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ISAÍAS 6:1-8

En este sublime pasaje de la Escritura tenemos en cuenta dos prominentes objetos, es decir, el trono y el altar; y además, percibimos la acción de estos dos objetos sobre el alma del profeta. Toda la escena está llena de instrucción e interés. ¡Podamos mirar esto justamente!


         “En el año que murió el rey Uzías, vi al Señor sentado sobre un trono, alto y sublime, y Sus faldas llenaban el templo” esta fue una solemne y subyugante visión para el alma. Siempre es una seria cosa para un pecador encontrarse ante el trono de Dios con las incontestables demandas de ese trono sobre su conciencia. Isaías encontró que esto era así. La luz del trono le reveló su verdadera condición. ¿Y qué era esa luz? La gloria moral de Cristo, como leemos en el evangelio de Juan, “Estas cosas dijo Isaías, cuando vio Su gloria, y habló acerca de Él” (Isa. 12:41).


Cristo es el perfecto standard por  medio del cual cada uno debe ser medido. No importa lo que yo pueda pensar de mí mismo, ni lo que otros puedan pensar acerca de mí; la cuestión es ¿cómo soy visto en la presencia de Cristo? La ley puede decirme lo que debo ser; la conciencia me dice lo que no soy; pero es solo cuando los brillantes rayos de la gloria moral de Cristo me rodean es que soy capacitado para formarme una justa estimación de lo que soy. Entonces las cámaras ocultas de mi corazón son abiertas, y las secretas fuentes de la acción son reveladas, la real condición es manifestada.


Pero quizás mi lector pueda preguntar, ¿qué piensa usted por la gloria moral de Cristo? Pienso por ello en la luz que brilló en Él cuando estuvo aquí abajo en la oscuridad de este mundo. Fue esta luz la que detectó al hombre, que manifestó lo que este era, que trajo a la luz y superficie todo lo que había en el. Era imposible para alguno escapar a la acción de esta luz. Esta era un perfecto resplandor de pureza divina, en vista de la cual el serafín solo podía exclamar, “¡Santo, santo, santo!”.


¿Debemos sorprendernos entonces  si cuando Isaías se vio a sí mismo en la luz de esa gloria y clamó, “¡ay de mí! Porque estoy muerto”? No; esta era la adecuada expresión de uno cuyo corazón ha sido penetrado en su mismo centro por una luz que manifiesta todas las cosas de manera perfecta.


No tenemos razón para suponer que Isaías en algún respecto era peor que sus vecinos.  No se nos dice que el catálogo de sus pecados era más pesado u oscuro que los de los miles de personas que lo rodeaban. Él puede haber sido a las apariencias humanas como los demás. Pero ¡ah! No fue al pie del monte que ardía en fuego cuando “la ministración de muerte y condenación” fue dada de en medio de truenos y relámpagos, oscuridad y tinieblas, y tempestad. No fue allí que estaba él, aunque Moisés allí ha tenido que decir, “estoy aterrorizado”; sino que fue en la presencia de la gloria de Cristo, el Señor de Israel, que estaba nuestro profeta cuando se vio a sí mismo “inmundo” y “muerto”. Esta era su condición cuando se vio en la luz que revela lo que es el hombre y las cosas como son realmente.


“estoy deshecho (muerto)”. Él no dice, “¡Ay de mí!, no soy lo que debiese ser!” No; él vio más profundo que esto. Él era revelado, manifestado en el poder de una luz que alcanza lo más profundo del alma y saca a luz “los pensamientos e intentos del corazón”.


Isaías nunca se había visto a sí mismo en esta luz_ medido él mismo por semejante regla_ y pesado él mismo en tal balanza. Él ahora se vio en la presencia del trono de Jehová sin ninguna habilidad ninguna para satisfacer las demandas de ese trono. Él “vio a Jehová sentado sobre un trono, alto y sublime” Él se vio a sí mismo sin ayuda, arruinado, como pecador culpable, a una infinita distancia de ese trono y de la bendita Persona que se sentaba sobre este. Él escuchó el clamor del serafín, “¡Santo, santo, santo!”; y la única respuesta que podía expresar de la profundidad de un corazón quebrantado como estaba fue, “Inmundo, inmundo, inmundo”. Él vio un abismo de culpabilidad e inmundicia que lo separaba de jehová que ningún esfuerzo podría  aún cruzar.


Así fue con él en ese solemne momento cuando expresó ese grito de un alma verdaderamente convencida de pecado, “¡Ay de mí!” Él estaba completamente absorbido con un solo pensamiento, es decir, con su propia y absoluta ruina. Él se sintió a sí mismo un hombre completamente perdido. Él no pensó compararse con otros, ni de buscar a un compañero pecador peor que él. ¡Ah, no! Un alma convencida divinamente de su pecado nunca piensa así. Hay una gran idea  que se extiende  a través de todo, y esta es expresada en las palabras, “soy muerto”.


Notemos cuidadosamente que  el profeta cuando estaba bajo esta luz convincente del trono no está ocupado con lo que ha o no ha hecho. La cuestión ante su alma no fue en cuanto al mal o bien hecho o no. No; fue algo más profundo que esto. En una palabra, él no estaba ocupado con sus hechos, sino con su condición. Él dice, “soy” ¿qué? ¿Defectuoso en muchas cosas? ¿Lejos de cumplir mis deberes? ¿Deplorablemente lejos de lo que debiese ser? No. Estas y semejantes confesiones nunca podrían contenerse en la experiencia de un corazón sobre el cual los brillantes rayos del trono de Jehová han caído en poder convincente.


Es verdad que “hemos hecho lo que no debíamos hacer, y no hecho lo que si debíamos realizar”. Pero todo esto es solamente el fruto de una naturaleza radicalmente corrupta, y  cuando la luz divina penetra en nosotros siempre nos guía hasta la raíz del mal. No solamente nos conducirá de hoja en hoja, o de rama en rama, sino que pasando por el tronco manifestará las raíces ocultas de esa naturaleza que heredamos por nacimiento de nuestros primeros padres, y que nos hace ver que la cosa es completa e irremediablemente arruinada. Entonces somos constreñidos a clamar, “¡Ay de mí!” no porque mi conducta ha sido defectuosa, sino que mi naturaleza es mala.


De este modo es que Isaías  se vio ante el trono de Jehová. Y oh, ¡qué lugar para un pecador! No hay excusas allí_ circunstancias paliativas allí_ ni cláusulas calificativas _ ni censuras de otros hombres o cosas. Solo se ve un objeto allí_ visto en su culpabilidad, desgracia y ruina, y ese objeto es el yo. En cuanto a ese objeto el relato es fácilmente narrado. Todo es resumido en esa muy sugestiva, palabra, “muerto” Si; el yo debe morir. Esto es todo lo que puede decirse acerca de este.  Haga lo que usted quiera con este, no puede hacer algo sino desesperanzador; y mientras más y completamente esto sea comprendido mejor.


Algunos toman bastante tiempo en aprender esta fundamental verdad. Ellos no han, estado en la plena luz de ese trono, y como consecuencia no han sido guiados  a clamar con suficiente énfasis o intensidad, “soy muerto” Es la gloria que brilla desde el trono que produce el clamor de la profundidad del alma.


Todos los que han estado ante este trono han dado la misma confesión, y siempre se encontrará que es en justa proporción a nuestra experiencia de la luz del trono, así también será nuestra experiencia de la gracia del altar. Las dos cosas invariablemente van juntas. En este día de gracia el trono y el altar están conectados. En el día de juicio “el gran trono blanco” se verá sin altar. No habrá gracia entonces. La ruina se verá entonces  sin el remedio, y en cuanto al resultado  este será eterna perdición. ¡Terrible realidad! Oh ¡tenga cuidado de tener que enfrentar la luz de ese trono sin la provisión del altar!


Esto nos conduce, naturalmente, al segundo objeto en la interesante escena que tenemos ante nosotros, es decir, el altar. En el mismo momento que Isaías expresó la profunda convicción en la cual estaba, fue introducido a las divinas provisiones del altar. “Entonces uno de los serafines voló hacia mí, teniendo un carbón encendido en su mano,  que había tomado del altar; y lo colocó sobre mí boca, y dijo: he aquí, esto ha tocado tus labios; y tu iniquidad ha sido quitada”.


Aquí, entonces, tenemos las ricas provisiones del altar de Jehová, que, recordemos bien, es visto en directa conexión con el trono de Jehová. Las dos cosas están íntimamente conectadas en la historia y experiencia de cada alma convencida de pecado y convertida. La culpabilidad que el trono detecta, el altar la remueve o quita. Si en la luz del trono un objeto es visto, es decir,  el arruinado y culpable y muerto yo; después, a la luz del altar, un objeto se ve, la plena y preciosa suficiencia de Cristo. El remedio alcanza la plena extensión de la ruina, y la misma luz que revela lo uno, revela también lo otro. Esto da un establecido reposo a la conciencia.


Dios mismo ha proveído un remedio para toda la ruina que la luz de Su trono ha revelado “Esto ha tocado tus labios; y tu iniquidad es quitada”. Isaías fue llevado en directo contacto personal con el sacrificio; y el resultado fue la perfecta remoción de su iniquidad, la perfecta limpieza de todo su pecado.


Ni una sola mancha ha quedado. Él no podía permanecer en la luz de ese trono que ha detectado y expuesto su inmundicia y conocido ciertamente por esa misma luz que ni un pedacito de inmundicia quedaba. La misma luz que manifestó su pecado, manifestó también la eficacia de la sangre o altar para limpiar.


Tal, entonces, es la preciosa y hermosa conexión entre el trono y el altar, una conexión que puede fácilmente ser trazada a través de todo el volumen inspirado desde Génesis hasta Apocalipsis, y a través de toda la historia de los redimidos de Dios desde Adán hasta el presente. Todos los que han sido verdaderamente llevados a Jesús han experimentado la luz convincente del trono, y las virtudes que dan paz del altar.  A todos se les ha hecho sentir su ruina y han clamado, “soy muerto” todos han sido llevados en personal contacto con el sacrificio, y tienen sus pecados quitados.


La obra de Dios es perfecta. Él convence de pecado y limpia de este perfectamente. No hay nada superficial cuando Él está realizando Su poderosa obra. La flecha de convicción penetra hasta el mismo centro del alma, solo para ser seguida por la divina aplicación de esa sangre que no deja mancha sobre la conciencia; y mientras más profundamente penetrados por esa flecha, más profunda y estable es nuestra experiencia del poder de la sangre. Es bueno ser completamente sondeado al principio_ bueno que las cámaras secretas del corazón sean plenamente abiertas a la acción convincente del trono, porque entonces estamos seguros de cogernos más audazmente de esa preciosa sangre expiatoria que habla paz a cada corazón creyente.


Permítame detenerme aquí por un momento y señalar el estilo particular de la acción divina en el caso del profeta.


Sabemos cuánto depende de la forma en que la cosa sea realizada. Una persona puede hacerme un favor, pero puede hacerlo en una forma  en cuanto a quitarle todo el bien a ello.


En la escena ante nosotros no solamente vemos un maravilloso favor conferido, sino conferido en una tal manera  a permitirnos entrar en los mismos secretos del seno de Dios. El remedio divino no solo fue aplicado cuando Isaías vio su ruina, sino que aplicado de una manera a permitirle  conocer con certeza que todo el corazón de Dios estaba en la aplicación. “Entonces voló hacia mí un serafín” la rapidez del movimiento nos habla de volúmenes. Nos habla claramente del intenso deseo del cielo para tranquilizar la conciencia convencida de pecado, para sujetar el corazón quebrantado y sanar el espíritu herido. La energía del amor divino dio rapidez al mensajero. Al serafín, cuando este volaba hacia abajo desde el trono de Jehová donde estaba el pecador convencido de pecado.


¡Qué escena! Uno de estos mismos serafines que cubrían su rostro estaba sobre el trono de jehová clamando, “Santo, santo, santo”, pasa del trono al altar, y del altar a las profundidades del corazón de un pecador convencido, para aplicar las virtudes balsámicas del sacrificio divino. Tan pronto como la flecha del trono ha herido el corazón, que el serafín desde el altar “vuela “para sanar la herida. Tan pronto como el trono ha derramado su diluvio de luz viva para revelar al profeta la negrura de su culpabilidad que un río de amor baja sobre él desde el altar y borra cada traza de pecado. Esta es la forma_ ¡del amor de Dios hacia pecadores! ¿Quién no podría confiar en Él?


Amado lector, quienquiera que sea usted, en sincero deseo por el bienestar de su alma inmortal, permítame preguntarle si ha experimentado la acción del trono y del altar. ¿A usted alguna vez apartado de toda esa falsa luz que el enemigo de su preciosa alma arroja a su alrededor para impedirle obtener una verdadera mirada o conocimiento de su total ruina? ¿Ha estado alguna vez donde se encontró Isaías y clamado, “¡ay de mí, porque soy muerto”? Si es así, es su privilegio entrar en este mismo momento en el rico goce de todo lo que Cristo ha hecho por usted sobre la cruz.


No necesita ver ninguna visión. No necesita ver un trono, un altar, a un serafín volando. Usted tiene la palabra de Dios para asegurarle que “Cristo sufrió por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). Esa misma palabra le asegura que “todos los que creen son justificados de todas las cosas” (Hechos 13:39).


¿No es esto mejor que cualquier visión de algún serafín? Isaías creyó que su iniquidad le había sido quitada, cuando el mensajero angélico le dijo así. ¿Y usted no creerá que Jesús murió por usted cuando la palabra de Dios lo dice así?


Pero quizás usted diga, “¿cómo puedo saber que Jesús murió por mí? Respondo, en la forma en que cualquiera puede conocer esto, simplemente por la Palabra de Dios. No hay otra forma de conocer esto. Pero tal vez aún objetará, “no veo mi nombre en la palabra de Dios” No; y aunque su nombre estuviese allí esto no lo dejaría satisfecho, ya que hay miles que pueden tener su nombre. Pero usted ve su estado, carácter, y condición. Puede ver su fotografía mostrada con precisión divina, sobre la página de la inspiración por la acción de esa luz que manifiesta todas las cosas.


¿No se reconoce usted mismo como un pecador? ¿un profundo y arruinado pecador? Si la muerte de Cristo se aplica perfectamente a usted como “el carbón vivo” a Isaías cuando el serafín lo declaró a él, “esto ha tocado tus labios” La palabra es, “si alguno dice he pecado”, ¿qué entonces? ¿Él le enviará al infierno? No; “Él le libertará”. Desde el mismo momento que usted toma su verdadero lugar, y clama “soy muerto” todo lo que Cristo ha hecho, y todo lo que Él es vine a ser suyo, nuestro ahora, suyo para siempre. No necesita hacer ningún esfuerzo para mejorar su condición.


Cualquier esfuerzo de mejoramiento no es sino la evidencia que usted no se reconoce tan malo, y cuan incurable es. Usted está “muerto” y como tal, tiene que detenerse  y ver la salvación de Dios, una salvación cuyo fundamento fue hecho en la cruz de Cristo, una salvación que el Espíritu Santo revela sobre la autoridad de esa Palabra que ha sido establecida para siempre en el cielo, y que Dios “ha exaltado conforme a todo Su nombre” ¡Pueda el bendito espíritu guiarlo a conocer dónde poner su confianza, en el nombre de Jesús, de manera que al terminar de leer estas páginas,  pueda saber que su “iniquidad es quitada, y su pecado limpiado” Entonces será capaz de seguirme, y en unas pocas palabras finales, trataré de desplegar ante usted el resultado práctico de todo lo que ha estado cautivando nuestra atención.


Hemos visto la completa ruina del pecador; el perfecto y completo remedio en Cristo; miremos ahora al resultado, como se muestra en la sincera y completa consagración al servicio de Dios. Isaías no tenía nada que hacer para su salvación, pero tienen abundancia que hacer por el Salvador. Él no tenía nada que hacer para tener sus iniquidades quitadas, pero abundancia que hacer por Aquel que lo ha limpiado de todo pecado. Ahora él se da voluntariamente, la expresión de la obediencia a Dios cuando, escuchando que se necesitaba un mensajero, él exclamó, “he aquí, envíame a mí”.

Esto pone a las obras en su verdadero lugar. El orden es absolutamente perfecto. Nadie puede hacer buenas obras hasta que haya experimentado, en algún grado, la acción del “trono” y del “altar”. La luz de lo anterior debe mostrarle lo que él es, y las provisiones de lo último deben mostrarle lo que es Cristo, y ahora puede decir, “Heme aquí, envíame a mí”.


Todo está ahora arreglado, una verdad universal, establecida en cada sección de la inspiración, e ilustrada en la biografía de los santos de Dios y de los siervos de Cristo en cada edad, en cada condición. Todos han sido llevados a ver su ruina a la luz del trono, para ver el remedio en las provisiones del altar, para que puedan exhibir el resultado en una vida de consagración práctica. Todo esto es de Dios el padre, a través del Hijo de Dios, por el Espíritu Santo, a quien sea toda la gloria, por siempre. ¡Amén, amén!

C.H.M.