LECCIONES DE LA HISTORIA DE NAAMÁN:

DIOS SERÁ GLORIFICADO

En los días de Eliseo Dios había castigado a Israel debido a su gran maldad, y había permitido a sus enemigos que los vencieran; pero él se preocupaba por Su gloria, y la vindicaba, como lo muestra la historia de Naamán en la más marcada manera.

Este fue un periodo oscuro en la historia de Israel, Joram se sentaba sobre el trono de su padre Acab. Él había quitado la imagen de Baal que Acab había hecho, “sin embargo él se aferraba”, leemos, “a los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, quien hizo pecar a Israel; él no se apartó de ellos.” Aunque exteriormente menos malo que su padre, él era un idolatra. Siendo rey sobre la más grande porción del pueblo terrenal de Dios, en su corazón él no conocía a Dios. El rey y la nación que debiese haber glorificado a Dios no lo había hecho, de este modo Dios ordena los eventos para que Israel y los gentiles pudiesen ver que Él era el Dios verdadero que obra todas las cosas conforme al consejo de Su propia voluntad.

La historia de Naamán muestra (1) Los consejos de Dios, paso a paso desplegados; (2) la gracia de Dios, porque es gracia, lo que va a uno que no podía demandar nada sobre el fundamento de pacto o promesa; y (3) el gobierno de Dios, porque Él es santo, en activo ejercicio en medio de Su pueblo profesante.

LOS CONSEJOS DE DIOS DESPLEGADOS

Si Jehová Dios era más grande que todos los dioses ¿no podía Él haber salvado a Israel de sus enemigos? Si él era el Dios verdadero, ¿habría permitido que los idolatras sirios venciesen a Israel en batalla? ¿Si el Dios de Israel era omnisciente, no debiese haber previsto todo lo que ocurriría? ¿Por qué entonces no contrarrestó los planes del enemigo, y frustró los planes del capitán del ejército de Siria? Tales pensamientos podrían haber llenado las mentes cuando ellos vieron la tierra de Israel a la merced de un rey extranjero, y el pueblo de Israel era incapaz de resistir al poder gentil. Pero el Dios de Israel era el Dios verdadero. Él era más grande que todos los Dioses. Él era omnisciente, y mostraría esto. Fue Su plan que Naamán mostrase esto todo el tiempo, aunque pudiese estar pensando solo en lo suyo. Era Dios quien había prosperado las acciones del ejército de Siria, aunque ellos pudiesen atribuir su éxito a Rimmon, su dios. Él podría haber intervenido y deshecho al ejército de Siria, como lo había hecho un poco antes con el ejército de Moab; pero entonces Él estaba protegiendo a Judá, que aún permanecía fiel a Él; ahora Él estaba castigando a Israel, notoriamente infiel.

¡Cuán cambiado estaba ahora todo en Israel! Naamán era un gran hombre ante su señor, y honorable, porque por medio de él Jehová había dado victoria a Siria. Cuán a menudo antes que el Señor conceda libertad a Israel; ahora, por primera vez, leemos que Él dio la victoria a Siria. Aquel que anteriormente había ido con el ejército de Israel, ahora había salido con el ejército de Siria. En los días de Josué, Israel había sido testigo de lo que el Señor podía hacer por ellos. En los días de David, el sonido en las balsameras hablaba de la presencia de Dios que iba delante del ejército de Israel a la batalla. Las estrellas, en sus cursos, habían peleado contra Sísera; grandes piedras habían caído sobre los ejércitos de los cananeos; y truenos habían deshecho a los Filisteos en días de Samuel. Ahora leemos que el Señor estaba con enemigos, y les dio la victoria por medio de Naamán. Este era el primer eslabón en la cadena de eventos mostrada en esta historia.

Después, ¿quién era Naamán? Un hombre valiente, un gran hombre ante su señor, altamente favorecido en la corte. ¿Qué había en el mundo que él pudiese necesitar? Posición, honor, fama, riquezas, todo esto era suyo. Él tenía todo lo que el mundo podía dar, por debajo de un trono. Pero el mundo no podía suplir la única cosa que él necesitaba, salud. Dios la había retenido, él era un leproso. Todas sus posesiones, si juntadas y vendidas, no podrían haberle comprado la deseada bendición, la salud. El mejor ingrediente en su copa de otra manera llena de felicidad era ser un leproso. La mano de Dios estaba evidentemente sobre él, no para privarlo de este objeto de deseo sino para concedérselo. Antes, sin embargo, que pudiese otorgarlo, él debía ser llevado muy bajo para suplicar por esta bendición en aquella tierra a cuyo ejército él había vencido, y del siervo de Dios cuyo pueblo él había vencido en batalla.

Pero ¿cómo escucharía del profeta que podía librarlo de la lepra? Aquí tenemos un tercer eslabón en la cadena que es manifestado. En las guerras entre Siria e Israel una pequeña doncella había sido tomada cautiva por los sirios, y ella servía a la esposa de Naamán. ¡Una hija de Israel en cautividad en la tierra de Siria! ¿Qué podría hacer ella allí? ¿Cómo podía servir a Dios allí? ¿Quién estaría inclinado a escuchar su voz? Su edad no llamaba la atención de otros. Su posición no añadía peso a sus palabras. Vista exteriormente no se trataba tanto de lo que ella podía hacer, pero esto era todo lo que se necesitaba, y ella lo hizo. Ella habló a su señora del profeta en Samaria, y las palabras de la pequeña doncella alcanzaron los oídos del rey de Siria. Naamán fue enviado a Samaria para ser sanado pero, como es siempre el caso cuando Dios trata en gracia, para recibir mucho más de lo que él pedía. Él buscaba sanidad; él encontró luz. Él deseaba ser sanado, obtuvo, podemos creer, vida. Él aprendió quien era el Dios verdadero, y vino a ser un adorador de Jehová. Él llegó a Samaria con su séquito y sus presentes, y ahora, antes de que encontremos la gracia de Dios fluyendo hacia él, encontramos al hombre puesto ante nosotros, como él es bajo varios aspectos.

En Naamán tenemos al hombre como necesitado, que agudamente siente su necesidad, pero que no puede por ningún plan propio suplir para esto. Desde la carta del rey de Siria vemos al hombre como él es por naturaleza en absoluta ignorancia de Dios, la pequeña doncella había hablado del profeta de Dios; él rey escribió al rey de Israel para que sanase a Naamán de su lepra. No hay un pensamiento de Dios en su carta. Sus ideas, aparentemente, no van más allá del rango de cosas de la vista. “Te envío a Naamán mi siervo, para que puedas sanarlo de su lepra.” Dios no estaba en sus pensamientos cuando escribió esto a Joram. Bien podía exclamar éste último, “¿Soy yo Dios acaso, para matar o dar vida, para que se me envié este hombre para que lo sane de su lepra?” Esto es perfectamente verdadero, ¿quién puede sanar la lepra sino solo Dios? Su razonamiento era justo, pero él nos presenta un ejemplo del hombre en su apostasía. Él sabe algo de Dios, pero no conoce a Dios. Una dificultad se produce; él no puede enfrentarla. Él rompe sus vestiduras, habla a sus consejeros, pero no hizo nada. Sus manos cayeron en debilidad. El único descanso para el corazón en un día de dificultad, la sola fuente de sabiduría, él la había abandonado. Él ve que la ruina puede estar delante de él, pero no puede evitarla. Él está en completa desesperanza, una miserable exhibición, ciertamente, del pueblo profesante de Dios.

El rey de Siria, en la oscuridad de la naturaleza, es ignorante acerca de Dios; el rey de Israel, en apostasía, no tiene descanso para su alma, ni refugio al cual poder volverse.

Cuán diferente la conducta de Joram fue a la de Ezequías cuando él recibió una carta de un soberano gentil. Él la leyó, y la extendió ante Jehová, y recibió una respuesta. Joram la leyó, razonó acerca de esta, pero no miró a Dios. ¿Cómo podría volverse a Aquel cuya verdad había abandonado, y cuya adoración él públicamente había desfavorecido? Pero Dios tenía un testigo en Samaria, y en el profeta vemos a uno en comunión con Dios. Lo que causó tal conmoción en la casa de Joram, no lo asustaba a él. Él sabía cómo actuar. “Que venga a mí, y conozca que hay profeta en Israel”. Joram nunca habló acerca del profeta de Dios. Naamán podía aprender del rey la triste condición de un apostata; de Eliseo podía aprender acerca de Dios, y lo que Él puede hacer.

De los consejos de Dios a la gracia de Dios.

El gentil estaba ahora ante la puerta de la casa del profeta como un leproso, un objeto asqueroso, si justamente visto, aun así, en su propia persona, una persona de rango y altamente estimada. (Ver 2 Rey. 5). Ante que la gracia pueda fluir, el alma debe estar en una condición para recibirla, porque la gracia es concedida, no ganada; el favor que está de parte de Dios es dar, no en el hombre de recibir. Cuántos tienen pensamientos errados sobre este punto, que necesitan ser corregidos. “La paga del pecado es muerte; pero el don de Dios es vida eterna a través de Jesucristo nuestro Señor.” El Señor se dio a Sí mismo por nuestros pecados. Pablo obtuvo misericordia. (Rom. 6:23; Gál.1:4; 1 Tim.1:13), en la puerta del profeta, pero no admitido en su presencia, Naamán aprende esto.

El capitán del ejército sirio era un objeto contaminante que el profeta no podía tocar, ante Dios. Recibiendo todo honor de sus asistentes, él no recibió ninguno de parte de Eliseo. El profeta no lo vería. ¿Quién, ante esto, había rehusado admitir a Naamán a su presencia? ¿Dónde podría alguno encontrarse en Siria o en Israel que no tuviese que correr a Naamán? Eliseo, actuando por Dios, y lleno con los pensamientos de Dios acerca de todas las cosas, permanecía dentro mientras Naamán permanecía con su cortejo fuera; no que él no estuviese interesado acerca de todo esto, porque él quería que él supiese que había profeta en Israel; tampoco era que él no quería ayudarlo, porque él envió un mensaje, uno claro en sus términos y lleno de promesa para el leproso, “ve a lavarte al Jordán siete veces, y tu carne vendrá nuevamente a ti, y serás limpio.” Esto era lo que él necesitaba, pero no lo deseaba esta forma.

Él había viajado desde Siria a Samaria para ser sanado, pero jamás había pensado en esta manera de actuar. Naamán estaba enojado. ¡Cuán irrazonable! ¿No tenía lo que el rey de Israel había fallado en darle, plenas direcciones para su cura? “Ve a lavarte al Jordán…siete veces…y serás limpio.” Ninguna incerteza en este lenguaje. La promesa era segura, el mensaje claro, “serás limpio.” Pero él estaba enojado y se alejó airado. ¿Por qué rechazar sus propias misericordias? ¿Por qué rehusarse a obedecer? La verdad sale a la luz, “yo pensé.” “Si se mandase hacer alguna gran cosa él la habría hecho, pero este mensaje no hacía nada de él. ¿Estaba él solo en esto? Muy a menudo los pensamientos de los hombres han estado en el camino de la gracia de Dios, “yo pensaba”. ¿Qué fundamento tenía él para pensar como el profeta actuaría? “yo pensé, él ciertamente saldrá, e invocará el nombre de su Dios, y con su mano tocará el lugar, y me recuperaré de la lepra”. Él estaba dispuesto a ser sanado si fuese honrado. ¡Cuántos están dispuestos a ser salvados si pueden retener una buena opinión de sí mismos! Como Naamán actuó entonces, muchos actuarían en este día. Pero Dios actúa ahora en una forma similar a la que actuó entonces. Él actúa en gracia, pero es a pecadores muertos en pecados, y sin poder e impíos, para aquellos que no pueden hacer nada por su salvación sino recibirla, para aquellos que se conforman a la obediencia de la fe. El Hijo vino a buscar y salvar lo que se había perdido. Este verso habla volúmenes. Los hombres están perdidos. Él vino a buscar y salvar lo que estaba perdido.

En el pensamiento de Naamán todo estaba ordenado. Él imaginó la escena para sí mismo, y se hizo una figura prominente en el grupo. “él ciertamente saldrá a mí.” Una podría ilustrar la escena como Naamán la describe gráficamente, el idolatra gentil esperaba por el profeta de Dios. La incongruidad de esto él no la veía entonces. Dios lo visitaría en gracia, pero como uno que no tenía fundamento propio sobre el cual estar. Como un pecador Él podía encontrarlo. Como un leproso podía sanarlo. Como el capitán del ejército sirio Él no podía recibirlo. ¿Qué lugar tiene un pecador ante Dios salvo de uno a quien misericordia puede serle mostrada? ¿Qué lugar es conveniente para el leproso salvo ese fuera de campamento? Naamán debía aprender cuál era su lugar. Él podía airarse con el profeta, pero no podía moverlo. Él pensaba que Eliseo extendería su mano y tocaría el lugar, y lo sanaría de su lepra. Él esperaba señal, una escena, no esperaba una mera palabra. Él no sabía lo que era un objeto contaminante.

El sacerdote miraba al leproso para juzgar si era leproso o no. Él lo tocaba solo cuando estaba limpio. No había duda en cuanto a la lepra de Naamán, porque él había venido para ser sanado. Tocarlo antes de que estuviese limpio habría contaminado al profeta. Pero además, si él hubiese sido capaz de tocarlo, y sanarlo, ¿no habrían pensado los hombres que había virtud en el profeta? Por enviarlo al Jordán a lavarse, él mostraba claramente que la cura debía venir directamente de Dios. El hombre no tiene virtud en sí mismo, él solo puede ser el canal de la gracia de Dios hacia otros. Dios debe tener toda la gloria de la cura, y Naamán debía ser enseñado de su verdadera condición y vileza. Solo leemos de Uno que tocó al leproso, y lo sanó; porque en Él reside la virtud necesaria para su cura. Él podía hacer esto y Dios ser glorificado, por honrarlo a Él ellos honraban al Padre. Pero Eliseo era un siervo, no el Hijo, el canal, no la fuente, el instrumento, no el autor, podía dirigir en cuanto a lo que debía hacerse, pero no podía tocar.

El orgulloso hombre debía aprender otra lección. “Ve a lavarte al Jordán,” fue el mandato. “¿No son el Abana y Farfar, ríos de Damasco, mejores que todas las aguas de Israel? ¿No puedo lavarme en ellos y ser limpio? Fue la orgullosa réplica del capitán. Al ojo natural estos podían ser mejores que todas las aguas de Israel, pero esas no podían ayudarlo. Él podía lavarse en ellos siete veces y al final saldría leproso como había entrado en ellos. ¿Cuáles eran entonces las propiedades sanadoras del Jordán? Ninguna, pero solo allí él podía ser sanado. Él debía aprender “la obediencia de la fe.” De este modo al judío la predicación de la cruz, Cristo crucificado, era un tropiezo; a los griegos era locura; pero para el salvado ésta era poder de Dios. ¿Por qué?, podría preguntarse, ¿no podía él ir a cedrón o Jabok, o algún otro afluente? ¿Por qué  debía ir al Jordán? Porque el Jordán es el tipo de la muerte, y solo por muerte es un alma libertada del dominio y culpabilidad del pecado. Por medio de la sangre y muerte del Señor Jesucristo nuestros pecados son borrados. Por Su muerte el pecado es quitado ante Dios. Como muertos y resucitados con Cristo, las almas son libertadas del dominio del pecado (Heb.9:26,28; Rom.6:13)

Lo que el Jordán era típicamente, la historia de Israel lo prefiguró cuando ellos pasaron en seco a través de este; el arca, habiendo ido delante de ellos, permaneció en el lecho del río hasta que todos hubieron pasado. Eliseo muestra en su historia algo del carácter típico del río, cuando, con una doble porción del Espíritu de Elías, él cruzó el Jordán en seco, habiendo abierto el camino con el manto de Elías para comenzar su ministerio en Israel. Los discípulos de Juan nos hablan algo de lo mismo, cuando ellos fueron bautizados por Juan en el Jordán, confesando sus pecados. En el Jordán entonces debe el leproso lavarse si desean ser limpios.

¿Pero no podían en Abana y el Farfar tipificar la muerte tanto como el Jordán? Ellos eran ríos de Siria, el Jordán era un río de Israel es la simple respuesta. Dios podía actuar en gracia, aun hacia gentiles, pero Aquel que actuaba de este modo era el Dios de Israel. El gentil podía encontrar bendición en esa dispensación, pero solo en una forma que establecía la preeminencia de Israel. El nombre de Dios era grande en Israel, aunque mucho Su pueblo podía haberlo olvidado. Naamán tenía que aprender de igual modo esta lección. Él debía ser sanado, pero por el Dios de Israel, y en la tierra de Israel. A través de toda esa dispensación el gentil era enseñado que debía recibir la bendición a través del judío. La mujer de Sarepta fue preservada viva a través del hambre, pero fue cuando recibió a Elías en su casa. Los ninivitas fueron salvados de una inminente ira, pero fue a la predicación de Jonás. Comparando el Jordán con los ríos de Siria, Naamán podía despreciarlo, pero allí, y solo allí, podía ser curado efectivamente.

Él debía inclinarse ante su propia vileza en la forma señalada por Dios. Eso era todo lo que tenía que hacer. Habiendo hecho eso en obediencia a Dios, él sería sanado. ¡Qué lección a aprender es esta! Confesar su inmundicia, y una inmundicia de ninguna forma ordinaria. Una vestidura, o la persona levemente manchada podía ser limpiada por un lavado. Él debía lavarse siete veces para mostrar que su contaminación era grande; pero, cuando lavado siete veces, su lepra sería quitada completamente y para siempre. ¿Podía él inclinarse a todo esto? Al principio su orgulloso espíritu se rebeló. La reprensión, sin embargo, de sus siervos prevaleció; y finalmente él obedeció.

¿Cuánto entonces él tuvo que aprender? ¿Cómo tuvo que descender? Él había aprendido de su visita a Joram que un mero hombre no podía ayudarlo. Por el mensaje del profeta aprendió que él podía dirigirlo. Por la ausencia de Eliseo aprendió lo que él pensaba de la lepra. Por la mención del Jordán aprendió que solo en la tierra de Dios podría obtener lo que deseaba; y ahora, por lavarse en el Jordán siete veces, aprendió lo que era confesar su gran inmundicia. Ahora Dios podía actuar para él. Él había descendido a su verdadero lugar; siete veces debía descender al Jordán, y las palabras del profeta fueron confirmadas; su carne vino a ser como la carne de un niño, y él limpio.

Todo es cambiado. Él se encuentra ahora con tratamiento diferente. No es más un leproso. Él había estado ante la puerta de la casa del profeta; ahora está ante el profeta, no más como un suplicante a quien el profeta no podía ver, sino como un verdadero confesor del Dios verdadero, “He aquí, ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel.” Esta no era la primera vez, ciertamente, que él cruzaba los límites entre Siria e Israel, aun así hasta ahora él no sabía que había solo un Dios, y eso en Israel. Dios, porque Israel había fallado en hacer así, ahora Dios se glorificaba a Sí mismo, y hacía que Naamán entrase en la tierra como un suplicante, y la dejara como un confesor de la verdad.

Naamán aprendió quien era Dios, y dónde podía ser encontrado, ahora aprende también que mientras podía recibir de Dios, el profeta no recibirá nada de él. Dios también debía ser glorificado en esto. Naamán podía recibir bendición, pero todo es por gracia. Cuando Dios da a pecadores, da libremente. De este modo viene la respuesta, “Vive el Señor ante quien estoy, que no recibiré nada. Y él le rogaba que recibiese; pero él se negó.” Y él actúa justamente al rechazar aquello. ¿Podía el profeta de Dios ser agradecido a un gentil? ¡Imposible! Conociendo el espíritu en el cual actuaría, como Abraham ante el rey de Sodoma, él rechazó la oferta. Esto no habría estado en acuerdo con el carácter de Eliseo si hubiese recibido esto. Ese día era para mostrar lo que Dios podía hacer. En el futuro será el día para recibir de los gentiles, de acuerdo a la brillante predicción de Isa.60.

Pero Eliseo no tomaría de él, Naamán deseaba algo de la tierra. El leproso finalmente, ahora un confesor del Dios verdadero, no se detendrá antes de ser un adorador. Él ofrecerá holocaustos y sacrificios solo a Jehová. Todos los sacrificios ofrecidos a Rimmon no obraron esta cura. Aquel a quien nunca había adorado es a quien estaba ahora en deuda por ello. Solo a Él entonces sacrificaría, y por tanto pidió dos cagas de mula para esto. Él llevaba tesoros consigo; él volvía con aquello que estimaba de valor. Lleno, en un tiempo anterior, de la superioridad de Siria sobre Canaán, él ahora desea tierra de la tierra de Israel ¿Y por qué? ¿No había artífices en Damasco para construir para él un altar para su nueva adoración? ¿No era esta su petición la prueba de una percepción como a adorador, débil, pero aun así real, de lo que es Dios, y de lo que era conveniente para Su adoración? Acaz, años después, encontró un modelo para un altar en Damasco; Naamán lleva consigo dos cargas de mula con tierra. Difícilmente podemos suponer que él estaba enterado del mandato de Dios a Israel (Ex.20:24). ¿Había él por instinto espiritual una justa percepción de lo que era necesario? ¡Que Dios no necesitaba que alguna ingenuidad humana hiciese un altar adecuado para ofrecerle sacrificios, y que nada era conveniente para la adoración de Dios en un país idolatra como el altar de tierra, un silencioso, aun así sólido testigo de la insondable distancia entre el hombre y su Creador, que no busca nada del hombre sino verdadera adoración y servicio de corazón, y a cuya gloria no puede añadir un solo rayo!

Aquí se levanta una dificultad. Naamán adorará solo a Jehová, pero ¿puede negarse a acompañar a su señor, el rey, a la casa de Rimmón? “En esto el Señor perdone a tu siervo, que cuando mi señor vaya a la casa de Rimmón para adorar allí y él se apoye sobre mi mano, yo mismo me incline en la casa de Rimmón…el Señor perdone a tu siervo esta cosa” (2 Rey.5:18). Aquí nuevamente ciertamente vemos los instintos espirituales de un alma nacida de nuevo. Recién habiendo salido del Jordán, él aprende cuan incompatible es otra adoración con la del Dios verdadero. Dios no puede admitir rival. Él ve algo de esto, y aprende que no puede haber mezcla de lo falso con lo verdadero. Él no puede adorar a Jehová y a Rimmón. Como un pagano, él podría haber introducido la adoración de Jehová a su compatriotas, como un nuevo rito, para ser practicado lado a lado con la antigua. Como un alma recién nacida ve que esto no puede ser. ¿Qué debía hacer entonces? Eliseo responde, ve en paz”, lo que a primera vista parece ser una extraña respuesta. ¿Está Dios dispuesto a compartir con otro Su gloria? ¿Podía Eliseo inclinarse en la casa de Rimmón, si fuese honrado por ser el apoyo del rey de Siria? Esta fue una sabia respuesta, si reflexionamos sobre ella. Él deja a Naamán para ser enseñado por Dios, en la medida que él era capaz de recibir esto. Él no podía aprobar lo que decía Naamán. Él no excusó esto, tampoco lo consideró livianamente. Él rehusó dirigir acerca de esto. ¿Podía Naamán andar por la fe de Eliseo?

Las palabras de Naamán muestran que él vio que era errado actuar como había hablado, pero él no veía cuán errado era. ¿Podía uno que vio claramente y que había dicho, “el Señor perdone a tu siervo en esta cosa”? Cuando era cuestión de enseñar a Naamán la gratuidad de la gracia, Eliseo es claro y decidido, cuando es cuestión de cómo Naamán debiese actuar, sus ojos teniendo sus ojos abiertos solo a medias, Eliseo lo deja con Dios. ¿No haríamos bien en seguir a veces al profeta en esto?

Como eta dificultad de Naamán fuerza sobre el pensamiento el estado moral del mundo; porque tan pronto el alma ha recibido de Dios en gracia que sus dificultades comienzan. Ésta encuentra que los caminos, máximas, y hábitos, aun la religión del mundo es opuesta a Dios. El súbdito de la gracia, enseñado acerca de sí mismo, y que se ha inclinado a la obediencia de la fe, y el cambio que en él fue produjo hacía aparente el cambio en él desde el momento que se sometió a las palabras de Dios, nos presentan una clara y simple ilustración del camino de salvación, con esta diferencia, a Naamán se le había dicho que debía lavarse; a los pecadores se les dice que deben creer. Él fue a lavarse al Jordán; los pecadores deben creer en Aquel que murió, el Señor Jesús, y ha resucitado para nuestra justificación. El objeto de fe es diferente; pero el resultado cuando es comprendido es el mismo, obediencia de fe, y la perfecta limpieza de todo lo que mancha. Y tenemos autorización divina para tomar esta historia en esta luz, porque el mismo Señor se refirió a ésta en la sinagoga en Nazaret como un ejemplo de gracia que puede ir más allá de los estrechos límites del pueblo terrenal de Dios.

Desde la gracia de Dios al gobierno de Dios.

Nunca debemos confundir estas dos cosas. Dios mostrará gracia a pecadores; Él llevará adelante Su gobierno entre Su pueblo. Giezi es un ejemplo de esto. Él no podía comprender el rechazo de Eliseo. “He aquí,” dice él, “mi señor ha librado a Naamán este sirio, al no recibir de sus manos eso que él trajo: pero, vive el Señor, correré tras él, y tomaré algo de él.” No fue para librar a Naamán que Eliseo rehusó el presente. Era porque la gracia es gratuita, y el tiempo para recibir del gentil no había llegado. Giezi no podía comprender lo uno ni lo otro. Si él hubiese poseído una justa percepción de la gracia, él se habría gloriado más bien en que los presentes volviesen a casa, un testimonio de que el Dios de Israel podía dar aun a un enemigo de Israel sin recibir algo de él en retorno. Si él hubiese estado imbuido del verdadero espíritu del tiempo, habría aprendido la inconsistencia de ser enriquecido por el sirio. Pero él no comprendió ninguna de estas cosas.

El mal deseo lo estimuló, y corrió tras Naamán hasta que alcanzó el objeto de su búsqueda. Al saludo “¿está todo bien?” él respondió, “todo bien.” ¿Por qué entonces esta prisa, por qué esta prosecución? Ansioso de obtener algo de Naamán, él ya había mentido, que nuevamente revela como él ha fallado en comprender el justo ajuste de las cosas. Dos hijos de los hijos de los profetas estaban en necesidad, y Eliseo lo había enviado a pedir algo para ellos. ¿No podía Dios haber provisto para Sus propios siervos sin despojar a un gentil? ¿No podía Eliseo mirar a Dios, y no a Naamán, para lo que ellos necesitasen? Giezi no ve la inconsistencia de en su historia. Él dice esto, él obtiene lo que pide, y más. Naamán está dispuesto a dar, eso era justo. Giezi estaba deseoso de recibir, eso era errado. Los presentes son obtenidos, y Giezi las guarda. Él ha tenido éxito en su plan, y se pone ante su señor. Otra mentira ahora es dicha. Él ahora olvida ante quien está. ¿No podía el profeta escudriñarlo? ¿No podía él probar muy severamente la exactitud de sus declaraciones? Ciego a todo, él expresa otra mentira cuando es preguntado, “¿De dónde vienes Giezi?” Él podía engañar a Naamán, él no puede engañar a Eliseo. “¿No iba mi corazón contigo, cuando el hombre se volvía de su carro para encontrarte?” Un ojo lo había visto. El corazón del profeta sabía todo. Giezi estaba ante él convencido, y la sentencia sale: “la lepra de Naamán por tanto se apegará a ti, y a tu simiente para siempre.” Él y su simiente tras él serían testigos de lo que es olvidar el carácter de su día.

“¿Es tiempo de recibir dinero, y vestiduras, olivares, viñas, y ovejas, y bueyes, siervos, y siervas?” Giezi había olvidado el carácter de su día. Israel antes de ese día había despojado a los gentiles. Ellos despojaron a los egipcios antes de partir de Egipto. Ellos se enriquecieron con el despojos de Madian antes de entrar en la tierra. Esto estaba en acuerdo con los tiempos. Las joyas de oro fueron dedicadas al servicio del santuario (los que no habían sido usados para hacer el becerro de oro). El saqueo de los madianitas fue repartido como Dios lo dirigió; pero Giezi no tuvo mandamiento para recibir de Naamán, y no tuvo intención de enriquecer el santuario con sus dones.

Además, todo esto estaba en acuerdo con el carácter de su día. La presencia de Eliseo en Israel como profeta estaba en consecuencia de su alejamiento de Dios. El siervo debiese haber discernido esto. La presencia del profeta era una constante protesta contra la condición del pueblo entre quienes él moraba. ¿Aquellos que profesaban conocer esto para actuar como si el tiempo de descanso y gozo hubiese llegado? Este era el día para protestar contra el establecimiento de Israel como “viñas”, sin interés acerca de la gloria de Dios, e indiferencia a las demandas de Su santidad.

¿Debían los profesantes siervos de Jehová actuar como si la guerra hubiese terminado? Bajo un rey idolatra en Samaria no podía haber descanso para aquellos que tenían comprensión de los tiempos. Un rey en Samaria, con el heredero de David sentándose sobre su trono en Jerusalén, mostraba enseguida que todo no estaba justo, tampoco el tiempo para gozo había llegado.

La condición de cosas alrededor de ellos, los siervos de Dios pueden no ser fortalecidos para alterar, pero no deben consentir en ésta. Eliseo sabía esto, y actuó conforme a esto. Giezi estaba cegado a esto, y de esta manera cayó bajo el ejercicio del gobierno de Dios. Para Israel amanecerá el día cuando cada uno de ellos se sentará bajo su vida e higuera. Pero el tiempo para reposar, y sentirse como en casa en la tierra, no había llegado. Giezi olvidó todo esto. ¿Necesitamos mostrar cómo esto tiene una lección para los creyentes ahora? Que podamos mostrar como Eliseo que tenemos el pensamiento de dios, y conocemos el carácter de nuestro día, y lo que es conveniente a éste. “Queda por tanto un descanso para el pueblo de Dios.” Este es futuro, no presente. Éste será gozado arriba, y no sobre la tierra.

                                                     C. E. STUART