LOS SIETE ESPÍRITUS DE DIOS

 

 

Apoc. 1: 4-8; Apoc. 19: 10.

 

Debe ser claramente aparente al más casual lector del libro de  Apocalipsis, que la forma en que el Espíritu de Dios es presentado en este libro, es completamente diferente de lo que ha estado ante nosotros en las partes previas del N. Testamento. Lo que hemos estado observando ha sido el testimonio del Espíritu Santo concerniente a Si mismo, en varias partes de las Escrituras, y en variadas  formas,  con relación al Cristianismo. Lo que ha estado ante nosotros ha sido la verdad del un Espíritu, y de ese un Espíritu morando sobre la tierra ahora, desde el día de Pentecostés. Cuando llegamos al libro de Apocalipsis no leemos más de  un  Espíritu, sino de los "siete espíritus de Dios."

 

En el primer capítulo (Apoc.1:4), en el cuarto (Apoc.4:5), y en el quinto (Apoc.5:6), leemos de  "los siete espíritus de Dios." Ahora,  la palabra de  Dios es perfecta. ¿Hay entonces, en la misma forma como hemos estado viendo un Espíritu, en la primera parte del N. Testamento, siete tales Espíritus? ¡Eso no puede ser! Somos confrontados con este  pensamiento, que en el libro de Apocalipsis el Espíritu de Dios es presentado en un carácter totalmente diferente de ese que ha estado ante nosotros en las otras secciones del N. Testamento. No debe sorprendernos  que en este libro encontremos que los tratos de Dios son  completamente diferentes  de aquellos mostrados en la primera parte del N. Testamento donde tenemos desplegada la acción de Dios en gracia sobre la tierra. El gran pensamiento del libro de Apocalipsis, por el contrario, es Dios tomando las materias  sobre la tierra, tratando con el hombre en varios aspectos de responsabilidad sobre la ella, y por  tanto encontraremos que este libro es enfáticamente un libro de juicio. Esta, no tengo duda, es la razón por la cual las personas no leen mucho este libro.

 

El diablo es bastante astuto para impedir que las  almas estudien cuidadosamente alguna parte de la palabra de Dios, que detalla claramente, no solo del juicio de la iglesia profesante, del mundo, de la ramera,  la falsa iglesia,  el juicio de los vivos, y de los muertos, pero también el propio juicio de Satanás. Poco sorprende  que él le diga, que este sea un libro que nadie puede comprender, aunque el Espíritu Santo prefija sus contenidos con las palabras "bienaventurado el que lee, y los que  escuchan las palabras de  esta profecía, y guarda las cosas escritas en él,  porque el tiempo  está cerca."  Y no solo eso, y Él dice en el último capítulo, "bienaventurado el que guarda los dichos de la profecía de este libro." No hay otra parte de las Escrituras que Dios haya prefaceado y concluido, con una bendición especifica, en la misma forma  como lo ha hecho con este libro, y aún así no hay sección de la Biblia que sea descuidada como ésta. Si usted y yo todavía no hemos dado mucha atención a este libro, lo mejor que podemos hacer es  buscar luz de  Dios, y comenzar su estudio de una manera adecuada. Sé que el estudio de la profecía es propensa a alimentar el pensamiento, más bien que tocar las afecciones  del alma, y llenar el corazón con el gozo que fluye de  un sentido del amor de Cristo. Ese gozo es nuestra propia porción, pero, si no conocemos nuestra porción, somos libres de  mirar a eso que Dios nos ha dicho acerca de otros, y hay gran provecho en estudiar eso que  aquí se nos dice.

 

En el libro de Apocalipsis tenemos al Espíritu de Dios presentado en un carácter que responde a una notable declaración en el A. Testamento, al cual ahora me referiré. Encontramos esto en Isa.11.Allí el Espíritu de Dios nos presenta una anticipo del reino venidero, del gobierno del Señor Jesucristo, como Mesías sobre la tierra. "Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. 2 Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová." (vv.1, 2). Allí se nos presenta un carácter séptuple de ese Espíritu, y no tengo duda que esto corresponde  a lo que es llamado "los siete espíritus de Dios" en el libro de  Apocalipsis.

 

Ahora no se trata más del "un Espíritu" bautizando en "un cuerpo," como hemos visto, sino de ese carácter de acción por parte del Espíritu de  Dios, que  va a toda la tierra,  en el día que conduce al milenio. Es el Señor Jesús quien entonces tomará las riendas del gobierno, y tratará en ese  día con la tierra, y esto es justo lo que se nos presenta en el v.2 de Isa.11, ese será el carácter de Su acción, por el Espíritu Santo, en el día que el libro de Apocalipsis pone ante nosotros. ¿Cuál es ese día? Este es el día cuando la iglesia habrá sido sacada de esta escena. Es el momento cuando el Señor, como novio, habrá venido por la iglesia, y habrá tomado de esta escena a Su desposada, y cuando los  santos serán llevados a su hogar. Además, ellos son vistos bajo la figura de ancianos coronados en Apoc.4 y 5.En Apoc.6 adelante, se nos despliega lo que sucederá sobre la tierra, todo lo que el apóstol Juan ve en visión. La amplia obra en el mundo y la acción del Espíritu de Dios, como conectado con el trono de Dios, es presentado al vidente como la energía de "los siete  espíritus de Dios."

 

Su presentación es clara y simple. Él es presentado en un nuevo carácter, en un día todavía futuro, cuando Cristo tome el gobierno, y venga a la tierra en Su capacidad judicial. La tierra entonces estará bajo el directo juicio de Dios, y es entonces que el Espíritu de  Dios es referido como "los siete Espíritus de Dios."  En el cap.4:15 tenemos,  "y del trono salían relámpagos, truenos, y voces, y había allí siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono, que son los siete Espíritus de Dios." Claramente estas siete lámparas de fuego indican que Dios  está tratando judicialmente con toda la tierra, como lo vemos en Apoc.5: "y vi en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios enviados a toda la tierra." Desde Apoc.6 hasta el fin del cap. 19 tenemos ante nosotros las variadas acciones  judiciales  de Dios sobre la tierra, como Él prepara la escena para la introducción del Primogénito de entre los muertos, el Señor Jesús.  Allí está la acción universal del Espíritu en ese día. Ésta tomará la forma de juicio.  Él limpiará la tierra de toda su impiedad, de manera que el reino del Señor pueda ser establecido.

 

Cuando Juan hubo escuchado y visto todas estas aflicciones  venideras, leemos,  "Yo me postré a sus pies para adorarle. Y él me dijo: Mira, no lo hagas; yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que retienen el testimonio de Jesús. Adora a Dios; porque el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía." (Apoc.19:10). El pensamiento comunicado es, que la acción del Espíritu produce entre los santos de  ese  día, una ardiente mirada por lo que ha de venir.  Hay algo por lo cual ellos  están esperando, porque esto todavía no ha llegado,  el reino del Señor, que les traería bendición y  libertad. Nosotros no estamos  esperando por estas bendiciones. Las tenemos ya. El Espíritu Santo nos ha llevado al Padre, al Salvador, y al Salvador a nosotros. Nosotros moramos en Él, y Él mora en nosotros. No estamos esperando por el Espíritu. Él está morando con nosotros, y en nosotros. Ese es nuestro gozo. El Espíritu Santo como el "un Espíritu," ha  llevado nuestras almas a esto.

 

En el día de Apocalipsis, el  Espíritu de la profecía es el testimonio de Jesús, y eso es lo que los santos, referidos allí, están mirando, y deseando obtener. Ellos están esperando por  libertad y bendición,  esperando por paz. Usted  y yo hemos sido introducidos en eso que es nuestro descanso para la eternidad,  el amor de Dios.  Lo único  que usted y yo tenemos que esperar es al Señor Jesús. Y el libro se cierra con el clamor de la novia por el Novio,  "ven, Señor Jesús."  "El Espíritu y la esposa dicen, ven."

 

Al final del libro, el mismo final de la palabra de  Dios, llegamos al punto donde el Señor, y poniéndolo, por decir así, una vez más se presenta a Sí mismo a los corazones de Su pueblo. Y el Espíritu morando en la iglesia para formar sus afecciones de acuerdo a las relaciones en que ella está con Cristo, da la respuesta que Él espera. "El Espíritu y la esposa  dicen, ven." La esposa está todavía sobre la tierra,  contemplando el momento cuando ella será presentada al Salvador que ha de venir.

 

Y ahora,  amados amigos, ¿Qué tenemos que hacer usted y yo? Esperar por el Señor Jesús, y nada sino a Jesús, porque tenemos el Espíritu Santo. Estamos esperando por la venida del Salvador,  el Esposo de nuestros corazones,  por Aquel que murió por nosotros, y quien nos ama con un amor más fuerte que la muerte, y que no estará satisfecho hasta que  haya introducido a  la novia comprada con sangre, en la casa del Padre. "Y el Espíritu y la esposa dicen, ven."

 

Pero, pienso que le escucharé decir, nunca pensé en la venida del Señor  en esa manera. Usted debe unirse al clamor que el Espíritu  expresa  aquí. "Y el que oye diga, ven." Si usted está en Cristo debe unirse a ese coro. ¡Ah!, dirá usted, no estoy preparado. Entonces hay una palabra para usted. "El que tiene sed  venga., y beba gratuitamente del agua de  vida." Usted puede tener esto ahora .Mientras  Jesús espera pacientemente, mire a Él, alma sedienta  y ansiosa, y beba de esa agua que se le ofrece gratuitamente. Confíe  en Su nombre, descanse en Él cuente con Su gracia, y beba del agua de vida, ¿y qué entonces? Cuando Él venga no será entonces dejado  atrás. "Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente."

 

Que Dios en Su gracia nos haga conocer lo que es andar en el Espíritu, y servir al Señor, mientras esperamos por la venida del Salvador, presentando el fruto del Espíritu, y le podamos ser aceptables en nuestro andar y caminos. Entonces cuando escuchemos Su voz, y seamos levantados para encontrarlo, ¡qué gozo, que bendición, son nuestras!,  seremos levantados para estar con Él para siempre, para nunca más entristecerlo o alejarnos de Él. Nuestra eternidad es una de bendición sin estorbos, y goce de Dios. ¡Oh! No olvidemos para que tenemos al Espíritu Santo, para introducirnos en el goce actual de aquello que  será nuestra eterna posesión.

 

 

 

 

W.T.P. Wolston