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EL MAR ROJO

 

(Éxodo 14)

 

       

 

Somos demasiado inclinados a quedarnos meramente con el deseo de la conciencia, y con aquello que satisface nuestro propio sentido de lo que nuestros pecados merecen de la mano de Dios; y esto para el gran perjuicio, no sólo de Su gloria, sino también de nuestra paz; en lugar de esforzarnos en levantarnos al goce de la plena porción que se nos ha dado en el evangelio.

 

Esto se ve siempre en cada parte de la verdad de Dios, y se manifestará aquí, confío, claramente, a los hijos de Dios, por aquello que debe ser la conocida porción de todos los que pertenecen a Cristo. Porque no voy a hablar de lo que puede ser desconocido con seguridad por cada cristiano. Voy a tratar de la común heredad de todos los que pertenecen a Cristo. Me propongo hablar, no de todo lo que por gracia nos pertenece desde el mismo punto de partida de nuestra carrera, sino de esa parte de nuestra bendición que Dios nos ha dado en redención, por la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

 

Los cristianos son demasiado inclinados a quedarse con esto -cuando han sido despertados y han sentido sus pecados, ellos encuentran un bendito refugio y recurso en la sangre de Cristo.

 

Son completamente justos al hacerlo así. ¡No quiera Dios que uno pueda debilitar el sentido del valor de la sangre de Cristo! Pero entrar en nuestra plena porción aumenta el valor de Su sangre, y manifiesta la gracia de Dios en su propia plenitud, no en una forma oscura, aunque las almas sean aptas a hacer de esto su objetivo, sino para darles gozo ricamente, aquello sin lo cual ellos se habrían contentado.

 

En general usted encontrará que aquello en lo cual las almas se contentan en descansar es la respuesta en el Nuevo Testamento al tipo de la Pascua.

 

Ningún alma despertada por el Espíritu Santo encontrará la más pequeña posible esperanza para su culpabilidad salvo en la sangre del Señor Jesús. A Él señalaba, como todos sabemos, el Cordero Pascual que era muerto, y cuya sangre era rociada sobre los dinteles de las puertas de Israel en la tierra de Egipto. Es claro que todos los hijos de Dios deben necesariamente, tarde o temprano ser impulsados a encontrar su abrigo y seguridad detrás de estas puertas rociadas con sangre; sólo allí hay seguridad del juicio.

 

Pero ellos están demasiado inclinados a satisfacerse con menos de lo que Dios nos ha dado. La sangre del cordero pascual no es realmente todo lo que Dios nos ha dado, aun desde la partida del cristiano.

 

Los hijos de Israel, como usted puede ver por las circunstancias históricas, no eran todavía redimidos fuera de Egipto, aún después que la sangre fue rociada. Había otra necesidad y una diferente acción de Dios, que seguía a la primera, no dudo, pero aún así otro trato de la gracia era necesario para mostrar la libertad que Cristo realmente ha asegurado para el creyente.

 

La verdad de la muerte y de la resurrección sólo da al creyente la medida de la bendición que Cristo ha verdaderamente procurado; justo como en las circunstancias de aquí, el Mar Rojo mismo era necesario para dar al Israelita su libertad de la casa de esclavitud.

 

El Nuevo Testamento enseña plenamente esto. Tome por ejemplo en 1ª  Pedro, allí encontramos que, "somos redimidos, no con cosas corruptibles, como oro, y plata, ...sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto"; pero eso no es todo. El Espíritu Santo nos muestra que por Él creemos en Dios, Quien lo levantó de entre los muertos, y le dio gloria, para que nuestra fe y esperanza puedan estar en Dios.

 

Allí usted tiene nuestro Mar Rojo. La muerte y resurrección del Señor Jesús -el poner al pueblo cruzando a través del Mar Rojo responde a esto como un tipo del Antiguo Testamento, que fue necesario para completar la libertad que Dios había comprometido que la sangre del cordero cumpliría.

 

De la misma manera se encuentra que en la Epístola a los Romanos en el cap.3 tenemos la sangre de Jesús; en el cap.4 la muerte y la resurrección: el Mar Rojo es el tipo de lo último; como la pascua de lo primero. Tenemos al Señor Jesús derramando Su sangre en el cap.3; al Señor resucitado de entre los muertos para nuestra justificación en el cap.4; y entonces en el comienzo del cap.5; leemos -"Por tanto, siendo justificados por fe, tenemos paz para con Dios a través de nuestro Señor Jesucristo".

 

El Espíritu Santo no dice que tenemos paz hasta que tengamos el resultado de la muerte y de la resurrección de Cristo, como también de Su sangre, aplicada a nuestras almas: no estoy en lo más mínimo negando que un alma pueda estar llena de gran gozo sin tener tal conocimiento. La atractiva gracia de Cristo continuamente gana las almas, y las lleva a regocijarse ante Dios; pero gozo y paz son cosas muy diferentes.

 

Usted nunca puede tener una paz sólida sin conocer que todo lo que está en su contra ha sido juzgado por Dios. Él quiere que yo mire lo que yo he hecho y que sienta lo que soy; aún más, Él quiere usar medios para llevarme a un debido sentido del pecado, y no sólo de mis pecados, ante mi alma -para juzgarme a mí mismo en lo que he hecho y soy.

 

Frente a todo esto, entonces, ¿Tiene usted perfecta paz? ¿Qué podría darle a usted esa paz? No solamente la sangre de Cristo. Sin esa preciosa sangre no podría haber paz; pero la sangre de Cristo, aunque de infinito valor, no da la plena medida de la bendición en la cual su alma ha sido introducida, incluso como el fundamento ante Dios. Él ha hecho paz por medio de la sangre de Su cruz, no dudo, pero todavía el camino por el cual me lleva al goce de esto es por mostrarlo a Él levantado de entre los muertos para nuestra justificación; y más que esto, por mostrarnos a nosotros mismos, muertos al pecado, y vivos para Dios, a través de Jesucristo nuestro Señor. Conforme a esto, entonces, lo tenemos plenamente discutido en la Epístola a los Romanos, y sobre ello debo detenerme un poco.

 

Ante todo el apóstol mira a nuestra culpabilidad a la vista de Dios -nuestros pecados actuales; y, después que esto ha sido plenamente discutido, es tomada la cuestión que a menudo turba al creyente. He sido perdonado, y puedo ser feliz en la redención. Estoy capacitado a mirar a Dios con la certeza que estoy reconciliado con Él; pero allí está lo que me perturba -encontrar que a pesar de todo, tengo orgullo, locura, carnalidad, voluntad propia, y una continua tendencia a alejarme de Él. Todo esto me sorprende mucho más cuando Dios me ha mostrado tan gran favor.

 

¿No hay nada para satisfacer esto? ¿Cuál es la forma de Dios de tratar con este sentido del mal dentro, que sentimos más profundamente cuando hemos sido llevados a Dios? ¿Debemos solamente conformarnos con el pensamiento del amor de Cristo, o con que Él ha derramado Su sangre?

 

No, hay más. El apóstol Pablo trata con esto más particularmente en los capítulos 6, 7 y 8 de Romanos.

 

En el cap.6 el punto es el pecado y nuestro continuar en éste. Ahora él muestra que éste es completamente juzgado y encontrado por la naturaleza de la bendición a la cual Dios nos ha introducido. No es solamente que debo ser consistente, o que tenga que encontrar un motivo en el amor o en la sangre de Cristo. Eso no es todo. Lo que él dice es, "¿Cómo los que hemos muerto al pecado viviremos en él?". No es "¿Cómo estamos viviendo ahora?" o "¿Cómo hemos sido llevados a creer en Cristo?" No. Es un pensamiento completamente diferente. Tampoco es porque hemos sido lavados en Su sangre, sino "¿Cómo los que hemos muerto al pecado viviremos en él?".

 

Hay algunas almas en este mundo tratando de morir al pecado, y difícilmente hay algo que pruebe más al cristiano. Y no debemos sorprendernos, antes que ellos hayan sido convertidos a Dios, ellos tenían pecado; pero, después que han sido llevados a Él, el sentir la obra del pecado dentro de ellos los alarma realmente.

 

Él no enfrenta esto por volverlos atrás y mirar a la cruz, y por mostrarles la sangre de Cristo que fue derramada por ellos. La sangre de Cristo borra los pecados (en plural, se refiere a la responsabilidad de cada uno), pero no satisface la cuestión del pecado (en singular, se refiere a la naturaleza pecaminosa) que está obrando en el creyente después que ha sido traído a Dios. ¿Qué se hace entonces? Usted murió al pecado juntamente con Cristo; y debe conocer y actuar sobre ello.

 

Hay muchos que no conocen este principio; y esto es una inmensa pérdida para ellos, porque el efecto de no conocerlo es, que él trata de estar muerto, en lugar de creer que lo está.

 

Eso es lo que está en el fondo de todos los esfuerzos legales con los que usted se encuentra, y con muchos otros que se están haciendo. Ignorancia de esta verdad guía a conventos de monjas, monasterios, y otros dispositivos similares en días primitivos como en estos modernos. Pero la misma cosa se encuentra entre los Protestantes. No pienso que ellos usen estos precisos métodos, sino que hacen esfuerzos con el mismo fin. Esto guía a toda la escuela de místicos y pietistas, porque la misma condición se encuentra entre todos hasta que ellos comprenden la gran verdad que el cristiano está muerto con Cristo.

 

¿No conoce o comprende su bautismo? Él dice (en Rom.6) ¿No conoce usted lo que Dios le dio al comienzo de su carrera? ¿No sabe el significado que tiene ese primer rito? Ciertamente no es la señal la que puede dar una real bendición. Ahora, bautismo con agua no es la señal del derramamiento de la sangre de Cristo; por tanto no escuchamos nada acerca de esto en el cap.3: éste significa una gran parte más que el derramamiento de la sangre. Éste muestra nuestra muerte al pecado, y no solamente que Cristo murió por nuestros pecados. En breve, esto es mostrado por el Mar Rojo, y no en la Pascua. Así es,  éste me muestra la muerte de Cristo aplicada a mi naturaleza -una condición que es a menudo una piedra de tropiezo a los hijos de Dios, y el medio de acoso para ellos. Satanás sabe bien como obrar por medio de éste con el propósito de producir desesperanza por una parte, o de tentar para licencia por el otro.

 

El cristianismo niega ambas cosas. Éste expulsa la desesperanza y liberta de tal licencia. Ésta es la aplicación de lo que Dios ha realizado en el Señor Jesús para todos nosotros -no solamente para nuestros pecados, sino para nuestro pecado, esa raíz de mal dentro; y justo como Él me ha mostrado que la sangre derramada borra mis pecados, me hace ver que yo estoy muerto al pecado. Si Él no me hubiese dado esto, estaría igualmente perdido. Esto fue verdadero desde el principio, y conforme a ello en el mismo bautismo cristiano la Escritura muestra este gran hecho. "¿No sabéis que los que hemos sido bautizados a Cristo hemos sido bautizados en su muerte?".

 

Éste es el significado del bautismo. No es una señal de dar vida, sino de dar muerte, para hablar así -es decir que, éste introduce al creyente dentro de este lugar de muerte con Cristo. Ésta es la expresión exterior que si tengo y estoy con Cristo, Él es un Cristo que murió y resucitó; y cuando soy bautizado, soy "bautizado a su muerte".

 

Éste es un inmenso confort, «como hemos sido bautizados a Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte; por tanto como hemos sido sepultados con Él por el bautismo para muerte: de la misma manera como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así nosotros debemos andar en novedad de vida. Porque si fuimos plantados juntamente con Él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la de su resurrección».

 

La razón por la cual nos referimos a esto es, porque sabemos «que nuestro viejo hombre está crucificado con Él, para que el cuerpo del pecado pueda ser destruido, para que no sirvamos más al pecado» ¿Por qué? «Porque el que ha muerto es libre (justificado) del pecado». Ésta no es una cuestión de ser justificados de los pecados, sino del pecado. Eso significa que usted en ese mismo acto confesó lo que lo ha sacado de su condición, fuera de la muerte donde estaba como un pecador hijo de Adán. «El que ha muerto justificado es del pecado».

 

Entonces tenemos la presente consecuencia: "Consideraos muertos realmente al pecado, pero vivos para Dios (a través) de Cristo Jesús". Y entonces viene una consecuencia práctica, "no reine el pecado en vuestros cuerpos mortales". Eso es, que se supone que el pecado está allí, pero éste no debe reinar; y la razón es, porque yo estoy muerto al pecado. Para cada cristiano, a cada persona a quien su bautismo es una señal de una gran realidad por y con Cristo, esto es así.

 

No es por tanto una cuestión de tratar de ser diferente, o de buscar sentir esto o aquello, sino de creer lo que Dios ha hecho por mí en la muerte del Señor Jesús. Si miramos al Mar Rojo, podemos ver como se aplica esto.

 

Después de la Pascua los hijos de Israel vinieron dentro de una mayor presión y turbación. Todo lo que habían sentido en Egipto era poca cosa comparada con lo que quedaba frente a ellos. Ellos han dejado esa tierra después que la sangre del cordero pascual fue rociada sobre sus puertas, pero tan presionados estaban ellos que no había nada sino muerte ante sus ojos. Ellos nunca, en lo que concierne a sus sentimientos, habían estado tan encerrados por la muerte como entonces.

 

Por todos lados había obstáculos que ellos no podían vencer. Detrás el ejército de sus enemigos, y ante ellos sólo una más cierta muerte. Pero aquellos que les parecía «aguas de muerte» era precisamente lo que Dios estaba a punto de convertir en su camino de vida; Moisés, a la Palabra de Dios, levantó su vara -la misma vara de Dios que había traído juicio sobre los egipcios antes. Esa vara se levantó sobre el mar, y las aguas de muerte se levantaron de cada lado como murallas, y los hijos de Israel pasaron a través de ellas protegidos; y mucho más porque era evidente que Dios estaba por ellos.

 

No fue así la noche de la Pascua. Dios, no dudo, no permitió al destructor que los tocara, pero la sangre del cordero, en lugar de mostrar a Dios por ellos, era solamente una protección para que Dios no estuviese contra ellos.

 

No era entonces Dios por ellos. No había allí comunión. Él estaba fuera de donde estaban ellos. ¿Cómo podía un alma tener paz con Dios cuando ese era el caso?  Lo que deseo es ser capaz de mirar al rostro de mi Dios, es que Él esté conmigo, y poder descansar en Su presencia. Pero tener resuelto solamente aquello que viene entre mí y Dios nunca puede darme un sólido confort ante Dios, y, realmente, no debe ser esto. De acuerdo a la porción que consideramos, las posteriores circunstancias probaron la condición en la cual los hijos de Israel habían caído -una condición de ansiedad, temor y peligro, peor de lo que nunca habían conocido.

 

Y es frecuentemente así con el cristiano. Después que el alma ha sido dirigida a Cristo, ésta viene a profundas aguas como nunca, y a una más profunda realización de su propia pecaminosidad. El sentido de pecado después de que hemos mirado a Cristo es más agudo e intenso que cuando huimos por refugio al comienzo. Allí había entonces un camino de vida a través de la muerte. Dios estaba por ellos; pero eso no era todo. Él estaba contra los egipcios. Y así cuando los israelitas han cruzado, el Mar Rojo se cierra sobre sus enemigos y todos mueren; entonces Israel fue salvado, y es destacable que aquí por primera vez Dios usa el término salvación. Él no dice salvación la noche del cordero pascual, pero cuando ellos han pasado a través del Mar si. Salvación es una gran parte más que estar mantenidos en seguridad. Salvación significa esa completa libertad de todos nuestros enemigos -que nos saca de la casa de esclavitud, y nos pone libres y limpios ante Dios, para ser Su pueblo manifiestamente en el mundo. Ésta fue sólo pronunciada cuando Dios los sacó de Egipto al desierto; fue cuando sus enemigos fueron completamente juzgados, y cuando ellos han sido así salvos de manera a nunca más pasar sobre esa forma de temor.

 

¿Es así con el cristiano? Ciertamente, el punto entonces fue, que el príncipe de este mundo trata de usar y volver el justo juicio de Dios contra Su propio pueblo -y de este modo retener al pueblo de Dios a causa de sus pecados; y lo que Dios muestra es el completo juicio de sus enemigos -la destrucción que cayó sobre toda demanda contra el pueblo de Dios. Dios mismo públicamente tomó su causa y actuó ha vista de ellos, para que ellos nunca retornasen a la casa de esclavitud.

 

En el Mar Rojo fue la vara de juicio la que se levantó sobre las aguas -la misma vara que había herido a los egipcios. Así es también en la Epístola a los Romanos. Ésta es siempre la justicia. Ésta es una cuestión de volver la justicia contra el pueblo de Dios; pero Cristo ha venido, y por medio de Su sangre los ha limpiado, y por Su muerte y resurrección los ha sacado fuera del lugar sobre el cual estaba el juicio. No hay entonces más juicio. Ellos ven su pecado, como sus pecados, completamente idos a causa de que Cristo ha sufrido el juicio de Dios.

 

Por tanto el cap.6 de Romanos es el primer lugar donde el pecado en nuestro andar es discutido; y al tratar con esta cuestión el apóstol muestra que hemos muerto al pecado, y que el don de Dios ahora es vida eterna. El pecado no puede tocar al creyente, porque él está muerto a éste.

 

El próximo punto es la ley. Que, él muestra, no puede tocar al creyente, y por esta razón, que ha sido "hecho muerto a la ley". Así en el cap.7, "estamos muertos a la ley por medio del cuerpo de Cristo". Éste no es algún nuevo medio, sino que es la aplicación de aquello que es verdadero ya, a la ley, aún suponiendo que hubiese sido un judío. Es decir, que es la muerte de Cristo, aplicada al pecado y la ley, lo que da al creyente esta libertad. Y ahora somos "unidos a otro, a Aquel que ha sido levantado de entre los muertos". Es erróneo para un creyente todavía pensar estar "bajo la ley" como para una mujer tener dos maridos a la vez. Estamos muertos a la ley para que pertenezcamos a otro.

 

En el cap.8 tenemos esto muy plenamente. "Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús". Y él explica esto en dos formas. ¿Cómo podría usted condenarlos? "Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha libertado de la ley del pecado, y muerte". ¿Cómo podría condenar lo que es perfectamente bueno? Lo que Dios me ha dado es el Espíritu de vida en Cristo. Pero hay otra razón. Dios ya ha condenado el pecado. Hay una razón fundamentada en el carácter de la nueva vida, y Dios nunca condenará lo que es bueno. Pero, además, Dios ya ha condenado la mala vida: "Porque lo que la ley no podía hacer, ya que era débil a través de la carne, Dios enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne pecaminosa, y por el pecado, condenó el pecado en la carne". Él ya ha juzgado mi naturaleza. Ésta no es una cuestión de perdón. No necesito que mi naturaleza sea perdonada; y no debo perdonar ésta en mí mismo.

 

Es un gran confort que Dios en el Señor Jesús haya tratado con el pecado en la carne. No fue suficiente que Cristo por Su propia perfecta pureza condenase el pecado en la carne, porque eso me habría hecho peor que nunca; pero después que Cristo me mostró en Su vida un modelo de perfecta pureza, Él vino a ser un sacrificio por el pecado, y entonces Dios condenó al pecado en la carne: esta naturaleza que me turbaba. De acuerdo a esto, si Dios me ha dado una nueva naturaleza que se encuentra en Cristo resucitado, y también ha condenado mi vieja naturaleza, es muy evidente que no puede haber condenación para los que están en Cristo Jesús. Su andar conforme al espíritu es la consecuencia -el efecto- de esto; y mientras más conozca que estoy libertado, más feliz será mi alma, y más fuerte seré en andar de acuerdo al Espíritu.

 

Aunque el creyente ha sido perfectamente sacado de su estado de condenación -de la condición en la cual estaba- aún así con todo eso, él está en el desierto; y tan verdaderamente éste es el caso, que en el cap.8 de Romanos, aunque uno feliz, él está gimiendo, ya que es sólo "salvado en esperanza", él está aún en el desierto, y así es completamente el caso, que el Espíritu Santo viene a ser el poder de este gemido en el desierto. De esta manera, la analogía es perfecta entre el cristiano y el israelita, que fue sacado  de Egipto, y que nunca retornó a éste.

 

Después que ellos salieron, elevaron un cántico de triunfo. No hay tal cántico en Egipto. Aquí los encontramos cantando al otro lado del Mar Rojo; pero aún así, están viajando a través del desierto: ellos están yendo al descanso de Dios -viajando a través de una escena de prueba, donde, si no hay dependencia de Dios, ellos perecen. Hablo ahora, ciertamente, no en aplicación al cristiano como una cuestión de vida eterna, sino de experiencia práctica. El desierto es el lugar donde la carne muere, y donde todo depende de la simple dependencia sobre el amor de Dios.

 

                                                 

 

W.  Kelly