materia.  Satanás ni los hombres  pueden maldecir efectivamente excepto Dios permita esto. ¿Es  esto un consuelo para un atribulado santo en Israel? Imposible.  “Desde la cima de las rocas,” procede el profeta, “le veré, y de los montes lo contemplaré: he aquí, un pueblo que morará solo, y que no será contado entre las naciones. ¿Quién puede contar el polvo de Jacob, o el número de la cuarta parte de Israel? ¡Muera yo la muerte del justo, y mi fin sea como  el de ellos!” Su nacionalidad no puede ser extinguida. Su crecimiento no puede ser impedido. Su fin debe ser uno de bendición.

Balaam se había entregado a sí mismo y dejó de hablar. La palabra del Señor ha salido de sus labios en una forma  poética como también profética. Balac, enojado ante tal resultado,  comprendía bien lo que recién había sido  expresado. Esta era la palabra del Señor, y diferente a los oráculos paganos,  no estaba envuelto en lenguaje dudoso. “Te traje para maldecir a mis enemigos, y he aquí,  tú los has bendecido,”  evidenciaba  la desilusión del rey, y su perfecta comprensión del propósito de la profecía.

¿No podía hacerse nada para asegurar un resultado favorable? ¿La vista de todo el pueblo había vencido al profeta?  Entonces Balaam lo llevó a otro lugar, para que viese solamente un extremo de este, y desde allí él podría maldecirlos. De este modo  razonaba Balac, evidenciando,  sin embargo,  su ignorancia de la  real fuente  de la verdadera profecía. ¿Cómo podría  alguna contemplación del pueblo que podría haber tenido Balaam, aunque restringida,  cambiar el pensamiento de Dios? Si Balaam habló bajo la inspiración del Espíritu, él  expresó el pensamiento de Dios, y en las palabras  escogidas por Dios, sin ser afectado por algún sentimiento o deseo propio.

Insistiendo, sin embargo, en su propósito, el rey tomó al profeta y lo llevó a la cima del Pisga, en el campo de Zophin. Y allí edificó siete altares, donde ofreció los debidos sacrificios, y Balac esperaba  el resultado de este nuevo movimiento. Como antes, Balaam lo dejó, pero para ir al encuentro, ¿de quién? Este Uno esta vez no es nombrado. Sin embargo el Señor salió a su encuentro, y puso una palabra en su boca. ¿Estaba él buscando inspiración de una fuente no santificada? EL Señor estaba claramente velando sobre él,  y manteniéndolo como un vaso subordinado a Su voluntad.

Con evidente ansiedad Balac  preguntó qué era lo que el Señor había dicho. Balaam, en respuesta, le dijo que el propósito de Dios era inmutable. No había encantamiento contra Jacob, tampoco alguna adivinación contra Israel. Además,  no era cuestión de lo que Israel era en sí mismo; la cuestión era acerca del propósito de Dios concerniente a ellos, y de la luz en la cual Él los contemplaba.  Dios los había bendecido, “y” dijo Balaam, “no puedo alterar esto”. Dios, también,  estaba con ellos (23:18-24).  Todo dependía de Dios, de Su propósito, de su vista y presencia con ellos. Estas cuestiones  son respondidas, y deben establecer toda la materia.  Poder, por tanto,  y la futura conquista estaba ante ellos.  Aquí debemos recordar que el profeta hablaba de la nación como tal.  Ellos eran una nación redimida. Para nosotros la bendición de la redención es individual.  Esto hace una gran diferencia. Aun así aprendemos de la bondad de Dios hacia ellos: porque mientras ellos podían decir, Él nunca abandonará a Su nación; nosotros podemos decir, Él nunca abandona a alguna de Sus santos.

El temor se apoderó de Balac, como la desilusión se había apoderado de él antes, y clamó, “Sino los puedes maldecir, tampoco los bendigas”.  El profeta ahora era cualquier cosa menos un visitante bienvenido; aunque la fe de Balac  en el poder profético de Balaam quedaba imperturbable. ¿Qué se le hubiese dado al rey si hubiese permanecido dormido respecto a Israel? Pero él provocado esto, como él lo veía, para su propia confusión. Aun así un  intento por hacer. “venid ahora, te llevaré a otro lugar, quizás agrade a Dios que tú puedas maldecir al pueblo desde allí” (Núm.23:27). Balaam, sin embargo, poco podía permanecer neutral en esta materia, y tampoco podía maldecir al pueblo, porque Dios lo había bendecido.

A la cima del monte Peor fueron ambos, muy probablemente a un lugar sagrado de los moabitas, dedicado a la adoración de Baal. Nuevos altares fueron levantados, y nuevos sacrificios fueron ofrecidos.  Ningún esfuerzo fue librado para obtener una predicción favorable. Aun así ningún cambio podía cambiar el pensamiento de Dios. Balaam no podía oír nada sino de la prosperidad y victorioso poder de aquellos de quienes Balac estaba atemorizado; y él terminó esta vez con una reiteración, aunque en un orden inverso, de las palabras de bendición de Isaac sobre Jacob: “bendito cada uno que te bendice, y maldito sea  todo aquel que te maldice” (Núm.24:9). Las palabras proféticas de Isaac,  de las cuales, probablemente, Balaam era completamente ignorante, no estaban fuera de fecha. A la desilusión y alarma, ahora sigue la ira. Secamente Balaam fue despedido, sin ningún  reconocimiento en la forma de  recompensa temporal.

Una entrega profética más por parte de Balaam terminó su entrevista. Una persona ahora llenaba su vista, y él habló de Él, un Rey, el Rey de Jacob, un conquistador también, ante Cuyo poder Moab y  Edom tendrían que ceder. Hasta aquí, él había hablado de Israel. Ahora, habla acerca de este Rey, en una estrofa poética y profética él tomó su parábola. “Lo veré, pero no ahora; He aquí, lo veré, pero no de cerca: saldrá estrella de Jacob, y cetro  se levantará en Israel y herirá los rincones de Moab y quebrantará a todos los hijos del tumulto. Y Edom será una posesión,  También Seír será una posesión que son Sus enemigos; mientras Israel actuará valientemente. Y de Jacob Uno tendrá el dominio, y destruirá al remanente de la ciudad.”  Es desesperanzador, realmente, maldecir a un pueblo asociado con tal Rey, y destinado a tal futuro. Pero más, Amalec debe sufrir la destrucción, Ashur, y el poder que debe afligirlo, de igual manera será destruido. Pero el rey al cual Balaam vio desde lejos él no podía hablar de ningún sucesor.  El levantamiento de su poder él lo ha predicho. El fin de esto no puede verlo, porque este nunca pasará.

La contienda ha terminado. Dios ha prevalecido. Él estaba de parte de Israel; ¿quién podía estar contra ellos? ¿Leemos esta historia solamente como concerniendo a un único pueblo? No podemos ver esto ilustrado en Rom. 8:31-39. Si Dios está por Su pueblo, Él los justifica, y lo hace victorioso sobre todos los que están contra ellos. Tampoco el hombre ni los demonios pueden frustrar Su propósito, tampoco tener éxito en maldecir a quienes Él ha bendecido.

                                                                                                C.E. Stuart