EL PECADO DE ACÁN.

Josué 7:1-13, 22-26.


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El incidente del pecado de Acán y sus inesperadas consecuencias es de una naturaleza muy instructiva, mientras al mismo tiempo es de un muy solemne carácter. Pero tales solemnes eventos tales como este son necesarios para que los consideremos ahora y nuevamente, porque por ellos podemos aprender, extraño como esto puede parecer, cuál es el justo modo de tomar posesión de las bendiciones más elegidas de Dios para Su pueblo. Aprendemos, también, que el pecado puede estorbar el cumplimiento del propósito de Dios en este respecto, aunque no puede frustrarlo.

Este capítulo es una reflexión moral sobre la conducta de los hijos de Israel, y particularmente, como veremos, sobre el pecado de un hombre y sus amplias consecuencias. El pecado de Acán cambio la victoria de Israel en Jericó en un vergonzoso desastre en Hai. El fracaso de una persona fue suficiente para interceptar el fluir de la bendición, favor y poder, y aun podemos decir, gloria, hacia él mismo y aquellos que estaban con él estaba vinculado nacionalmente.

Difícilmente supondría que en esta coyuntura habría algo más humillante para los hijos de Israel que su experiencia ante esta pequeña ciudad de Hai, especialmente cuando esto es comparado con su muy reciente experiencia al rodear los muros de Jericó. Entonces, en el momento dado, los muros cayeron ante ellos, y toda la ciudad fue entregada en sus manos. Entonces, a través de su asombrosa victoria, el nombre de Dios fue honrado a ojos de todos los cananeos.

Durante los previos cuarenta años, Egipto y las naciones vecinas habían sido testigos de mucha gloria del nombre de Jehová en conexión con Su pueblo redimido. Ellos vieron Su poder y gloria cuando Él sacó a Israel maravillosamente a través del mar Rojo, mientras sus enemigos fueron tratados en sus profundidades. Después nuevamente el inundado Jordán fue detenido, y sacerdotes con vestiduras blancas llevando el arca se pararon a sus orillas, y un camino seco fue hecho en este para la nación de Jehová_ para los hombres, mujeres, niños, ganado, y todo lo que les pertenecía a ellos.

Estos poderosos hechos fueron asombrosamente impresionantes que los corazones de los amorreos y cananeos y todos los pueblos de la tierra prometida se llenaron con temor y terror. Sus corazones se derretían como cera porque Dios evidentemente estaba obrando en una forma irresistible para el progreso de una nación de esclavos. Estas victorias glorificaron el nombre de Jehová ante los ojos de los paganos, y Su gloria fue claramente asociada con la nación de Israel. En todo tiempo, la gloria de Dios puede verse en los cielos, pero cuando Su gloria es súbitamente desplegada en una nación de esclavos libertados, el hecho impacta los corazones de las naciones que no conocen a Dios con sentimientos de temor y terror.

La Derrota en Hai.

Pero ahora un completo cambio había venido sobre los israelitas. Un inequívoco contraste fue visto. En Jericó, ellos fueron magníficamente victoriosos; en Hai ellos fueron vergonzosamente derrotados. Dios había prometido a Su pueblo que vencerían a sus enemigos, de manera que uno de ellos perseguiría a mil; pero en Hai, lo contrario fue el caso; ellos fueron perseguidos por sus enemigos, y más de diez mil de ellos fueron muertos.

Tal derrota fue vergonzosa, no tanto por su magnitud, sino para su moral. ¿Por qué había sido derrotado Israel? Preguntemos. ¿Cuál había sido el secreto de su Victoria? Sin considerar la respuesta muy plenamente, dos significativos hechos pueden ser mencionados; primero, el pueblo había honrado la palabra de Dios, y segundo, el arca de Jehová estaba con ellos.

Primero, los hijos de Israel, ante su victoria sobre la fortaleza de Jericó, se habían sometido a esa ordenanza de Dios que los caracterizaba como la simiente de Abraham y herederos de la promesa. Todos ellos fueron circuncidados en Gilgal, y el reproche de Egipto fue quitado de ellos. El acto fue un testimonio público de que ellos no tenían confianza en la carne. Por medio de ese rito, ellos fueron hechos impotentes. Ellos de esa manera reconocieron su completa dependencia de Dios. El reproche de Egipto desapareció. Su condición era, “somos un pueblo que solamente confía en Jehová para la victoria, y no en nosotros mismos.” La circuncisión expresó esta actitud hacia Dios, y fue solamente para Su ojo.

El segundo hecho fue también expresivo de la actitud de Israel ante Dios, pero esto vino prominentemente ante los ojos de sus enemigos. El arca en medio de ellos era una señal visible de su fe en Jehová. En sus procesiones diarias por una semana alrededor de los muros de Jericó, el arca fue una característica prominente. El arca de Dios estaba detrás al avanzar la vanguardia y delante de la retaguardia. Esta estaba en el mismo centro de sus procesiones diarias ante sus enemigos. Era evidente para todos en Jericó que Israel miraba al arca en busca de guía, y dependía de ella para la victoria.

¿Cuál era el significado del arca? El arca de Dios es un claro tipo de nuestro Señor Jesucristo y de Su gracia y gloria. La madera de sitim en su estructura habla de Su encarnación, Dios estaba aquí, manifestado en carne. Pero aquellos que miraban al arca veían sobre la superficie el oro. La madera de sitim estaba cubierta de oro; lo divino, la justicia incorruptible de Dios era desplegada en Cristo.

El precioso cofre era de dimensiones comparativamente pequeña_ justo como una pequeña caja, por decir así_ ¡pero cuán grande su significado! ¡El Cristo de Dios aquí abajo! Allí, también, sobre el arca estaban los querubines de oro, haciendo sombra sobre el propiciatorio, los emblemas de poder, juicio, y de gloria. Pero todos estos detalles estaban ocultos durante la procesión por una cubierta azul, de manera que los ojos de Jericó veían solamente lo que era el tipo de la gloria celestial de Cristo, y realmente los israelitas que la seguían veían lo mismo.

El arca, entonces, el símbolo de la presencia de Jehová, hacía la procesión única. Iguale esto si usted puede. Había solo un arca en el mundo, y esta estaba en medio de los hijos de Israel que la llevaban alrededor de Jericó. Aquí estaba el secreto de su victoria. En sus corazones ellos tenían absoluta fe en la palabra de Jehová. Ellos estaban confiados que esta gran fortaleza, bloqueando su entrada a Canaán, en el camino de Dios, y por un medio u otro, debía ser derribada. Y el arca en medio de ellos era la evidencia exterior de su fe en Jehová.

La fe del pueblo fue bien probada. Cada sucesivo día de la semana, la procesión tenía lugar puntualmente. Su fe era mantenida, y alcanzó su madurez. Por siete días los muros de la ciudad vieron su fe. Dios también vio esto. Dios no encomienda una fe intermitente, es decir, una fe brillante en el día del Señor, por ejemplo, pero que se debilita desde el primer día hasta el séptimo de la semana.

Dios no se agrada de una fe que es activa solamente cuando el sol brilla. Él desea que nuestra fe sea tanto en tiempos de vientos y tempestades, y oscuridad. Fe, como la paciencia, debe tener su perfecto e inquebrantable ejercicio. Cuando siete días de prueba de la fe del pueblo ha probado su valor, entonces viene la victoria, los muros caen, y Jericó estaba en las manos de los hijos de Israel.

Detengámonos ahora por unos momentos, y pensemos de nosotros mismos y nuestro Jericó. ¿Cuál es el secreto de la victoria cristiana sobre lo que el Nuevo Testamento llama “este mundo”? El mundo es la gran fortaleza del enemigo que nos impide entrar en nuestras posesiones espirituales en Cristo Jesús. El mundo nos impide tomar plena ventaja de nuestras bendiciones espirituales en lugares celestiales en Cristo Jesús. El poder del mundo en el cual Satanás gobierna es el gran obstáculo ante nuestro progreso. El príncipe del poder del aire y malos espíritus con él en lugares celestiales son los enemigos que se oponen a que moremos allí por fe.

¿Cómo entonces debemos obtener la victoria y marchar adelante? Cuando reconocemos nuestra debilidad, venimos a ser fuertes, fuertes en el Señor y en el poder de Su fuerza. Cuando estamos en comunión con Él, y estamos andando por fe con Él, como Israel con el arca, entonces podemos obtener la victoria. Nuestra fortaleza está en Aquel que dijo, “en el mundo tendréis aflicción; pero tened ánimo, Yo he vencido al mundo.”

El apóstol Juan, escribiendo a la familia de Dios, también hablo sobre este tema y reveló el secreto de la victoria. Él dijo, “esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe.” La fe sigue al arca y vence. Por fe, vemos a Jesús, el Capitán de nuestra salvación. De este modo leemos en el contexto, “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” Por ver a Jesús con nosotros en Su pleno poder y gloria de resurrección, por creer en el Hijo de Dios con nosotros y por nosotros, vencemos al mundo. La fe fue el secreto de la primera victoria típica de Israel en Palestina, y la fe es el secreto de la victoria en nuestras relaciones celestiales hoy. Conocemos la continua presencia del Señor Jesús, lo seguimos con fe, confiando en Su omnipresencia y omnisciencia como el Hijo de Dios.

La Causa de la Derrota.

¿Pero por qué la impactante Victoria en Jericó fue seguida por la vergonzosa derrota en Hai? En la narración, no leemos de referencia a Jehová por parte del pueblo, no se registra entonces ninguna oración, no estaban buscando sabiduría y dirección de parte de Dios para la empresa. Verdad, ellos envían espías, agudos observadores para que tomen cuenta del enemigo y de sus recursos, justo como cualquier fuerza militar lo haría antes de un ataque.

El pueblo había venido a estar confiado en sí mismo. Confianza en su propia proeza, ellos dijeron, “hay solo unos pocos habitantes en Hai. Este es un lugar pequeño. Unos pocos de nuestros mejores hombres pueden vencerla. Esta es una tarea fácil. No hay necesidad para que todo el pueblo de Dios vaya contra esta”. Ellos menospreciaron el valor de los hombres de Hai, y sobreestimaron su propia fuerza sin el arca de Dios, sin el poder y bendición de Dios. Entonces los hombres de Israel fueron derrotados. Ellos corrieron delante de sus enemigos, y retornaron al campamento en Gilgal en vergüenza y confusión.

¿Necesito detenerme más sobre este fracaso del pueblo antiguo? ¿No tiene esta una obvia lección para nosotros? ¿No es un hecho que a veces, en lugar de vencer al mundo, el mundo nos vence a nosotros? la victoria da lugar a la derrota. Damos ocasión al enemigo para que se burle de nosotros. Los hombres pueden burlarse y reírse, y decir, “Allí está su cristiano. Allí está uno que pretende tener una herencia en lo alto, y ser mucho mejor que otras personas sobre la tierra. Él que confía en Dios no es mejor que nosotros.” De este modo el nombre de Dios es blasfemado a causa de que el mundo ha sido demasiado para nosotros.

¿Pero por qué´ usted falla? ¿Exageró usted su propio poder, y olvidó que el poder que usted necesita para la victoria está en el Señor Jesús, el Capitán de su salvación” Su ojo se apartó de Cristo? Usted ha mirado al mundo, sus prosecuciones y atracciones, desde el punto de vista de un hombre mundano. Entonces, no teniendo un ojo simple para seguir a Cristo, usted ha cedido su resistencia al ante el mundo y deshonrado Su nombre. Aprendamos la lección de Hai.

Volvámonos ahora a las causas del fracaso individual, y consideremos la causa colectiva del fracaso, como esta es aquí ejemplificada. Un infeliz hombre en el campamento de Israel había pecado secretamente, y por eso él había traído desastre sobre sus hermanos. Acán no era una persona oscura en Israel; él era de la tribu real de Judá. Él tataranieto del mismo Judá, de cuya tribu en debido tiempo brotaría el mismo Mesías.

Acán era príncipe de su tribu, y por tanto debía haber estado bien enterado con todo lo que Dios había dicho al pueblo por medio de Moisés antes que ellos cruzaran el Jordán. Él sabía cuan estrictamente ellos habían sido encargados de no tener nada que hacer con los abominables caminos de los amorreos. Ellos debían evitar contaminación de sus prácticas idolatras. Ellos no debían tener nada aun con los bienes y posesiones del pueblo de la tierra.

Estas restricciones fueron puestas ante ellos por Moisés, hablando con autoridad de Dios, mientras ellos estaban todavía en el desierto. Y después en el campamento en Gilgal. Josué fue instruido para recordar al pueblo de estas prohibiciones. Josué les dijo que Jericó y todo lo que estaba en ella estaba maldecido. Todo debía ser dedicado a Dios exclusivamente. La ciudad debía ser completamente destruida, y su contaminación purificada por fuego. Las cosas que resistían el fuego, como la plata y el oro, debían ser llevados dentro del tesoro de Jehová, porque Él había dicho, “la plata y el oro son míos.” Él demandaba los metales imperecibles como Suyos (Jos. 6:17-19).

Estos mandamientos de Jehová fueron recitados a oídos del pueblo antes que Jericó cayese, y Acán debe haber escuchado y conocido esto plenamente. Pero él pecó respecto a estos. Él los desobedeció. Él fue alejado por las codicias de sus ojos, él hizo la misma cosa que le estaba prohibido hacer. Él tomó de los despojos de Jericó, y los ocultó en su tienda. Y la expedición a Hai probó ser un desastre para su pueblo.

La Preocupación de Josué.

Dejando a Acán por el momento, veamos qué efecto tuvo la calamidad nacional sobre Josué y los ancianos de Israel. A vista de sus hermanos fugitivos. Perseguidos por sus enemigos casi hasta el mismo campamento, todos ellos fueron avergonzados. Ellos sintieron que todo Israel estaba humillado, y realmente lo estaba, ante los habitantes de la tierra.

¿Qué hizo Josué? Él hizo la cosa justa. Él fue a Jehová respecto a esto. Se arrojó ante el arca hasta la tarde. Allí con los ancianos de Israel, puso polvo sobre su cabeza, y se lamentó ante el Señor. Uso la palabra deliberadamente, porque a menudo se dice que Josué confesó ante el Señor. No pienso que él haya confesado. Él no lo hizo, como Daniel, dijo, “hemos pecado.”

No, Josué estaba muy interesado y preocupado por la nación de la cual él era responsable como su líder había vuelto de Hai como perros apaleados. Él dijo, algo como “todo nuestro prestigio se ha ido. La victoria de Jericó fue gloriosa, pero esta derrota en Hai es vergonzosa. ¿Por qué el Señor nos ha humillado a ojos de los cananeos?”

Pero, aunque Josué tomó la actitud justa, él hizo algo errado. ¡Él puso la censura de la derrota sobre Jehová! Él dijo, “Ay, oh Señor, ¿Por qué has traído a este pueblo sobre el Jordán para entregarnos en manos de los amorreos para que nos destruyan?” ¡Qué lenguaje! El Señor no había hecho nada de eso. Él no trajo al pueblo a través del Jordán para destruirlos. Destrucción de la simiente de Abraham no era Su obra. Tampoco era Su voluntad que Hai triunfara sobre Su pueblo redimido.

Pero Josué, el buen hombre y fiel, tenía sus ojos por el momento solamente sobre la confusión en el campamento, y él llegó apresuradamente a una errada conclusión. A menudo nosotros hacemos lo mismo, cuando entramos en dificultades con el mundo. El mundo gana terreno en nuestros asuntos privados, quizás también en nuestras casas, o puede ser en la asamblea. Nuestra vergüenza no puede ser ocultada, y entonces vamos ante el Señor, y hablamos al Señor acerca de la materia.

¿Cómo le presentamos el caso? ¿Oramos como si el Señor hubiese hecho esto? ¿O tomamos la censura sobre nosotros? Josué no tomó una partícula de la censura sobre sí mismo a causa de Hai. Aun así, él era el principal responsable en Israel. Él cometió el error de censurar a Dios por lo que había ocurrido. Él estaba lejos de ver la derrota de Israel como Dios la veía, y tenía que aprender la verdad.

¿No nos alejamos a veces de manera similar? En las circunstancias de la vida diaria, pruebas y aflicciones y obstáculos irremontables una y otra vez. En tales momentos, el corazón puede susurrar, como Josué, ¿por qué Señor has hecho esto? ¿Por qué has permitido esto? ¿Por qué aparezco ante los hombres como uno herido por Dios? ¿Por qué está Tu mano tan pesadamente sobre mí? Secretamente, en el corazón, aun en el santuario, nuestro más profundo pensamiento puede ser que Dios es un señor duro, y que no hace lo mejor por nosotros.

Examinémonos a nosotros mismos cuando estamos ante el Señor en momentos de derrota. Él es el Dios de verdad. Que Su palabra de verdad nos corrija, y enseñe a hablar conforme a Su pensamiento. Usted puede decir, es difícil para mí hacer así. Así es, pero no es imposible. Sin embargo, es agradable observar que Josué actuó justamente al final. Él era un hombre sano cuyo corazón era justo ante el Señor. Si él estaba errado al asumir que la derrota era la voluntad de Jehová, él era justo al pedirle que tomara cuidado de la gloria de Su propio gran Nombre.

Lo que Josué dijo al final, él quizás debía haberlo dicho al principio. Él dijo, si los cananeos “cortan nuestro nombre de la tierra, ¿qué harás Tú a Tú gran nombre?” Él se volvió de la situación difícil de su pueblo al honor del nombre de Jehová. Él no miraba más sobre la derrota de Israel al huir delante de los enemigos de Hai, sino sobre el efecto de esta destrucción a los ojos de los cananeos. El nombre de Jehová había sido deshonrado ante sus enemigos. Cuando la ciudad fortificada de Jericó cayó, la fama de Jehová se extendió sobre toda la tierra. Pero en Hai Su nombre había sido humillado hasta el polvo. De este modo Josué preguntó, “¿Qué harás a Tu gran nombre?”

Entonces Jehová respondió, como siempre lo hace cuando Su nombre es puesto en primer lugar. Verdadera oración es cuando el yo es olvidado, y la gloria del Señor llena los deseos. ¿Decimos siempre, “oh Señor, ¿qué harás para establecer la gloria de Tu propio nombre en Tu amado Hijo?” El hombre que dice esto debe estar seguro que está en la ruta para recibir bendición de Su mano, porque Dios siempre responde al deseo por la gloria del nombre de Su Hijo.

Jehová habló, y dijo a Josué que Su nombre había sido deshonrado en Hai, pero esto debido a que había sido previamente deshonrado en Gilgal. La causa estaba en el mismo campamento. Sus solemnes palabras a Josué, fueron “Israel ha pecado”. La luz de la gloria de la presencia de Jehová reveló la verdad. El Shekinah brilló, a través de todo el campamento, brillando aun en la misma tienda de Acán, donde estaba oculto el tesoro contaminante. Aquí estaba el secreto del fracaso. El pecado estaba en el campamento, ¿y cómo podía Jehová dar victoria al pueblo cuando el pecado estaba en medio de ellos?

El incidente nos muestra la seria naturaleza del pecado de Acán a la vista de Dios. Su odioso carácter no era conforme al valor de su robo. Después de todo, ¿Qué había él tomado? Un manto babilónico, doscientos siclos de plata, un lingote de oro, valioso, pero no inapreciable.

¿Por qué, entonces, ¿ha caído la ira de Jehová sobre la nación? ¿Dónde estaba la enormidad de este pecado? Acán había desobedecido a Dios, y quebrantado Su pacto. El mandato era que todos los bienes perecibles en Jericó fuesen quemados a fuego, y la plata y el oro fuesen dedicados a Su tesoro, pero Acán había desconsiderado este mandato. Sin duda que había aquí una vasta suma de valioso tesoro en Jericó, y Acán tomó solo una pequeña fracción del todo. Pero su acto de desobediencia ocurrió en la conquista de la primera de las ciudades de Canaán, y fue el acto de un hombre responsable en Israel. Todos debían ahora aprender la seriedad y gravedad de ignorar la palabra de Jehová su Salvador, y que el pecado de un hombre leuda una comunidad.

El Pecado Secreto Traído a la Luz.

Acán cedió a la tentación del momento. ´´El consideró “iniquidad en su corazón”. Viendo los artículos hermosos y valiosos, él los codicio. El manto babilónico lo atrajo. Él sintió cuán bien ese le convendría como un príncipe de su pueblo, qué dignidad le añadiría esto a su apariencia entre los ancianos de su tribu. Él tomó esto para sí ocultamente, sepultándolo en su tienda para que nadie lo supiese, excepto quizás su familia.

El caso de Acán es una ilustración del origen y progreso del mal al alejarse del Dios viviente. Él último de los diez mandamientos es, “no codiciarás.” Es por codiciosos deseos por poseer, el deseo codicioso se levanta en el corazón, y el acto de pecado comienza. El efecto de estos malos deseos en un hombre convertido es vívidamente descrito en Rom.7. Y hay un periodo en la vida de muchos cristianos cuando ellos aprenden por experiencia propia, la pecaminosidad de sus irreprimibles deseos, no tanto deseos por lo que es en sí claramente malo, sino por lo que Dios en Su sabiduría ha prohibido.

En el caso de Acán, ¿qué daño había en el manto, o en el oro y plata? El daño no estaba en los artículos, sino en el deseo de Acán por poseer lo que Dios había estorbado o prohibido. Del mal deseo brota los actos pecaminosos. El deseo debe ser sofocado y aplastado. Recuerde la voluntad de Dios, deléitese en Su palabra, aleje sus ojos de contemplar las atracciones del mundo. Pablo dijo, “no hubiese conocido el pecado… si la ley no hubiese dicho. No codiciarás.” Velemos cuando el germen de la codicia envié sus primeras flechas, y júzguelas entonces y allí, mirando a Jesucristo nuestro Señor.

Acán entonces falló a través de buscar algo para su adorno personal en las vestiduras (literalmente, una de Sinar Gén.11:2), y por alguna adición a su riqueza en plata y oro. El yo vino primero, y no la palabra de Dios, tampoco el tesoro del Señor. El “lingote” de oro es al margen llamado “una lengua” de oro, significando un pequeño lingote en forma de lengua. Oro batido es frecuentemente derramado en un molde de forma cónica, para una fácil remoción del cuando esté en estado sólido. Tal lingote sería descrito en comercio como una lengua de oro.

Ahora, el robo de Acán es una lección de advertencia para nosotros, del mismo modo lo es su posterior conducta. Después de que él hubo exitosamente apropiado de este tesoro y ocultándolo en su tienda, tuvo lugar la expedición a Hai, y su derrota. Y debe haber habido un gran clamor cuando los hombres de guerra volvieron al campamento. Todos deben haber estado sorprendidos a causa del desastre que había tenido lugar.

¿Pero qué pensó Acán? ¿Su conciencia no le habló de su pecado secreto? ¿Permite usualmente Dios que los enemigos de Su pueblo triunfen sobre ellos? Pienso que la conciencia de Acán debe haberlo acusado cuando él vio a sus hermanos viniendo al campamento con sus rostros decaídos y vestiduras rotas, y llevando las señales de una estampida de Hai. ¿No dijo Acán, “Acán, Acán, tú has pecado? Tu robo del tesoro, ahora oculto en tu tienda. ¿Aunque nadie en el campamento lo sabe, Dios lo sabe”?

Entonces, también, Acán sabía que Josué, a quien todas las tribus amaban y respetaban como su líder, estaba sobre su rostro en tierra ante el arca de Jehová., con polvo sobre su cabeza, permaneciendo allí hora tras hora. ¿No le dijo su conciencia, “Acán, es por tu falta por lo que Josué se está lamentando ante el Señor, y lamentándose por la derrota de Su pueblo? ¿Tú eres la causa de todo”?

Pero Acán endureció su corazón, y se negó a admitir aun a sí mismo que él era responsable por la catástrofe de Hai. La noche pasó, y Acán no confesó su pecado. Jehová ordenó que por la mañana fuese arrojada la suerte, y que, por Su propia disposición de la suerte, el secreto pecador fuese descubierto. De acuerdo a esto, las doce tribus de reunieron ante el Señor en la mañana. Ciertamente Acán está ahora temblando en sus sandalias. Ciertamente, él sabe que pronto será detectado, y que la suerte caerá sobre él. “Oh Acán, ¿por qué no confiesas ahora tu pecado? ¿Por qué no reconocer tu culpabilidad? ¿Por qué no reconocer ante Jehová que has quebrantado Su mandamiento, y que los bienes robados están en tu tienda?” Pero su corazón estaba endurecido. Él había resistido los primeros susurros de su conciencia, y ahora no escucharía sus gritos. Él había endurecido su corazón, y sus labios se negaban a confesar su pecado.

Pero observe, la tribu de Acán, la tribu de Judá, es tomada por suerte. ¿No confesará él ahora? No, su boca está cerrada. Entonces, su familia es tomada; y después su casa; pero él aún se niega a salir adelante. Entonces la suerte cae sobre él. Su oportunidad para confesar se pierde. Todo Israel sabe que él es el ofensor. Suyo fue el pecado que trajo el desastre sobre la nación.

El Mundo bajo el Piso de la Tienda.

Amados amigos, ciertamente este solemne evento tiene sus lecciones para nosotros en la coyuntura presente. No hablo de la serie de sorprendentes derrotas por la profesión cristiana en los primeros días, sino que me refiero a recientes derrotas de las cuales muchos deben estar conscientes. En países, no lejos de nosotros, sabemos que los que invocan Su nombre están sufriendo por su fe. Testimonio a la verdad está siendo atacado por los “poderes que son:” En nuestro país, el racionalismo y la superstición están minando los fundamentos del Cristianismo. El Nombre del Señor está siendo pisoteado en el polvo. La vergüenza de Hai es nuestro Gilgal.

¿Por qué el mundo es de este modo triunfante? ¿No es porque hay pecado en el campamento? El poder del mundo pone en fuga a los incondicionales de la fe porque la codicia del mundo está obrando secretamente en algunos corazones. Sepultadas en algunas tiendas están la avaricia y la codicia. Las riquezas y modas han suplantado la palabra y voluntad del Señor en el alma. Estos pecados personales no confesados arruinan el testimonio del Señor y lamentables fracasos se extienden a través de las filas de los testigos para Cristo.

¿Qué estamos haciendo frente a la amplia extensión del fracaso y el desorden? Vemos los tristes resultados claramente; ¿buscamos la causa? El amor por ganancias mundanas, el amor por el despliegue de ostentaciones en las casas, familias, en las vidas de aquellos que profesan el nombre del Señor, y olvido de lo que es debido al Señor. Por tales indulgencias de la codicia de la carne ocultas quizás de la asamblea de Dios, el poder para vencer al mundo ha sido paralizado.

¿No es tiempo para humillarnos ante el Señor? de decirle, “Señor, ¿soy yo?” “¿Es mi familia? “, “¿Mi tienda?” No diga que usted no es responsable por su familia. Toda la familia de Acán, sus hijos e hijas, fueron llevados al valle de Acor, pero un hombre, el cabeza de la familia, fue apedreado. Acán fue considerado como el responsable. Su pecado produjo vergüenza sobre su familia, sobre su tribu, sobre su nación, y sobre el nombre de Jehová. Su pecado cambio sus asociaciones del santo privilegio a una pecaminosa contaminación y deshonor nacional.

Jehová hizo manifiesto el pecado secreto de Acán. Lo que había sido hecho en el secreto sería publicado de los terrados de las casas. La suerte cayó sobre la persona culpable a la vista de todo Israel. Por la suerte, la verdad fue manifestada moralmente, como después Jehová, por arrojar la suerte en Silo, hizo conocer Su voluntad con relación a la repartición de la tierra entre las doce tribus. Hoy la suerte ha sido reemplazada porque Dios obra por medio del Espíritu Santo a través de la palabra escrita. La viviente palabra de Dios es una que discierne los pensamientos y propósitos del corazón, y hace todo manifiesto a los ojos de Aquel con quien tenemos que tratar (Heb.4:12,13). Si nos juzgamos a nosotros mismos por esa palabra, no seremos juzgados públicamente por el Señor.

Pero la luz de la palabra debiese ser permitida brillar sobre nuestros motivos, no solamente sobre nuestros actos. Dios vigila nuestros deseos, y propósitos. Estos los podemos ocultar de los que nos son más queridos. Y porque podemos ocultarlos seguramente, podemos olvidarnos del ojo de Dios. Él conoce nuestras intenciones más íntimas. ¡Qué terrible si dentro de lo privado de nuestros propios corazones hubiese, como en la tienda de Acán, tesoros del mundo ocultos para nuestra satisfacción personal!

Las verdades envueltas en este capítulo necesitan una aplicación práctica de nuestra parte. No ocultemos el hecho que en este momento presente puede haber en mí, o en usted, algo que es claro estorbo al bienestar espiritual de nuestros hermanos. Algo, no todavía manifestado, que impide que el poder de Dios obre efectivamente en nuestro testimonio hacia nuestros compañeros santos y al mundo, que necesita ser llevado a la luz. Pueda Dios revelar la causa de nuestro actual fracaso y vergüenza, y puedan nuestros pecados secretos ser confesados a la luz de Su rostro.

Hay quienes censuran a Dios por los desastres espirituales que han caído sobre las asambleas en nuestros días. Ellos dan eco al lenguaje de Josué, ¿Por qué nos hecho cruzar el Jordán para destruirnos? ¿Por qué nos has traído al lugar de testimonio contra una Cristiandad apostata, para que nuestras reuniones se hagan pedazos y nuestra luz se extinga? Dios, dicen ellos, en Su providencia y gobierno, ha permitido la dispersión, división y desorden para eclipsar el esfuerzo por guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.

¡Qué vergonzosa actitud! Josué postrado sobre su rostro, aun así, censurando a Dios. La palabra para él fue, “levántate…Israel ha pecado:” Tampoco podemos censurar a Dios por nuestro estado de división. Estamos errados, hemos fallado, hemos pecado. Que esta confesión sea hecha por nosotros antes de que el desastre se extienda más lejos.

Debe observarse cuidadosamente que la desgraciada ruta a Hai es trazada al pecado secreto de un hombre en Jericó. Si Acán hubiese confesado su pecado antes y hecho reparación ante Dios, la vergüenza pública de su pueblo habría sido evitada. Comencemos entonces con la persona cuya historia interior conocemos mejor, y libremente reconozcamos ante el Señor, “En esto y eso, Señor, he pecado.”

El memorial de Piedras de Acán.

Acán confesó demasiado tarde. Después que la suerte lo hubo expuesto a sus hermanos, él dijo, “he pecado contra el Señor Dios de Israel, y de este modo he hecho.” Él fue públicamente convencido ante sus hermanos, y él no podía hacer menos que confesar su culpabilidad. Si él hubiese confesado antes, habría sido perdonado y limpiado, pero ahora su confesión no podía escudarlo del juicio del Señor. Si él se hubiese juzgado en la tienda, no habría sido juzgado en el valle de Acor.

Guardémonos de cosas ocultas de engaño y deshonestidad en nuestras vidas. Que la luz de la vida brille en lo interior de nuestros corazones para que podamos confesar todo egoísmo y orgullo, para que la obra del Señor no sea estorbada. Recuerde que los pensamientos secretos del corazón serán juzgados por Jesucristo al final. Todos seremos manifestados ante el tribunal de Cristo, y cada uno recibirá conforme a lo que habrá hecho en el cuerpo. Si confesamos nuestros pecados ahora, no seremos expuestos entonces. Si somos limpiados ahora día tras día, nuestra influencia sobre nuestros hermanos será para su bien y bendición, y no para su caída y vergüenza, como fue con Acán.

El secreto del pecado de Acán fue manifestado, y también su penalidad. Sus días fueron breves en la tierra prometida, y él perdió su herencia allí. Su nombre fue cortado de Israel, y él pereció como un testigo para Jehová contra la iniquidad de los amorreos. Él podría haber tenido su porción en el territorio de la tribu de Judá, pero todo lo que tuvo fue un montón de piedras sobre él en el valle de Acor. Él sembró para su carne, y de la carne segó corrupción.

¡Qué terrible fin para un hombre que había tenido parte en el cruce del Jordán y en la caída de los muros de Jericó! Acán fue un perturbador en Israel, y el memorial de piedras en el valle de Acor proclamó su locura y pecado a sucesivas generaciones. Él podría haber jugado una parte útil como un anciano en la tierra de Emmanuel, pero pereció en el mismo umbral de las bendiciones de las promesas divinas. Su lugar de sepultación permanece en el valle de Acor, o de turbación, hasta este día, y así será hasta que Dios en misericordia restauradora hacia Su pueblo disperso abra una puerta de esperanza para su establecimiento en la tierra, y ellos cantarán allí como en los días de su juventud (Oseas 2:15; Isa. 65:10).

Acán habría sido un testigo para Dios en su vida, pero solamente vino a ser un testigo en su muerte. La esposa de Lot habría sido sal de la tierra en la corrupta Sodoma, pero fue en su muerte que ella vino a ser un pilar de sal, un terrible testimonio de advertencia en medio de las desolaciones de la humeante planicie. Testimonio rendido en la vida de un creyente es testimonio al amor de Dios, a la gracia de Cristo Jesús, y al poder del Espíritu Santo; tal es la vida vivida en la carne por fe en el Hijo de Dios que nos amó y se entregó por nosotros. Testimonio en muerte después de una vida de testimonio gastada en testimonio al justo juicio de Dios. Ananías y Safira debido a que mintieron a Dios en cuanto a la venta de su tierra, manteniendo una parte del precio, ambos murieron bajo Su mano. Sus nombres permanecen en las primeras páginas de la historia de la iglesia como una solemne advertencia a las reuniones hoy de que Dios no puede ser burlado, y que Aquel que anda en medio de los candeleros es Aquel que es Santo y Verdadero.

Demos atención a estos solemnes ejemplos, guardémonos de pecados ocultos. Pecado ocultado en la tienda significa bendición retenida en el campamento. Pero pecado confesado y juzgado ante el Señor significa victoria a través de todas las tribus. Después de la disciplina en el valle de Acor, los hijos de Israel destruyeron completamente a los malos habitantes de Hai (Jos.8). Un montón de piedras en la puerta de la ciudad fue levantado como un monumento de su victoria. Esto marcó el lugar de sepultación del rey de Hai, que pereció sobre un árbol de maldición. Como un montón de piedras en memorial en el valle de Acor, silenciosamente habla del seguro juicio del mal. Mientras al principio fue un testigo de que el juicio comienza por la casa de Dios, el segundo da testimonio que el impío y pecador no escapará (ver 1 Ped. 4:17,18). Pero Acán era de la simiente de Abraham, el bendito Dios, mientras el rey de Hai era de la simiente de Canaán, maldecido antiguamente (Gén. 12:2,3, Gén. 9:25).

Humillémonos, por tanto, en el valle de Acor, y beneficiémonos por el pecado de Acán, quien tomó de la cosa maldecida, e hizo del campamento de Israel una maldición, y lo turbó (Jos.6:18). Un tesoro de plata y oro de Jericó y del manto babilónico guio a la maldición de Dios sobre nuestras bendiciones, porque fallamos en dar gloria a Su nombre (Mal.2:2). La riqueza de Canaán y las modas de Sinar estuvieron asociadas con la adoración de ídolos, y ellos debían ser anatema a aquellos que invocan el nombre del Señor, y del único y solo Dios. Pero Acán se contaminó con las cosas maldecidas, y aunque él actuó privadamente, él contaminó a su pueblo también. Nuevamente, digo, demos atención a esta lección.

Pero miremos a casa. Cuando Israel volvió sus espaldas ante Hai, Acán no esperó investigar las tiendas de sus hermanos por la causa; esta estaba bajo sus pies en su propia tienda, donde él mismo la había puesto. Debe estar seguro de esto, la causa de la plaga sobre las reuniones de los creyentes en casa y afuera está en su corazón y el mío. No puede haber avivamiento de las asambleas, vitalmente y de poder hasta que los pecados secretos de moralidad y espiritualidad sean traídos a la luz y juzgados individualmente ante el Señor. El que es culpable del pecado de mundanalidad como Acán confiese este en su propia tienda y abandónelo para no ser expuesto públicamente y juzgado en el valle de Acor.

 

                                               W. J. Hocking.