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LAS CAUSAS DE LAS DIFERENCIAS DE OPINIÓN

 

El primer y más gran deseo de nuestro Señor para Sus discípulos sobre la tierra fue que ellos fuesen conforme a la misma forma de unidad que existe entre Él y el Padre. La unidad de todos los santos en pensamiento y juicio debiesen haber sido la evidencia más impresionante para el mundo; entonces Él dice, “para que el mundo pueda creer que Tú me has enviado.” Nada podría cautivar más y tender a convencer a la multitud de hombres en general que el asombroso, nuevo, y sin precedentes, de que un pensamiento y juicio fuese mantenido por todos los creyentes en Cristo; no podría haber mayor evidencia que un Dios gobernando y guiando a todos y cada uno; que el hombre, con todos sus sentimientos peculiares y ensimismamiento abandonándolos, y que un santo, y comprensivo pensamiento y juicio dirigiera y gobernara a cada uno de ellos. El antiguo dicho, “cada uno para sí mismo,” es contradicho completamente por la gran verdad que los santos estuviesen perfectamente unidos en un mismo pensamiento y juicio. Es claro que Dios no puede tener dos opiniones acerca de algo, y por tanto si hay diferencias de opinión en los hombres, debe haber un alejamiento del pensamiento divino en un lado, o como es a menudo el caso, en ambas partes. Es por tanto una cosa muy seria diferir en opinión con los santos, porque esto debe significar ya sea que estoy defendiendo lo que no es de Dios, o que él lo está haciendo. No debiera existir una cosa semejante como ponerse de acuerdo para diferir, aunque puede y debe haber tolerancia ante juicios diferentes.

Una vez que se admite que es el pensamiento natural en nosotros lo que estorba la verdadera y clara aceptación del pensamiento de Dios, hay al menos una oportunidad presentada para ejercitarse uno mismo ante el Señor en cuanto a lo correcto de las vistas y opiniones de uno. Aprendemos de Jn.17 que somos del mundo o del Padre. Si somos del Padre nuestras opiniones deben estar en perfecta armonía; ninguno debería ver de manera diferente a los otros; algunos podrían ver más que otros, pero todos verían en la misma dirección. Puede haber diferentes medidas de la misma clase de árbol, pero es una cosa completamente distinta que haya diferentes árboles con diferentes formas y reglas de crecimiento, etc. Si no tuviésemos juicio propio, y si nuestros pensamientos fuesen como una hoja en la cual nada se ha escrito, y sobre la cual nada pudiese escribirse salvo la palabra de Dios, no tendríamos ningún pensamiento sino el pensamiento del Señor; y este es el gran fin de las escrituras; no es solamente que ellas nos dan luz acerca de ciertas cosas, sino que ellas nos forman en el pensamiento de Dios acerca de todo. Usted nunca encontrará que comprende el pensamiento del Señor de algún número de temas, que puede haber estudiado en las Escrituras; usted debe estudiar la revelación de Dios como un todo, y cuando haga así, en su mente comenzará a considerar las cosas como Él las considera. Temas o doctrinas aislados en alguna extensión solo pueden informarlo respecto a estos mismos, y aunque completamente necesario son de comparativamente poca importancia en cuanto a la gran importancia de estar en la corriente del juicio de Dios acerca de cada cosa; y este maravilloso favor usted solo puede obtenerlo por medio de una plena comprensión, de toda la revelación que Él se ha complacido en darnos. Un estudiante de geografía debe comprender el globo primeramente antes de poder determinar la latitud de algún país en particular, de la misma manera el estudiante cristiano comprende el alcance y propósito de la Biblia antes de poder verdadera y plenamente definir temas y doctrinas particulares.

Hay, puedo decir, cuatro causas para las diferencias de opinión, lamentablemente, tan ampliamente y extendías entre nosotros, y humillantes para todos. ¿Qué puede ser un cuadro más humillante que ver a los miembros de un solo cuerpo, y cada uno siendo un templo del Espíritu Santo, sosteniendo y defendiendo con toda la fuerza de sus habilidades, opiniones claramente distintas de otros?

La primera causa es la ignorancia. Pienso que muchos no están lo suficientemente iluminados en cuanto a la palabra de Dios de manera a ser capaces de ver o aceptar lo que otros ven que ha sido claramente revelado. Tomás es un ejemplo de ignorancia cuando él dijo, “No sabemos dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?” Nicodemo era ignorante; también el eunuco, y Apolos era ignorante. Hay una característica distintiva acerca de uno que es simplemente ignorante, es decir, que él desea ser informado, y es realmente receptivo; en estos casos, y supongo que en cada caso donde hay un sentido de ignorancia, la luz en misericordia es suplida a través de algunos medios.

Mera ignorancia, donde no hay voluntad, no es un estorbo para el Espíritu de Dios; entonces el apóstol dice, en Fil.3:15, “Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios.” Muchos son ahora ignorantes de la verdad dispensacional, y ellos sostienen que lo que fue aprobado por Dios en un tiempo para Su pueblo es consistente para el presente; y ciertamente nada podría causar más grande diferencia de opinión que oscuridad en cuanto a las variadas dispensaciones desde Adán hacia adelante en contraste con una clara comprensión de estas. Un creyente sincero razonará y por la Gloria terrenal porque David fue un gran soldado y un poderoso rey, considerando que otro, que contempla el rechazo del Rey de reyes, sabrá que la gloria del hombre ha pasado y que la única verdadera grandeza ahora es a través del Espíritu de Dios. La diferencia de opinión entre dos que sostienen cada uno de estos credos debe ser tan grande, y opuesta, como para que no haya punto de acuerdo en ninguno de los puntos. Ellos difieren esencialmente de manera que todo lo que se dice y hace lleva la marca de esa diferencia, y aun así la gran mayoría de los creyentes en estos momentos se encuentra en esta ignorancia de la verdad dispensacional. El rechazo de Cristo no es visto, y hay muy pocos que real y simplemente ven el actual periodo como siendo característicamente el periodo de la iglesia; ellos no niegan la iglesia, pero no ven que ella fue formada y manifestada posterior al rechazo de Cristo por el hombre sobre la tierra, de manera que la iglesia debe ser característicamente celestial y no terrenal.

Ahora, la razón por la cual esta ignorancia no es iluminada y corregida se debe a que, con la mayoría no es simplemente ignorancia como fue con Nicodemo, Tomás o María Magdalena; ésta ha crecido hasta volverse en prejuicio, que es otra causa para diferencias de opinión. Los prejuicios brotan en las personas por haber sido educados e instruidos en un sistema religioso. La conciencia ha estado bajo la convicción de que ella está sometida a la única religión verdadera, y de ahí que, mientras más la religión se acerca a la verdad en formas y ceremonias externas, más difícil es liberar la conciencia de ese sesgo que yo llamo prejuicio. Es una inmensa cosa liberar la conciencia de alguna imposición u ordenanza religiosa fundamentada sobre la autoridad de la palabra de Dios. Este fue el prejuicio de los judíos, y que los gobernó hasta tal extensión que pensaron que hacían servicio a Dios al matar a los cristianos. “Ellos tienen celo de Dios pero no conforme a conocimiento.” No son solamente los detalles de una religión lo que es difícil erradicar, sino cualquier cosa que haya asido la conciencia como una demanda especial a la cual se aferra con tenacidad. Y de esta manera es con los creyentes; lo que la circuncisión fue para los judíos, es para muchos cristianos la ley, como regla de vida, como también las dos ordenanzas, el bautismo y la cena del Señor, en varias formas de administración. Los prejuicios juzgan todo, aun la palabra de Dios, a la luz del dogma religioso que gobierna la conciencia, y no hay ruptura con los prejuicios sino realmente por poner a un lado al hombre en la muerte. Entonces el apóstol Pablo, un hombre con los más elevados prejuicios, uno que podía decir “conforme a la más estricta secta de nuestra religión, yo vivía como Fariseo”, fue llamado a ser el testigo en poder divino de la completa superioridad sobre todos los prejuicios.

La tercera causa es la conveniencia. Esto a menudo ocurre donde no hay ignorancia ni prejuicio, y simplemente se levanta por el hecho de contemplar las cosas con relación al hombre en lugar de Dios. Santiago por conveniencia presionó e indujo a Pablo a mostrar su celo por la ley (Hech.21). La utilidad está generalmente fundamentada sobre la conveniencia, que presenta la demanda de la necesidad, aparte del pensamiento y voluntad del Señor. Este fue el error de Marta, su obra era útil y necesaria viendo como el hombre ve; pero ella consultó con su propio pensamiento y no con el Señor. Es asombrosa la divergencia de opinión que debe existir entre María y Marta; mientras más conveniente parece ser la cosa, más difícil es renunciar a ello por la palabra de Dios. Nada parecía más natural para David que, sentarse en su propia casa de cedros, que desear edificar una casa a Dios; y aunque era bueno que esto estuviese en su corazón, aun así la palabra de Dios no le permitió realizar esto. Sería difícil efectuar un acuerdo entre el hombre de conveniencia y el hombre de fe que es simplemente guiado por la palabra, de manera a hacer que un hombre que mira al oriente vea lo que el hombre que mira hacia el oriente ve. El hombre de conveniencia puede siempre razonar bien, y tiene abundancia de evidencia para establecer su argumento. El hombre de fe ve lo que Dios dice, y espera pacientemente cumplir Su pensamiento, pero no puede haber unidad de juicio entre ellos.

La última causa por la cual la mente es impedida y estorbada de juzgar conforme a Dios es la codicia. La codicia es desear algo para la satisfacción propia. Allí está el ídolo en el corazón, y toda la verdad es calificada o reducida en vista a librar a este ídolo o placer. Encontramos en Ezeq.14:4, “Háblales, por tanto, y diles: Así ha dicho Jehová el Señor: Cualquier hombre de la casa de Israel que hubiere puesto sus ídolos en su corazón, y establecido el tropiezo de su maldad delante de su rostro, y viniere al profeta, yo Jehová responderé al que viniere conforme a la multitud de sus ídolos” Si llegamos simplemente a la voluntad de Dios siempre encontraré que la cosa que más me estorba es aquella que la palabra de Dios reprende; pero si estoy determinado a todo costo de salvar mi ídolo, cual sea éste, debo limitar la acción de la palabra, y esta limitación inevitablemente irá a través de cada sujeto que tome. ¿No hemos descubierto cuán diferente y audazmente insistimos sobre un pasaje, cuando nos hemos entregado a un curso de avaricia que ha sido anteriormente encubierto? El hombre codicioso no solo difiere del valiente aquel que afirma la verdad, sino que evita al maestro, como los Gálatas y todos los que estaban en Asia abandonaron a Pablo. Siempre hay una doble acción de la palabra de Dios; una es profundizar en su alma la verdad que usted verdadera y simplemente ha recibido, la otra es corregir y exponer ya sea la obra de la carne en usted, o su tendencia; y cuando el corazón es simple desea ambas cosas; y de esta manera es guiado dentro del pensamiento del Señor, y todos los que actúan de este modo tendrán el mismo pensamiento y juicio.

Pueda el Señor ejercitar nuestros corazones y conciencias, para no recibir alguna cosa que sea un estorbo a la unidad de pensamiento y juicio por causa de Su nombre.

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A Voice to the Faithful, vol. 8