LA CONCIENCIA: NO UNA GUÍA NI UN ESTANDAR

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Hay en cada hombre algún sentido de las demandas de Dios sobre él; este sentido es conciencia, y existe en proporción a medida en que las demandas de Dios son conocidas, por tanto, hay más conciencia en algunos que en otros. Pero aparte de esto, la conciencia puede ser iluminada; es decir, que puede tener una más clara percepción de las demandas de Dios. Estas dos son distintas la una de la otra. La primera es un sentido innato en el hombre, y se encuentra como tal, y a menudo más, en el ignorante pagano que en el más culto religioso. Este es el sentido de lo que Dios demanda, pero la respuesta a este sentido es conforme a la inteligencia e iluminación. El pagano responde a este sentido, a menudo, en una forma de negación propia mayor que el cristiano nominal, aunque el último tiene una mayor inteligencia.

Examinemos como cada una de estas puede ser aumentada, como la conciencia puede ser hecha más sensible e iluminada. Esta es hecha más sensible por la convicción de lo que Dios es en Sí mismo, y viene a ser más iluminada por instrucción divina. Una depende de cuál es mi sentido de lo que es Dios; la otra, de la instrucción que he recibido en cuanto a la forma en la cual la demanda debe ser respondida. El sentido de demanda es aumentado en la medida que Dios en su realidad viene ante mí, y mi inteligencia en cuanto a cómo debo enfrentarlo es aumentada en la medida que soy verdaderamente instruido, es decir, instruido por Su propia revelación. La instrucción en si misma no ayuda a la conciencia; pero la palabra de Dios, llevando al alma el sentido de Su realidad, levanta la conciencia y aumenta su sensibilidad, y al mismo tiempo la instruye perfectamente a cómo responder al Dios que ha despertado un mayor sentido de Su propia demanda en el alma; entonces la palabra de Dios en poder controla y dirige la conciencia. El sentido de demanda no es suficiente en sí mismo, porque con él puede haber gran ignorancia en cuanto a la naturaleza y extensión de la demanda, tampoco hay suficiente sentido en alguno de lo que es debido a Dios. Ninguno por sí mismo puede adquirir esto. Solo el Espíritu de Dios, quien conoce a Dios, puede comunicarme esto_ es decir, darme un verdadero sentido de lo que es debido a Dios; y es claro que es solo Dios quien puede decirme quien soy y cómo debo conducirme de manera a responder a Sus demandas. Un hombre no creyente tiene una conciencia, pero su sentido de la demanda de Dios no puede estar más allá de que está bajo juicio. Él tiene un sentido de que el Ser supremo tiene una demanda sobre él; pero debe ser la obra del Espíritu de Dios dar alguna idea verdadera de la naturaleza de la demanda, y debe haber una revelación de Dios para mostrar cómo ésta debe ser satisfecha. La conciencia en sí misma no puede tener un verdadero sentido de lo que es debido a Dios. ¿Cómo podría, excepto ésta fuese igual a Dios? Tampoco ésta puede responder a la demanda de Dios excepto conozca lo que satisface Su pensamiento, y esto no puede ser posible sin revelación. De este modo es evidente que sin el Espíritu de Dios y la palabra de Dios la conciencia debe ser siempre defectuosa. El hombre está caído y alejado de Dios. Si no estuviese caído, no podría tolerar la distancia en la cual se encuentra naturalmente; y de esta manera, mientras teniendo un sentido de la demanda de Dios sobre él, necesita un poder para reinstalarlo y darle capacidad, de otra manera no puede satisfacer tal demanda. Entonces en cada caso, cuando alguno ha obtenido un justo sentido de la demanda de Dios, ha sido por medio de la palabra de Dios, y no simplemente por la luz de la conciencia. Abel por fe, por un poder completamente fuera del rango y habilidad del hombre, ofreció a Dios. Caín, por otra parte, ofreció de acuerdo a su conciencia, no ayudado y no enseñado por el Espíritu de Dios; y por tanto no está de ninguna manera fuera o independiente de ideas humanas. La demanda de Dios es solo comprendida del punto de vista de Caín, del lado del hombre. No era que él no tenía conciencia, pero esta no tiene verdadero sentido de la demanda de Dios, porque no tiene poder aparte y fuera de la conciencia para capacitarlo a alcanzar la demanda de Dios; mientras Abel por fe no tenía solo un verdadero sentido, sino que también fue enseñado en la verdadera forma, en figura, en la cual satisfacer la demanda de Dios. Cual sea el sentido de la demanda, no hay poder para comprender ya sea la naturaleza o la forma de responder a ésta, sin la intervención de Dios. La caída ha probado la incapacidad del hombre para permanecer en inocencia y responder a Dios; y ahora en la caída debe haber un nuevo poder de Dios, para dar un verdadero sentido, y con este la instrucción de cómo responder a esto. Entonces en cada caso la conciencia es defectuosa como guía, cuando estas dos cosas, fe_ el don de Dios en el alma_ y la palabra de Dios como su luz, no van de la mano.

El sentido de que hay un Dios grande en poder, aun cuando ese poder es reconocido y conocido, no lo salvará a uno del más errado curso, aparte de la acción de la fe, Su poder en el alma.

Tenemos un ejemplo de esto en los hijos de Israel diciendo a Aarón, “haznos dioses, que vayan delante de nosotros; porque de este Moisés no sabemos lo que ha sido de él.” Fue la conciencia la que les hizo pedir un representante de Dios por cuyo poder ellos habían sido beneficiados. Ellos habían visto los poderosos actos de Dios. Pero faltaban de fe al clamar por la conciencia, “haznos dioses que vayan delante de nosotros.” La existencia de Dios no es negada, tampoco Su poder; pero del becerro de oro ellos dicen, “estos son tus dioses, oh Israel, que te sacaron de la tierra de Egipto.” Este ejemplo cita el aposto en 1 Cor.10, cuando advertía a los santos contra la idolatría, que realmente consiste en hacer que la conciencia esté satisfecha con algo aparte de Dios. Note cuanto hubo aquí para influenciar la conciencia justamente, si alguna suma de milagros pudiese hacerlo. Aquí tenemos a un pueblo sacado de Egipto en la forma más milagrosa, alimentado en el desierto diariamente con maná, un pueblo cuyos ojos habían viso todos los poderosos hechos de Dios; este mismo pueblo, con Aarón a su cabeza, falló en comprender la naturaleza y demanda de Dios, y antes de que la ley les fuese dada, ellos la rompieron en sus primeros mandatos. Nadie puede negar que tiene una conciencia, y que, si algún curso de acción fuera podría influenciar o afectar la conciencia, el pueblo de Israel estaba preeminentemente en ese lugar; y aun así vemos qué triste cuadro ellos presentan de una consciente religión, que después de todo lo que ellos han visto ¡adoran un becerro de oro! No puede haber evidencia más convincente de que nada hecho o dado por Dios al hombre externamente puede dar a su conciencia una idea verdadera de Él, que el hecho que todo lo que Dios ha hecho por Israel fue inefectivo y terminó en idolatría. Cuando la conciencia fue hecha una guía, aparte de Dios, sus actos delatan la incapacidad de la conciencia para ver o adoptar lo que fue debido a Dios, aun después de todos los milagros y favores que le fueron mostrados. Si todo lo que los hijos de Israel vieron no les impartió una idea correcta de lo que era debido a Dios, ¿qué podría hacerlo? Nadie sino el Espíritu de Dios puede poner a un lado la voluntad del hombre, e impartir a su alma un verdadero sentido de lo que es Dios en Su naturaleza; y entonces los israelitas no habrían sido censurados por haber actuado sin conciencia, sino de haber sido de “dura cerviz” y por no haberse inclinado a Dios como Él se había manifestado ante ellos.

La conciencia como hemos visto, es un sentido en el hombre caído de la demanda de Dios sobre él; pero este sentido en sí mismo está expuesto a ser influenciado por los prejuicios o parcialidad en que uno ha sido educado; esto adquiere su tono y línea del orden y naturaleza de cosas que son dirigidas a esto con el objeto de influenciarlo. La misma religión se dirige a la conciencia, y la gobierna de acuerdo al poder que tiene sobre la voluntad del hombre. Mientras más se actúa sobre ella, más ella está al servicio; y la voluntad entonces encuentra a la conciencia como un gran auxiliar para agradarse a sí misma. ¡La terquedad es satisfecha! Nadie jamás vio a un devoto de alguna religión que no fuese obstinado; y de este modo su voluntad encuentra un objeto en su religión, y la conciencia aprueba porque no tiene otra idea de lo que es debido a Dios. La noción religiosa en cada caso domina la conciencia, y obtendrá tal dominio sobre el hombre que los más terribles hechos de violencia y sangrientos podrán ser hechos bajo la aprobación de la conciencia. Saulo de Tarso podía decir que había vivido con buena conciencia ante Dios hasta ese día, aunque a la vista de Dios él era el primero de los pecadores; y mientras él perseguía a la iglesia en la forma más cruel, él solo estaba actuando de acuerdo a las impresiones religiosas de las cuales estaba imbuido, y su voluntad encontraba satisfacción en lo que su conciencia aprobaba. Su conciencia había sido formada en la religión judía, y no podía levantarse más alto; y mientras más se adhería a sus impresiones, era más estimulado a actuar en directa oposición a la voluntad de Dios. Ciertamente la conciencia no era una guía o un estándar aquí; y es bastante claro que este hombre, de la más elevada reputación en cuanto a la conducta y conciencia, requirió el poder de Dios para que lo convenciese de lo que era debido a Dios, y de Su palabra aprender a actuar en acuerdo a ello.

La religión de la cual estoy imbuido colorea y domina mi conciencia en proporción a mi voluntad y resolución, de manera que la conciencia nunca es una guía o estándar. Para ser una guía, ésta debe ser independiente de influencias; para ser un estándar, debe ser incapaz de mejoramiento. Si hago de la conciencia lo uno o lo otro, estoy bajo el control de lo que es incierto e imperfecto; y si la satisfacción de la conciencia es todo lo que busco, voy a satisfacer lo que tiene un muy inadecuado sentido de lo que es debido a Dios, y una muy imperfecta, y puede ser, errada idea de cómo responder a ello. Es aquí que constantemente descansan las almas; si su conciencia está satisfecha en cuanto a sus pecados, ellos están contentos. Pero si eso es todo, la voluntad no es quebrantada, y la conciencia no va más lejos que la luz, o supuesta luz, que la ha alcanzado; entonces aún muchas almas convertidas, que pueden decir que están seguras del perdón de sus pecados, de acuerdo a la medida de su propia conciencia, aun así tienen poca idea de su naturaleza y voluntad pecaminosa a la vista de Dios; y simplemente porque esta no es la estimación de Dios del pecado del cual ellos tienen un sentido, pero fundamentado sobre su propia conciencia. Si hablo de un hombre no creyente, es evidente que su conciencia no tiene idea de la naturaleza o demanda de Dios, y ninguna inteligencia para responder al sentido de la demanda de Dios que tiene en sí mismo; pero con el convertido, que debe tener ambas cosas en alguna medida, también hay peligro. Si la persona no convertida puede ser educada de manera que su conciencia puede adoptar la más rigurosa forma de acción en respuesta a esto, de la misma manera la conciencia en un alma convertida puede retener mucho de la forma que ha adoptado religiosamente, o puede adoptar nuevas formas en acuerdo con la conciencia.

En 1 Cor. 8, leemos de una “débil conciencia”, una que no tiene suficiente fortaleza para vencer la idea habitual de la conciencia en cuanto al valor del ídolo, y al comer lo que es ofrecido a un ídolo, “su conciencia siendo débil es contaminada”. La conciencia debe ser controlada por un poder mayor que la voluntad del hombre, o ésta aun gobernará, aun en el convertido, y entonces uno es realmente débil, como hemos visto. Donde la conciencia gobierna, allí no puede estar el gobierno del Espíritu de Dios; y de esta forma vemos esto en muchos, en cuanto al estado de sus almas. Ellos tienen seguridad del perdón de sus pecados, pero ven solo el pecado como este afecta su conciencia, y la ley es la medida de su conducta, porque ellos no ven lo que es la voluntad de la carne en presencia de Dios, sino solamente lo que ellos son en cuanto a la conducta.

El mismo hecho de que es posible para una persona convertida tener una conciencia débil_ uno no sin una medida de luz, pero aun así reteniendo ciertas formas e ideas, falsas y contaminantes_ es suficiente para advertirnos contra confiar en la conciencia como una guía. El peligro en el día actual no viene de la idolatría pura y simple, sino de los sistemas de religión que atan la conciencia aun donde hay verdadera conversión; y entonces una retención de mucho que la estorba y contamina. La luz de la gracia no es bastante fuerte en el alma para expulsar los experimentos de la conciencia. Mientras más cerca esté el sistema de religión de la verdad, más dañino será este, porque vendrá con mayor autoridad para la conciencia, y la voluntad es más respaldada; y todo porque a la conciencia se le permite ser una guía o un estándar. Si yo, a través de la gracia, veo que mis pecados son perdonados a través de la fe en Cristo, en lo que concierne a mi conciencia ella debe estar segura, o no puede tener paz. Pero entonces se levanta la pregunta, ¿es mi conocida conducta_ conocida a mí mismo_ la medida de mi perdón? ¿Es esto simplemente alivio para mi conciencia, o lo es el sentido de la justicia de Dios? ¿Soy justificado de acuerdo a la justicia de Dios, en quien he creído, quien ha levantado a Jesús nuestro Señor de los muertos? Si es mi propia conciencia, necesariamente estoy haciendo de ella un estándar; y si hago esto en un punto de mucha importancia, estoy seguro que no me levantaré sobre ella en todas las otras cosas; entonces, aunque escrupuloso como pueda ser, hago mi propio sentido de lo justo y errado mi estándar, y no a Dios y Su palabra, y la practica debe ser débil y baja. Ahora, por otra parte, si la justicia de Dios fuese mi estándar, porque me conozco a mí mismo aceptado en Cristo, no podría aceptar o aprobar algo, aun en mi conciencia, bajo el estándar que el Espíritu de Dios ha puesto ante mi conciencia, y que la ha satisfecho plenamente.

No intento ir más lejos en este artículo; pero cada uno que reflexione debe ver que muchos que reconocen que sus pecados han sido perdonados no tienen sentido de la justicia de Dios. Ellos verdaderamente creen que Cristo ha pagado por los pecados, y sus conciencias han sido aliviadas; pero cuando ellos se encuentran a sí mismos descarriados y vencidos por el enemigo, y cuando sus conciencias comienzan a ser reprendidas, ellos deben comenzar a desesperarse o venir a ser antinominianos. Ellos no han visto el pecado a la vista de Dios, como Dios lo ve. Ellos no tienen sentido de lo que es ser justificados, puestos sobre un nuevo fundamento de justicia ante Dios; porque si fuese así, verían que todo lo que no es conforme a esa justicia es pecado; toda injusticia es pecado, y allí solo está la justicia de Dios. Además de esto, hay un sistema de evangelicalismo que envuelve la conciencia; porque mientras en ese sistema hay sacrificio por los pecados, y se predica que fe en ese sacrificio es lo que da alivio a la conciencia, aun así, este alivio no puede ir más allá de la seguridad que el israelita tenía en su conciencia después de haber ofrecido la justa ofrenda. La conciencia no es purificada de obras muertas para servir al Dios vivo y verdadero. La conciencia debe ser aliviada; eso era todo lo que se requería y mandaba. No hay poder para andar ni sentido de comunión con Dios; y todo porque la conciencia ha sido hecha una guía y un estándar en lugar de un simple guarda, un punto que puedo considerar en otro tiempo, si el Señor quiere.