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"Vida Más Abundante"

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Juan 10:10

Tan pronto como nuestros primeros padres cayeron, Dios en Su gracia dio una palabra para que la fe se apropiara y confiara, y así ha sido desde entonces, la revelación divina se fue haciendo cada vez más plena y clara, y tal vez más y más generalmente conocida en el mundo.

Sin fe es imposible agradar a Dios. Fe en Su palabra, su  recepción, porque es la palabra de Dios y viene a nosotros con autoridad divina, es la condición indispensable de la bendición espiritual, y la relación personal entre el alma y Dios. Sin embargo, el grado y carácter específico de la bendición han sido alterados de tiempo en tiempo. El caso de Abraham, por ejemplo, se destaca notoriamente, en contraste con los patriarcas antediluvianos, y en algunos casos incluso en contraste con sus descendientes bajo el yugo de la ley. Porque, aunque el testimonio sobre el Mesías y Su reino se estaba volviendo cada vez más claro y brillante con el desarrollo de la profecía, aún el pacto Sinaítico “estaba vinculado a la esclavitud” (Gal 4:24 traducción J.N.D); tal fue el resultado de los Israelitas al ponerse ellos mismos bajo la ley, en lugar de ponerse bajo la gracia de Dios, expresada en Sus promesas incondicionales a sus padres, siendo de hecho, el resultado de su completa ignorancia, tanto de Dios como de ellos mismos. 

Pero a pesar de que la justicia de Jehová siempre ha sido eso en virtud de la cual los pecadores han sido salvados, — aunque en la mente y propósitos de Dios incluso antes de que hayamos sido justificados por la fe, y no por obras, (por obras solo de manera evidencial), no obstante de la justicia cumplida, y la subsistente justificación que depende de ella y le sigue, ninguno pudo obtener el beneficio, como un estado y posición conocidos, hasta que vino y fue proclamado como un hecho existente. Los profetas lo profetizaron (Isaías 56:1); y Daniel declaró (Daniel 7:24), que setenta semanas estaban determinadas entre las cosas “para traer la justicia perdurable”. Se habló de, se confió en, de antiguo, pero no se “reveló”, ni tampoco se pudo dar el Espíritu consecuentemente como el sello de la justicia cumplida (Juan 7:39), hasta que el Señor Jesús muriera, resucitara, y fuese glorificado en su ascensión. Pablo sin embargo, mora formalmente sobre esto como cumplido y revelado (Rom. 1:17, Rom 3:24-26); y toda la enseñanza del Nuevo Testamento en cuanto al Cristiano, e incluso en la eternidad, se basa en esto. Vano es el intento, entonces, de eliminar las distinciones que Dios Mismo ha hecho, y reducir todos Sus tratos a un nivel común. La sabiduría de los caminos de Dios, como desplegada en las dispensaciones sucesivas, permanecerán para siempre marcadas, como los anillos que marcan el crecimiento del árbol, o las sucesivas acumulaciones, de la edad de una piedra.   

La gloria de Dios, y bendición del hombre, todas dependen completamente de Cristo como Mediador. Solo a través de Él, el hombre ha sido salvado. Pero esto no significa que, en la administración de la gracia divina a los hombres a través  de Él, no haya habido grados de inteligencia espiritual ni diversidad de privilegios espirituales. Un infante no tiene la inteligencia de un hombre adulto, y lo que es cierto en el caso de los individuos es verdad en las dispensaciones. El estado espiritual otorgado a los santos de las economías previas fueron totalmente y en todos los casos inferiores al estado cristiano, como se afirma muy claramente en Lucas 7:28; y consecuentemente la capacidad espiritual e inteligencia también eran muy diferentes. Es una falacia decir que como los santos del Antiguo Testamento nacieron de Dios, y ahora están en el cielo, que por lo tanto lo que el cristiano conoce, tal como la remisión de los pecados, justificación de vida, paz, el llamamiento celestial, etc… fueron conocidos tanto para ellos como a nosotros. Ellos tenían una simple fe infantil en Dios, y en Su palabra, — una fe dada por Dios referente a la venida del Mesías, sostenida por Él, y que Dios no decepcionó, porque El usó este recurso en este mundo, y después los llevó al cielo. Pero para aplicarles a ellos, incluso como considerando la inteligencia espiritual, al estado, o condición, verdad, que por esta revelación y realización subjetiva dependían del cumplimiento de la expiación, y del descenso del Espíritu Santo, es completamente un error, y (aunque involuntariamente) menosprecia prácticamente la obra y persona de nuestro Señor. La Epístola a los Romanos, por ejemplo, es escrita desde un punto de vista cristiano: las experiencias y privilegios espirituales, de lo que se habla, debe ser tomado como estando en la luz del Cristiano, y puede ser entendida solo desde la posición cristiana, y por el sentido cristiano. Los pecados de los santos del Antiguo Testamento, se dice simplemente que han sido “´pasados por alto”, u omitidos (Rom. 3:25). De hecho el valor y efecto de la obra de Cristo podían conocerse, en la inteligencia y poder del Espíritu, solo después que Cristo sufrió, resucitó, y fue glorificado. Y el estado práctico y personal está necesariamente y en todo tiempo depende de la revelación que Dios da, variando en grado de tal manera que, mientras que en cada dispensación, la fe y la comprensión individual y personal varían, pero la luz dispensacional, el estado, la posición y privilegios también varían, en conjunto y como un sistema, — la economía cristiana es el clímax y perfección de todo, y la justificación de la vida, y la vida en resurrección, es el privilegio característicamente cristiano. En Rom. 7:14-24, el hombre del que se habla tiene luz más allá que de la de un Santo del Antiguo Testamento, pero no el pleno estándar cristiano. En cuanto a la naturaleza divina existía en los tiempos de los santos del Antiguo Testamento, que a través de la gracia les permitió agradar a Dios de acuerdo a la luz que Él les dio. Ellos eran nacidos de Dios, y por lo tanto temían, confiaban, y obedecían a Dios. Pero nosotros debemos distinguir entre la gracia vivificante del Espíritu, y el Espíritu como morando y el sello de una justicia cumplida. “Vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros”, no podía haber sido dicho hasta que el Espíritu fuese dado. Ahora es una prueba, pero no podía ser una prueba entonces, porque, aunque nacidos de Dios y por el Espíritu, ellos no tenían el don del Espíritu. Tampoco en su caso se hizo visible la distinción entre la mente de la carne y la mente del Espíritu, porque la carne y el Espíritu no eran entonces conocidos como siendo irreconciliables. Sin este conocimiento profundo y enseñado por el Espíritu, simplemente caminaban en el temor de Dios, y con el sentido de Su misericordia que les permitía decir, “No entré en juicio con tu siervo, Oh Señor; porque a Tu vista ninguna carne será justificada”; mientras que el cristiano sabe que el nunca vendrá a juicio, sino que ha pasado de muerte a vida.  

Tan pronto como nuestro señor vino a este mundo, los corazones fueron abiertos para ver en Él al Salvador, y para recibirlo como tal. Simeón toma al Bendito niño en sus brazos y le dice, “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; Porque han visto mis ojos tu salvación,”. Y cuando treinta años después, ese Hombre Bendito, ungido con el Espíritu Santo, salió en Su misión, superando por mucho lo que cualquiera de los santos del Antiguo Testamento sabían, fue el privilegio de aquellos que vieron, oyeron, y Le recibieron. En definitiva, su aparición en el mundo constituyó una época (1 Juan 1) un nuevo punto de partida en todos los sentidos, y en todos los tratos de Dios con el hombre, incluso espiritual o temporalmente. Los santos no fueron meramente vivificados sino hechos “hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús”, teniendo el Espíritu de adopción dado para gozar y clamar al Padre. Ellos tienen una relación consiente, y una posición cercana, nunca antes conocida. De esta salvación, Pedro nos dice, los profetas habían inquirido, pero se les dice que no para ellos mismos, sino para ministrarnos a nosotros las cosas ahora reveladas por el Espíritu Santo enviado desde los cielos (1 Pedro 1:10-12). También nos dice Pablo, Tito 2:11, que “la gracia de Dios que trae la salvación ha aparecido a todos los hombres” etc. Es cierto que esto no significa que los hombres no hayan buscado a un Salvador antes; pero ciertamente significa que una posición mucho más avanzada y privilegiada es ahora proclamada a todos, y es nuestra por la fe.

                                                                                                                                 J.B.P