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EL TESTIMONIO DE NAPOLEON A CRISTO

 

Puede interesar a algunos saber lo que dijo Napoleón a su compañero incrédulo de exilio, el general Bertrand:


“Conozco a los hombres, y le diré que Jesucristo no es un hombre. Mentes superficiales ven un parecido entre Cristo y los fundadores de imperios y los dioses de otras religiones. Ese parecido no existe. Existe entre el Cristianismo y todas las demás religiones una distancia infinita.


“Podemos decir a los autores de todas las otras religiones, ´ustedes no son dioses ni agentes de la Deidad. Ustedes son solo misioneros de la falsedad, moldeados del mismo barro que el resto de los mortales. Ustedes han sido hechos con todas las pasiones y vicios inseparables de ellos. Sus templos y sacerdotes proclaman su origen. Este será el juicio, el clamor de la conciencia, de todo aquel que examine los dioses y templos del paganismo.


“El paganismo nunca fue aceptado como verdad por los hombres sabios de Grecia, tampoco por Sócrates, Pitágoras, Plato, Anaxágoras ni Pericles. Pero por otra parte los más elevados intelectos desde la llegada del Cristianismo han tenido fe, una fe viva y práctica, en los misterios y doctrinas del evangelio; no solo Bossuet y Fenelón quienes fueron predicadores , sino también Descartes y Newton, Leibnitz y Pascal, Corneile y Racine Carlo Magno y Luis XIV.


“El paganismo es la obra del hombre. En éste uno solo puede leer nuestra propia imbecilidad. ¿Qué conocen estos dioses jactanciosos, más que los otros mortales? ¿Estos legisladores griegos o romanos? ¿Este Numa, y Lycurgus? ¿Estos sacerdotes de India o Menfis? ¿Confucio y Mahoma? Absolutamente nada. Ellos han hecho un perfecto caos de la moralidad. No hay ni uno entre todos ellos que haya dicho algo nuevo en referencia a nuestro destino futuro, al alma, a la esencia de Dios, a la creación. Entre en los santuarios del paganismo, y encontrará perfecto caos, miles de contradicciones, la inmovilidad de las esculturas, la división y la rotura de la unidad, el parcelamiento de los atributos divinos, mutilados o negados en su esencia, los sofismas de la ignorancia y la presunción, fiestas contaminadas, impurezas y abominaciones adoradas, toda clase de corrupción supurando en las más oscuras formas, con la madera podrida, el ídolo y su sacerdote. ¿Honra esto a Dios, o lo deshonra? ¿Son estas religiones y dioses comparables con el Cristianismo?


“En cuanto a mí, yo digo, No. Yo llamo a todo el Olimpo a mi tribunal. Juzgo a los dioses, pero estoy lejos de postrarme ante sus vanas imágenes. Los dioses, legisladores de India y China, de Roma y Atenas, no tienen nada que pueda atemorizarme. No es que yo sea injusto hacia ellos, porque conozco su valor. Innegablemente príncipes cuyas existencias son establecidas en la memoria como una imagen de orden y belleza,  tales príncipes no fueron hombres ordinarios. Veo a Lycurgus, Numa, y Mahoma, solo como legisladores que tienen el primer rango en el estado que han buscado la mejor solución al problema social; pero no veo nada allí que revele divinidad. Ellos jamás levantaron tan altas pretensiones. En cuanto a mí, reconozco a los dioses y a estos grandes hombres siendo como yo mismo. Ellos han cumplido una elevada parte en sus tiempos, como yo he hecho. Nada anuncia que ellos son divinos. Por el contrario hay numerosos parecidos entre ellos y yo mismo, debilidades y errores que se ligan a ellos y a mí, como a toda la humanidad.


Pero no es así con Cristo. Todo en Él me asombra. Su Espíritu me atemoriza, y Su voluntad me confunde. Entre Él y todo lo demás en el mundo no hay un término posible de comparación. Él es verdaderamente un Ser por Sí mismo. Sus ideas y sentimientos, las verdades que anuncia, Su forma de convencer, no pueden ser explicadas por la organización humana ni por la naturaleza de las cosas. Su nacimiento, y la historia de Su vida; la profundidad de Sus doctrinas que sujeta las más poderosas dificultades, y que es de estas dificultades, la más admirable solución; Su evangelio, Su aparición, Su imperio, Su marcha a través de las edades y las esferas, todo para mí es un prodigio, un misterio insoluble, que me sumerge en ensueños de los cuales no puedo escapar, un misterio que está allí ante mis ojos, un misterio que no puedo negar ni explicar. Aquí no veo nada humano.


Mientras más me acerco, y examino más cuidadosamente, todo es superior, todo queda grande, de una grandeza que abruma. Su religión es una revelación de una inteligencia que ciertamente no es humana. Existe una profunda originalidad, que ha creado una serie de palabras y de máximas antes desconocidas. Jesús no toma prestado de nuestras ciencias. Uno no puede encontrar absolutamente nada en otro lugar, sino solo en Él, la imitación o el ejemplo de Su vida. Él no es un filósofo, ya que Él avanza por milagros; y desde el comienzo Sus discípulos lo han adorado. Él los persuade más por apelar al corazón que por medio de algún despliegue de método y lógica. Tampoco Él impone sobre ellos algunos estudios preliminares o algún conocimiento de las letras. Toda Su religión consiste en creer.


De hecho las ciencias y las filosofías no valen de nada para la salvación; Y Jesús vino al mundo para revelar los misterios del cielo y las leyes del Espíritu. Tampoco Él tiene algo que hacer sino solo con el alma, y solo a eso Él lleva Su evangelio. El alma es suficiente para Él, y Él es suficiente para el alma. Materia y tiempo eran los amos del mundo. A Su voz todo retorna al orden, la ciencia y la filosofía vienen a ser secundarios. El alma ha reconquistado su soberanía. Todo el andamiaje escolástico cae, como un edificio arruinado, ante una sola palabra, ¡fe!


¡Qué Maestro, y qué palabra, que pueden efectuar tal revolución! ¡Con qué autoridad Él enseña a los hombres a orar! Él impone Su creencia, y nadie jamás ha sido capaz de contradecirlo: primero, porque el evangelio contiene la más pura moralidad, y también porque la doctrina que contiene de oscuridad es solo la proclamación y la verdad de eso que existe que ningún ojo puede ver y ninguna razón penetrar. ¿Quién es el insensato que dirá ‘No’ al intrépido viajero que relata las maravillas de los picos de hielo que solo él ha tenido la valentía de visitar? Cristo es ese viajero. Sin duda uno puede permanecer incrédulo; pero nadie puede atreverse a decir que no es así.


“Alejandro, Cesar, Carlomagno, y yo mismo fundamos imperios; pero ¿sobre qué fundamentos hemos hecho descansar las creaciones de nuestros genios? Sobre la fuerza. Jesucristo fundó un imperio sobre el amor; y en esta hora millones de hombres morirían por Él”

Napoleón Bonaparte