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LA GRAN PROFECÍA DE LAS SETENTA SEMANAS

 

En el Cáp. 9 de Daniel tenemos el más destacable tiempo de la profecía de las Santas Escrituras. Sir Edward Denny fue, pienso, quizás el primer estudiante de la profecía en designar a este capítulo, “la columna vertebral” Él puede, por supuesto,  haber tomado prestado de otro el término, pero si así,  el presente escritor nunca ha encontrado este término usado por algún otro anterior que este maestro.  El término es muy  justo, porque si comprendemos  el bosquejo indicado aquí, encontraremos que todas las escrituras proféticas  caen en su propio lugar sin forzarlas, de manera  a hacer evidente que tenemos aquí la columna vertebral de todo el sistema  profético de la Biblia.

 

Quienes han dado mucho tiempo al estudio  del libro de Daniel recordarán que el capitulo comienza con un relato de los ejercicios personales de Daniel. Él nos dice que había estado estudiando los libros de algunos de los profetas anteriores a él. Él se refiere al libro de Jer. 29:10-14, y probablemente  al segundo libro de Crónicas (36:21.) En estos libros él aprendió que Dios cumpliría setenta años  de castigo en las desolaciones de Jerusalén. Había sido claramente predicho que posterior a la destrucción de la ciudad y del templo y de la esclavitud del pueblo terrenal en Babilonia,  un período de setenta años  pasaría para que ellos fuesen restaurados a su propia tierra y para que se les permitiese  reedificar el templo,  y eventualmente la misma ciudad de Jerusalén.

 

Daniel había sido llevado cautivo en una de las primeras  campañas contra Palestina. Él era entonces solo un niño, y ahora había venido a ser un anciano. Él realizaba por tanto, que el ciclo de setenta años estaba a punto de completarse. Esto movió su corazón  para orar_ lo que en sí mismo es muy sugestivo. Muy a menudo las personas toman el estudio de la profecía desde un punto de vista meramente intelectual, y ciertamente no hay nada que mueva más nuestros corazones  hacia Dios como la ocupación de Sus maravillosos propósitos con relación a la venida  de Su bendito Hijo nuevamente al mundo para establecer Su glorioso reino.

 

Daniel sentía en su alma que el pueblo no estaba en una condición adecuada para la restauración, y tomó el lugar de confesión ante Dios. El mismo era quizás uno de los hombres más santos que estaba viviendo en aquel tiempo, aun así,  se postra ante Dios, y se identifica con los pecados  de  su pueblo y clama, “yo y mi pueblo hemos pecado” cuando derramaba su corazón en contrición, él cuenta con que Dios  `produzca la liberación, y en respuesta a su ruego, le es enviado un mensajero desde el mismo trono de Dios, el mismo Gabriel, el mismo ser glorioso que le apareció posteriormente, y quien al comienzo del N. Testamento fue escogido para comunicar a la bienaventurada virgen María las maravillosas noticias de que ella estaba destinada a ser la madre del Mesías prometido.

 

Hay algo conmovedor  en la forma en la cual el Espíritu de Dios dirige la atención al tiempo cuando Gabriel apareció por primera vez  a Daniel. “Se nos dice que él “vino a él  alrededor del tiempo de la oblación de la tarde.” Es decir,  que este era el tiempo, si las cosas hubiesen estado justas en Israel, que el sacrificio de la tarde hubiese sido ofrecido sobre el altar en Jerusalén; pero aquel altar estaba derribado; el templo estaba en ruinas. El humo de los sacrificios no ascendía a Dios desde el lugar santo. Aun así Daniel nunca olvidó el tiempo cuando la oblación era puesta sobre el altar.

 

Por supuesto, esa ofrenda hablaba  del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo que debía un día realizarse. Dios mismo veía en cada victima puesta  sobre los altares judíos un tipo de la Persona y obra  de Su amado Hijo; Y todo aquello que Dios realizaría para Israel, la Iglesia, y las naciones, están basados sobre la obra cumplida  en la cruz del Calvario. Nuestro Señor allí “probó la muerte por todos.” La bendición de todo el universo dependía y depende de la obra que Él cumplió sobre la cruz.

 

Notemos ahora el mensaje o la profecía que Gabriel trajo a Daniel. Leemos en  los vv. 24-27.

 

“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. 25 Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. 26 Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí (o mejor “no tendría nada”); y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. 27 Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador. “

 

Hay unos pocos ítems aquí que vendrán a ser un poco más claros  si nos volvemos a otras traducciones. Por ejemplo, en el v.25, la última parte. La Versión revisada lee: “será reedificada, en tiempos turbulentos” Otras versiones  leen en lugar de tiempos “turbulentos”, “tiempos estrechos”. Después en el v.26, la nota al margen parece mejor que el texto recibido: “Después de sesenta y dos semanas  el Mesías será cortado, y no tendrá nada.” La última parte del v.26 es dada en la versión Revisada de este modo: “Hasta el fin serán las guerras; desolaciones están determinadas” Y en el v.27, la mitad del verso se les así en la versión revisada: “Sobre el ala de las abominaciones  vendrá el que desola (o el desolador)” Otras pequeñas diferencias  se encuentran en varias versiones, pero estas no necesitan ocuparnos por ahora.

 

Pesemos cuidadosamente lo que  aquí se nos revela. Recordando en primer lugar, que Daniel comprendió por medio de la lectura de los libros de los profetas  el número de años  en los cuales Dios cumpliría las desolaciones de Jerusalén. Su ruego y confesión tenía eso en vista. Dios lo encuentra y le informa a través del ángel Gabriel que no al término de  setenta años, sino al final de  setenta semanas todas las aflicciones de  Israel terminarían.  La palabra traducida  semana  por los estudiosos generalmente como un término genérico significa simplemente  un siete. Esta podría ser usada  para siete días, siete meses, o como es indudablemente el caso aquí, un siete de años, ya que era de años  en lo que estaba pensando Daniel. Setenta semanas de años, entonces, equivaldrían a 490 años.

 

Ahora,  ¿qué sucederá al término de  este período de 490 años? El ángel añade: “para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos”  Tenga en cuenta cuidadosamente cada una de estas expresiones. Al final de 490 años, la trasgresión de Israel terminaría, y se pondría fin a sus pecados, porque su Mesías habría hecho la reconciliación o expiación por la iniquidad. El largo período de sufrimientos  de Israel bajo  el pie de los gentiles  se completaría entonces, y la justicia eterna seria introducida. Esto se refiere claramente al establecimiento del reino del Mesías. Después la visión y la profecía serian selladas. Es decir,  se cumpliría todo de manera  que la visión y la profecía no sería más necesaria; y al final de todo,  el santísimo seria ungido. Esto debe referirse, creo,  a la gloria del Shekinah volviendo a Israel cuando el pueblo sea restaurado a su propia tierra y el templo de Jehová haya sido  reedificado.  La gloria ha estado perdida desde la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor. Esta no fue vista  en el templo de  Zorobabel ni en el templo de Herodes, pero esta retornará cuando las desolaciones  de Israel hayan terminado, y como un pueblo arrepentido, ellos sean traídos a Dios. De este modo, entonces,  tenemos la promesa  del v.24.

 

Ahora,  si podemos encontrar justo la fecha cuando el período de 490 años comenzó, debiese ser cosa fácil contar 490 años desde ese punto y después preguntar, ¿todas estas promesas han sido cumplidas? El  punto de partida  se nos da  en el próximo verso. “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén”  _ detengámonos aquí por unos momentos. Este es claramente el tiempo del cual debemos comenzar a contar. ¿Cuándo salió un mandato  para restaurar y edificar Jerusalén? Justo aquí hay una diferencia de opinión  entre sobrios maestros de la profecía. Algunos insisten  que la referencia es  al mandato dado en el Cáp.7  del libro de Esdras, que fue aproximadamente  en el año 457 ADC; Pero un cuidadoso examen de ese decreto hará evidente que este no tuvo realmente nada que hacer con restaurar y edificar la ciudad de Jerusalén, sino que fue más bien una confirmación  de un decreto primitivo de  Ciro para reedificar el templo y reinstalar la adoración  del Dios de Israel.  Más bien pareciera  que el mandato al cual se hace referencia fue dado en el Cáp. 2 del libro de Nehemías. Allí tenemos en verdad un mandato para restaurar y edificar Jerusalén, y ese mandato fue dado alrededor del año 445 ADC.

 

No se nos dice si los siete años han de ser contados de acuerdo al tiempo solar o lunar, y para nuestro propósito actual no es necesario aquí que entremos en estos detalles. Sir Robert Anderson, en su obra maestra, El Príncipe que ha de venir, ha tratado esto en gran detalle, y ha presentado un sistema cronológico que me parece plenamente satisfactorio, aunque no todos estén preparados para recibirlo y aceptarlo. Quienes están interesados  pueden consultar esa obra. Yo no trataré aquí con la cronología. Solo deseo enfatizar que evidentemente tenemos en Neh.2 el punto de partida  para el tiempo de esta profecía.

 

Pero veamos el resto del verso: “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas”. Aquí, entonces, tenemos 69 semanas_ no setenta. En otras palabras, 483 años_ no 490. Por alguna razón el ángel separa la última semana  de siete años de las otras sesenta y nueve semanas que se han completado a la venida del Mesías Príncipe. Y estas sesenta y nueve semanas se dividen en dos períodos_ siete semanas, o 49 años, y sesenta y dos semanas, o 434 años. Indudablemente la división aquí es en vista  a preparar nuestras mentes  para una nueva  división entre  las 69 semanas y la 70.

 

Se nos dice: “se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos” La referencia es evidentemente a las siete semanas  distinguidas de  las sesenta y dos. El período anterior es llamado “tiempos estrechos (angustiosos)”, durante estos 49 años la ciudad de Jerusalén sería reedificada y el pueblo restaurado (parcialmente.) Estos en alguna medida fueron tiempos angustiosos, pero la referencia es evidentemente no tanto a la angustia del pueblo en aquel tiempo como al hecho de que la ciudad fue reedificada  en un estrecho  y difícil período.

 

Las 62 semanas continuaron inmediatamente después de la expiración del período de 7 semanas, y se nos dice en el v.26: “Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí (o mejor “no tendría nada)”. Si Robert Anderson está correcto en su sistema de cronología, este tremendo evento sucedió dentro de una semana literal después del exacto termino de las 60 semanas de años.  Él señala que sesenta y nueve años de 360 días cada uno, expiraron  cuando nuestro Señor  fue bienvenido en Jerusalén por  los niños y por aquellos que clamaban, “Hosanna, bendito el que viene  en el nombre del Señor.” Sin embargo,  no se nos dice que el Mesías  haya sido cortado  en el exacto tiempo del término de las sesenta y nueve semanas, sino “después de las sesenta y nueve semanas” Esta parte de la profecía ha sido cumplida a la letra. “El vino a los suyos, y los suyos no le recibieron” El se presentó a Sí mismo a Israel como su prometido Mesías y Rey. Ellos dijeron, “No queremos que este hombre reine sobre nosotros” y pidieron que Él fuese crucificado. Pilato preguntó, “¿Crucificaré a vuestro Rey?” Ellos respondieron, “No tenemos como rey sino a César” Y así el Mesías, por quien la nación había esperado por largo tiempo fue crucificado. Siguiendo esto,  si hemos de tomar la semana setenta como una inmediata  continuación del período que terminó en la cruz, en siete años desde el tiempo de la crucifixión del Salvador todas las promesas hechas a Israel debiesen haber sido cumplidas.

 

Pero  de hecho estas  no han sido cumplidas. Israel aun no reconoce a su Mesías. No lo conoce aun como Aquel que lleva sus pecados. Todavía no se pone fin a sus trasgresiones. Tampoco se ha puesto fin a sus pecados. Ellos aun no conocen  la expiación por la iniquidad. Tampoco la justicia eterna  ha sido introducida. La visión y la profecía tampoco han sido selladas. El santísimo no ha sido ungido por el retorno del Shekinah. ¿Qué entonces? ¿Ha fallado la profecía? ¿Se ha mostrado la Palabra de Dios como siendo falsa? ¡Imposible! Sabemos que Dios no puede negarse a Sí mismo. Pero es justo aquí que encontramos  una de las grandes e importantes  verdades de la Palabra.

 

Entre las 69 semanas y la 70 encontramos un Gran paréntesis que ha durado ya casi 2000 años. La semana 70 ha sido pospuesta  por Dios mismo que cambia los tiempos y las sazones  a causa de la transgresión de Su pueblo. Como lo he señalado en otra parte, aunque algunos rechazan la expresión, desde el momento que el Mesías  murió en la cruz, el reloj profético se detuvo. Y no ha habido un solo tic en aquel reloj por casi 2000 años. Este reloj no comenzará a andar nuevamente hasta que la edad actual haya terminado, e Israel nuevamente sea tomado por Dios.

 

Volvámonos ahora  a la profecía y veamos  claramente lo que allí se profetiza.  Después de la declaración de Daniel acerca de que el Mesías seria cortado y no tendría nada, después de la conclusión de un período de 483 años, leemos: “y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones”   ¿qué es lo que se predice exactamente aquí? Que el Mesías seria cortado. El no tendría nada  en lo que se refiere  al reino largamente prometido y esperado.  Brevemente después de Su crucifixión, el pueblo Romano vino y destruyó la ciudad y el santuario.  No se nos dice cuando esto justamente tendría lugar. Actualmente,  fue después de 40 años.

 

Observe también que no se dice aquí que el príncipe vendría y destruiría la ciudad. Hay un príncipe en vista que todavía debe jugar una gran parte en la profecía.  Él, sin embargo,  no ha aparecido aun, pero su pueblo, es decir,  el pueblo Romano, fue usado como un látigo de Dios  para castigar a Israel por sus pecados, y ellos destruyeron Jerusalén y  el templo de Jehová.

 

Entonces tenemos la edad actual descrita en tres líneas: “y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones.”  Es decir,  como por un diluvio el pueblo de Israel seria destruido por sus enemigos y disperso a través de todo el mundo, hasta el fin, es decir,  hasta la semana 70, que aún queda por cumplirse, habrá guerras y devastaciones. Esto es  exactamente lo que nuestro Señor predijo en Mt.24. Durante la edad actual, “oiréis de guerras y rumores de guerras: no os turbéis: Porque todas estas cosas deben suceder, pero el fin no ha llegado todavía” Ese fin lo tenemos  nuevamente en la semana 70. A través de todo el libro de Daniel tenemos la expresión frecuentemente, “en el tiempo del fin”. La misma expresión la encontramos  en las Escrituras proféticas.  El tiempo del fin es  la última semana de siete años que Dios ha permitido y concedido al pueblo de los judíos, y que todavía no ha comenzado. Esto lo veremos cuando continuemos con nuestro estudio acerca de lo que Dios está haciendo en este periodo que interviene y que nosotros hemos designado “El Gran paréntesis”

 

Cuando este tiempo de espera termine, entonces el príncipe del pueblo que ya ha aparecido se manifestará; es decir,  el gran líder Romano de los últimos días llamado en Apoc. 13, “la Bestia” porque él es enfáticamente la encarnación de cada principio malo en todos los imperios del mundo. Cuando él aparezca, al comienzo pretenderá ser amigo de los judíos, ya que leemos en el v.27: “Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el. Es extraño que  muchos hayan supuesto que este es el Mesías –Príncipe quien debe confirmar un pacto por una semana. ¿Cuándo Él ha hecho tal pacto? La sangre del pacto que Él derramó en la cruz no confirma un pacto por siete años, sino que es la sangre del pacto eterno.

 

En los últimos días, cuando Dios  tome a Israel nuevamente y esté a punto de introducirlos en  la plenitud de la bendición, un príncipe Romano se levantará que hará un pacto con la nación por siete años, prometiéndoles  a ellos protección y libertad religiosa cuando ellos retornen a su tierra. Por tres años y medio él permitirá que esto sea posible, pero  a la mitad de la semana  violará el pacto y demandará que toda adoración a Jehová cese, y el Anticristo será manifestado en su verdadero carácter. Esto resultará en lo que en la Escritura es conocido como el tiempo de “aflicción para Jacob”, o la Gran tribulación, y este período se extenderá por tres años y medio hasta que el juicio sea decretado sobre el desolador, y el pueblo terrenal de Dios  sea libertado.  La mayor parte del libro de Apocalipsis, de hecho virtualmente todo desde el Cáp. 4 hasta el fin del Cáp. 19, tiene que ver con eventos que  tendrán lugar en el cielo y en la tierra durante esta  última semana no cumplida  de Daniel. Cuando esto es visto, todo es una sorprendente armonía, y las escrituras proféticas  son claras.

 

 

 

 

H. A. IRONSIDE