Pin It

EL HIMNARIO: SU USO Y ABUSO

 

"La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales"

Col.3:16

Suponemos,  que hay pocos  cristianos inteligentes con una mente bien balanceada qué pensarían cuestionar  el uso del himnario. Muchos de nosotros han aprendido a  valorar éste como  una especial misericordia que el Señor nos ha concedido, para nuestro confort  y bendición, no solo en la asamblea  publica, sino también en la vida  privada.  El cantar himnos es  uno de  nuestros más  dulces y felices ejercicios, y  tenemos la plena seguridad que los  cánticos de alabanza, ascendiendo de los corazones del pueblo de Dios, son gratos para Él.  La  Escritura abunda  no solo en indicaciones  y sugestiones, sino en la más clara y positiva instrucción sobre este  interesante e importante  tema. Esto no deja el más mínimo fundamento para cuestionar la aptitud moral, y el verdadero valor de los himnos, ya sea en la adoración privada o pública.


De este modo, por ejemplo,  en Mt. 26, y en el pasaje correspondiente en Marcos 14, se nos dice que nuestro Señor y Sus apóstoles  cantaron un himno al final de la última  cena, antes de  salir al monte de los  Olivos. Ahora el Espíritu inspirador no nos ha dicho que  himno o salmo fue cantado en esa memorable  y solemne ocasión; pero Él ha registrado el hecho para nuestra instrucción, y esto debe ser suficiente  para nosotros.  Esto nos provee, no solo  clara autoridad, sino también un ejemplo del más profundo interés posible, en referencia  a la práctica de  cantar.  Si nuestro bendito Señor y Sus apóstoles  cantaron  himnos  en la cena, no necesitamos nueva autoridad sobre el  tema.


Tal ejemplo debe ser más que suficiente para silenciar para siempre todas las  objeciones a  cantar himnos. 
Pero tenemos nueva autoridad e instrucción sobre  esta interesante cuestión. En Hech. 16, se nos dice que  Pablo y Silas cantaban alabanzas  en la prisión en Filipo, no se nos dice lo que ellos cantaban; pero se nos dice que  cantaban, y además, aprendemos que el hecho de  cantar era distinto a  orar, aunque  estaba conectado con esto. "Ellos oraban y cantaban alabanzas."  Esto es tan claro y positivo como podía serlo. Es perfectamente claro que  estos dos amados y honrados  siervos de  Cristo no tendrían simpatía   con estos que  objetan tan precioso y bello ejercicio  como cantar himnos. Esto fue, podemos  estar seguros, muy refrescante para sus corazones dar expresión en esa  forma particular a su gozo en el Señor.  Y  no solo fue grato para ellos dar alabanza de esta forma,  sino también para Dios  el recibirla.


Pero volvámonos a las epístolas, donde, en adición a los  ejemplos vivientes provistos en los  Hechos de los Apóstoles,  tenemos las  inspiradas  instrucciones del Espíritu Santo.  Volvámonos a 1 Cor.14, donde tenemos  amplia guía  para la asamblea. "¿Qué entonces? Oraré con el  espíritu, y oraré con el entendimiento; cantaré con mi espíritu y  cantaré con mi entendimiento" (v.15) 
Quizás se objetará que este pasaje no presenta  autorización para que toda la asamblea se una en el acto de  cantar, considerando que el apóstol dice que, "cantaré."  Esto solo puede, por tanto,  ser visto como una autoridad para un  individuo cantando solo. Pero como sea, una  cosa  es  evidente,  que el apóstol insiste  sobre comunión en el  acto.  Una persona  no debía cantar en una lengua desconocida.  Comunión y edificación son absolutamente  indispensables  en todo lo que se hacía en la  asamblea.


Sin embargo,  no estamos  tratando ahora  con la cuestión de toda la asamblea  uniéndose en el  acto de  cantar, solamente estamos buscando la autoridad divina  para el acto mismo_  el claro, definitivo acto de cantar  himnos, ya sea en público o en privado. 
Debemos pasar por alto la epístola a los  Gálatas como  no conteniendo nada sobre el tema de  cantar, porque ¡lamentablemente! Estas asambleas se  habían alejado, aun de la verdad fundamental,  de manera que ellas no estaban en condiciones de  cantar. Llorar, más bien que  cantar, era lo que era más adecuado  moralmente en su caso.  Pero  en Efesios leemos, "no os embriaguéis con vino, en lo cual hay excesos: sino sed llenos del  Espíritu, hablando entre vosotros en salmos, himnos, y cánticos  espirituales, cantando con gracia  en vuestros corazones  al Señor."


De todas  estas   escrituras  aprendemos que  cantar himnos no solamente es aprobado por  el Espíritu Santo,  sino que  es positivamente mandado sobre nosotros como  un ejercicio  espiritual.  No veo como esto puede  ser  cuestionado por alguno que  simplemente se  inclina ante la palabra de Dios.  Pueden levantarse  cuestiones  en cuanto al significado de  los términos, salmos, himnos, y cánticos espirituales; en cuanto a si estas eran  efusiones improvisadas  cantadas  por individuos, o composiciones regulares puestas en forma  escrita, conocidas  y reconocidas  por los  cristianos  dentro o fuera de  la  asamblea  pública.  Nos parece  que tales  cuestiones  son dejadas abiertas, ya que la  escritura es silenciosa  en referencia a  ellas. Es suficiente para nosotros que el ejercicio de cantar  himnos es  claramente reconocido y enseñado en el N. Testamento. El Espíritu Santo no ha pensado propio entrar en detalles, entonces  estamos justificados al concluir que, en ausencia de  clara  instrucción, toda  discusión es vana.  Podemos estar seguros que,  si los detalles  fuesen necesarios, los habríamos tenido, porque el Espíritu de Dios puede  entrar en los más minuciosos detalles. Pero ya sea  que tuviésemos que  reconocer  colecciones de  himnos, o que  estos fuesen  efusiones improvisadas de individuos, para ser escuchadas  por la  asamblea;  toda la asamblea se supone que se una al acto de  cantar himnos_  en cuanto a todas  estas  cuestiones, nos parece que la palabra permanece silenciosa. 1 Cor. 15:15,16 insiste muy ciertamente sobre esto, lo que sea cantado debe serlo en un  lenguaje que todos  puedan comprender. "cantaré también con el entendimiento. Cuando bendices  con el Espíritu, como el que ocupa el lugar del indocto, dirá amén a la acción de  gracias, viendo que él no comprende lo que tú dices[1]"


En lo que  concierne a este pasaje, éste más bien parece favorecer  la  idea de una colección de  himnos, ya que  cada uno puede  tener  una copia, y  si él sabe cómo leer, puede comprender lo que  es cantado, y es edificado por  esto, aunque él no pueda ser capaz  de  unirse  en el dulce acto de  cantar, o si fuese  sordo para ser capaz de  escuchar.


No seamos  mal comprendidos. De ninguna forma  afirmamos que 1 Cor.14, o algún otro pasaje en el N. Testamento, presenta directa autoridad para tener  un himnario; pero  afirmamos  que la edificación es  promovida  por  tal arreglo, y este es el fin constantemente  buscado e insistido por el Espíritu Santo.  Y podemos  reconocer la  gracia y bondad de Dios hacia Su pueblo, al capacitar a uno y otro de Sus amados siervos para componer  estos preciosos himnos, que tocan y mueven  las profundidades de nuestras  almas. Pero cuando sé que un hombre está  hablando en mi propia lengua,  y aunque no  escuche una sola sentencia, esto  más bien me irritaría que  edificarme.  Cada hombre que se levanta  para hablar u orar en público  está obligado a hacer que la persona más distante en el lugar escuche lo que  él dice.  Por supuesto, si las personas son sordas, o están estorbadas por alguna distracción que las rodea, ese  predicador no debe ser  censurado. Pero no podemos  ayudar sintiendo que muchos que  hablan en público necesitarían mirar al Señor por gracia para ser más  claros en sus expresiones.  Puede ser  que algunos, tratando de  evitar cierto pomposo estilo oficial,  hayan caído en el hábito de musitar, lo que es  muy objetable.  Nunca olvidemos que la comunión y edificación debiese ser  sincera y fervientemente buscada  en todo lo que se realiza  en la asamblea. Esta es la regla apostólica, y nada puede ser  más digno de la  atención de  todos los  predicadores  públicos. Hablar u orar no audiblemente  en la asamblea es contrario a las  Escrituras.


¿Muchos de nosotros no hemos  probado la abundante  gracia de  nuestro Señor Jesucristo, cuando nuestros corazones han sido  levantados a través de alguna dulce alabanza, compuesta  para nuestro uso  por alguno de los Suyos_ compuesta,  no podemos decir,  en un sentido más bajo, por la inspiración de Su  Espíritu? ¿No ha    dirigido y capacitado Él a Sus siervos a rendir un  muy bendito servicio a Su asamblea  componiendo salmos, himnos y cánticos  espirituales, para ser usados  en la  adoración pública?  Y podemos preguntar ¿cuál es la diferencia  entre una persona  levantándose en la asamblea pública,  y por el Espíritu, componiendo un himno en el retiro de su cuarto, y después  publicándolo para el uso y edificación de toda la iglesia?


Ahora, si es verdad que nuestro Señor ha hecho tal provisión para nosotros _ ¿y quién dirá que  no?_ ¿debemos despreciarlo, por  negarnos a usar una  colección de  himnos? ¿Hacer así no sería abandonar  nuestras  misericordias? ¿Negará alguno que el Espíritu Santo guía en la  composición de  himnos? Y si Él guía  en la composición, ¿no nos guía  también en el uso de tales  himnos?


Y más aún, ¿quién  no ha  sentido el poder, la bendición y el refrigerio, el confort y elevación de un himno dado en el Espíritu, y cantado en plena comunión por toda la asamblea? ¿No hemos a menudo conocido la corriente de una reunión cambiada, su tono espiritual  levantado,  y un diluvio de  bendición  derramado sobre ella por  un bien escogido himno cantado en el poder del Espíritu?  ¿Será abandonado todo  esto? ¿Deben nuestras asambleas  ser privadas  del glorioso privilegio de levantar juntamente sus aleluyas a Dios y el Cordero? ¿Debemos  colgar nuestras arpas  sobre los sauces, y sentarnos en un lóbrego silencio en la presencia de nuestro Dios? La alabanza por el presente  está silenciosa  en Sión, ¿pero debe estar silenciosa también en la iglesia? ¿Debemos abandonar nuestros  bellos  himnos? Decimos "nuestros" himnos, porque  si es justo para algunos hablar así, debe ser justo para todos.  ¿Pero es esto justo? ¿Es esto de Dios? ¿Está esto en acuerdo con el alcance, espíritu,  y enseñanza de las Santas  Escrituras? No podemos  creer  esto. 

Hay dos lados para cada cuestión, y la pregunta ahora ante nosotros  no es una  excepción a la  regla.  Pocos estarán dispuestos a negar que el himnario tiene  su uso, ya sea privado o en público. El Espíritu de  Dios en gracia quiere  hacer uso de los himnos  para  nuestro confort, edificación,  y refrigerio cuando estamos solos, y Él los usa  como  un vehículo de nuestra  adoración en la asamblea  pública.  Todo esto, asumimos, será plenamente admitido por la  gran mayoría de los  cristianos, entonces no ocuparemos  el tiempo del lector con nuevas discusiones  de este lado de la cuestión.


Pero no debemos perder de  vista  el buen antiguo lema "escuche el otro lado". Hay, ¡lamentablemente! un uso como el abuso del himnario. Esto es lo que podríamos esperar.  Si el Espíritu hace uso de los  himnos  para alentar, refrescar, confortar, y edificar nuestras almas, podemos estar seguros  que el enemigo usará los himnos para alejarnos de la  verdad de  Dios. Todos sabemos bien que inmenso poder  posee  la poesía sobre el alma humana. Cierto poeta dijo, "permítanme componer sonetos, y no me preocuparé por quienes harán las leyes" Él sentía que podía gobernar  la nación por medio de  sus melodías, o al menos hacer todo lo que  pudiese  para formar el pensamiento nacional.


Existe una medida de  verdad en esto;  y puede ser que alguno de nosotros puede, a veces,  detectar que nosotros mismos sacamos  más  nuestra teología de  los himnarios que de la Biblia. Alguna falsa idea, vestida  en un hermoso  vestido poético, ha obtenido una entrada en el pensamiento y el corazón, y encontrado un alojamiento allí, y tomado tal posesión de nosotros,  que comenzamos  a considerar esto  como una clara verdad de  Dios. Se admite, por supuesto, generalmente,  que no debemos esperar en un poeta  la exactitud de un teólogo; pero no debemos permitirnos, a través de una  licencia poética, ser guiados  lejos de la sana doctrina. Somos  responsables de  juzgar la doctrina de  un himno como en cualquier otro escrito.  Si presto un tratado o un libro, soy responsable por la doctrina contenida en estos.  ¿Cuánto más  cuando  canto un himno, viendo que adopto como míos, los sentimientos expresados en éstos?


Ahora, no suponga el lector que entramos en esto con un  espíritu crítico y que se complace en encontrar faltas. Nada está más lejos de nuestros pensamientos. Repudiamos absolutamente tal espíritu, y  nos consideramos a  nosotros mismos  responsables de juzgar esto en  todas las ocasiones, pero especialmente en la  materia de los himnos.


Aun así, debemos juzgar.  No podemos y no debemos, cantar una  falsa doctrina. Ciertamente que no debemos, mientras profesamos adorar a  Dios,  negar  Su verdad.  Cuando declaradamente levantamos nuestros corazones  al Señor en canticos de alabanza, para expresión a sentimientos  subversivos de los mismos  fundamentos del Cristianismo, y absolutamente  inconsistentes con nuestra posición y relaciones como  hijos de Dios. Tome, por ejemplo,  esa familiar estrofa: 

"El ladrón moribundo se regocijó en ver 
Esa fuente en su día;  Y allí puedo yo, aunque 
Vil como él, lavar todos mis pecados 

¿Es esto conforme a la  verdad de la proposición cristiana ante Dios? Claramente  que no. Un cristiano no es solamente uno que "puede" lavar todos sus pecados  en la preciosa  sangre de  Cristo,  sino Cristo, bendito sea Su nombre, es quien ha lavado cada mancha. Observe Efes.1:7, ¿qué dice? "en quien tenemos redención a través de  su sangre, el perdón de pecados  de acuerdo a las riquezas de Su gracia". Así es también en Col. 1:14. Si yo digo, "puedo lavar" es claro que no he  hecho así; y entonces  no tengo que motivo  para cantar.  El cantar un himno, de acuerdo a la idea divina, es  un acto de  adoración.  Pero  un  hombre en sus pecados_ un hombre con una conciencia  no purificada_ no es  un adorador.  En vista a adorar, debo estar conscientemente en la presencia  de Dios,  con una conciencia perfectamente purificada, debo estar en la luz, sabiendo que  la sangre de  Jesucristo me ha limpiado de  todo pecado.


El lector debe ver si está completamente claro en  cuando a esta gran verdad  fundamental.  Esto es de  gran importancia.  Un cristiano, de  acuerdo a la enseñanza del N. Testamento, es uno que  sabe que todos sus pecados  han sido  perdonados_ todos borrados como un  espesa nube_ todos arrojados tras las espaldas de Dios para siempre. ¿Cómo decir entonces, "allí puedo yo lavar todos mis pecados?" Esto es simplemente negar que Cristo  ha hecho esto ya; y ciertamente  esto no es  Cristianismo. ¡Qué  extraño para un cristiano levantarse y cantar acerca de la  sangre de  Cristo, y en las mismas palabras de su himno, negar que sus pecados  han sido  perdonados! Sin duda, sería completamente errado, para alguno decir que sus pecados son perdonados, si no cree  eso.  Pero entonces  ¿cómo puede  él  tomar el lugar de un adorador si él duda de que sus pecados han sido perdonados?


Puede quizás decirse que estamos  haciendo gran alboroto acerca de una palabra.  ¿Pero qué si una  palabra es el índex  de la completa posición y estado del alma? Estamos persuadidos que el amado autor del bien  conocido  himno que hemos  citado arriba, cuando lo componía, no entró en el pleno gozo de un perdón conocido. Su espíritu a menudo fue nublado con dudas  y temores. Él era un muy amado hijo de Dios, pero,  por varias causas,  él a menudo fue  afligido con temores en cuanto a su plena seguridad en Cristo.  A veces, cuando  libertado de ocupación propia,  y levantado sobre la deprimente  influencia de la  legalidad, él podía  derramar  las dulces estrofas; porque él verdaderamente  amaba al Señor, aunque,  como él mismo nos  dice, a menudo deseaba saber  si era así o no.


Todo  esto se muestra  en la  expresión, "allí puedo yo." ¿Por qué no decir, “yo he"? Porque su preciosa  alma  no estaba a esa altura, y él escribió como sentía entonces.  ¿Pero estos son acentos de  un alma que duda el propio vehículo para la  adoración cristiana? Ciertamente que no. Dudas y temores no son adoración. El gemido de un alma bajo la ley y el respiro de un adorador espiritual no son la misma  cosa. Los "rugidos" de  un alma no perdonada difieren  materialmente de los  "canticos de  libertad" cantados  por uno que  conoce y cree  que todos sus pecados han sido perdonados, y olvidados para  siempre.


Es un muy serio error realmente usar en la adoración pública himnos que  niegan los  mismos  fundamentos del Cristianismo. Por supuesto, es bastante bueno para las personas   escribir como ellas sienten. Ninguno de nosotros  jamás presumiría ir más  allá de nuestra  medida, ya sea escribiendo o hablando.  ¿Pero no habría sido muy malo para Israel cuando ellos estaban conscientemente,  como un pueblo libertado a orillas del mar rojo, gimiendo como si aún estuviesen  haciendo ladrillos en Egipto, o bajo el látigo de faraón? Indudablemente. El gemido era bastantemente justo en Egipto, _ convenía a su posición y estado. Pero por la misma  razón esto habría estado completamente fuera de  lugar a orillas del mar Rojo; entonces poner las lóbregas  estrofas   compuestas  por un poeta en medio de la oscura esclavitud egipcia en labios de  un ejército de triunfantes  adoradores, habría sido un serio error, que envolvería un claro error y mal para los  adoradores, y un gran deshonor a Aquel que  gloriosamente los ha libertado del poder del enemigo.


Tampoco es diferente en la materia de nuestros himnos.  Tenemos poca idea del degradante efecto sobre las almas  del pueblo de Dios de los himnos compuestos por personas que no han estado en el pleno goce de la  bendita libertad del evangelio de  Dios. Las expresiones  usadas en  nuestros ejercicios devocionales  tienen una  sorprendente influencia  sobre nosotros, y ejercen una influencia formativa sobre  nuestra condición  moral y  espiritual. Entonces  de allí la seriedad de  la cuestión del himnario.  Podríamos llenar volúmenes  con ejemplos de himnos erróneos y defectuosos que son cantados continuamente  en reuniones  religiosas; pero no hay  necesidad para esto; nuestro objeto será alcanzado si la atención del  lector cristiano es completamente levantada  en referencia  a todo este tema. Confiamos que  él verá que  es, para decir lo menos,  nuestro deber  examinar  lo que  cantamos por  medio de la  luz de las  Santas  Escrituras, y no adoptar en nuestra adoración , lenguaje que  está  en directa oposición al  evangelio de Dios, y  como consecuencia, nos priva de los dulces  y preciosos  privilegios que nos pertenecen como  miembros del cuerpo de  Cristo, y como habiendo sido lavados de todos nuestros pecados  en Su preciosa  sangre, y tener morando en nosotros al Espíritu Santo. 

 

Tome, por ejemplo,  la bien conocida  estrofa 
"Mi alma mira atrás para ver 
La carga que Tú llevaste, 
Cuando colgando sobre el maldito madero 
Y en esperanza culpable estaban allí" 

 

¿Es  estala característica del Cristianismo del N. Testamento? ¿Es solo una materia de  esperanza  para el cristiano que  Cristo llevó sus pecados, y culpabilidad, y su pleno juicio sobre la cruz? ¿No es una certeza divina, probada por la resurrección de entre los muertos del bendito Llevador de pecados, declarada sobre la  autoridad de Aquel que  no puede  mentir, y llevado al mismo  corazón  en el poder del Espíritu Santo? Tal es, muy ciertamente, si hemos de ser  enseñados  exclusivamente por las  Escrituras.  Es  verdad que el  escritor del himno puede no estar,  en su propia  conciencia  interior, a la altura  del propio  carácter  cristiano; y él debe,  por supuesto,  escribir como  siente. Pero ¿por qué uno que, a través de la gracia, está a la altura de esa marca y señal,   deba adoptar como suyo propio el lenguaje  de uno que  no está a tal altura, y eso en el santo  acto de adorar?


Quizás se  dirá, y por muchos, que no es  bueno estar demasiado confiado. Preguntamos, ¿cuál es el  fundamento de la adoración? ¿Es la duda, o la confianza? ¿Está un alma en duda en una adecuada condición para adorar? Ciertamente que no.  "El que viene a Dios debe creer que Él es."  "Teniendo, por  tanto,  hermanos, libertad  para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Jesús, por el camino nuevo y vivo, que Él nos ha abierto, a  través del  velo, es decir, de su carne; y teniendo un gran Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos, con un corazón verdadero, en plena seguridad de fe."


De esta  manera nuestro Dios quiere que nos  acerquemos a Él en la  más dulce y plena confianza.  Él quiere que nos acerquemos a Él,  en la calma confianza  y feliz libertad  que  Su amor  autoriza  y a la cual  nos invita a gozar.  ¿Nos ha dado Él alguna razón para  dudar?  ¿Hay alguna base sobre la cual  levantar algún cuestionamiento en cuanto a Su perfecto amor? ¿Hay alguna falta en la obra de Cristo? ¿Algún defecto en el  testimonio del Espíritu Santo? Decir  o pensar  así, envolvería un atrevido insulto a la  Trinidad. Bien, entonces, ¿debemos dudar? ¿Por qué herir el amante corazón de un Dios Salvador por medio de la  reserva y la sospecha? ¿Es presunción tomar a Dios por  Su palabra? No, esto gratifica Su corazón, y glorifica Su nombre, cuando con acciones de  gracias  aceptamos lo que  Su gracia  nos ha concedido, y  con plena confianza  tomamos el terreno de adoradores  en Su santa  presencia.


Pero el melancólico hecho es que muchos de  los himnos, oraciones,  y formularios de la iglesia profesante actualmente, niegan las grandes  verdades que están en y son el fundamento de la posición cristiana, e impulsan al pueblo de Dios a ir  atrás a las sombras de la  economía Mosaica. Esto puede  parecer severo, pero es verdad, y solemnemente presionamos  la verdad sobre el corazón y conciencia del lector.  Lo exhortamos a tomar esta cuestión, y examinarla a la luz de las  Escrituras. Es un deber hacer así.  Somos llamados a  probar nuestras   propias  expresiones  por la palabra de  Dios, a medir  nuestros himnarios por el  estándar del N. Testamento, y con calma, y decisión rechazar usar un lenguaje en nuestra  adoración que nos priva de todo fundamento y título para adorar.


Confiamos  en que el  lector no se ofenderá por nuestras  declaraciones. Dios es nuestro testigo que no hay nada  que esté más  lejos de nuestros pensamientos que  herir los sentimiento de alguno; pero  sentimos profundamente la  importancia del tema  ante nosotros, y esta es nuestra razón para escribir  como lo hacemos.


Estamos convencidos que un serio daño se está haciendo a las almas, y a la verdad de Dios, y tristeza es ocasionada  al Espíritu Santo por muchas de  nuestras  expresiones  en la adoración pública. Hay cientos de miles de  cristianos  profesantes que, semana tras semana, mes tras mes, y año tras año, en su cantar públicamente nunca  respiran el espíritu de  adopción; nunca claman, "Abba, Padre;" nunca celebran  una redención cumplida; jamás hablan de  un Salvador resucitado. Ellos  usan el lenguaje de las almas  bajo la ley, si, bajo la ira de  Dios, bajo Su  castigo gubernamental.  A veces  ellos usan el mismo lenguaje de nuestro adorable Señor cuando fue hecho pecado por nosotros sobre la  cruz, y abandonado por la presencia de Dios, en vista a  que nosotros pudiésemos ser acercados.


¿No es  esta una  materia para una seria consideración? ¿No es una muy solemne cosa  encontrar a cristianos profesantes  ignorando en su adoración pública todas las  grandes  características del Cristianismo?_  ¿encontrarlos toda su vida  omitiendo en sus canticos todo lo que es  peculiar  a la  iglesia de Dios, el cuerpo de  Cristo? ¿No estamos  autorizados  a llamar seriamente la atención del lector cristiano a esta importante  cuestión?


Hay dos cuestiones que debiésemos siempre preguntarnos a nosotros mismos cuando vamos a  cantar un himno_ primero, "¿es el himno verdadero?". Segundo, "¿estoy en verdad cantándolo?  Si no podemos responder  estas preguntas  en afirmativo, es mejor que no  cantemos. Es mucho mejor estar silenciosos que  cantar lo que es  contrario a la sana doctrina,  o lo que está más allá de  nuestra  medida. Debiésemos sinceramente buscar ser verdaderos y reales en todas  nuestras  expresiones, ya sea al cantar u orar. Nuestro Dios desea  la  verdad en las partes  interiores; y nada puede ser más triste para alguno que  ve las cosas desde  un punto de  vista divino, que reflexionar sobre la  terrible suma de irrealidad y falsedad en nuestra adoración pública.  Nos sentimos  llamados a  presionar este tema, con toda la solemnidad posible, sobre la atención de  nuestros lectores; y sinceramente confiamos  que ellos aceptarán la  palabra de  exhortación, y tratarán de beneficiarse de ella.


En otro artículo nos atrevimos a  ofrecer unas pocas sugestiones  en cuanto a la doctrina de  muchos de nuestros  himnos.  Podríamos llenar un volumen con esta rama de nuestro tema, pero debemos  dejar  al lector seguir por si mismos esta cuestión, comparando diligentemente  los himnos  que habitualmente puede estar cantando con la enseñanza del N. Testamento, y si estos no se ajustan con ella, hay que ponerlos a un lado, y tratar de expresar su adoración en palabras que armonicen con el pensamiento del Espíritu.


Tampoco es solamente  la doctrina de  nuestros himnos lo que demanda  nuestra atención, sino también el tono y carácter de ellos. ¡Muy pocos de nuestros himnos, comparativamente, merecen el nombre de himnos de  adoración! Realmente el mismo término "Adoración", parece  poco comprendido  entre nosotros. Algunos de nosotros parecen pensar que cualquiera forma de cantar religioso es  adoración, aunque  podemos actualmente en nuestros canticos  estar  contradiciendo las más claras declaraciones de las  Santas  Escrituras; o,  si no es esto, al menos , nuestra experiencia, ejercicios, conflictos, dudas y temores, que, difícilmente necesitamos  decir,  no son adoración.  Sin duda que estos pueden haber  sido la veraz  experiencia  de aquellos que los compusieron, pero no son el vehículo propio para la adoración de la  iglesia de  Dios.  Experiencia  no es  adoración. Esta puede ser  real, muy verdadera, y preciosa.  Pero Dios prohíbe que  despreciemos la  experiencia. Ciertamente ninguna  persona  espiritual haría  así.  Nadie que lea  justamente Rom. 5:3,4 podría despreciar la  experiencia. "y no solo eso, sino que también nos gloriamos  en las  tribulaciones; sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la  paciencia, experiencia; y la  experiencia,  esperanza:"


Pero repetimos la declaración, cantar acerca de nuestra experiencia  no es  adoración. En la adoración el alma está ocupada solamente con Dios  mismo_ con Cristo- Su persona, obra y gloria, y todo esto por  medio del poder del Espíritu Santo. Entonces ningún himno  puede propiamente ser llamado un himno de adoración si no lleva  a Dios y a Su Cristo ante el corazón.  La oración no es, propiamente hablando, adoración. Esta es muy preciosa en  verdad, muy necesaria y absolutamente indispensable; pero no puede decirse que es adoración, ya que en ella estamos ocupados con la cuestión de la necesidad_ nuestras necesidades_ las necesidades de la iglesia, de los obreros y su obra. Es verdad que venimos a Dios en nuestras necesidades_ venimos  en el nombre de  Jesús, venimos en la  fe de  Su palabra, en el poder del Espíritu Santo. Pero,  la oración no puede  ser llamada  justamente adoración. Cuando lleguemos al cielo no habrá oración, pero allí habrá adoración.  Cuando los seres vivientes  dan gloria, y honor, y gracias  al que está sentado sobre el trono, que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos"_  representando a  todos los  redimidos , a los santos del A. Testamento y la iglesia_ "se postran ante el que  está sentado en el trono, y adoran al que  vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas  ante el trono, diciendo, Tú eres digno, oh Señor, de recibir la gloria, el honor,  y el poder, porque  Tú has creado todas las  cosas, y por Tu voluntad  ellas existen y fueron creadas." Nuevamente, "y ellos cantaban un nuevo cántico, diciendo, Tú eres  digno de tomar el libro, y abrir  sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y has redimido para Dios por Tu sangre, de cada tribu, lengua, pueblo y nación, y los has hecho a ellos  reyes y sacerdotes para nuestro Dios; y ellos reinaran sobre la tierra."


Aquí tenemos  verdadera adoración; y mientras  más nuestros himnos comparten del tono y espíritu de estas  expresiones, más merecen ellos el título de  himnos de  adoración. No podemos sino deplorar la poquedad de tales.  Aun así, bendecimos a Dios por los que  tenemos; y en lo que  nos concierne personalmente, estamos completamente contentos con cantarlos  hasta que estemos en el hogar arriba.  Por ejemplo,  ¿Qué puede ser más fino que lo  siguiente? 

"Oh, Señor, te adoramos; porque Tú que moriste vives para siempre 
Entronizado en el cielo; 
Oh Señor  te adoramos 
Porque Tú nos has  redimido 
Nuestro título a la gloria 
Lo leemos en Tu sangre 
Oh Dios, reconocemos la profundidad de Tus riquezas; 
Porque de Ti y a través de  Ti, y Tuyas son todas las  cosas 
¡Cuán rica es  Tu misericordia! ¡Cuán grande  Tu salvación! 
Nosotros te bendecimos  y adoramos, Amén, Amén 

 

¿Dónde está el cristiano que no pudiese  unirse con todo su corazón para cantar tal  cántico como el de arriba? Aunque sus logros en la vida divina sean siempre limitados, y su experiencia siempre  baja; su conocimiento  siempre elemental, él debe ser  capaz _ al menos en espíritu_ para entrar en  tales  efusiones de adoración y alabanza.  El mero bebé en Cristo, como también el más maduro y profundamente enseñado cristiano, puede  alabar  a Dios por Su misericordia  y bondad, por las riquezas de Su gracia, por la plenitud de Su salvación, por las bendiciones  de  una redención consumada. Él puede  bendecir al Cordero con ferviente  voz.  Él puede no tener la misma  medida de gozo en la adoración; no ser  capaz de entrar plenamente  en la profundidad y poder del cantico de alabanza; pero su rescatado espíritu puede  dar homenaje  y adoración a Dios y el  Cordero. Él puede levantar su alma en adoración espiritual y verdadera, cual sea su capacidad. 

 

Tome otro poco común y fino himno de alabanza. 
"¡Tu Cordero de  Dios derramaste Tu sangre! 
Tú nuestra carga de miseria llevaste; 
Y nos has  exaltado para compartir, 
El rango de  reyes  y sacerdotes para Dios 
A Ti damos  para siempre, 
La gloria, el honor, y la alabanza que te es debida 
Fortaleza, poder  y obediencia  también, 
Y en nuestros corazones te adoramos" 

 

Ahora,  el especial atractivo de nuestros himnos como hemos aquí citado para el lector, es que todos los verdaderos creyentes pueden unirse para cantarlos sin ninguna reserva. Todos los himnos  que tienen a Dios  como su objeto, y a Cristo como su sujeto, pueden libremente ser cantados por  todos los  cristianos.  No es así con los himnos de experiencia, si realmente, tales  composiciones  merecen el nombre de  himnos.  Imagine una asamblea de cristianos  cantando una  estrofa como la siguiente: 

"Este punto yo deseo conocer 
Que a menudo causa ansiosos pensamientos, 
¿Amo yo al Señor o no? 
¿Soy yo Suyo, o no? 

 

¿Puede  esto ser llamado  adoración? Ciertamente que no. ¿Puede un cristiano  inteligente  cantar esto en espíritu y verdad?  Ciertamente que no. Esto está muy lejos de la  marca. Esta es  experiencia  de un alma  no libertada, no en descanso.  Esta es sin duda muy real, la honesta  expresión de los queridos sentimientos del escritor; pero  no es el lenguaje de uno que sabe que ha pasado de muerte a  vida  que conoce a  Dios como su  Padre, a Cristo como  su Salvador, y el Espíritu Santo como el sello que Dios ha puesto sobre él, y las arras de  la herencia hasta la redención de la  posesión adquirida . Un cristiano es uno que  tiene vida  eterna, y sabe esto.  Él tiene el Espíritu de  adopción, y puede  clamar, "Abba, Padre."  Un hombre que no está claro en cuanto a estas cosas,  no está todavía,  inteligente y felizmente, sobre el fundamento del Cristianismo del N. Testamento.  Él puede ser sin duda un alma  divinamente vivificada, pero no conoce  la libertad con la cual Cristo hace libre a Su pueblo.


Pero nuevamente, un himno experimental  puede estar completamente más allá de nuestra medida. Su lenguaje puede ser tal que no podríamos honestamente adoptarlo.  Este puede  dar expresión a los acentos de un elevado discipulado, una ardiente devoción de un ferviente apego a Cristo_ que  tememos hacer nuestro, considerando  que no nos sentimos  elevados hasta esa altura.


Este lo consideramos un  muy serio  punto.  Si este es errado_ como ciertamente lo es, es decir, cantar himnos que no se elevan a la verdadera posición cristiana, es también errado cantar himnos  que están más allá de  nuestro estado práctico. No podemos  sino temer  que algunos de nosotros  yerran grandemente  en esta  materia.  Usamos el lenguaje  en nuestros himnos que está lejos más allá de  nuestro estado ordinario. En una palabra, no somos  verdaderos a lo que estamos  cantando. Si otros  cantan himnos  que no son verdaderos, nosotros  no somos  verdaderos en nuestro cantar.


Hay muy grande peligro aquí. Preguntamos al  lector cristiano, ¿no considera que este es un tema que  demanda nuestra más seria atención? No deseamos  desalentar a ningún verdadero y sincero  hijo de  Dios. Lejos de eso.  Más bien  tratamos de  buscar, alentar, y ayudar a todos aquellos que realmente  desean seguir a Cristo. Pero no podemos cerrar nuestros ojos a estos solemnes hechos.  Estamos profundamente  impresionados  con el sentido de  la gran inconsistencia  entre  nuestros hábitos privados  y nuestras  expresiones públicas.  Cantamos acerca de ser  extranjeros y peregrinos_ de nuestro estar muertos al mundo,  crucificados con Cristo_  y todo el tiempo  nuestra vida  práctica, desde el lunes por la mañana  hasta  el sábado por la noche, es una contradicción a las palabras de  nuestros canticos.


No es  de ninguna manera  que podemos, o deseamos, arrojar piedras  a otros. ¡Lejos de nosotros sea tal pensamiento! Dios es nuestro testigo, escribimos más bien en un espíritu de juicio propio. Sentimos la urgente necesidad de un ejercicio más profundo de corazón en la  materia de  cantar  himnos. A veces  temblamos  cuando comparamos el  lenguaje de los  himnos con nuestra vida.  Una y otra vez, cuando  alguna  nota especial y elevada  de consagración personal es cantada, el corazón pregunta. ¿Estamos viviendo a tales alturas? Algún himno compuesto, puede ser, por un anciano profundamente enseñado siervo de  Cristo._  que por muchos años   ha dejado el mundo detrás de él_ es pedido, y cantado por toda una asamblea. El escritor del himno escribió como él sentía_ escribió en la  presencia de  Dios; y, a través de la gracia, toda su vida es, en medida, el exponente de su himno.  Hay verdadero aliento de un corazón consagrado_ un corazón que anhela ardientemente por  Cristo_ un corazón que verdaderamente  encuentra el mundo como un erial soledad, y está solo  esperando y velando por "la  estrella brillante de la mañana."  El himno es muy precioso. Cada verdadero y sincero cristiano desearía ser capaz de adoptarlo; pero ¡cuán pocos  de nosotros  estamos  realmente  a la altura de tal marca!  Sin duda que debemos serlo. Este es el feliz privilegio de cada hijo de  Dios recorrer el más elevado camino de la  vida  divina.  Somos llamados a  poner nuestros afectos sobre las  cosas de arriba, a hacer de  Cristo nuestro absorbente objeto, y arrojar a  un lado cada enredo mundano.


Todo esto es  muy verdadero; pero deja completamente sin tocar la  cuestión que  estamos considerando.  Estamos convencidos que, como  regla, los himnos de  experiencia  y de profundos tonos de  consagración están más allá  de la medida de  muchos de  nosotros.  Es bueno ser  reales en  nuestros himnos  y oraciones; y mientras  deseamos ardientemente por un tono más elevado, ciertamente  no debiésemos asumir ser más altos que lo que  somos.  Si nuestra medida es pequeña, reconozcamos  esto, y esperemos en  nuestro Dios que nos haga crecer.  Cada verdadero corazón puede,  sin una sombra de  reserva, unirse en la siguiente preciosa  aspiración:


"¡Ah, Señor ensancha nuestro escaso pensamiento! 
Para conocer las  maravillas que Tú has realizado; 
Desata nuestros tartamudeos, para expresar 
Tu inmenso e insondable amor."


Si,  y cada hijo de  Dios puede  unirse  en  un  himno de alabanza_ un himno que tiene a Cristo por su tema_ Su persona, obra, oficios, caminos, venida y Gloria, _ Él mismo en resumen, su Alfa y Omega. Él, bendito sea Su precioso  Nombre, será nuestro tema para siempre en ese brillante y feliz hogar donde pronto  esperamos estar. Entonces, gracias a Dios, allí no habrá impedimentos ni tropiezos, ni discrepancia, y tampoco desventajas, ni nada a juzgar. Todo estará en dichosa  y gloriosa  armonía; y los embelesados hosannas de la gran congregación llenarán el amplio  universo de Dios a  través de las incontables edades de la eternidad.


Aquí cerramos esta breve serie de artículos sobre el tema del himnario.  No hemos hecho nada más que  ofrecer  unos pocos  indicios  prácticos y sugestiones para el lector cristiano, que confiamos él recibirá en el espíritu en que  estos son presentados.  Debemos confesar que deseamos más realidad, más sinceridad de corazón, más ardiente consagración de  espíritu, y rectitud de pensamiento, en nuestra historia privada, y en nuestros ejercicios y expresiones públicas. Tememos grandemente el hábito de acercarse  a Dios solo con los labios, mientras los corazones  están lejos de  Él. ¡Oh, pueda Él en  gracia libertarnos de todos  estos muy terribles males, y que nos guarde  siempre  en la protección moral y profundo reposo de Su muy  bendita presencia, por causa de Su nombre y gloria!


Pd. 
Añadimos una palabra de amonestación para estos a quien pueda concernirle, en referencia a la materia de pedir himnos en la asamblea. Se necesita mucho esperar en el Señor_ tanto como para la oración, o la predicación. Si un himno no es dado en el Espíritu, serio daño se hace a toda la asamblea. El tono de  una reunión puede ser  rebajado,  y la corriente comunión y adoración  pueden ser interrumpidas al pedir un himno inconveniente.  Es  un error pedir  un himno solamente porque  pensamos que es  agradable.  La  cuestión es, ¿piensa el Señor que éste es  agradable? Él es bondadoso, de modo que  podemos contar con Él para guiarnos en esto, como en  todo lo demás, si solo  esperamos en Él con integridad de  corazón.  Debemos arrojarnos completamente sobre Él. Si actuamos por mero impulso de nuestros propios sentimientos, podemos cometer los más serios  errores. Hay gran peligro en la materia de  dar o pedir himnos, considerando que muchos pueden hacer esto y que nunca piensan en la  guía del Espíritu en la oración, o en  la predicación. Se necesita  verdadera dependencia del Señor.


Del mismo modo también  en la materia de partir con el tono. Aun en esto necesitamos la guía divina. Un himno puede ser pedido en el Espíritu, y aun así estropeado al interpretarlo, a  través de ser impropiamente elevado y guiado. Deberíamos  cantar con todo nuestro corazón, y en lo mejor de nuestra  capacidad; y sobre todo,  la persona que guía el himno debiese  mirar al Señor por gracia para hacerlo de manera conveniente, de manera que  Dios pueda ser  glorificado, y la asamblea  refrescada y edificada.  Estos son los  grandes  fines  que deben buscarse  en todo lo que ocurre en la asamblea, y estos serán alcanzados en la proporción que cultivemos un espíritu de adoración, y un  espíritu de servicio. Pueda nuestro bondadoso Dios  concedernos una grande medida de ambas cosas.


C.H. Mackintosh


Además, ministerio en el  Espíritu, o realmente en cualquiera acción  en la  asamblea a la que Él guía, siempre debería caracterizarse por un profundo sentido de  responsabilidad hacia Cristo. Permítanme presentar  esto, mis hermanos,  y a mi propia alma también.  Suponga que fuésemos preguntados  en algún tiempo después de una  reunión, ¿por qué usted  pidió tal himno, o leyó tal capítulo, u ofreció tal oración, o  expresó tal palabra?  ¿Podríamos con una  conciencia clara y buena responder, mi única  razón para  hacer así fue la solemne convicción que esta era la voluntad de  mi Maestro? ¿Podríamos  decir, pedí tal himno porque  estaba plenamente persuadido que  este era el pensamiento del Espíritu? ¿Leí  ese capítulo, o hablé esa palabra, porque  estaba claro ante  Dios que este era el servicio que mi Señor  y Maestro me  asignaban? Ofrecí tal oración porque  sabía que el Espíritu Santo me guiaba como la boca de la  asamblea a pedir estas bendiciones.  Mis hermanos, ¿podríamos  responder de  este modo?, o  ¿no  tomamos parte a menudo en esto o aquello, sin tal  sentido de  responsabilidad  hacia  Cristo?


Primero, puedo recordarles, que lo que sea que tenga lugar en  una  reunión para edificación mutua debe ser  fruto de la  comunión. Es decir,  que si leo un  capítulo de la palabra, no es que tengo que hojear a  través de  toda mi Biblia para encontrar un capitulo adecuado;  sino que  conociendo más o menos la Palabra, el Espíritu de  Dios lleva a mi mente las porciones  que él quiere que lea. De  este modo si un himno es  cantado, no es que siento que  ha llegado el tiempo  para cantar,  y por ello debo buscar a  través del  himnario un himno agradable que cantar.  No;  sino que de la medida de  conocimiento del  himnario que tengo, el  Espíritu me recordará un himno, y me guiará a pedirlo. La idea de una media docena  de  hermanos  buscando a  través de  sus Biblias  e himnarios  para encontrar  capítulos e  himnos  adecuados que  leer o pedir, es  subversivo del verdadero carácter  de  una  reunión para  edificación mutua, en  dependencia del  Espíritu Santo. Puedo, realmente, haber leído un  capitulo que  estaba sobre  mi corazón, y puedo, debido a mi imperfecto conocimiento de  mi Biblia, necesitar buscar un poco; esto también puede  suceder con un himno; pero  esto es  claramente el único objeto que puedo justamente tener , para hojear las  páginas de mi Biblia o himnario, cuando estamos  congregados  sobre el fundamento de mutua dependencia del Espíritu Santo para edificación mutua.


Segundo,  si esto fuese  bien comprendido, el resultado sería, que cuando  alguno fuese  visto  abriendo su Biblia o himnario, se  sabría que es con el pensamiento de   leer  una porción de la palabra de  Dios, o pedir un himno. La Palabra, "por tanto,  mis hermanos,  cuando os reunís para comer, esperaos los unos a los otros" (1 Cor.11:33),  impediría el pensamiento  en alguno de  tomar parte  en  la  reunión, hasta  que el hermano que ha  evidenciado su pensamiento de hacer  así haya  llevado esto a  efecto o abandonado su intento. 

W. Trotter

 

[1] Aquí podemos destacar que, en referencia a todo lo que ocurre en nuestras asambleas públicas, esto viene a la misma cosa, en cuanto al resultado práctico, ya sea que un hombre hable en una  lengua no oída o no conocida. En cualquier caso la comunión y la edificación están fuera de  cuestión. Si un hombre llama a una asamblea a orar, y después ora vaga y oscuramente, de modo que aquellos dentro pueden difícilmente comprender, ¿Cómo pueden ellos decir Amén? ¿Puede  haber allí comunión y edificación? Imposible. Realmente, en un sentido, una lengua no escuchada  es peor que una no conocida, ya que, si yo sé que un hombre está hablando en una  lengua extraña que  yo no comprendo, no espero ningún provecho ni bendición.
Pero cuando sé que un hombre está hablando en mi propia lengua, y aunque no  escuche una sola sentencia,  esto más bien me irritaría que edificarme. Cada hombre que se levanta para hablar u orar en público está obligado a hacer que la persona más distante en el lugar escuche lo que él dice. Por supuesto, si las personas son sordas, o están estorbadas por alguna distracción que las rodea, ese predicador no debe ser censurado. Pero no podemos ayudar sintiendo que muchos que hablan en público necesitarían mirar al Señor por gracia para ser más claros en sus expresiones. Puede ser que algunos, tratando de evitar cierto pomposo estilo oficial, hayan caído en el hábito de musitar, lo que es muy objetable. Nunca olvidemos que la comunión y edificación debiese ser sincera y fervientemente buscada en todo lo que se realiza en la asamblea. Ésta es la regla apostólica, y nada puede ser más digno de la atención de todos los predicadores públicos. Hablar u orar no audiblemente en la asamblea es contrario a las Escrituras.