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CRISTO EL ANTIDOTO AL ASCETISMO CARNAL

Colosenses 2:20-23

 

2:20 Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos

2:21 tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques

2:22 (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso?

2:23 Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne."

 

 

 

Es un gran error y un fatal error en el cual las mejores  personas  rápidamente fallan en distinguir los dos muy diferentes  sentidos en los cuales  el término "la carne" es usada en la Biblia.  A veces  ésta se refiere solamente a  nuestros cuerpos, "esta carne mortal", pero en las partes doctrinales del Nuevo Testamento ésta generalmente significa esa naturaleza caída que el hombre ha heredado de  su primer padre. Dios creó al hombre, se nos dice, a Su propia imagen, "a la semejanza de Dios fue hecho; varón y hembra... y llamó su nombre Adán" (Gén.5:1-2) Físicamente perfecto, ellos eran moralmente inocentes y espiritualmente semejantes a Dios, que es un Espíritu y el Padre de los  espíritus.

 

Pero en el próximo verso leemos, "Adán engendró a su propia semejanza, y conforme a su imagen" (Gén.5:3). Esto fue después que el pecado hubo  manchado su naturaleza y envenenado las fuentes de vida, y todos sus hijos ahora llevan su imagen y semejanza caída. De allí la necesidad de la regeneración, y de este modo nuestro Señor dijo a Nicodemo, "lo que es nacido de la  carne, carne  es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es". Él no está diciendo solamente que lo que es nacido del cuerpo físico es un cuerpo físico, sino que la personalidad que viene al mundo a  través de la generación y nacimiento natural es uno con la naturaleza  caída que Adán adquirió cuando cayó.  Esta es llamada claramente, "la carne", "el cuerpo de  carne", "el pecado en la carne", "el pecado que mora en nosotros," "la mente carnal que no se sujeta a la ley de Dios;" y es la naturaleza del viejo hombre,  el hombre natural no regenerado.

 

Se nos dice que todos somos por naturaleza hijos de ira, igual que los demás. Cuando convertidos, o regenerados, esta naturaleza carnal no es alterada en el más mínimo grado.  Ésta nunca es mejorada ni santificada, ya sea en el todo o en parte. En la  cruz de Cristo Dios la condenó absolutamente como siendo vil. El creyente ha recibido una nueva naturaleza, la del nuevo hombre. La vieja y la nueva naturaleza están en el creyente y será así  hasta la redención del cuerpo.

 

Es verdad que la carne, o la vieja naturaleza,  actúa a través de los miembros del cuerpo, pero el mismo cuerpo no es  malo.  Cada instinto natural o apetito físico, no importa cuán perfectamente justo y propio pueda ser, y usado como Dios lo designó, puede ser pervertido para propósitos egoístas y deshonrosos. Pero somos llamados a mortificar, o poner en muerte, los hechos del cuerpo y no más presentar nuestros miembros como  instrumentos de injusticia al pecado, sino presentar el cuerpo con todos sus poderes redimidos a Dios para ser usados para Su servicio bajo el controlador poder de Su Espíritu Santo. Entonces el cristiano es llamado a una vida de abnegación, del modo que el apóstol podía decir, "controlo mi cuerpo, y lo llevo a sujeción."

 

Pero por eso él no piensa que  inflige  innecesario castigo sobre su carne física en vista a  purificar su espíritu, sino mas bien que no permite apetitos físicos ilícitos y desordenados dominarlos, y de este modo guiarlo a excesos que traerían deshonor sobre el ministerio  que le había sido encomendado y sobre el nombre del Señor de quien era siervo. Esta sujeción del cuerpo siempre será necesaria mientras  estamos en esta  escena de prueba.  De manera que el apóstol Pedro nos dice, "Él que ha sufrido en la carne ha cesado del pecado." No es que obtenemos libertad del poder del pecado por medio de prácticas  ascetas tales como la flagelación, ayuno, o ignorar el confort físico, sino mas bien   rechazando obedecer a los impulsos carnales, cuya satisfacción puede dar placer físico mientras  batallan contra el alma.

 

Y en esto podemos ver  el contraste entre la tentación de nuestro Señor y la nuestra. De Él leemos que "Él sufrió siendo tentado." De nosotros, que cesamos de pecar si sufrimos en la carne. En otras palabras, para Él, el Santo la tentación le causó el más agudo sufrimiento. Su santa naturaleza evitaba el más mínimo contacto con el mal aun en sugestión satánica. Pero con nosotros, caídos como estamos, la sugestión del mal puede ser seductoramente agradable, y debemos resueltamente rechazar el pensamiento de placer sensual en vista a poder andar en pureza delante de Dios. "Él fue tentado en todo como lo somos nosotros, aparte del pecado." Es decir, que Él nunca fue tentado por deseos interiores por el pecado.  Él podía decir, "he aquí el príncipe de este mundo viene y no tiene nada en mi."  Para nosotros es muy diferente.  Cuando la tentación es presentada desde fuera somos tristemente conscientes del hecho que tenemos un traidor dentro que desea abrir la puerta  de la fortaleza al enemigo si no velamos cuidadosamente. Y justo aquí es donde propósito de corazón es necesario en vista a poder aferrarnos al Señor  y no dar lugar a las sugestiones de la carne y del adversario.

 

Un indio, explicando el conflicto de las dos naturalezas, dijo, "me parece como si dos perros estuviesen peleando dentro de mí: un perro negro, y éste es muy salvaje y muy malo. El otro es un perro blanco, que es muy gentil y bueno, pero el negro pelea con él constantemente". Y uno le preguntó "¿qué perro gana?" Lacónicamente el indio respondió, "el que aliento." Y esto fue bien puesto, porque si la voluntad  está de lado del malo, la carne triunfará, pero si la voluntad  es subyugada por la gracia y sujeta al Espíritu Santo, la nueva naturaleza controlará.

 

Es por falta de comprensión de esta importante verdad que muchos han supuesto que ellos podrían perfeccionarse a sí mismos en santidad por imponerse penalidades y sufrimientos de varias formas sobre el cuerpo. En un día muy primitivo tales vistas  entraron en la iglesia. Los Esenios, judíos y los filósofos estoicos habían acostumbrados a judíos y gentiles al pensamiento de que el cuerpo en sí mismo es malo y debe ser subyugado si uno desea avanzar en santidad. Estas vistas fueron tomadas por ciertas sectas de gnósticos, mientras otros fueron al extremo opuesto y enseñan que solo lo  espiritual era importante, y que el cuerpo podía ser usado en alguna forma sin contaminar el alma.

 

Pero en estos últimos cuatro  versos de nuestro capitulo presente el apóstol advierte contra la locura de  buscar la santidad a través del ascetismo.  Él describe estas  prácticas  como siendo parte de esa filosofía  de la cual él ya ha hablado en el v.8, que él designó como los rudimentos o elementos del mundo.  Desafiando al creyente, como un nuevo hombre en Cristo, que murió con Él a su antigua posición y condición en el mundo, él pregunta: "por tanto si habéis muerto con Cristo a los elementos del mundo, ¿por qué,  como si viviendo en el mundo, os sujetáis a  ordenanzas,... conforme a los mandamientos y doctrinas de los hombres?"  A propósito he dejado fuera ciertas  expresiones explicativas que observaremos en un momento.

 

La gran cosa ahora a ver es que todas estas reglas  y regulaciones  para subyugar el cuerpo son de acuerdo a los principios del mundo. Todas estas dan por admitido que Dios aun está tratando en alguna forma de mejorar la carne, y sabemos que este no es Su propósito. A través de Juan el bautista Él dijo, "el hacha  está puesta  sobre la raíza de los arboles." No solo en tiempos modernos, sino en los primeros días del Cristianismo que  estamos considerando, los hombres han puesto el hacha, o la tijera de podar, si usted quiere, al fruto del árbol como si éste pudiese ser mejorado y el fruto malo cortado. Los hombres tratan de reformar, de poner cercas, y ponerse a sí mismos bajo reglas y  regulaciones, para hacer morir el cuerpo,  e infligir sobre éste sufrimientos, y ciertamente sus viles propensidades al menos  anuladas  si no eliminadas, y poco a poco los  hombres  vendrán a ser espirituales y semejantes a Dios. La fórmula que miles  han tomado dentro de los  últimos pocos años:

 

"Cada día, y en cada forma, Estoy mejor y mejor."

 

Esto expresa el pensamiento de muchos. Pero ninguna suma de control propio, ni de sufrimiento físico puede  cambiar la mente carnal, llamada  enfáticamente, "la carne."

 

Jerónimo cuenta como, habiendo  vivido una  vida lujuriosa desde su juventud, después  que vino a ser un cristiano huyó de todo contacto con el mundo grosero y vulgar en el cual una vez  había buscado satisfacer cada deseo carnal.  Él dejó Roma y viajó a  Palestina, y allí vivió en una caverna cerca de Belén donde  buscó subyugar su naturaleza  carnal por medio de ayunos casi hasta la inanición. Y después nos cuenta cuán desilusionado estaba  cuando, agotado y cansado, cayó dormido y  soñó que estaba todavía  desenfrenado entre compañeros disolutos de los días de su impiedad. La carne no puede ser llevada a sujeción. Ella  no puede ser mejorada por sujetarla a ordenanzas sea humanas o divinas. Pero mientras andamos en el Espíritu,  y ocupado de este modo con el  Cristo resucitado, somos libertados del poder de las codicias  carnales que batallan contra el alma.

 

En la porción de paréntesis de los vv. 21-22  el apóstol nos da un ejemplo, si podemos decir así, de las ordenanzas carnales o doctrinas de hombres a las cuales él se refiere, "no toques; no gustes; no lleves." Él no está diciendo, no toques, no gustes, o no lleves estas  regulaciones ascéticas,  eso no tendría  sentido,  pero estas son reglas humanas, a través de la obediencia a la cual los ascetas esperaban alcanzar un más elevado grado de  espiritualidad. Cuán a menudo hemos escuchado el v.21 citado  como para la guía de los cristianos hoy, exactamente lo opuesto a lo que el apóstol intentaba y se había propuesto. Todas estas regulaciones perecen por el uso.

 

Estas cosas realmente tienen una apariencia de sabiduría en culto voluntario y humildad y descuido del cuerpo, o castigando el cuerpo por hacerlo sufrir. Es natural suponer que  tales cosas tendrían una tendencia a libertar a uno de  deseos carnales, pero incontables  miles de monjes, ermitas, y ascetas de todas las descripciones, han probado que estas  cosas son inútiles contra los deseos de la carne. Uno puede  encerrarse en un monasterio en vista a escapar del mundo, solo  para encontrar que ha llevado consigo al mundo. Uno bien puede morar en una cueva en el desierto en vista a subyugar a la carne, solo para encontrar que mientras  más  el cuerpo es debilitado y descuidado, más poderosa viene a ser la carne.

 

 

 

Dr. A. T. Robertson traduce la ultima parte del v.20: "¿por qué, como viviendo en el mundo, usted dogmatiza, como, no toques, no gustes, no lleves?" Estas reglas pueden ser elevadas a la importancia de dogmas, pero nunca lo capacitarán a uno a alcanzar el objeto que tiene en vista.

 

Usted ha escuchado de un hombre que, ansioso de adecuarse a sí mismo para la presencia de Dios y despertado a un sentido de la vanidad de una vida de placer mundano, huye de la ciudad al desierto, y hace su hogar en una cueva de  rocas practicando allí las más grandes austeridades, y esperando a través de la oración y las penitencias alcanzar el lugar donde  él sería aceptable a Dios. Escuchando de otro ermita que tenía la reputación de ser un hombre muy santo y devoto, él hizo un cansador viaje a través del desierto, apoyado solo por su cayado, en vista a entrevistarlo y aprender de él como podía encontrar paz con Dios. En respuesta a sus agonizantes  preguntas el anciano ancorita le dijo, "toma ese cayado, esa vara seca que está en tu mano y plántala en el desierto seco, riégala diariamente, ofreciendo fervientes ruegos como hacen ustedes, y cuando ésta  brote con hojas y florezca podrás saber que  has hecho la paz  con Dios."

 

Regocijándose que al final él tuvo lo que le parecía una instrucción autoritativa con relación a la más grande de todas  las aventuras, él se apresuró a volver a su celda y plantó su vara como se le  había dicho que  hiciera.  Por largos, y cansadores  días, meses,  y años, él fielmente  regó la vara seca y rogó por la hora cuando la señal de su aceptación fuese manifiesta. Finalmente un día, en absoluta desesperanza y quebrantamiento de espíritu, debilitado por los ayunos y enfermo con el deseo aparentemente inalcanzable, él exclamó amargamente, "Esto no tiene ninguna utilidad, no soy mejor hoy que lo que lo fui cuando vine por primera vez al desierto. El hecho es, que soy semejante a esta vara seca. Se necesita vida antes que puedan haber hojas y frutos, y necesito vida, porque estoy muerto en mis pecados y no puedo producir fruto para Dios" Y entonces parecía como una voz dentro de sí le dijese, "finalmente has aprendido la lección que el anciano ermita deseaba  enseñarte. Es porque estás muerto y no tienes poder en ti mismo que debes volverte solo a Cristo y encontrar vida y paz en Él." Y dejando su caverna en el desierto volvió a la ciudad para encontrar la palabra de Dios y en sus sagradas páginas aprender el camino de paz.

 

Y debemos recordar que es imposible obtener santidad por medio de prácticas ascéticas como lo es comprar la salvación por medio de sufrimientos físicos. Somos salvados en primer lugar, no a través de lo que sufrimos, sino a través de lo que nuestro bendito Señor Jesús sufrió por nosotros sobre  la cruz del Calvario, y bendito sea Dios, Aquel que murió por nosotros sobre esa cruz ahora vive por nosotros a la diestra de Dios, y Él es el poder para santidad como también para justificación.  Por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros, y presentándonos a Dios como aquellos que viven de entre los muertos, Él es  capacitado para vivir Su maravillosa vida en nosotros.

 

Créame, querido y ansioso cristiano, usted encontrará santidad en el mismo Cristo en quien ha encontrado salvación. Mientras deje de ocuparse de sí mismo y mire con fe a  Él y será transformado a Su propia gloriosa  imagen. Usted vendrá a ser semejante a Él al ver Su hermosa faz. No hay otra forma por medio de la cual la carne pueda ser subyugada y su vida venga a ser de triunfo sobre el poder del pecado.  El ascetismo no es sino  una  vana voluntad que mientras le promete victoria, lo sumerge en el pantano de desilusión y derrota. Pero ocuparse de Cristo resucitado a la diestra de Dios es el seguro camino de  vencer las codicias de la carne y venir a ser semejante a Aquel que  ha dicho, "por ellos Yo me santifico a Mi mismo para que ellos puedan ser santificados a través de la verdad."

 

De Él los hombres dijeron que era un glotón y bebedor de vino, porque no vino como un asceta sino como un Hombre entre los hombres, entrando con ellos en, sin pecado, en la  experiencia de la vida humana. Él nos ha "dejado ejemplo para que sigamos Sus pasos." Él  ha venido para santificar  cada relación natural, no para hacer violencia a estas afecciones  y sentimientos que Él mismo  ha implantado en el corazón de la humanidad.

 

 

 

 

H.A. Ironside