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LA NATURALEZA Y CARÁCTER DE UNA ASAMBLEA DE DIOS

Con Comentarios sobre

ESTAR REUNIDOS AL NOMBRE DEL SEÑOR

LONDON:

  1. A. HAMMOND

3 & 4 LONDON HOUSE YARD, PATERNOSTER ROW, E.C.4

1939

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“Sin embargo el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello, conoce el Señor a los que son Suyos, y apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.”

El primer y más evidente deber del santo en todo tiempo, y bajo toda circunstancia, es “apartarse del mal.” Y esto es lo que tenemos en el pasaje citado arriba de 2 Tim.2. El sello del fundamento de Dios tiene dos lados. Sobre un lado tenemos la fidelidad de Dios, a pesar de la ruina que se ha introducido: “Conoce el Señor a los que son suyos.”  Por el otro lado está, la responsabilidad del cristiano: “apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo (más bien, del Señor)” Esta no es una materia de elección; esta es una materia de la más clara necesidad, y eso a causa del carácter de Dios.

En este capítulo además tenemos detalles en cuanto a la forma en que esto debe llevarse a cabo. El apóstol usa una figura y dice: “En una casa grande no solamente hay vasos de oro y plata, sino también de madera y barro; y unos son para usos honrosos y otros para deshonra.”  No solamente materiales valiosos, oro y plata, sino también materiales bajos de madera y tierra; y también para diferentes usos, unos para honra y otros para deshonra. ¿Qué debe hacer entonces una persona que se encuentra en este estado de mezcla y confusión? “Si alguno se purificase a sí mismo de estos (los vasos de deshonra), él será vaso útil, santificado para el uso del maestro, y preparado para toda buena obra.”  Es imposible ser un vaso de honor mientras usted continúe en el lugar donde existe esta confusión y mal.  Es también importante recordar que un lapso de tiempo no quita la necesidad del juicio del mal.  Sea este remoto o de reciente fecha, solamente se puede librar por medio del juicio del mal, y consecuente separación de este. Es verdad, sea esto personal o colectivo.

Los dos principios de las Escrituras son: “dejad de hacer lo malo, y aprended a haced lo bueno.” Estoy obligado a hacer lo uno, y también lo otro; debo primeramente separarme de lo que es contrario a Dios, ya sea que vea mi camino lejos o no. No es fe hacer de otra manera.  La fe actúa sobre lo que Dios ha revelado, y cuenta con Él como guía en su camino. Al tomar el paso que usted ve es la voluntad de Dios, solo entonces Él le mostrará luz para el próximo paso a dar. Como nos asegura la Palabra: “al recto se le levantará luz en la oscuridad” (Sal.112:4); y “Si alguno quiere hacer Su voluntad (es decir, desea hacer esto), él conocerá si la doctrina es de Dios” (Juan 7:17).

Pero suponga que una persona se ha separado de lo que es contrario a la naturaleza y carácter de Dios, ¿qué debe hacer él después? La primera cosa es buscar a aquellos que han actuado de igual manera antes de él, y andar en compañía con ellos. De manera  que leemos en el v.22 de este capítulo (2 Tim.2).  Él no solo debe ser personalmente puro, sino que también debe seguir “la justicia, fe, amor y paz, con los que de corazón puro invocan el nombre del Señor.”  Aislación para un santo nunca es deseable, aunque esto a veces pueda ser inevitable a causa de las circunstancias: como, por ejemplo,  cuando no hay otros actuando verdaderamente para Dios en este respecto en el lugar donde uno está. Pero el espíritu de independencia  es completamente opuesto a Dios. Hay dos cosas que sobre todas las otras, la Escritura condena; indiferencia, por una parte, e independencia  sobre la otra. Ahora, si una persona se separa de la confusión que lo rodea, y aun así se niega a identificarse con aquellos que igualmente se han separado al nombre del Señor en verdad y honestidad, él es peor que si él hubiese permanecido donde él estaba. Porque él está  solamente perpetuando, y además aumentando, el mismo mal que él ha profesado juzgar por su separación. Independencia en las cosas de Dios es, repito, muy antipático para Él, y para cada uno que tiene Sus pensamientos. Un santo no solamente está obligado  a separarse del mal, sino que igualmente está obligado, en sujeción a la Palabra de Dios,  a andar en comunión con aquellos que también se han separado.

Pero ahora puede preguntarse: ¿cómo podemos saber con quiénes debemos andar? ¿Qué características debemos buscar? La respuesta a esto será más clara si entramos brevemente  en lo que forma el testimonio de Dios  en el día actual.  Esto no es individual ni nacional. Esta es una compañía colectiva reunida fuera de todas las naciones, donde la nacionalidad termina y donde Cristo es todo. Esta es, de hecho, la iglesia.  Esto es lo que tiene que ser mantenido: la verdad de la iglesia de Dios. La unidad de su naturaleza, y la separación del mal que es su carácter, deben ser prácticamente mantenidas. Entonces estos santos que se han separado en la manera ya mencionada, deben ser encontrados “esforzándose por guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz,” conforme a la exhortación en Efes.4; porque “hay un cuerpo y un Espíritu.”  Por tanto, cualquiera compañía, no importa cuáles sean sus pretensiones  o profesión, no reunido sobre ese fundamento y principio, no tiene demanda sobre el santo fiel.

Si alguno levanta la objeción de que toda la iglesia es necesaria en vista a guardar la unidad del Espíritu, la respuesta es que no es cuestión de números, sino de principios; y esto es tan competente para la más pequeña pluralidad (“dos o tres”) para actuar sobre el mismo principio como si todos los santos de Dios en el mundo estuviesen reunidos en una localidad. Esta no es una opinión meramente personal; tenemos la propia declaración del Señor en Mt.18:20: “Porque donde hay dos o tres reunidos a Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos.”  En realidad, nunca fue cuestión del número de personas reunidas de esta forma,  sino del hecho de la presencia del Señor en medio de ellos. Es Él quien es importante.  Entonces, usted tiene al Señor en medio de dos o tres, la misma autoridad se liga a sus acciones como si usted tuviese a todos los santos sobre la tierra juntos.

Pero investiguemos cuál es el significado de estar reunidos al Nombre del Señor Jesús.  Si no hubiésemos tenido una revelación posterior o una más plena que la del evangelio de Mateo, podría parecer completamente abierto para unos dos o tres cristianos reunirse en algún  lugar escogido para eso, y allí podría haber tales reuniones como los hombres pudiesen desear. Y esto es lo que muchos parecen aceptar.  Ellos parecen pensar que esto es todo lo que es necesario.  Pero debemos recordar que siempre tenemos que realizar el pensamiento de Dios. Separación del mal es en obediencia a la voluntad y palabra de Dios; pero nuestro próximo paso después de habernos separado, debe ser igualmente en obediencia; y en vista a obedecer debemos investigar y ver  cuál es la voluntad de Dios.

Ahora el carácter preciso del fracaso en la Cristiandad es, que ésta se ha alejado de la posterior revelación de Dios en el Nuevo Testamento y vuelto atrás a la revelación del Nuevo Testamento. Pero estamos obligados a actuar sobre la revelación para el tiempo en que vivimos.  La revelación especial para el tiempo presente tiene a Cristo como su centro, y la iglesia de Dios gira alrededor de Él.  Entonces, por tanto, dos o tres  reunidos al nombre del Señor Jesús,  solamente  pueden estar justamente reunidos sobre los principios de la iglesia de Dios.

El objeto de reunirse de los cristianos (aunque no es el único) es adorar a Dios en espíritu y verdad, y un gran acto de esta adoración es el tomar la Cena del Señor en recuerdo de Aquel que murió por ellos y los salvó.

Ahora cada asamblea de este modo reunida tiene una demanda sobre  cada miembro del cuerpo de Cristo. Supongo que encuentro en algún lugar donde pueda estar, una reunión sobre los principios de la iglesia de Dios: esa reunión tiene una demanda sobre mí que no puedo y no me atrevo a desconsiderar,  si estoy sujeto a la palabra de Dios. Tal reunión no es solamente en la que debo estar, sino esta es la única en la que debo estar, si deseo obedecer a Dios. Hay solamente un Señor, y una sola mesa del Señor. No es cuestión de números o de localidad; esta es una cuestión completamente del fundamento sobre el cual están los santos reunidos. Por supuesto, no es posible tener a todos los santos reunidos, pero es perfectamente posible tenerlos a todos en comunión,  y este debe ser el caso.

Hay otra cosa muy verdadera y solemne, es decir,  que una reunión puede estar sobre justo (es decir, divino) fundamento para comenzar, pero puede alejarse por admitir y rechazar juzgar por la Escritura lo que es contrario a la verdad o santidad o unidad; lo que es esencial para estar reunidos sobre los principios de Dios.  Puede haber en la reunión debilidad, o  descuido (como en el caso de Corinto);  pero a lo que me refiero es la sistemática y permanente permisión y toleración de conocido mal.

Hay dos o tres  características acerca de una reunión por lo que podemos juzgar si esta es de Dios. Primero, los santos que la componen están reunidos al nombre del Señor Jesús;  entonces hay sujeción a Él.  Ellos no están solamente “reunidos en el Nombre de Jesús,” como dice la frase común, sino que están reunidos al Nombre del Señor Jesús, y por tanto dependientes de Él y sujetos a Su autoridad.  Pero también debe haber en estos reunidos una idoneidad a la Persona a quien ellos están reunidos. En la dirección a la asamblea en Filadelfia tenemos el carácter del Señor Jesús descrito en las palabras: “estas cosas dice el Santo y el Verdadero.”  El carácter de la asamblea debe conformarse al Suyo. Entonces,  si encontramos una compañía, aunque fuertemente profesando estar reunida al Nombre del Señor Jesús, pero claramente admitiendo en sus medias cosas contrarias a la santidad o verdad, esa reunión no tiene demanda sobre nosotros.  No podría estar allí sin negar a mi Señor; y por ir allí como un cristiano haría a Cristo ministro de pecado.  Este no sería el caso solamente donde grosero mal moral estuviese presente y fuese admitido.  No es suficiente excluir a borrachos o alguna  flagrante mala conducta; la Escritura toma cuenta de otras formas de mal, no tan notoria a la vista de los hombres, pero en realidad de un carácter todavía más profundo. La santidad cristiana y la verdad divina deben ser mantenidas; no solamente debe observarse el andar, sino también la doctrina.

¿Supone usted que uno que, mientras manteniendo un andar moral a los ojos de los hombres, y blasfema a Cristo, debe ser tratado con menos rigor que uno que se conduce malamente? ¿Podemos estar asociados con una persona cuyos caminos los hombres pueden admirar, mientras él mismo dice que Cristo fue solamente un hombre? Aquel que piensa así, delata un estado de corazón y vida en enemistad con Dios. Realmente,  el mantenimiento de la verdad en el día actual demanda  más fuertemente nuestra atención. Cualquiera puede ver, que si un hombre se emborracha actúa malamente; pero no todos pueden juzgar de aquel que no trae la doctrina de Cristo, porque él puede hacer esto encubiertamente.  Solamente una persona que tiene fe y afección por Cristo es capaz de juzgar si un hombre tiene o no la verdad.  Esta no es la única cosa requerida, pero esta es una muy necesaria.

Es claro entonces, que, en vista a estar verdaderamente reunidos al Nombre del Señor Jesús, debo personalmente mantener, en doctrina y práctica, la santidad que conviene a la casa de Dios para siempre; y también debo estar asociado con aquellos que buscan la misma cosa. Además, de esta pureza, debe existir también el mantenimiento de esa unidad que el Espíritu  ha formado.  La forma en la cual el fracaso se ha introducido al principio fue  para destruir el testimonio en unidad al Nombre. Porque usted siempre encontrará que el camino del remanente fiel está en marcado contraste con el carácter de fracaso que ha venido sobre el testimonio. El objeto del Señor Jesús fue que hubiese sobre la tierra una compañía unida, manteniendo en todas partes la realidad de lo que Dios ha establecido.  Esto es lo que vemos en la historia de la iglesia al principio.  Allí había un objetivo que movía a todo el pueblo del Señor, y esto era para dar testimonio del Señor Jesús. Ahora este testimonio ha sido arruinado completamente.  Eso que fue establecido en unidad está roto en mil fragmentos, cada uno teniendo algún testimonio particular que lo caracteriza.  El testimonio exterior ha fracasado; pero aquellos que buscan  actuar para Dios  no están menos obligados a actuar en el espíritu e integridad de aquello que el Espíritu Santo estableció al principio.  No que debamos ignorar el fracaso, o intentar alguna  cosa como restauración.  Tal proceder mostraría una absoluta falta de sentido de la ruina que se ha introducido, y de lo que ahora es debido a Dios. Esta también sería una gran pérdida y detrimento de nuestras propias almas; porque perderíamos todo el valor y consuelo de estas Escrituras especialmente dadas por Dios para tiempos de fracaso.

Si nos referimos a lo que se nos dice concerniente a la conducta de un remanente del pueblo de Dios puesto en circunstancias similares en tiempos anteriores, esto ayudará a la comprensión de lo que conviene a los santos ahora.  Hubo un remanente de la nación judía que subió desde Babilonia, y su historia nos presentará una simple pero vívida exhibición de cual debiese ser la conducta en un día semejante al presente.

Volvámonos por un momento al libro de Esdras. Había dos cosas que especialmente caracterizó a este remanente retornado.  La primera la encontramos en el cap.2. Ellos estaban extremadamente desconfiados  en cuanto a quienes profesaban pertenecer a ellos. Algunos del pueblo “no pudieron mostrar la casa de su padre y su simiente, si eran de Israel”, y algunos de los hijos de los sacerdotes, “buscaron su registro entre estos que fueron contados por genealogía, pero no fueron encontrados; por tanto, ellos, como contaminados, fueron puestos fuera del sacerdocio.” A estos se les dijo “que no comiesen de las cosas santas, hasta que hubiese sacerdote con Urim y Tumim”; es decir, una que podría determinar si ellos eran verdaderos o no. Mientras tanto nada debía hacerse con dudas. Este era un tiempo de confusión y debilidad, y si ellos debían actuar para Dios, ellos de este modo debían ser vigilantes.

Pero ellos eran más que cuidadosos, como vemos más adelante; para enojo de sus vecinos, ellos eran exclusivos. Estos alrededor de ellos, cuando escucharon que  ellos estaban edificando el templo, vinieron, y les dijeron; “edificaremos con ustedes;” pero la respuesta fue: “ustedes no tienen nada que hacer con nosotros en edificar la casa a nuestro Dios.” Su cooperación fue rechazada, y entonces ellos inmediatamente trataron de estorbar la obra, manifestando de este modo su verdadero carácter como adversarios.  Ellos eran los más mortales enemigos del remanente retornado; aun así, ellos eran semejantes a cualquier pueblo, y por tanto los judíos demandaban ser los más estrictos al rechazar su demanda. Aquellos que son muy parecidos a los verdaderos, sin ser así,  son realmente los que más deben ser rechazados.

Otras dos cosas caracterizaron a este remanente retornado. Ellos se inclinaron para realizar la voluntad de Dios plenamente; y ellos fueron cuidadosos en hacer exactamente, así como estaba escrito. Nadie puede leer  su historia sin ser sorprendidos con este hecho de que ellos nunca siguieron una costumbre  propia o de un tiempo anterior, sino que se volvieron al fundamento y terreno original de todo. “y pusieron a los sacerdotes en sus cursos…como está escrito en la ley de Moisés” (6:18).  Nuevamente en el próximo verso: “y los hijos de la cautividad celebraron la pascua en el día catorce del primer mes.”  Ahora esto es exactamente conforme a la institución original. En el reino de Ezequías hubo una notable pascua, pero esta fue celebrada en el segundo mes, en lugar del primero, “porque los sacerdotes no se habían santificado, tampoco el pueblo se había reunido en Jerusalén.”  En esa ocasión ellos se valieron de una provisión de gracia para un tiempo de fracaso. (Ver Núm.9:11).

En el libro de Nehemías encontramos otro y muy interesante ejemplo de esta completa devoción a la revelada voluntad de Dios. “Y ellos encontraron escrito en la ley que el Señor había mandado por Moisés, que los hijos de Israel debían morar en tabernáculos en la fiesta del mes séptimo.”  ¿Qué entonces?  Enseguida, sin duda, ellos actúan sobre esto. “De manera que el pueblo salió y se hicieron tabernáculos,” etc. ¿Y qué encontramos registrado aquí por el Espíritu de Dios?  Esta manera de celebrar la fiesta no había sido celebrada en los más brillantes días de la historia de Israel, ni siquiera en los días prósperos de David y Salomón. “Porque desde los días de Josué el hijo de Nun hasta ese día los hijos de Israel no habían hecho así” (Nhem.8:14-18). De esta manera el débil remanente abandonó todo lo que se había introducido entretanto, juzgó todo el descuido y fracaso pasado, y fueron directamente atrás a lo que estaba escrito en el libro de Dios.

Esto es exactamente lo que tenemos que hacer en el día actual. No debemos imitar, como hace la incredulidad, lo que hicieron los judíos, sino mantener todo lo que Dios ha dado para Su iglesia. Por tanto, el camino para el santo es: primero, separación de todo lo que es contrario e inconsistente con el Nombre del Señor Jesús; segundo, andando en comunión con aquellos que ya se han separado, rechazando cada cosa contraria al revelado carácter del Señor Jesús; y tercero, reunidos a Su Nombre sobre el principio del un cuerpo. Ahora no es cuestión de que todos estén juntos. La profesión como un todo es un estado de fracaso; y cuando encontramos que la multitud no puede ser  puesta en un estado justo, nuestra tarea es tener nuestras propias almas justas, y mantener para Dios el testimonio por el cual somos responsables. Aunque juicio se ha pronunciado sobre una dispensación, aun así, hasta que la dispensación es removida, la responsabilidad del fiel es todavía mantener el testimonio para el cual la dispensación fue designada. Los profetas muestran esto muy claramente. Ellos nunca pusieron ante los hijos de Israel un camino nuevo, sino que los llamaron continuamente a arrepentirse y retornar al camino del cual la nación se había alejado. “Preguntad por los caminos antiguos, dónde está el buen camino, y andad en él, y encontrareis descanso para vuestras almas” (Jer.6:16). De este modo el cap.22:8,9, cuando la nación pregunta: “¿Por qué el Señor ha hecho esto a esta gran ciudad?”  La respuesta es: “porque ellos han abandonado el pacto del Señor su Dios, y adorado a otros dioses y los sirvieron.” Es decir, que ellos abandonaron el testimonio que originalmente se les encomendó. También encontramos en el último capítulo del último profeta: “Acordaos de la ley de Moisés Mi siervo, que Yo les mandé en Horeb para todo Israel, con los estatutos y juicios” (Mal.4:4). Esto es dirigido al remanente retornado, el mismo pueblo de cuyo celo y fidelidad hemos estado leyendo,  pero que ahora ha vuelto atrás. Lo que debe observarse aquí es,  que, en los últimos días de la nación, no es dado un nuevo testimonio; ellos son mandados a retornar a lo que ellos han tenido desde el mismo principio.

Y también puedo referirme al ejemplo del mismo Señor. Él, siendo nacido un judío, no solamente se sometió a todas las ordenanzas de la institución judía, sino que exhortó a otros a hacer así también, como vemos en la limpieza del leproso (Mt.8:4). Y Él directamente  enseña la misma cosa en Mt.23:2,3: “Los Escribas y Fariseos se sientan en la silla de Moisés: haced por tanto todo lo que ellos os manden, pero no seáis como ellos.”  Es decir, Él reconoce que la cosa debe ser mantenida mientras esto es continuado por Dios. Pero  cuando el juicio ha sido ejecutado y esta forma de testimonio es puesto a un lado por Dios mismo, todo es cambiado. El lugar para testimonio entonces  es “fuera del campamento,”  y todos los que son de Dios deben “salir fuera.”  De este modo el apóstol Pedro dice: “salvaos vosotros mismos de esta generación perversa”; es decir, él los exhorta a dejar la misma cosa que en un tiempo anterior el Señor Jesús había instado a mantener.  En un caso el Señor estaba todavía viviendo sobre la tierra; en el otro, Él había muerto, habiendo sido rechazado por los judíos, a quienes Él vino como su Mesías.  Pero hasta que la antigua dispensación fue desplazada por una nueva, ningún nuevo testimonio fue dado.

Aplicando este principio a nuestro propio tiempo y circunstancias, vemos que la verdad para nosotros a mantener es Cristo y la iglesia, conforme al designio original de Dios. Lo que tenemos que hacer es buscar, puede ser con debilidad, estar en la verdad, aprender y realizar la voluntad del Señor para el día presente. Y el Señor estando en medio, y el Espíritu libre para obrar por quien Él quiera, allí habrá autoridad, edificación, y bendición. La cuestión para nosotros es: ¿Estamos obedeciendo a Dios y actuando conforme a Su pensamiento?  Pueda el Señor ayudarnos a  considerar nuestros caminos y estar sujetos a Su voluntad.