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EL CELO DE JEHÚ

El más lúgubre cuadro en la historia del A. Testamento, es aquel del reino de Israel. Desde el tiempo de Jeroboam hasta la cautividad de Israel por parte de Asiria, no leemos de nada, sino la extirpación sucesiva de familia tras familia, para colmar de mal el trono de Israel. Todo esto está en directo contraste con el reino de Judá, donde todo seguía en ordenada sucesión, porque Dios había dicho a David “Señor Jehová, pues también has hablado de la casa de tu siervo en lo por venir.” (2 Sam 7:19). De modo que Dios podía decir por medio de Su profeta, “12 Me rodeó Efraín de mentira, y la casa de Israel de engaño. Judá aún gobierna con Dios, y es fiel con los santos.” (Oseas 11:12)

El episodio más oscuro de la casa de Israel ha tenido lugar durante la dinastía de la casa de Omri. Una nueva característica de la apostasía fue entonces introducida en Israel por Acab, el segundo de los reyes de esa casa. “reinó Acab hijo de Omri sobre Israel en Samaria veintidós años. Y Acab hijo de Omri hizo lo malo ante los ojos de Jehová, más que todos los que reinaron antes de él. 31Porque le fue ligera cosa andar en los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, y tomó por mujer a Jezabel, hija de Et-baal rey de los sidonios, y fue y sirvió a Baal, y lo adoró. 32E hizo altar a Baal, en el templo de Baal que él edificó en Samaria. 33Hizo también Acab una imagen de Asera, haciendo así Acab más que todos los reyes de Israel que reinaron antes que él, para provocar la ira de Jehová Dios de Israel.” (1 Rey 16:30-33) Esta terrible exhibición de mal sirvió para manifestar en notable forma la paciente gracia de Dios, aun en el mismo momento que Él estaba anunciando el más tremendo juicio que esperaba a la casa de este rey terriblemente prominente en maldad. “No hubo ninguno semejante a Acab, quien se vendió a sí mismo a hacer el mal a la vista de Jehová, a quien movía su esposa Jezabel.” Esta es la forma en la cual nuestro misericordioso Dios actúa, que cuando el juicio está cerca, entonces el testimonio es multiplicado. Y esto presenta una forma de alivio a esta oscura historia, encontrar en este mismo período el extraordinario ministerio de estos “hombres de Dios,” Elías y Eliseo. Dios tenía sus testigos públicos y ocultos; y si allí había iniquidad de manera a hacer desmayar el corazón, también estaba la sobreabundante energía del Espíritu de Dios para testificar contra ésta, y para sustentar el alma  con fe por medio de las más grandes esperanzas. Fue Elías quien entregó a Acab el mensaje del juicio de Dios sobre su casa, postergado de él mismo personalmente a causa de su humillación. El hombre de Dios fue realmente valiente en el testimonio frente al obstinado rey, pero no es del hombre de Dios, sino en Dios mismo que deben conocerse los recursos de la gracia, “¿No has visto cómo Acab se ha humillado delante de mí? Pues por cuanto se ha humillado delante de mí, no traeré el mal en sus días; en los días de su hijo traeré el mal sobre su casa.” (1 Rey 21:28) Si aún en tal caso como este había gracia y respiro, ¿qué bendición no pueden obtener aquellos que son ahora despertados al sentido de lo que es tener añadido el pecado de su propia generación al pecado de sus padres, si ellos realmente se humillan delante de Dios? “Dios resiste al orgulloso, pero da gracia al humilde.”

Pero volvamos a nuestro tema. Eliseo, por mano de uno de los hijos de los profetas, unge a Jehú para ser rey sobre Israel, y para ejecutar el juicio sobre la casa de Acab como lo había anunciado Elías (2 Rey 9). Esta era su comisión, “Así dijo Jehová Dios de Israel: Yo te he ungido por rey sobre Israel, pueblo de Jehová. 7Herirás la casa de Acab tu señor, para que yo vengue la sangre de mis siervos los profetas, y la sangre de todos los siervos de Jehová, de la mano de Jezabel. 8Y perecerá toda la casa de Acab, y destruiré de Acab todo varón, así al siervo como al libre en Israel. 9Y yo pondré la casa de Acab como la casa de Jeroboam hijo de Nabat, y como la casa de Baasa hijo de Ahías. 10Y a Jezabel la comerán los perros en el campo de Jezreel, y no habrá quien la sepulte. En seguida abrió la puerta, y echó a huir.” Nunca hubo un más adecuado instrumento para la obra a la cual él fue señalado que Jehú. Joram el hijo de Acab, cayó por su mano, y Ocozías rey de Judá, por la mano de sus siervos, porque él también andaba en el camino de la casa de Acab, e hizo lo malo a los ojos de Jehová como hizo la casa de Acab: “porque era yerno de la casa de Acab.” (2 Rey 8:27). A través de esta conexión fue la maldad de Israel introducida en Judá; y la palabra del profeta también vino a Judá como a Israel. “Porque los mandamientos de Omri se han guardado, y toda obra de la casa de Acab; y en los consejos de ellos anduvisteis, para que yo te pusiese en asolamiento, y tus moradores para burla. Llevaréis, por tanto, el oprobio de mi pueblo.” (Miq. 6:16). Pero la mano vengadora no había aun cumplido el propósito de Dios. Jezabel debía ser pisoteada por Jehú en la calle de Jezreel. Los setenta hijos de Acab fueron muertos por los ancianos de Samaria; y al ver sus cabezas en dos montones a la puerta de Jezreel, Jehú dice, “para que no cayese a tierra nada de la palabra de Jehová, que él había hablado concerniente a la casa de Acab; que Dios había hablado por su siervo Elías. Así Jehú mató todo lo que quedaba de la casa de Acab en Jezreel, y a todos sus grandes…y no dejó nada.” Tampoco su venganza terminó aquí. También la familia de David fue cortada, y el poder real quedó en las manos de una mujer de la familia de Acab. Esta fue la porción de Judá por haber hecho afinidad con Acab. ¡Esta es siempre la lamentable porción de haber entrado en comunión con las estériles obras de las tinieblas!

Después de borrar todo lo que quedaba de Acab en Jezreel, y casi extirpar a la familia de Josafat (la reina madre destruyó a casi toda la simiente real, solo uno fue rescatado), (2 Reyes 10:13-14), Jehú invitó a Jonadab para ser testigo de su Celo por Jehová (2 reyes 10:15-17).

No fue parte de la comisión que Jehová había dado a Jehú el destruir a los adoradores de Baal. A esto él fue guiado por su propio celo, que terminó destruyendo a Baal de Israel: un poderoso logro realmente. Tal como no ha sido realizado ni siquiera por los fieles testigo de Dios, Elías y Eliseo. ¿Pero fue esto celo por Jehová, o política cubierta bajo ese hermoso nombre? La familia de Acab había establecido la adoración de Baal, y sin duda los adherentes de Acab en el reino habían seguido la religión del rey: la política, por tanto, habría demandado la supresión de la adoración de Baal. Y cuan constantemente encontramos la política meramente mundana usada para Dios, ya sea para juzgar la corrupción, o para libertar a Su remanente. Esto, el hombre lo ve, y solo esto mira, como la fuente de todo movimiento en la iglesia de Dios; y entonces él llega a pensar de sí mismo como competente para ordenar la casa de Dios como para ordenar el mundo. Y el principio de conveniencia es aquel que él lleva adelante en sus reformas, en lugar de la santidad de Dios. Ahora, lo que sea que Jehú pueda haber pensado de su celo, ya sea que haya actuado en disimulación o engaño propio, es cierto que Dios no aprobó esto. Si hay un celo inteligente por Dios, este no puede detenerse antes de que Dios se detenga: pero en esto Jehú quedó corto, y de ese modo probó lo defectuoso de su celo. Él fue celoso por Dios en aquello que servía a sus propios propósitos, pero desde el momento que aquello interfería consigo mismo, y lo habría llevado a un sacrificio propio, entonces Jehú se detenía. “Así exterminó Jehú a Baal de Israel. 29Con todo eso, Jehú no se apartó de los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel; y dejó en pie los becerros de oro que estaban en Bet-el y en Dan” (v.28) ¡Cuan diferente fue este celo en su carácter al juicio de Dios, de aquel que motivaba a Elías! Su celo era conforme a conocimiento, pero ignorancia de Dios caracterizaba el celo de Jehú. Al ojo humano, Jehú era mucho más celoso que Elías, y realizó una mayor obra. Pero no era así ante Dios, quien considera el honor de Su nombre en todo lo que hacemos y valora más el más débil consistente testimonio por Él, que la más grande reforma exterior cuyo objeto son las necesidades del hombre. “30Entonces dijo Elías a todo el pueblo: Acercaos a mí. Y todo el pueblo se le acercó; y él arregló el altar de Jehová que estaba arruinado. 31Y tomando Elías doce piedras, conforme al número de las tribus de los hijos de Jacob, al cual había sido dada palabra de Jehová diciendo, Israel será tu nombre, 32edificó con las piedras un altar en el nombre de Jehová[1]; después hizo una zanja alrededor del altar, en que cupieran dos medidas de grano. 33Preparó luego la leña, y cortó el buey en pedazos, y lo puso sobre la leña. 34Y dijo: Llenad cuatro cántaros de agua, y derramadla sobre el holocausto y sobre la leña. Y dijo: Hacedlo otra vez; y otra vez lo hicieron. Dijo aún: Hacedlo la tercera vez; y lo hicieron la tercera vez, 35de manera que el agua corría alrededor del altar, y también se había llenado de agua la zanja.

36Cuando llegó la hora de ofrecerse el holocausto, se acercó el profeta Elías y dijo: Jehová Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por mandato tuyo he hecho todas estas cosas. 37Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos.” (1 Rey 18:30-37) En el celo de Jehú por Jehová, era para que Jehú fuese conocido; en el de Elías, era para que Jehová fuese conocido.

Jehú destruyó a Baal de Israel: esto le bastó a él. Pero el celo de Elías, desilusionado realmente en ese tiempo, no podía detenerse en menos del propósito de Dios con respecto a Israel. El vio la respuesta a su ruego, cuando el pueblo, cayó sobre sus rostros, clamando, “Jehová, Él es Dios, Jehová, Él es Dios.” Jehú, como un hábil político, quedó satisfecho con aquella reforma que satisfacía las exigencias de los tiempos; pero Elías, el verdadero reformador (porque él restaurará todas las cosas), debe tener el altar de Jehová levantado como centro de la unidad de Israel, de las doce tribus, no de las diez, y el corazón de los hijos vuelto a los padres. Jehú, como reformador, ataca el inmediato mal y se satisface con removerlo; no mirando atrás al pacto de Jehová con los padres, ni hacia delante al propósito de Dios con Israel, no en su estado dividido, sino en su unidad; porque el objeto de la fe de Israel en cuanto a la bendición es “nuestras doce tribus”. Y cualquiera medida de reforma que no tomase ese objeto como guía, siempre queda corto de la medida de Dios. No parece por las escrituras que Dios haya reconocido el celo de Jehú, aunque poderosa como haya sido esa obra. “Y Jehová dijo a Jehú, porque has hecho bien en ejecutar lo que es justo a mis ojos, y has hecho a la casa de Acab conforme a todo lo que estaba en mi corazón, tus hijos hasta la cuarta generación se sentarán sobre el trono de Israel.” Ciertamente Dios es un Dios de juicio, y por Él son pesadas  las acciones; y Él reconocerá todo lo que pueda en lo que alguno haga, y ellos tendrán la recompensa que buscan. A Jehú le bastó tener la seguridad de que él y su familia se sentarían sobre el trono de Israel, Él tuvo su recompensa. “Más Jehú no cuidó de andar en la ley de Jehová Dios de Israel con todo su corazón, ni se apartó de los pecados de Jeroboam, el que había hecho pecar a Israel” (2 Rey 10:31).

Ahora, creo que podemos sacar muy solemnes y convenientes instrucciones de aquello que ha sido escrito para nuestra advertencia. El valor de las escrituras del A. Testamento en esta luz, no ha sido suficientemente atendido. Dios no está ahora exhibiendo Sus designios en acción, pero estos han sido registrados para nuestra instrucción.

No hay nada más justo y plausible que el deseo de reforma; pero no hay deseo que más a menudo cubra el egoísmo del corazón humano. Un celo contra los males públicos se encuentra como una muy conveniente cubierta para los defectos y manchas del carácter privado. Es más fácil con la vista de águila del interés propio detectar y exponer mil faltas, que para un hombre en alguna cosa negarse a sí mismo. En un día como el presente, cuando el espíritu de mejoramiento está ampliamente moviéndose, no sorprende que el mismo espíritu se haya levantado en la iglesia, y se ha manifestado en los esquemas para su reforma. Y esto especialmente cuando las inconsistencias de la iglesia con sus pretensiones y profesión son deslumbrantes de manera a ser un reproche y burla de los infieles, y cuando muchos verdaderos cristianos están gimiendo bajo las cargas impuestas sobre ellos por las tradiciones humanas. Es “es bueno realmente ser celoso siempre en lo que es bueno;” pero excepto el celo sea de acuerdo a conocimiento, este terminará justo donde terminó el celo de Jehú, cortando, puede ser, muchas cosas que son exteriormente ofensivas, pero dejando completamente sin tocar la raíz del mal, la agonista sabiduría del hombre; porque es de allí que ha brotado todo desorden en la iglesia de Dios. Pero reforma en la iglesia no es aquello que responde al propósito de Dios. Si hubiese el más despierto celo, la más decidida energía, y el más sincero deseo de corazón comprometido en la reforma de la iglesia, esto no sería efectivo por no ser conforme al pensamiento de Dios. En primer lugar, la misma noción de intentar tal reforma no es la confesión de  nuestro propio pecado y fracasos, sino más bien de nuestra competencia para remediar el fracaso. Segundo, la reforma, simplemente como reforma, nunca ha sido el plan que Dios ha proseguido, y no es el plan que Dios seguirá. Dios nunca ha restaurado alguna cosa que ha caído a la misma posición de la cual cayó. El realmente ha tomado la ocasión del fracaso para magnificar Su propia gracia, y para introducir algo más bendecido. Ahora, el hombre naturalmente mira hacia atrás a algún punto como objetivo, mientras Dios está mirando hacia adelante; y entonces, suponiendo que fuese posible para el reformador alcanzar su objetivo (que, la revelada sabiduría de Dios nos prohíbe suponer), él no alcanzaría el objeto de Dios. Aun así, sucede que el poder de real reforma en la iglesia, no es solo por la más justa comprensión de los principios originales de la iglesia, sino por el conocimiento del propósito de Dios en cuanto a lo que está aún por delante. El efecto de intentar hacer nuestro propio camino atrás simplemente por medio de la comprensión de lo que la iglesia una vez fue, sería tan desilusionante que nos obligaría ya sea a abandonar tal intento como desesperanzador, o limitarnos a alguna pequeña asociación, y de este modo caer en la peor forma de sectarismo, o quizás asumir pretendidos poderes como sucecionalmente derivados o nuevamente recibidos, y de este modo levantar demandas oficiales como siendo la iglesia de Dios, y efectivamente destruyendo la distinción entre la iglesia y el mundo. Porque este ha sido invariablemente el efecto de la asunción del poder, y del oficio, y no en la energía del Espíritu Santo. Vemos en el caso de Jehú un ejemplo de reforma, muy grande realmente en sus resultados inmediatos, y llevada adelante por una energía que prometía permanente bendición; pero cual haya sido el aparente celo por Dios, el mismo primer elemento de celo piadoso estaba faltando, y ese es el temor de Dios. No había allí una humillación delante de Dios por sus propios pecados y los pecados del pueblo; ni una recurrencia en todo a la ley de Moisés, de manera a aprender la verdadera extensión de su alejamiento de Dios; ni una acción en fe. El mal estaba ante él, y este fue remediado. Baal fue destruido; pero el pecado nacional, aquello que colgaba sobre Israel, y esperaba el juicio de Dios, los becerros de Betel, eran ignorados. Aquello era tolerado; y había venido a ser venerable; de modo que había cesado de afectar la conciencia; y el volver al pueblo atrás, de la adoración de Baal a la adoración de los becerros, era completamente suficiente para satisfacer a este gran reformador en Israel, y hacerlo jactarse de su celo por Jehová.

El celo de los profetas de Jehová era un celo conforme a conocimiento. Ellos mismo fueron llevados a ver el pecado y el mal en el cual estaba la nación, y ser en sus propias almas ejercitados como convenía a la condición en la cual ellos veían que estaba la nación. Sin embargo personalmente exceptuados de los terribles males que los rodeaban, ellos fueron guiados a la humillación y confesión del pecado, como siendo ellos mismos parte de ese cuerpo culpable (Dn. 9; Isa.6; 63; 64) Este celo por Jehová debido a que Él había sido deshonrado en Israel. No encontramos por tanto ninguna complacencia propia en exponer o denunciar el mal; pero mientras haciendo esto en fidelidad a Jehová, encomendando su juicio a Él, y apelando a Dios como conociendo el deseo de sus corazones por Israel, para que éste pudiese ser salvado. Tal era el espíritu de los afligidos profetas, que vivían en medio de la apostasía y comisionados para declarar el juicio de Dios sobre ellos; y este espíritu los mantenía en constante prueba de parte de sus propios conciudadanos. Aun así ellos podían volverse a Dios y decir, “¿Se da mal por bien, para que hayan cavado hoyo a mi alma? Acuérdate que me puse delante de ti para hablar bien por ellos, para apartar de ellos tu ira” (Jer. 18:20)

Pero hay otra cosa. O encontramos en ellos ninguna complacencia en alguna reforma que su propio ministerio pudiese realizar; porque el mismo espíritu de Cristo, que les había mostrado la extensión del mal, testificaba también del remedio de Dios para aquel, y que Cristo, solamente sería capaz de introducir a la nación en la justicia, y sustentarlos en ella. Fue por medio del poder de esta esperanza, que su ministerio vino a ser eficiente para sustentar a las almas del débil remanente en medio del abundante mal, y llevarlos más y más atrás a lo que Dios había originalmente constituido. La reconstitución era sin esperanza, y el espíritu de los fieles debía sumergirse dentro de ellos, si la bendición hubiese sido suspendida sobre la reforma. Pero esto ellos lo tenían en esperanza y no había incertidumbre en cuanto a eso: tampoco era una cosa estar rodeado por sus propios poderes: Entonces en los peores días, ya sea de idolatría o formalidad, cualquier individuo andando en las ordenanzas de Dios habría sido sustentado, y estimulado para separarse de aquello que no era de Dios. Tal encontramos que ha sido el poder sustentador del mismo débil remanente en el período de la venida del Mesías. “Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, 37y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. 38Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (Lc. 2:36-38). El esperar la redención era el poder de su presente y aceptable adoración de Dios. Ella estaba contenta con la reforma exterior (y tal fue esto comparado con tiempos anteriores) y el orden y la decencia, y esto era muy justo; pero el Espíritu de Cristo en los profetas no podía estar satisfecho con esto; ella estaba esperando por la redención, y por lo tanto, alejada de la multitud, pasaba su tiempo en el templo en ayunos y oraciones. Dios estaba llamando a Su pueblo a esto; pero no había real celo por Él, sino gozo y alegría, matanza de ovejas y bueyes, comiendo carne y bebiendo vino (Isa. 22:12,13)

En Josías rey de Judá, encontramos a uno realmente celoso por Jehová, y cuya conducta es un notable contraste con Jehú. El descubrimiento de una copia de la ley al reparar el templo, guió a este joven a un nuevo descubrimiento, que fue el alejamiento de sus padres y de todo el pueblo de los mandamientos y estatutos de Jehová. “Cuando el rey escuchó las palabras de la ley, rompió sus vestiduras, porque grande, dijo él, es la ira de Jehová que ha derramado sobre nosotros, porque nuestros padres no han guardado la palabra de Dios, para hacer conforme está escrito en este libro” Aquí estaba el mismo primer elemento en el verdadero y piadoso celo: no la suficiencia propia o la sabiduría para arreglar todo, sino profunda humillación y confesión de pecado. Su próximo paso fue preguntar a Dios; y aunque la palabra de Dios era introducir “todas las maldiciones escritas en el libro” sobre Jerusalén y sus habitantes , aun así el mensaje al rey era, “Por cuanto oíste las palabras del libro, 27y tu corazón se conmovió, y te humillaste delante de Dios al oír sus palabras sobre este lugar y sobre sus moradores, y te humillaste delante de mí, y rasgaste tus vestidos y lloraste en mi presencia, yo también te he oído, dice Jehová. 28He aquí que yo te recogeré con tus padres, y serás recogido en tu sepulcro en paz, y tus ojos no verán todo el mal que yo traigo sobre este lugar y sobre los moradores de él” (2 Cron. 34:26-28). Aquí estaba entonces la ocasión para mostrar un celo por Dios; el juicio sobre la nación estaba determinado, y la bendición de ser quitado del mal que debía venir, era prometida al rey. Ciertamente aquí estaba la ocasión para decir, como decía el pueblo a jeremías, quien profetizaba en ese período. “No hay remedio en ninguna manera, porque a extraños he amado, y tras ellos he de ir.” (Jer. 2:25)). Pero sin la ostentación del despliegue de celo por Jehová; el rey, inmediatamente al recibir el mensaje de la profetiza, “29Entonces el rey envió y reunió a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén. 30Y subió el rey a la casa de Jehová, y con él todos los varones de Judá, y los moradores de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, desde el mayor hasta el más pequeño; y leyó a oídos de ellos todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová. 31Y estando el rey en pie en su sitio, hizo delante de Jehová pacto de caminar en pos de Jehová y de guardar sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos, con todo su corazón y con toda su alma, poniendo por obra las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro. 32E hizo que se obligaran a ello todos los que estaban en Jerusalén y en Benjamín; y los moradores de Jerusalén hicieron conforme al pacto de Dios, del Dios de sus padres.” (2 Crón. 34:29-32) Aquí estaba el celo por Jehová. No una reforma menor que el estándar de Jehová, podía satisfacer a uno despertado al sentido del deshonor arrojado sobre el nombre de Jehová. Él debía ir atrás a la bendición original de Israel, aunque desesperanzador pudiese ser alcanzar tal objetivo. Algo mucho menos que esto ha satisfecho a otros, y habría sido considerado como una gran reforma, si, de manera a venir a ser el modelo al cual otros podían referirse. El bien podría haberse referido a la reforma de su piadoso ancestro Ezequías; pero él más bien tenía la palabra de Dios como referencia, y no podía reconocer otro estándar de referencia. Sin duda el rey fue estimulado en su testimonio contra el mal, y ante el seguro prospecto de bendición para Israel, a pesar del fracaso presente, por la palabra de Dios a través de Jeremías el profeta. El miraba a la esperanza puesta delante de él, aun en ese día que “Jerusalén sería llamada el trono de Jehová; y las naciones serían reunidas a ella, al nombre de Jehová, a Jerusalén; y ninguno andaría más en la imaginación de su mal corazón.” Sustentado por la segura promesa.

Con la palabra de Dios como su guía, y la certeza de la gloria final de Israel ante él, el rey no se detendrá menos de toda la bendición que la actual obediencia podía procurar. “Entonces mandó el rey a todo el pueblo, diciendo: Haced la pascua a Jehová vuestro Dios, conforme a lo que está escrito en el libro de este pacto. 22 No había sido hecha tal pascua desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israel, ni en todos los tiempos de los reyes de Israel y de los reyes de Judá. 23 A los dieciocho años del rey Josías fue hecha aquella pascua a Jehová en Jerusalén.” (2 Rey 23:21-23)

Ciertamente, hermanos, tenemos que velar contra tal celo, como éste se ha mostrado en Jehú. No hay nada más fácil que detectar las inconsistencias, y censurarlas; y esto puede hacerse con la luz de nuestro propio entendimiento, completamente aparte del Espíritu de Cristo. No es la forma de actuar del Espíritu exponer solamente el mal, o aparte de éste por medio de su exposición, sino por mostrar la atracción del bien. Nada es más dañino a nuestras propias almas, que el hábito de tratar de exponer el mal en la iglesia, y después en propia complacencia intentar remediarlo. Esto siempre guía a una falsa estimación de nosotros mismos, por hacernos olvidar que nosotros mismos estamos implicados en el, y que esta es nuestra responsabilidad como también la de otros; porque el cuerpo de Cristo no puede sufrir como un todo, sin que nosotros seamos afectados por ello. La palabra por tanto es, sé celoso y arrepiéntete. La iglesia de Dios no puede ser llevada a una mejor condición por medio de los arreglos más sabios y juiciosos; si, yo diría, ni siquiera por la más escritural reconstrucción, porque no habría allí arrepentimiento al establecer una obra como esa. Dios puede morar en el corazón contrito y humillado, y será justo en proporción en que las almas de los santos son hechas sensibles del lugar del cual han caído, y sean ejercitadas ante Dios a causa de eso, que ellas serán bendecidas. Ninguna medida menor que la medida de Dios puede satisfacer a Cristo y el Espíritu de Cristo en la iglesia. El Señor Jesús ha rogado que aquellos que creen en Él sean uno; y el deseo de Su corazón le será concedido, y la petición de Sus labios no le será negada. ¿Pero cuándo será esto?, cuando la iglesia sea manifestada en gloria con Jesús, entonces el mundo conocerá que el Padre amó a la iglesia, como lo amó y ama a Él. Esto, por tanto, puede ser nuestro único legítimo fin. El Padre y el Hijo están trabajando en vista de esto, y nosotros esperamos la adopción, es decir, la redención de nuestros cuerpos. No es una reforma, sino la gloria, que es el fin de Dios. Y si los santos de Dios están mirando hacia atrás por un modelo sobre el cual trabajar, en lugar de mirar hacia delante a la gloria para la cual Dios está trabajando; aunque honestos y celosos como podamos ser, aun así ya que este celo no es conforme a ciencia, solo hará que la desilusión sea más grande por haber excitado mayores esperanzas. Es muy necesario mirar atrás a la obra perfecta de Dios en la iglesia, en vista a humillarnos, y esto es realmente arrepentimiento: pero esto no puede animarnos, ni tampoco realmente, puede alguna cosa que no ha sido quitada completamente de nuestras manos, y que no descanse simplemente en las manos de Dios. Es esto lo que hace la esperanza de la venida del Señor tan bendita y práctica. No puede haber fracaso en esto, y por tanto podemos regocijarnos. Habrá desilusión en toda forma de reforma, pero no hay ninguna aquí: esta esperanza no avergüenza; la esperanza de nuestro llamamiento no es nada menos que el propósito de Dios en la gloria de la iglesia. Si ese propósito ha sido llevar a la iglesia a su posición original, entonces, muy propiamente, ese debiese ser nuestro objeto y modelo sobre el cual trabajar: pero no es así; por tanto, si fuese posible retrasar nuestros pasos, de manera que la iglesia pudiese ser plantada nuevamente en su poder pentecostal, aun así tendríamos que decir, “no como habiéndolo alcanzado.” La gloria aún está ante nosotros, por tanto debemos olvidar las cosas que quedan atrás. La venida del Señor Jesucristo realizada en el alma, será únicamente lo que impedirá que los santos se establezcan alegremente con una reforma en la iglesia, que más bien satisface sus propios deseos que el fin de Dios. Ese fin es la gloria. “Y el que ha obrado en nosotros la misma cosa es Dios.” No puede haber pérdida en esto. Aquí somos estimulados a andar en el camino de fidelidad. Podemos estar convencidos de fracaso en nosotros mismos; podemos también desilusionarnos de otros; pero no hay fracasos con Dios. El no desmaya, ni se cansa; no hay fin para Su sabiduría. Pero Él también nos ha dado las arras del Espíritu; y el deseo del Espíritu es que Jesús pueda ser ahora glorificado en Sus santos, como lo será en un día futuro. Entonces el actual poder de esta esperanza es introducirnos en el lugar de verdadera adoración y aceptable servicio. El Espíritu da testimonio a la futura gloria de Cristo, y obra en los santos de acuerdo a eso de lo que es testigo, porque Él es el Espíritu de verdad.

No será por tanto, un gran celo o reforma, lo que responderá al fin de Dios, o a las necesidades de la iglesia; sino solo un celo conforme a ciencia. El mismo primer elemento en eso debe ser un recuerdo de donde ha caído la iglesia, una recurrencia a nada menos que el original de Dios, como éste se nos presenta en la palabra. Esto, como hemos visto, fue lo que caracterizó la Pascua en días de Josías. Cada cosa fue hecha de acuerdo a la palabra; considerando que aun en los días de Ezequías la cosa fue hecha apresurada y súbitamente.

Ahora, la misma palabra que nos muestra lo que fue la iglesia, testifica muy claramente de los juicios futuros sobre lo que lleva el nombre de reino de los cielos; y por tanto la reforma no está en cuestión, sino separarse de estas cosas que han de ser juzgadas. “El día del Señor vendrá sobre toda cosa elevada.” Entonces viene a ser una simple materia de obediencia a la comprendida voluntad de Dios. El juicio sobre la vid de la tierra es el establecido propósito de Dios; por tanto dejar de hacer el mal, y aprender a hacer el bien. Pero nuevamente la misma palabra conforta a todos los que tiemblan ante ella, por medio de la seguridad que habrá bien para los justos, cuando el Señor venga para ser exaltado en juicio. Él ha de ser, al mismo tiempo, glorificado en Sus santos: Entonces su celo debe ser regulado por todas estas consideraciones; y entonces este será un celo de acuerdo a ciencia, un celo por Dios; porque ellos no estarán proponiéndose alcanzar un objeto que alcanzar, porque esa es la esperanza de gloria, sino solo buscar como el nombre del Señor puede ser magnificado. Hay una esperanza de nuestro llamamiento que debe ser realizada en el propio tiempo de Dios. Pero el actual poder de esa esperanza es reunir a los santos, porque esta no es una esperanza egoísta. Esta no deja lugar para rivalidad, y para nuestros planes y sabiduría; esta es una cosa establecida en el propósito de Dios. Y los santos teniendo ahora el Espíritu, son capacitados para esperar por esta esperanza de justicia a través de la fe. Actuando sobre esta esperanza, ellos no se alborozarán por ningún éxito aparente, ni desmayaran bajo ningún sentido de fracaso. Ellos no están actuando en vista a alcanzar un objetivo presente, sino solo buscando ser hallados en el camino que el Señor bendice.

La venida del Señor Jesucristo es de este modo la verdad de mayor poder práctico; de modo que sería vano esperar ver a la iglesia introducida  en una posición más conforme al pensamiento de Dios, sin una permanente comprensión de esto en las almas de los santos. Esto descansa sobre la segura autoridad de la palabra de Dios, y de este modo arroja a aquellos que han sido guiados a recibirla, sobre esa palabra para su guía. De manera que el ruego con inteligencia, y con el Espíritu, parece ser casi imposible donde esta verdad no es reconocida. La oración será guiada por el juicio del hombre, en lugar de serlo por el revelado pensamiento de Dios; y está escrito, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Dios la concederá. Entonces la adoración de la iglesia, su confesión, y peticiones, se caracterizarán por el objeto que está delante de ella. Si este objeto es la remoción de algunos males existentes, esto caracterizará nuestro ruego, y una gran parte de aparente celo por el Señor será movido; pero no habrá abandono del pecado constitucional de la iglesia, ni confesión de éste, por haberse alejado de los caminos de Dios y seguido los suyos propios. El pecado de la iglesia ha sido sustituir un arreglo y orden humano y una designación oficial, por el orden y energía del Espíritu Santo. Y hasta que éste sea abandonado, cualquier cosa como una real reforma en la iglesia no puede esperarse. Saltar sobre algunos males, y la introducción del espíritu de la edad en las cosas de Dios, será todo lo que podrá efectuarse; y el fin de todo celo por la reforma, terminará donde terminó el celo de Jehú, en satisfacción propia, y en un corazón no humillado. Es muy difícil realmente ver como la verdadera bendición de la iglesia es hecha depender de la fidelidad y obediencia individual. “El que tiene oídos”, “al que venciere”. Es mucho más de acuerdo a la pereza de nuestros corazones ser muy celosos por alguna reforma corporativa, que andar en los difíciles caminos de la responsabilidad individual.

Pero la sabiduría de Dios ha ordenado las cosas de manera distinta. El llama al individuo a escuchar la voz del Pastor, y seguirlo. Él pone ante nosotros la esperanza de gloria, de modo que ellos puedan ser atraídos y reunidos. Y de este modo siendo reunidos en unidad por Dios mismo, y no por medio de una asociación propia y voluntaria, ya que esta es la unidad de verdad y no de conveniencia, allí entonces habrá bendición. Y entre otras muchas bendiciones está esta, considerarse unos a otros, y estimularse al amor y a las buenas obras, y mucho más al ver que ese día se acerca. Ellos serán unidos por la obediencia al Señor Jesucristo, con una puerta abierta ante ellos, de modo que no habrá estorbo para que anden en el camino de obediencia cuando lo han comprendido. Ellos no tienen que establecer nada, sino solo creer, obedecer, seguir, y regocijarse en el Señor Jesucristo. Esta es su libertad, la libertad de servirle, y seguirle en Sus caminos. Esta libertad, invariablemente es estorbada por los arreglos humanos; y las pruebas de muchos queridos santos de Dios son producto de esto, de esa reglas humanas que impiden su obediencia a Cristo, como los becerros en Betel y Dan, impidieron a aquellos del reino de Israel obedecer y adorar a Dios.

No es el celo del reformador lo que es necesario, sino un espíritu contrito y humillado, que tiembla ante la palabra de Dios. No es la habilidad para detectar y exponer las inconsistencias de otros, sino el espíritu que rápidamente comprende en el temor de Dios, lo que realmente produce beneficio. No es atacar el mal que existe, lo que siempre hace un celo ardiente, sino un objeto al cual mirar para sustentar y purificar el alma, lo que guía a un servicio provechoso. Lamentablemente, conforme a mucha celosa protesta contra el Papado o algún otro sistema corrupto, ya sea por individuos o un cuerpo; el espíritu de verdad a menudo tendrá que testificar, “ellos no dieron oídos para andar en la ley de Jehová con todo su corazón.” Cuando ha habido mucha separación del mal, a menudo existirá el testimonio que no se ha alcanzado el estándar de Dios, y el pecado original de la dispensación queda sin ser tocado. Dios bendecirá todo lo que pueda, pero Él no puede bendecir la complacencia propia y la indiferencia. Ciertamente que la palabra para nosotros es, “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. 20He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”

                                  

                                    CHRISTIAN WITNESS (1838)


[1] Elías va atrás al pacto hecho con los padres, dirigiéndose a Jehová, como el Dios de Abraham, Isaac, y Jacob; del cual Dios mismo había dicho, este es mi nombre para siempre y este mi memorial para todas las generaciones (Ex.3:15). Por tanto vemos que Elías pedía de acuerdo al fundamento de la promesa y de ese pacto que tenía relación con Cristo (Gál.3:17), y que no estaba mirando hacia la reconstitución de la ley.