EL FRACASO DE LA CRISTIANDAD

 

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Querido Amigo

            No debe sorprendernos encontrar que el cristianismo no es una excepción a la melancólica regla que hemos estado prosiguiendo y examinando a través de las Escrituras del Antiguo Testamento. Al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles tenemos un muy hermoso cuadro ante nuestra vista, en la condición práctica de la conducta y caminos de la iglesia primitiva. Es muy refrescante leer el registro. ¿Cuáles deben haber sido los hechos? Estoy seguro de que usted no objetará que escriba unas líneas como ilustración.

            “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.

Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hech.2:41-47).

            Aquí tenemos un hermoso ejemplo del verdadero cristianismo, algunos ricos racimos del fruto del Espíritu —el glorioso triunfo de la gracia sobre todo el estrecho egoísmo de la naturaleza humana caída— la variada mezcla de todos los intereses y egoísmos personales abandonados en vista del bien común. “Todos ellos estaban juntos” y “tenían todas las cosas en común”. Ellos eran:

            “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común, y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hech.4:32-35).

            Es imposible imaginar algo más hermoso sobre esta tierra. Éste es un despliegue de las glorias morales del cielo —una hermosa y tocante ilustración de lo que será, cuando nuestro Dios tenga todas las cosas puestas bajo Sus pies, y cuando abra los hermosos campos de la nueva creación ante todas las inteligencias creadas, cuando los cielos arriba y la tierra abajo exhiban la benigna influencia del reino del Salvador, y reflejen los rayos de Su gloria moral.

            Pero ¡Ay! Este hermoso cuadro fue rápidamente estropeado. Había allí elementos no santificados bajo la superficie de esta misma escena, que rápidamente aparecieron. Codicias, egoísmos, hipocresía y engaño se manifestaron en el mismo medio de toda esta hermosura moral, probando que el hombre es el mismo, siempre y en todo lugar. En Edén, en la tierra restaurada, en Canaán, y en la misma presencia de los dones Pentecostales y las gracias del Espíritu Santo, el hombre fracasó absolutamente. Infidelidad, fracaso, pecado y ruina están estampadas sobre cada página de la historia del hombre, de principio a fin. Es perfectamente inútil para alguno negar esto. Las pruebas son demasiado fuertes. Cada sección de esta melancólica historia, cada página, cada párrafo, no es sino un tributo al río de evidencia como prueba del hecho que no se puede confiar en el hombre. En medio del huerto; en las escenas del mundo restaurado; rodeado con los esplendores del reino de Salomón: si, en presencia de los dones Pentecostales y los poderes del Espíritu Santo, el pecado y la locura humana despliegan sus odiosas formas. No hay una sola excepción a esta humillante regla.

            Puede ser, sin embargo, que algunos objetarán el uso que estoy haciendo de la codicia y el engaño de Ananías y Safira, y las murmuraciones de los griegos contra los hebreos. Puede estimarse como algo no autorizado argüir el fracaso de toda la dispensación cristiana de unas pocas plagas apareciendo en el comienzo de su historia.

            Bien, querido amigo, la misma objeción puede ser presentada con referencia a nuestra serie de pruebas. ¿Qué echó a Adán fuera del huerto de Edén? Comer un pequeño fruto. ¿Qué degradó al cabeza de la tierra restaurada? Beber demasiado vino. ¿Qué despojó a Aarón de sus vestiduras de gloria y belleza? Fuego extraño. De esta forma, en cada instancia, no es cuestión de la magnitud de la cosa hecha, sino más bien de la seriedad del principio envuelto. Es de profunda importancia ver esto, en todos los casos lo que se ve en la superficie puede, a nuestro pobre juicio, parecer algo trivial: pero bajo la superficie pueden estar envueltas las más serias consecuencias.

             Sin embargo, no debe suponerse que basamos nuestro juicio en cuanto al absoluto fracaso del cristianismo, como testigo para Cristo sobre esta tierra, sobre hechos registrados al comienzo de la historia de la Iglesia. Muy lejos de ello. Las enseñanzas proféticas de nuestro propio Señor, entregadas antes de que fuesen puestos los fundamentos del sistema cristiano, nos presentan las más plenas y claras advertencias en cuanto el destino futuro de ese sistema. ¿Qué significa la parábola de la cizaña? ¿O aquella de la levadura y del grano de mostaza? “Pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue” (Mt. 13:25).

            ¿Qué debemos aprender de esto? Ciertamente no el ininterrumpido progreso de lo bueno, puro, y verdadero; sino la corrupción de estas cosas por la dañina mano del adversario; que la obra de Dios sería estropeada, el estorbo del testimonio Divino por las influencias del adversario.

            Similar es el testimonio de las parábolas de la levadura y del grano de mostaza. Ambas nos guían a esperar el fracaso del sistema cristiano, a causa de la infidelidad del hombre y la astucia del enemigo de Dios. Es verdad que muchos consideran la levadura como típica del progreso gradual del evangelio hasta que todas las naciones sean llevadas bajo su influencia. Y de igual forma, la parábola del grano de mostaza es vista como ilustrando el maravilloso progreso del sistema cristiano.

            Pero no es posible que las parábolas de la levadura y del grano de mostaza pueden contradecirse, en su enseñanza, a la parábola de la cizaña; y muy ciertamente ésta última no enseña el progreso del bien, sino una triste mezcla de mal. Y, además, ¿cómo es posible para el cuidadoso estudiante de las Escrituras admitir que la levadura es alguna vez usada como tipo de algo bueno? Creo, amado amigo, que usted concordará conmigo en que la levadura se usa sólo para mostrar lo que es malo. Y en cuanto al grano o semilla de mostaza, el hecho de que éste ofrece abrigo y protección en sus ramas a las aves del cielo estampa su carácter; porque podemos preguntar, ¿Son estas aves alguna vez usadas como figura de lo que es santo o bueno?

            Pero todo el Nuevo Testamento está lleno con evidencias y pruebas de nuestra tesis. Cada voz profética que llega al oído, como también cada declaración histórica establece, más allá de toda duda, la desesperanzadora ruina de la Iglesia como un testimonio responsable para Cristo sobre la tierra.

            No estoy tratando ahora de la Iglesia como el cuerpo de Cristo. En este aspecto, gracias a Dios, no puede haber fracaso, ni ruina, y tampoco juicio. Cristo infaliblemente mantendrá Su Iglesia de acuerdo con la integridad Divina de Su propia obra. Él se presentará a la Iglesia sin mancha y sin arruga o cosa semejante. Él claramente ha dicho que las puertas del Hades no prevalecerán contra Su Iglesia.

            Pero, por otra parte, la Iglesia vista como un testigo responsable para Cristo, como un porta-luz en este mundo, la Iglesia, como cada otro testigo, ha fallado miserablemente; y está madurando rápidamente para juicio. Si no distinguimos estos dos aspectos de la Iglesia o cristianismo, estamos envueltos en completa confusión. Pero debo seguir adelante con mi cadena de evidencias.

            Volvámonos por unos momentos a las tocantes escenas de Hechos 20 donde el bendito apóstol se está despidiendo de los ancianos de Éfeso. Escuchemos sus palabras de profunda solemnidad. “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual Él ganó por su propia sangre. Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hechos 20:28-30).

            Ahora, estoy seguro, amado amigo, que tenemos algo más en el pasaje citado que a un mero siervo de Cristo despidiéndose de la esfera de sus labores, y de sus colaboradores. Creo que aquí tenemos esa solemne época en la historia de la Iglesia, en la cual ella debía ser privada de la presencia personal de los apóstoles. ¿Y qué?, Permítanme preguntar ¿Se le enseña a ella que debe esperar “un crecimiento espiritual”? ¿La gradual extensión del evangelio en todo el mundo? ¿La introducción, por medio de agencias morales y espirituales, del milenio? ¿Una sucesión de consagrados y devotos hombres que proseguirían la obra comenzada por los apóstoles? Nada de eso —nada que se acerca siquiera a eso. Por el contrario, a ella se le enseña que debe esperar que de en medio de ella se levanten e introduzcan también desde afuera “lobos rapaces” —“hombres que hablarán cosas perversas”— pervertidores de la verdad de Dios y de las almas de los hombres.

            Éste es el oscuro futuro presentado a la visión de la Iglesia en esta patética despedida del más consagrado siervo que ha trabajado en la viña de Cristo. Es en vano, completamente en vano, tratar de cerrar nuestros ojos a este solemne hecho. Conozco a personas que no desean escuchar de tal enseñanza. Cosas suaves son más agradables y populares. Pero debemos hablar la verdad. No nos atrevemos a intentar siquiera hablar cosas suaves —a clamar paz, paz, cuando no hay paz. Sino palpable ruina e inminente juicio. ¿De qué utilidad sería adornar las destartaladas murallas de la Cristiandad con el barro de los pensamientos y opiniones humanas? ¿“Uso” digo? No, esto es más bien clara crueldad. Porque tan seguro como que Dios está en el cielo, sé que estas murallas, muy pronto serán demolidas y destruidas por la tormenta del juicio divino. No hay nada ante la Cristiandad —la falsa iglesia profesante— raíz, tronco y ramas serán cortados por la ira del Dios Todopoderoso. ¿Es ésta una mera opinión humana? No, ésta es la voz de las Santas Escrituras.

            Escuchemos un nuevo testimonio.

            Volvámonos a la epístola de Pablo a Timoteo:

            “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad” (1ª Timoteo 4:1-3).

            Quizás el lector dirá, que en el pasaje que hemos citado tenemos una fotografía del Papado. Concedido. Las características son demasiado sobresalientes —también sorprendentes, aun para el más superficial observador, para no ver en ello un cuadro del Papado, con sus absurdidades monásticas y ascéticas.

            Pero seleccionemos para el protestantismo un pasaje de la segunda epístola a Timoteo:

            “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2ª Tim.3:1-5).

            Aquí tenemos, no la superstición de la edad media, sino la infidelidad de los últimos días de la Cristiandad, con todos sus males desplegados, por cada lado, vemos esto en nuestros propios días. De este modo en 1ª Timoteo 4 tenemos al Papado[1]; y en 2ª Timoteo 3 la infidelidad claramente delineada por la pluma del apóstol inspirado. En ninguna parte se nos enseña a esperar el progreso de la verdad; sino que, por el contrario, el progreso del mal y del error, y el posterior juicio de Dios.

            Precisamente similar es la enseñanza del apóstol Pedro, quien nos dice que:

            “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme” (2ª Pedro 2:1-3).

            También el apóstol Judas da un muy terrible cuadro de la corrupción, ruina, y destino final de la Cristiandad. Nada puede ser más terrible que esta descripción.

            “¡Ay de ellos! Porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción de Coré. Estos son manchas en vuestros ágapes, que comiendo impúdicamente con vosotros se apacientan a sí mismos; nubes sin agua, llevadas de acá para allá por los vientos; árboles otoñales, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados; fieras ondas del mar, que espuman su propia vergüenza; estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas” (Judas 11-13).

            Finalmente, cuando nos volvemos a las epístolas escritas a las siete iglesias de Apocalipsis, tenemos el mismo solemne testimonio comunicado al corazón. La iglesia está bajo juicio. Ésta ha dejado su primer amor. Balaam, Jezabel, y los Nicolaítas están obrando en medio de ella. Este testimonio responsable para Cristo —la última de las series— prueba lo mismo que el resto. Que la ruina no tiene remedio; y nada queda para la iglesia profesante, sino que ser vomitada como una cosa nauseabunda y abominable.

            Aquí, por ahora, me detengo. La cadena de evidencia está completa. Es imposible para alguno que se incline ante las Escrituras resistir o negar esto. Mi primer punto está establecido, es decir, que dondequiera que el hombre ha sido puesto en responsabilidad, ha fallado miserablemente. Ruina completa y justo juicio cubren cada página de la historia humana, desde Adán en el huerto de Edén hasta la era cristiana. No hay una sola excepción a esta oscura y humillante regla.

            Pero debo terminar esta carta. En mi próxima, si Dios lo permite, consideraré otros grandes principios a los cuales me he referido. Mientras tanto, puedan nuestras almas ser guardadas de la tenebrosa atmósfera que envuelve la profesión cristiana, respirando los rayos del amor del Padre, y realizando una permanente y constante comunión con Aquel que es el mismo ayer, hoy, y por los siglos de los siglos.

                                                                                          C.H. Mackintosh,

                                                      Tomada del libro “Cartas a un Amigo”, Carta 3

 

 

[1]{Actualmente, gnosticismo; aunque los elementos de este se encuentran en el Romanismo y en otras partes.}