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EN LA CARNE Y EL ESPIRITU

 

 

Romanos 8 es el clímax de una muy importante serie de instrucción. Muchos lectores sin duda han observado que la epístola está divida en tres partes. Parte 1, consiste de los cap. 1-8, y manifiesta la plenitud de la salvación de  Dios. Parte 2 abarca los cap.9-11, y es dispensacional,  explicando los actuales tratos de Dios a través del evangelio, en vista a las promesas especiales hechas a Israel. El resto de los capítulos 12-16 son prácticos, y presionan sobre los recipientes de las misericordias de Dios un andar conveniente aquí abajo.

 

Parte 1. Está subdividida. En Rom. 1:5-11 el apóstol toma la cuestión de los pecados, y muestra nuestra completa justificación a través de la muerte y resurrección de Cristo, desde el cap.5:12 al fin del cap.8, se trata más de la cuestión del pecado; y de nuestra completa libertad de nuestra antigua posición y esclavitud se nos muestra en Cristo resucitado. Una vez estuvimos en Adán (Rom.5), y entonces estábamos bajo muerte y condenación, bajo la esclavitud del pecado (Rom.6) tan verdaderamente como antiguamente Israel lo estuvo bajo la mano de  Faraón en Egipto, nosotros (o al menos  los creyentes judíos) una vez estuvieron bajo la ley con todas sus solemnes consecuencias  para nuestras  almas (Rom.7).

 

De todo esto hemos sido libertados. Hemos salido de  nuestra antigua posición por medio de la muerte, y ahora estamos ante Dios en Cristo resucitado. Romanos 8 pone ante nosotros plenamente esto. "Ninguna condenación hay, por tanto, para los que están en Cristo Jesús" (v.1). La clausula añadida estropea la belleza de las palabras del Espíritu. Nuestra posición no depende en ninguna manera de nuestro andar, aunque nuestro goce de esto si. "En Cristo describe nuestra posición ante Dios, a través de la gracia. En Él tenemos una vida que la muerte no puede tocar, y que está más allá de condenación. Tenemos todas las ventajas de Su posición como resucitado. Todo lo que es Suyo en virtud de Su obra consumada es también nuestro. El mismo favor divino y amor que descansa sobre Él, descansa también sobre nosotros los que estamos en Él. ¡Maravilloso lugar en el cual estar! Poderoso cambio de nuestro antiguo lugar en el primer hombre, donde todas las consecuencias introducidas por el primer Adán eran nuestras, a causa de nuestra conexión con él como nuestra cabeza. Adán vino a ser cabeza de  raza después de la caída, y por tanto todo tiene su posición, con todo lo que se liga a ella; Cristo vino a ser Cabeza  de una nueva raza después de Su resurrección,  y todos los que están en Él compartirán la bendición que es Suya, nuestros pecados habiendo sido quitados para siempre, y el pecado habiendo sido condenado en Su muerte y la justicia establecida.

 

Pero si "en Cristo" expresa nuestra posición ante Dios, "en el Espíritu" nos caracteriza  ahora como hombres andando aquí abajo. Romanos no nos considera como estando en lugares celestiales, como Efesios, sino como aquellos que han sido libertados para andar para gloria de  Dios sobre la tierra. "En la carne" caracterizaba nuestro estado anterior. La carne era la fuente de  todos  nuestros pensamientos y acciones. La carne es antagonista a  Dios y  los que están ella  no pueden  agradarlo. El pensamiento de la carne no se sujeta a la ley de  Dios, y tampoco puede hacerlo.  El cierto resultado de seguir su curso es muerte, como dice el apóstol, "porque ser de mente carnal es muerte, y si vivimos conforme a la carne moriréis" (vv.6, 13)

 

No estamos más en la carne ahora (Rom.7:5; 8:9), aunque la carne está en nosotros todavía. Esta no es más un poder controlador, no caracteriza nuestras vidas como una vez lo hizo. La fe  la trata como una cosa condenada, y no le permite lugar. Si ésta actúa, nos aparta del Señor a algún camino de  pecado y aflicción.  No somos  ahora deudores a ésta, para vivir conforme a ella. "Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él" (Rom.8:9). El Espíritu Santo es el gran don para cada creyente; y es Él en contraste con la carne, quienes  dan carácter a todo nuestro andar y caminos. Él nos da el feliz conocimiento de que Cristo está en nosotros,  como Él mismo dijo, "en ese día  conoceréis que Yo estoy en el Padre y vosotros en Mi, y Yo en vosotros" (Jn.14:20). Él forma todos nuestros pensamientos y deseos, nos enseña a orar, nos capacita para producir fruto para Dios, nos fortalece para todos nuestros conflictos con el enemigo, y sustenta nuestros corazones a lo largo de todo el camino por medio de  Su ministerio en gracia  de Cristo para nosotros. Él es nuestro Líder, y por Su poder somos capacitados para mortificar los hechos del cuerpo.

 

Cada alma hará bien en investigar ante el Señor en qué medida esto es prácticamente realizado. Es una cosa  saber y aceptar esto como doctrina, y una muy diferente andar en el poder de esto. Cada cristiano vive en el Espíritu o no sería un cristiano, pero cada cristiano no necesariamente anda en el Espíritu (Gál.5:25) Y no debiésemos olvidar, también, que es perfectamente posible para un creyente verdadero sembrar para la carne y no para el Espíritu.  Lot es una penosa instancia de esto en el A. Testamento. Esto nos pone bajo los tratos gubernamentales de  Dios. "Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna." (Gál.6:8)

 

 

"Pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz" (Rom. 8:6).El secreto, por tanto, de un andar pacifico es seguir la guía en gracia del Divino huésped que está en nosotros. Si la carne es habitualmente mortificada y juzgada, y se permite al Espíritu Su verdadero lugar, nuestras almas prosperarán y crecerán.  Cosas que podrían  perturbarnos y causarnos amargura, no nos estorbarán entonces. El Espíritu no nos ocupará de nosotros y nuestro estado, sino que será libre para guiarnos a un conocimiento  más pleno de  Cristo,  que es Su delicia.  El apóstol, en Romanos 8, traza la obra del Espíritu en nosotros, y  señala a la resurrección. "Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros."(v.11). Nuestros cuerpos siendo templos del Espíritu Santo,  el Dios que levantó a Jesús, no dejará que ellos queden en las garras de la muerte".