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LA OVEJA PERDIDA

 

Versículos 1 al 7:

 

            “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come. Entonces Él les refirió esta parábola, diciendo:

            ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone gozoso sobre sus hombros; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”.

 

            Cuán ciego es clasificar a los hombres que van a perdición, aquello que era intolerable para los fariseos era la gracia de Dios “que a pecadores recibe”. Pero, por otra parte, si nuestro Señor Jesús, durante su andar en esta tierra no hubiese comido con pecadores, entonces ¿Con quién hubiese comido? Ellos no se dan cuenta de esto, ellos se creen justos, sin necesidad de arrepentimiento, mejores que el resto; muchos en nuestros días se ven a sí mismos de esta manera, y de esta forma cierran la puerta y se escandalizan de la gracia de Dios. Solamente la fe puede llevar luz a los ojos para visualizarnos a nosotros mismos y a los demás como pecadores y por ende necesitados de Su gracia.

            Esta parábola nos enuncia no el gozo de la oveja por ser buscada y encontrada, sino el gozo del Señor por la salvación de un alma. Esto es el gozo de Cristo Jesús, el buen Pastor, fue Él quien vino y emprendió la tarea de buscar lo perdido, aquel que está en peligro es el que atrae Su amor, “Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso” la oveja puede disfrutar esos beneficios. Pero si Él la puso en sus hombros ¿Quién la podrá sacar de allí?

            Así también el apóstol Pedro escribe a los creyentes judíos: “Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas” (1 Pedro 2:25).

            “Y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido”. El hombre natural no se goza ni entiende el significado de que un pecador se vuelva a Dios, por esto, al final de la parábola se nos habla de un gozo en el cielo, no en este mundo, luego, esta casa, los amigos y vecinos nos muestran “que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente”. Es muy apropiado que sea así, que toda la casa participe de ello. Pero hay algo más aparte, y es el gozo del corazón de Dios, esto lo podemos vislumbrar en el relato de Juan 4:27-32, “En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaban de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella? Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él. Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis”.

            Esta es la expresión del corazón de Cristo cuando a su vez experimentaba este gozo, el cual era muy profundo, silencioso e íntimo. Se trataba de un momento maravilloso y especial, la porción más excelente, la grosura reservada, “la comida de Dios”, era así servida, esto es, la fe salvadora en un alma.

 

            Sin embargo, “A los suyos vino y los suyos no le recibieron”, el buen Pastor debió salir del mundo religioso de su tiempo, y los suyos salieron tras Él, según lo vemos en el Evangelio de Juan:

 

Capítulo 8: 59 y capítulo 9, versículos 8 al 41:

 

            “Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo; y atravesando por en medio de ellos, se fue”.

            “Y le dijeron (al ciego): ¿Cómo te fueron abiertos los ojos? Respondió él y dijo: Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al (estanque de) Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista. Entonces le dijeron: ¿Dónde está él? Él dijo: No sé.

            Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Y era día de reposo cuando Jesús había hecho el lodo, y le había abierto los ojos. Volvieron, pues, a preguntarle también los fariseos cómo había recibido la vista: Él les dijo: Me puso lodo sobre los ojos, y me lavé, y veo. Entonces algunos de los fariseos decían: Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales? Y había disensión entre ellos. Entonces volvieron a decirle al ciego: ¿Qué dices tú del que te abrió los ojos? Y él dijo: Que es profeta.

            Pero los judíos no creían que él había sido ciego, y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, y les preguntaron, diciendo: ¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora? Sus padres respondieron y les dijeron: Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego; pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo. Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos, por cuanto los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle a él.

            Entonces volvieron a llamar al ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador. Entonces él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo. Le volvieron a decir: ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? Él les respondió: Ya os lo he dicho, y no habéis querido oír; ¿Por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos? Y le injuriaron, y dijeron: Tú eres su discípulo; pero nosotros, discípulos de Moisés somos. Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a ése, no sabemos de dónde sea.

            Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace Su voluntad, a ése oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer. Respondieron y le dijeron: Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros? Y le expulsaron.

            Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró”.

 

Jesús se separa de Israel. El pueblo es dejado en las tinieblas. Jesús, “la luz del mundo”, avanza, y encuentra un hombre ciego desde su nacimiento; en este Sus obras podían ser plenamente manifestadas. El ciego estaba en el mundo, teniendo parte en la condición de todos los hombres; pero el Hijo había venido a ser la luz del mundo y como tal, por lo tanto, se pone a realizar Su trabajo de gracia y poder; y abre los ojos de este mendigo ciego.

            ¿Importaba esto a Jerusalén? Las tinieblas reinaban, y aunque la luz brillaba, ésta no era comprendida. También vemos que ellos “trajeron a los fariseos a aquel que había estado antes ciego”. Había en Jerusalén una alta corte investigadora, donde los actos del Hijo de Dios debían ser examinados. Ellos comienzan por cuestionar al hombre mismo, pero no reciben el apoyo que esperaban, y se dirigen a testigos más dóciles; llaman a sus padres. Buscan desviar la cuestión, y conducir todo el asunto de manera a no comprometer su orgullo, ni revelar su estado moral, y dicen al ciego: “da gloria a Dios; sabemos que este hombre es un pecador”. El pobre hombre mantiene lo que ya había dicho. Ellos tratan de atemorizarlo “Tú, eres discípulo de Él; pero nosotros, somos discípulos de Moisés”. El hombre es todavía guardado, y va de poder en poder. Al que tiene, más se le da; él sigue la luz que lo conduce, hasta que esta brilla de manera de hacerle discernir las tinieblas donde estaban los fariseos; y entonces estos, lanzan contra él sus amenazas y lo arrojan fuera de la sinagoga.

            ¿Y cual es el lugar adónde lo arrojan? Allí donde la presencia de Jesús se encontraba, , es a la puerta del cielo, porque el Señor ya había sido expulsado antes que él. La oveja del rebaño había sido “llevada fuera”, pero para encontrar al Pastor que “iba delante de ella”. Ellos están juntamente en este lugar de rechazo y de ignominia. Este encuentro era una verdadera reunión. Antes el pobre israelita, había encontrado en Jesús a su Médico; ahora, expulsado encuentra en Él, al Hijo de Dios; él aprende a conocer en Él a Aquel que le ha abierto los ojos, y que le habla ahora que ha sido expulsado de la sinagoga. Es de este modo que nuestro carácter de pecadores, nos pone en la más dulce y preciosa intimidad con el Señor de la vida y de la gloria. Como criaturas, conocemos la fuerza de Su brazo, Su Divinidad, sabiduría, bondad; pero como pecadores, vemos qué amor hay en Su corazón y cuáles son los tesoros de Su gracia.

            Destaquemos el cambio de tono en el pobre mendigo. En presencia de los fariseos, él es firme e inflexible; él no modifica por un instante la expresión de la justicia y de la verdad de la cual tenía conciencia. Pero desde el momento que está con el Señor es todo humildad y dulzura, poniéndose como nada, por decir así, a Sus pies. ¡Qué hermoso ejemplo de la operación del Espíritu de Dios! Ante el hombre, firmeza; pero una actitud de adoración ante Aquel que nos ama y nos ha rescatado.

            Sin embargo, a pesar de que este lugar está fuera de la comunión con la religión hasta ese entonces, establecida por Dios en el mundo (judaísmo), este es el lugar donde el Señor del cielo y de la tierra estaba con el pobre pecador, no era solamente donde éste había encontrado la libertad y la dicha, sino también un vasto campo de observación para el Señor. Dirigiendo desde allí Su mirada nos entrega la parábola del “buen Pastor”.

 

 

Juan 10, versículos 1 al 6 y 11 al 14:

            “De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Más el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es. A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

            “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.

            Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen”.

 

La escena que se ha presentado mostraba que Jesús, nuestro Señor, había entrado por la puerta en el redil, porque Él había venido haciendo las obras del Padre, probando de este modo que Él poseía la confianza del Amo y Dueño del redil, y que era el Pastor reconocido del rebaño. Mas, habiendo venido a ser un extranjero a Israel, le quedaba sólo guardar los rebaños de Su Padre en otros lugares, fuera de la comunión de la sinagoga. Los fariseos que lo resistían eran necesariamente ladrones y salteadores; ellos subían por otras partes al redil; y este pobre mendigo era una de las ovejas del rebaño que, habiendo rehusado escuchar la voz de los extraños, y escuchado y conocido la voz de Aquel que había entrado por la puerta, encontraba con Él seguridad, reposo y alimento. “Jehová es mi Pastor, nada me faltará, en lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará... Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, Y en la casa de Jehová moraré por largos días” (Salmo 23). No son las bendiciones que Él nos puede entregar lo que asegura el corazón, sino Su misma presencia en nuestra vida. Las debilidades humanas, la muerte, el mal, son solamente ocasiones para mostrar muy evidentemente que nuestro Señor Jesús (Jehová salva), el Pastor, es la salvaguardia de su pueblo. “Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida” De ahí que el corazón al confiar en Él cuente con el futuro, el cual para el creyente es tan cierto y seguro como el pasado.

            Todo esto se desarrolla en lo que hemos tenido ante nuestros ojos, y es expresado en la parábola del Pastor y las ovejas, precioso comentario de la condición nueva del pobre hombre que había sido puesto fuera de la comunión. Desde el punto de vista de los judíos (ellos habrían querido que el mendigo juzgase como ellos), él acababa de ser separado de toda seguridad visible, al ser separado de ellos. El Señor nos hace ver que al contrario, es desde entonces solamente que el pobre hombre ciego está en seguridad; y si él se hubiese quedado con ellos, habría venido a ser la presa de ladrones. Ahora, sin embargo, el que había sido un pobre ciego, ha sido encontrado y recogido por Aquel que, para darle la vida, iba a dejar la Suya. Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.

Dios es amor; y cuando lo sabemos, hayamos en Dios el reposo que no existe en ninguna otra parte.

 

            Estimado lector, quiera Dios preparar su corazón para que las palabras dichas a los creyentes hebreos, puedan ser dirigidas a usted:

            “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran Pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis Su voluntad, haciendo Él en vosotros lo que Le es agradable por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”. (Hebreos 13:20-21).

 

 

Adaptación de un estudio del Ev. Juan por Bellett,

 del Ev. Lucas por W.Kelly y de los Salmos por J.N.Darby

“Sino que hablo palabras de verdad y de cordura”.

(Hechos 26:25)