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EL LLAMADO DE LA ESPOSA

(GÉN. 24)

Vivimos en un tiempo cuando todo es cuestionado, al menos todo lo que es de Dios; y al leer este capítulo esta tarde, estoy feliz de presentar la verdad de Dios de esa parte de Su palabra que,  si ha sido el objeto de especiales ataques, nos presenta el más simple y claro testimonio a la presente sabiduría y bondad de Aquel que escribió esto para nuestra instrucción.

No sería inteligente para nadie esperar la revelación de la Iglesia de Dios aquí. No hay indicación de la unión de Judíos y Gentiles en un cuerpo. Pero, cuando el misterio fue revelado, aquellos que se inclinan ante las Escrituras pueden ver como Dios ha preparado su lugar y tipo, aunque su carácter no había sido aún revelado. Tampoco este es un punto aislado, sino que hay una bien definida conexión de verdad claramente prefigurada en aquello que precede y sigue a esta porción de las Escrituras. ¡Qué testimonio entonces, tenemos aquí a la perfección  de la inspiración! Algunos piensan y creen que las Escrituras contienen la palabra de Dios, pero que esta no es en sí misma Su palabra.

La porción, a la cual deseo dirigir su atención ahora,  comienza con el Cáp.22. Este no es un comienzo arbitrario. El capítulo es introducido de este modo: “Y sucedió después de estas cosas que Dios probó a Abraham”. Este es un nuevo grupo de cuadros de verdad. Al padre se le pide  que entregue a su hijo, “tu hijo único, a quien tú amas”: una prueba que hasta aquí no habíamos escuchado; ofrecerlo como holocausto sobre un monte, el monte Moriah. Bajo sentencia de muerte el hijo permanece hasta el tercer día; después,  cuando la renuncia ha sido completa, y la mano ha sido extendida, y el cuchillo a punto de matar a su hijo, la mano del padre es detenida, y un carnero, cogido por sus cuernos, es sustituido en lugar del hijo.  De este modo Dios se proveía a Si mismo de un cordero para el holocausto; pero ningún tipo puede alcanzar la altura del anti-tipo ni la profundidad de la verdad: el Hijo de Dios es el Cordero.

Quizás no hay hijo de Dios que no haya aprendido que tenemos aquí una sombra de la ofrenda del Hijo de Dios.  Cada alma que valora las Escrituras, y que se inclina a la luz correspondiente del N. Testamento, debe reconocer esto. Pero esto no es todo.  El Espíritu Santo confirma esto  con Su propia firma, que nos muestra Su  mano y pensamientos. El mismo orden es instructivo. Muchos, sabemos,  están contentos con conformarse con menos. Ellos ven el amor de Dios mostrado en el sacrificio proveído: ellos ven la sustitución del carnero que responde  a Aquel que murió por nuestros pecados.  Y allí se detienen; pero el N. Testamento no hace así.  En Hebreos 11 el apóstol Pablo nos da claramente otro paso, al decirnos que, “Abraham ofreció a su unigénito hijo, de quien se había dicho, en Isaac te será llamada descendencia, creyendo que Dios era poderoso para resucitarlo de entre los muertos, desde donde lo recibió en figura”. Es decir,  que esto es lo que se nos indica y señala  en Gén. 22, donde tenemos una sombra, no solamente de la muerte, sino también de la resurrección de Cristo.

 Pero hay otra alusión a esta escena en el N. Testamento, a la cual debemos volvernos por un momento.  Encontramos en el uso que el apóstol hace de esto en Gál.3. Allí él establece con gran énfasis una Simiente contra muchas simientes: - un uso de Génesis  que es a menudo una gran dificultad aún para los creyentes. Ellos no pueden dudar de la declaración hecha, pero todavía, sienten que no comprenden esta.  Ellos saben  que “simiente” en todos los lenguajes puede significar  a muchas personas, como también solamente a una; y de este modo la fuerza del pasaje se les escapa. Pablo debe ser justo, ellos están seguros: ¿por qué?, o ¿qué significa esto?, ellos no lo saben. Cuando los hombres levantan dificultades, ellos están inclinados a ir más lejos y juzgar la palabra que está más allá de ellos.  Ellos harían mejor si mirasen a Dios como también a la palabra de Su gracia.

 El punto aquí creo que es este: el ángel de Jehová llamó a Abraham del cielo y después,  que Isaac fue sacado bajo el cuchillo (figura de la muerte), a Abraham se le muestra un carnero, al cual posteriormente ofrece: entonces el ángel de Jehová lo llama una segunda vez, y le dice, “Por mí mismo he jurado, dice Jehová,  que porque has hecho esto, y no me has negado tu hijo,  te bendeciré y multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y como la arena que está a orillas del mar, y tu simiente poseerá las puertas de sus enemigos”. Esto confunde y deja perplejo al lector apresurado. ¡Cuán extraño que el apóstol ponga el mayor énfasis sobre “una simiente”, considerando que el texto parece hablar de muchas! Pero leamos más, “y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”. Ahora llegamos al punto de Gálatas.

Hay dos formas de bendición ante nosotros; no solo dos medidas sino también dos órdenes de bendición. La bendición de una simiente numerosa viene primero; y aquí,  donde un número es ligado a la simiente, la bendición es claramente de un carácter judío, poseer las puertas de sus enemigos.  Por la voluntad de Dios esto será una realidad; Él piensa bendecir como también libertar a Su pueblo terrenal; Él mantendrá el gobierno divino del mundo en Israel. Él se propone realizar esto cuando Satanás haya hecho lo peor de este.  Su propósito es arrebatar de la mano del destructor su aparente victoria. Y,  cuando Su pueblo sea llevado a lo más bajo, entonces  Dios tendrá Su oportunidad para ello.  El los levantará. Y los establecerá como cabeza de toda la tierra en bendición y gloria. Los profetas están llenos de esto; pero el primer libro es una garantía de esto, y en conexión con el sacrificio de Isaac en la figura.

 Pero hay más que debe tenerse en cuenta, y de más cerca.  El mismo apóstol pone énfasis sobre una Simiente; y con esta presenta otro carácter de bendición; y este es el énfasis al escribir a los Gálatas. El enemigo estaba tratando de hacer a los creyentes de Galacia que se hiciesen judíos (ciertamente en principio, no en hecho), de manera a tener esta bendición, e insistían en la circuncisión para ello. De este modo ellos estaban en peligro de renunciar a todo lo que era más precioso en el Cristianismo. El apóstol trata de recordarles, y en esta forma;  se habla de la Una Simiente (sin referencia a número, no a la simiente numerosa), allí está la bendición prometida a los gentiles, y al Judío claramente.  Esto él lo aplica a Cristo resucitado, “y en tu simiente (donde no hay nada acerca de estrellas o arena del mar) serán benditas todas las naciones de la tierra”. No se trata aquí de las puertas de sus enemigos poseídas por los Judíos, sino de los Gentiles bendecidos; lo primero estaba en relación con la simiente numerosa, lo último a la Simiente sola.  Repito, este es el punto de Gálatas 3:16. Nuestra bendición no es siquiera con Cristo como Mesías aquí abajo, sino con Aquel que fue crucificado y resucitó de entre los muertos.  Este es un carácter de bendición completamente nuevo al otro lado de la muerte, con el resucitado Señor Jesús, la “sola Simiente”. De este modo venimos a ser  simiente de Abraham, no por ser circuncidados, que es de este lado de la muerte, sino por fe en Aquel que murió y resucitó. Esto es ante Dios  la completa anulación del hombre en la carne, y la introducción de un nuevo hombre en Cristo resucitado, en Quien no hay Judío ni Gentil. Y la fe actúa sobre aquello que está ante Dios.

Hay otra cosa que es una inmensa dificultad para muchos en esta conexión. Sara muere en el Cáp.23. De acuerdo a la doctrina demasiado común en la cristiandad, Sara debería desde entonces vivir y ser vigorosa. Tal, estoy persuadido, habría sido el ordenamiento del tipo si el hombre lo hubiese ordenado, ya que este es el pensamiento corriente en la teología.  Pero de acuerdo a la Escritura  Sara muere; no Agar, el viejo pacto conforme a la carne, sino la madre de la Simiente de la promesa, es la que muere.  ¿Cuál es el significado de esto? Si Génesis 22 nos da una clara ilustración de la muerte y la resurrección del Señor, y de Su propósito de bendecir a los Gentiles en Cristo con una completa y diferente bendición de aquella de Israel aunque verdadera también en su propio lugar, ¿cuál es el significado de la muerte de Sara en este punto?

Los Hechos de los Apóstoles nos aclaran esto.  Después del don del Espíritu Santo los apóstoles presentaron al Señor Jesús a Israel como tal,  dirigiéndose a ellos como “Varones de Israel”, y empeñando la verdad de Dios dando la seguridad de que, que si ellos solo se arrepentían y lo recibían a Él, a Quien habían puesto a muerte sobre la cruz, y que ahora estaba resucitado por el poder de Dios, todas las promesas les serían cumplidas a ellos. Esto es muy especialmente marcado en Hechos 3. “El Dios de Abraham y de Isaac y Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a Su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis, y negasteis en presencia de Pilato cuando éste estaba determinado en soltarle. Vosotros negasteis al Santo y Justo,  y deseasteis a un asesino, y matasteis al Príncipe de la vida, a quien Dios ha resucitado de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”. Y nuevamente, “Estas cosas de las cuales Dios ha hablado de antemano por boca de sus profetas, que Cristo debía sufrir…Arrepentíos, por tanto, y convertíos para que vuestros pecados puedan ser perdonados y vengan tiempos de refrigerio de parte del Señor, quien enviará a Jesucristo que antes os fue predicado, a quien los cielos deben retener hasta la restauración de todas las cosas de las cuales hablaron los profetas desde que el mundo comenzó”.

¿No es evidente que aquí tenemos  la clara propuesta de Dios a través de Su siervo de cumplir todo lo prometido a Israel? Pero ellos rechazaron esto también.  La consecuencia fue que,  Su oferta quedó pospuesta. Sara muere. No hay más presentación del pacto de promesa. De este modo se ha hecho  al final de Hechos 3. “Vosotros sois los hijos de los profetas y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham, y en tu simiente serán bendecidas todas las familias de la tierra; a vosotros primeramente, Dios,  habiendo resucitado a su Hijo Jesús, a quien envió para bendecirnos”. Esta fue la oferta; pero esta fue rechazada, la consecuencia de lo que vemos en una nueva presentación de la palabra del Señor conforme a esto, a Israel sobre este fundamento. Sara muere.  No se dice que Sara no resucitará; ciertamente que literalmente lo hará, de manera que el pacto de gracia reaparecerá, cuando el Hijo del hombre retorne, para ambas casas de Israel.

¿Qué sigue conforme a los Hechos de los Apóstoles? Un extraordinario apóstol es llamado, y nuevo fundamento es tomado; más aún,  es demasiado poco hablar de este cambio así.  El secreto que había estado oculto en Dios de edades y generaciones es manifestado por un nuevo y adecuado testigo. Saulo de Tarso viene a ser el testigo característico no a la madre de la Simiente de la promesa, ni del cumplimiento de lo que Dios mismo ha prometido desde el principio acerca del linaje de Abraham; sino que una esposa tiene que ser llamada fuera del mundo, formada y preparada para el Esposo. El apóstol Pablo viene a ser el especial y típico “ministro de la Iglesia”. De este modo Antiguo y Nuevo testamento armonizan completamente.

 Así es también el próximo capítulo, Gén.24, sigue aquí una nueva escena, que en la más significativa forma corrobora lo que se ha dicho; y me esforzaré por seguir esto como Dios nos lo ha dado. “Y Abraham era viejo, y Jehová había bendecido a Abraham en todas las cosas, y Abraham dijo al más viejo siervo de su casa, quien gobernaba sobre todo lo que Abraham tenía, Pone, te ruego, tu mano bajo mi muslo, y te juramentaré por Jehová, el Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás esposa para mi hijo de las hijas de los cananeos entre los cuales yo moro, sino que irás a mi parentela, y de allí traerás  esposa para mi hijo Isaac”.

Los Cananeos, como cada  uno moderadamente sabe, eran los futuros enemigos del pueblo escogido, ya en la tierra, los instrumentos de Satanás para excluir, si fuese posible, o al menos oponerse y corromper, a los que habían sido llamados por Dios. Ellos tipifican, de acuerdo a Efes.6., a nuestros enemigos, a los gobernadores de las tinieblas de este mundo, a espiritual maldad en los lugares celestiales, contra quienes debemos  estar en conflicto. En conformidad a esto, como todos lo admitirán, no de demonios o ángeles caídos son a quienes Dios llama a la comunión de Su Hijo. Es del mundo que la gracia soberana está formando una esposa para Cristo.

 Este es entonces el encargo del padre a su mayordomo, el siervo de todo lo que él tenía, “irás a mi parentela, y tomarás de allí esposa para mi hijo Isaac”. El siervo tiene sus temores, y en alguna manera presenta sus dificultades. “Si la mujer no quisiere seguirme a esta tierra: ¿debo yo volver a tu hijo a la tierra de la cual tu saliste?” Y Abraham le dijo, “Guárdate de llevar a mi hijo hasta allí. Jehová el Dios del cielo, que me tomó  de la casa de mi padre, y de la tierra de mi parentela, y quien me habló, y me juró diciendo, a tu simiente daré esta tierra; Él envía su ángel ante ti,  y tú tomarás una esposa para mi hijo desde allí. Y si la mujer no quisiere venir, entonces serás libre de este mi juramento: solo que no lleves a mi hijo hasta allí”  No hay un punto sobre el cual se insista más en este capítulo que este: Isaac, el hijo resucitado, debe permanecer exclusivamente en Canaán; y por ninguna razón debe dejar esta tierra.

Comparémoslo con otros. Abraham ha sido llamado de Mesopotamia, y desde allí trajo su esposa. Después, Jacob sale de Canaán, y muy lejos de esta tierra se casa con Lea y Raquel, y desde allí retorna a Canaán. Pero, mientras el llamado de la nueva esposa sale a Mesopotamia, Isaac debe permanecer en el lugar que  es un muy bien conocido tipo del cielo: al menos, durante esta transacción, el esposo permanece en Canaán.  El Hijo del Padre, mientras la esposa está siendo llamada, no tiene relación con el mundo, y es visto exclusivamente en el cielo a la diestra de Dios. Y esta es claramente conforme a la doctrina del Nuevo Testamento concerniente a Cristo, como el mandato respecto a Isaac era imperativo a través de todo este tipo en Génesis. Es un infinito privilegio ser bendecido con Cristo; ser bendecidos no solamente por Cristo sino en y con Cristo y esto en el cielo y en la presencia de Dios.  Pero esta es nuestra bendición, ya que nosotros estamos en el lugar donde Él ha sido ignominiosamente expulsado; y nuestra bendición está en Él ahora a la diestra de Dios.

¿No es este el lugar celestial de Cristo que el Espíritu de Dios nos muestra con gran cuidado en el capítulo recién leído? Durante el llamado de la Iglesia, Cristo no tiene relaciones directas con la tierra, Él es simplemente el cabeza glorificado en lo alto.  Antes de esto Él ha venido a la tierra; y ha estado aquí,  y solo aquí,  aunque ha sido levantado sobre la tierra en la cruz, para que esa poderosa obra de la redención fuese cumplida por Su Hijo, a Quien el Padre no libró, sino que entregó por todos nosotros. Aquí el hombre ha pecado, y aquí el pecado debe ser juzgado; pero es en el cielo, y solo allí, que Cristo es visto en relación con la esposa. Es desde el cielo que el Espíritu Santo ha venido: y es para la cena de matrimonio del Cordero en el cielo que la esposa está destinada, y es mientras  que el resucitado Esposo está en el cielo que ella está en proceso de ser formada aquí abajo, antes de que Él venga para tomar a los santos y a la Iglesia para presentársela a Si mismo arriba.

Esto establece serias cuestiones.  Y es esto por lo que los cristianos se turban especialmente acerca de esta materia; porque algunos consideran fanatismo esto y no tienen ningún interés en ello. Su asociación con Cristo como el cabeza celestial es, por tanto,  lo que Satanás desea frustrar; porque si nuestro poder y bendición dependen de comprender nuestras verdaderas relaciones con Cristo y de la realidad de las relaciones de Cristo con nosotros, el esfuerzo del enemigo es separar todo lo que él pueda a Cristo y la Iglesia; mientras la activa obra del Espíritu de Dios es  establecer y mantener al creyente, no solo al individuo sino también a la Iglesia, en la viva conciencia de Sus y nuestras relaciones  con Él, porque Dios espera una conducta fundamentada sobre esta relación. Otra relación sería impropia y también pecado.  SI la esposa no anda como esposa, ella fracasa completamente. Pero la conocida relación es el fundamento de nuestros deberes.

 En medio de esta revelada escena que un Judío, y quizás algunos cristianos, pudiesen considerar como meramente una historia doméstica, el Espíritu de Dios ha trazado los lineamientos típicos de nuestro llamado y nuestras relaciones con Cristo, y es de toda importancia para nuestras almas ahora, y más dulce porque uno ve en Génesis, en días tan primitivos, que este era un propósito ante Dios; y realmente, sabemos por el N. Testamento; que este era un propósito formado en Cristo antes de la fundación del mundo. Aquí vemos este propósito en sombra, y lo que me parece de alto valor, en relación al sistema de promesa por una parte, y sobre todo, al sacrificio del Hijo de Dios, por la otra.

Pero debemos tener en cuenta también otras notables características que llenan este bosquejo, y convienen a tal escena.  Permítanme nuevamente imprimir sobre ustedes la gran verdad de que aquí vemos a la Iglesia  fundamentada sobre la obra cumplida de Cristo, como un hecho cumplido; si,  no solo de Su muerte, sino también de Su resurrección. Aquí vemos al Hijo de Dios resucitado y en un lugar completamente nuevo. En este lugar se encuentra Cristo bajo la representación de Isaac, recibido en figura  como de entre los muertos, quien,  se mantiene completamente en Canaán, que es el reconocido e innegable tipo del cielo. Cuando pensamos en la previa historia de Abraham, o del caso que sigue, la historia de Jacob, de José o de algún otro, la solemne restricción a Isaac es más destacable aún.  Podemos ver que hay una tendencia que se repite para la familia a través de todo, desde padre a hijo.  Esto es más sorprendente aún como un hecho; ¡cuánto más donde  vemos su pleno significado en Cristo como nuestro Cabeza celestial y Esposo ahora!  Isaac tuvo ese lugar típico. No hubo ninguno de los patriarcas de este modo tan destacablemente visto en Canaán de principio a fin, y  enfáticamente solo allí en relación  al llamado de Rebeca. Si Dios quería mostrar un Esposo exclusivamente celestial, ¿de qué otra manera podía hacerlo efectivamente? Isaac no debe tener ninguna excusa para dejar Canaán, cual sean las dificultades para llevarle una esposa.

El Espíritu de Dios, ya hemos destacado,  nos muestra la misma verdad abiertamente en las epístolas del N. Testamento, y en sustancia también en las últimas partes del evangelio de Juan donde Cristo es mostrado poniéndonos en Su propio lugar arriba.  Aun así en el A. Testamento Cristo es a menudo presentado como Aquel que debe reinar sobre Israel, restaurado y bendecido sobre la tierra;  Quien juzgará también y gobernará a todas las naciones.  Y así, sin fracasos,  Él lo hará, porque la Escritura no puede ser rota; y si la palabra de Dios fuese fluctuante para la tierra, ¿cómo podría uno confiar en ella para el cielo? Los Salmos y los profetas están llenos de brillantes visiones  del día cuando Él una vez humillado Mesías reinará de mar a mar y traerá los días del cielo sobre la tierra; y entonces los santos de antiguo, aunque no sin celestiales prospectos, como lo sabemos de Hebreos, consideraron justamente la tierra como la futura esfera  de la manifestada bendición, aunque no ciertamente de la tierra exclusivamente. Sin duda entonces Cristo pedirá, y Jehová le dará a los paganos como Su herencia y los extremos de la tierra como Su posesión. Pero ese día de pedir y tener estas cosas, y por lo tanto del juicio de los vivos (Salmo 2:6,8) está en contraste con lo que ahora es verdad (Jn.17), cuando Él no pide por el mundo como lo hará entonces, sino que pide por nosotros mientras está en los cielos. Este es el verdadero Isaac de este modo imprimiendo un carácter celestial sobre las almas sobre la tierra; dándoles a ellos no solamente un destino celestial, para entonces, sino también ahora,  desde y con Él mismo mientras ellos están aquí como conscientemente perteneciendo a Él allí.

Pero debía llegar también el tiempo para este sorprendente despliegue de fe. El Señor Jesús ha ido hasta las profundidades de la expiación. Él también ha sido completamente rechazado por los Judíos, y Dios los ha ahora rechazado a ellos y a la directa bendición de la tierra, al menos por un tiempo; porque esto depende de la recepción de Él, y cuando esto suceda la consecuencia para el mundo será vida de entre los muertos. Pero no es sobre la tierra que arrojaron o echaron al Justo, sino al cielo, donde ahora se ve la justicia, donde Dios ha glorificado al Santo que el hombre despreció y rechazó; y aquellos que mientras tanto lo reciben son hechos la justicia de Dios en Él. De este modo la actual gracia de Dios es más rica que cualquier promesa, porque Dios nunca se limitará a Si mismo a una promesa. ¿Podría Él realmente tal pensamiento, que  el dar de Él en gracia es agotable?

El gran hecho para nosotros, frente al mal que guió al mundo para poner a muerte al Señor, es que Dios lo resucitó de entre los muertos después de haber sufrido por nuestros pecados, y lo estableció en gloria celestial, mientras Él llama fuera del mundo no solo a individuos para ser bendecidos con Cristo,  sino que los forma a ellos por el Espíritu como Su Asamblea, un cuerpo, del cual Cristo es la Cabeza mientras está allí en el cielo. Y si usted tiene el Espíritu de Cristo realmente ahora, esa es su relación con Él. Usted es un miembro de Su cuerpo, carne y huesos, a pesar de sus propios pensamientos o los de los hombres. Y como Él es celestial, también los tales son celestiales. Si cree en Él, no tendrá temor de  confesarlo, ni de dudar de su bendición, y no se avergonzará de Él en ninguna forma. ¡Qué tristeza es tener que presionar esta verdad cuando la Iglesia debiese vivir en el pleno gozo de ella! ¡Cuán triste es que tengamos ahora que recordar a los hijos de Dios lo que Su gracia les ha dado, pero que ha sido olvidado! Dios decide (esta no es nuestra elección) cuales serían nuestras relaciones con Cristo. He escuchado a alguien decir, pensando que esto era un acto de mucha humildad, “no me atrevo a preguntar si soy un hijo de Dios, estoy contento con ser  su siervo”. ¡Ay! esta es verdadera incredulidad, no humildad. Porque esto significa medirnos a nosotros mismos por nosotros mismos u otros, lo que necesitamos es ver que Cristo ha sufrido todo, para que Dios pueda bendecir de esta manera, e introducirnos en relaciones  de acuerdo a la obra de redención y la gloria de Aquel que la realizó, en el cumplimiento de los consejos divinos para magnificarlo a Él.

¿Es Cristo, entonces, “celestial” ahora?, “Como Él es celestial, así también los celestiales”  ¿Si hay celestiales, quienes son ellos? No los ángeles.  Los ángeles buenos no son sacados de su posición, y los malos aún no son tratados judicialmente. La gracia actúa plenamente; y el último en quien la naturaleza  podría suponer escogidos son aquellos a los cuales Dios concede la más rica bendición. Esta es la posición del cristiano y de la Iglesia, aunque poco o nada hayamos hecho por Su nombre. Nuestra libertad y relaciones son consecuencias de lo que es Él y Su obra; no de lo que son o han hecho aquellos que siegan la bendición a través de la gracia de Dios. No digo que usted no puede conocer su lugar celestial individualmente, o con todos los santos, o su responsabilidad en ambos respectos como el templo de Dios.  Lo que digo es que usted debe tratar de  mantener y realizar sus relaciones  antes que pueda manifestar la afección y los caminos y conducta adecuadas a estas. ¿Quién esperaría la conducta de un hijo salvo un hijo que conoce a su padre?

Este es precisamente el mismo principio en la esfera de Cristo y la Iglesia. El hombre, no la mujer, determina la posición y la dignidad de acuerdo a la suya propia. Él estuvo, y volverá a estar sobre la tierra; pero ahora está en el cielo, y solo allí nosotros lo conocemos. La relación con Él ha sido establecida, y para nosotros en una bendita forma, ya que Cristo nos ha bautizado en un solo cuerpo por el Espíritu Santo enviado desde el cielo.  La cruz hizo posible esto, habiendo puesto a un lado el pecado por medio del juicio de una vez y para siempre; no por longanimidad, aunque hubo un tiempo cuando Dios actuó de esta manera, sino ahora en justicia, ya que el pecado ha sido juzgado, y juzgado como nunca lo será en el infierno, y nunca más podrá serlo. La fe se inclina ante Dios, y recibe a través y con Cristo esta porción celestial; al creer en el Señor Jesús somos unidos a Él. Sobre lo alto el Hombre sufriente fue dado a la Iglesia, como Cabeza sobre todas las cosas. Él tuvo que pasar primeramente por la muerte; porque, “si el grano de trigo no cae a tierra y muere queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” La palabra de Dios hace perfectamente cierto que el Señor Jesús, solo después de la redención, vino a ser a la diestra de Dios el cabeza de Su cuerpo, que está ahora en proceso de formación por el Espíritu sobre la tierra. No hubo tal estado de cosas mientras Él estuvo sobre la tierra. En ningún respecto Él fue nuestra cabeza hasta que tomó Su lugar en lo alto; tampoco el cuerpo podía comenzar hasta que Cristo estuviese allí como cabeza, a Quien el Espíritu santo podría unir. Porque no es tampoco una conciencia despertada ni la fe solo lo que une, sino el Espíritu que se nos ha dado. Repito, lo que creo como  un individuo; y esto es de gran importancia, y del más grande valor para cada alma. Si la conciencia está perturbada, no puede haber un justo fluir  de la afección divina; y fue parte de los tratos de Dios y de Su sabiduría no dejar cuestiones antes de ser unidos a Cristo por el Espíritu.

Debemos distinguir entre el nuevo nacimiento y el bautismo del Espíritu. Como pecadores hemos sido vivificados; como santos tenemos el Espíritu, sea como individuos o por unión. Supongamos que una mujer, la más oscura que usted pueda encontrar, cuyo solo nombre era de mala reputación; pero un hombre de los más  nobles de la tierra, y del más exaltado carácter y posición, se agradase en hacerla a ella el objeto de su amor, y más que eso darle su propio nombre como siendo su esposa, ¿qué entonces? En un instante todo es cambiado; no importa lo que ella pueda haber sido antes, ahora todo depende de estas nuevas relaciones, para otros y especialmente para ella.  Ninguna incredulidad de los creyentes pone esa bendición lejos hasta que estemos en el cielo; pero,  conforme a la palabra de Dios (y solo esta es obligatoria y tiene autoridad), esto es verdadero de nosotros aquí, aunque el poder práctico, y el gozo y testimonio de ello se pierda ahora si no creemos. Somos el cuerpo de Cristo ahora. No hay en la Escritura tal doctrina como venir a ser miembros del cuerpo de Cristo en el cielo. Porque esta es una cuestión de Cristo y Su obra revelada por el Espíritu, no hay nada demasiado bueno o grande para la Iglesia en los pensamientos de Dios, Quien está glorificando a Cristo y bendiciéndonos en Él.  Todos los santos tienen que sufrir, y especialmente los cristianos, no solo por causa de la justicia sino también por Cristo; y esto las personas no lo desean.

La incredulidad desea el camino intermedio, uno de buen sentido común; está se asusta de los extremos porque menosprecia a Cristo. Esta desea el honor y la comodidad ahora, y espera tener perdón y aceptación arriba. Esto no es el Cristianismo, sino el reavivamiento de un semi-judaísmo, que destruye las verdaderas relaciones y testimonio de la Iglesia. La verdad puede a veces ser presentada crudamente y con laxitud, y Satanás hace de esta forma la hace ridícula para el hombre natural y su forma repulsiva a una mente espiritual. Debe deplorarse y ser reconocido, pero no justificado por aquel que siente por la gloria de Dios. Pero no podemos cercenar o reducir la verdad de Dios para hacerla más agradable al mundo o a los cristianos que desean andar con este. Todo lo que es conforme a Dios debe fluir de la fe; la fe del santo (no digo del alma que viene a Dios) es formada por su objeto, Cristo en gloria, a Quien la persona es unida y por Quien es cambiado más y más de acuerdo a Su imagen, como por el Espíritu del Señor, de gloria en gloria. Sin duda,  hasta que el alma de un hombre se inclina ante Dios en el sentido de su propia pecaminosidad, y encuentre redención en la sangre de Cristo, es locura y equivocado hablarle de los privilegios celestiales. Pero,  cuando toda necesidad de la conciencia ha sido satisfecha ante Dios por la fe, el Espíritu sella al creyente, quien es hecho uno con Cristo en los cielos.

Veremos de las Escrituras, de hecho,  que sin fe no hay unión; pero fe en sí misma no es lo que une.  No hay tal cosa como una persona unida a Cristo al creer; pero, cuando esta cree, es hecha uno con Cristo por el Espíritu Santo, Quien ahora ha querido condescender  a tomar el lugar de servir a los consejos del Padre para la gloria de Su Hijo amado.  Como el Hijo vino a ser siervo al venir a hacer la voluntad de Dios aquí abajo, del mismo modo ahora el Espíritu Santo glorifica a Cristo en comunión con el pensamiento y amor del Padre.  Y esto solo podía ser cuando Cristo estuviese en lo alto, después de haber realizado Su obra, y enviado al Consolador para que estuviese  con y en ellos para siempre.

 Un resultado lo vemos hermosamente descrito aquí, es el espíritu de fe en el cual actúa el siervo, y mostrado en sus ruegos en conformidad al pensamiento de Dios. “Y el criado tomó diez camellos de los camellos de su señor, y se fue, tomando toda clase de regalos escogidos de su señor; y puesto en camino, llegó a Mesopotamia, a la ciudad de Nacor. 11 E hizo arrodillar los camellos fuera de la ciudad, junto a un pozo de agua, a la hora de la tarde, la hora en que salen las doncellas por agua. 12 Y dijo: Oh Jehová, Dios de mi señor Abraham, dame, te ruego, el tener hoy buen encuentro, y haz misericordia con mi señor Abraham. 13 He aquí yo estoy junto a la fuente de agua, y las hijas de los varones de esta ciudad salen por agua. 14 Sea, pues, que la doncella a quien yo dijere: Baja tu cántaro, te ruego, para que yo beba, y ella respondiere: Bebe, y también daré de beber a tus camellos; que sea ésta la que tú has destinado para tu siervo Isaac; y en esto conoceré que habrás hecho misericordia con mi señor.

15 Y aconteció que antes que él acabase de hablar, he aquí Rebeca, que había nacido a Betuel, hijo de Milca mujer de Nacor hermano de Abraham, la cual salía con su cántaro sobre su hombro.” (vv.10-15) ¿No ilustra esto vívidamente lo que es  “orando en el Espíritu Santo”? Esta es oración, no solamente  por esto o aquello, sino ruego en la corriente de aquello que es para la gloria  del Hijo y conforme al propósito del Padre. Esta me parece que es  la más viva anticipación en el A. Testamento de pedir al Padre en el nombre de Cristo, y tener lo que le hemos pedido. Hablo del espíritu de esto.

            ¿Es entonces esto solo una circunstancia casual el que tales pasajes se encuentren aquí? ¡Qué contraste  con el voto de Jacob en Gén.28, o su clamor y angustia en Gén. 32! Realmente, no es demasiado decir  que no hay otro capítulo en Génesis  donde  haya tanto acerca de la oración como aquí, y ¿por qué? ¿No es a causa  que ahora,  durante el llamado de la esposa, el andar por la fe es ejemplificado por Aquel que mora  y obra en los cristianos? Ciertamente que Dios no espera menos  hábitos de dependencia  en aquellos que llevan el nombre  de Cristo.  Por supuesto,  en cada tiempo desde el comienzo de los tratos de Dios con los hombres, todo los que han tenido fe han orado; y vemos esto de forma admirable en Abraham y otros. Pero apelo a cada  mente con discernimiento  para que  diga si no encuentra en tal tipo, lo que no encontramos en ningún otro en el libro.

Hay otra característica, también; el Espíritu Santo ha descendido en una forma que nunca antes lo había hecho. Tan ciertamente como el Hijo de Dios descendió personalmente a la tierra para tomar carne, del mismo modo el Espíritu Santo vino para morar con nosotros ahora.  El vino para morar en el Hijo, sellado, y sin sangre, Aquel que era el Santo de Dios. Pero, ¿cómo podríamos nosotros, pecadores como somos, tener Su Espíritu? ¿Cómo podríamos ser los vasos  del Espíritu Santo de Dios? Solo en el poder,  del perfecto sacrificio de Cristo.  Después de eso,  no antes,  el Espíritu Santo descendió para morar en aquellos que habían sido muy desgraciados pecadores; y Él puede morar en nosotros para siempre en virtud de la sangre que nos limpia de todo pecado. ¿No tiene esto una voz para nosotros, amados hermanos? Esta es realmente una muy solemne cosa  para todos los cristianos. Necesitamos, y debemos cultivar ese espíritu de fe y oración  que nos mantendrá prácticamente en la presencia de Dios donde la carne es juzgada, sabiendo que Él nos escucha, y que de este modo tenemos las peticiones que  le hemos hecho.

Pero esta no es la única cosa aquí. El mismo siervo que representa el poder  del Espíritu actuando en el hombre ahora, nos muestra también  la maravillosa  fidelidad en la cual Dios no solo lo guía a él, sino que controla para él todas las circunstancias  justo como al comienzo del capítulo, no fue solamente como Jehová-Dios que Abraham lo reconoce, sino también como, “Dios del cielo y de la tierra”. Y así,  aún más debe sentirlo el cristiano ahora,  de acuerdo a  la infinita amplitud  de las revelaciones de Su gloria como el Dios  y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Entonces, en Efes.4 Él  muestra lo que estando sobre y a través de todo, y también en todos nosotros. No es solo que hemos sido  introducidos  en la más íntima cercanía por gracia; sino que, despreciados y rechazados como podemos serlo por causa de Cristo, estamos,  como hijos  en esa intimidad que nos capacita para hablar a Aquel que mueve todas las cosas. Justo como el hombre tomó pendientes de oro de medio siclo, y brazaletes para sus manos de diez siclos de oro (vv.22, 30), a cada uno de nosotros nos es dada gracia de acuerdo a la medida del don de Cristo (Comp. Efes. 4:7-16)

Nuevamente, el corazón del siervo se vuelve instantáneamente a Dios en adoración. “El hombre entonces se inclinó, y adoró a Jehová, 27 y dijo: Bendito sea Jehová, Dios de mi amo Abraham, que no apartó de mi amo su misericordia y su verdad, guiándome Jehová en el camino a casa de los hermanos de mi amo”  (vv.26, 27) Esto fue, sin duda,  homenaje más bien que adoración en el propio sentido cristiano; es decir,  esto fue individual,  no la alabanza  de los hijos de Dios o de la asamblea. Aun así esta es la figura de la adoración. ¿Le sorprende  el que haya más de  tal homenaje  o adoración en este capítulo que en todos los otros  capítulos de Génesis puestos juntos? ¿Por qué es esto así? ¿Puede alguno dudar que sea porque Dios  ha manifestado el camino para los verdaderos adoradores? De  acuerdo a la verdad, y conforme al amor, Dios ahora  se ha revelado en Cristo el Hijo.  Él no debe ser más buscado a tientas; sino que como Dios y Padre del Señor Jesucristo. Él nos ha llevado a Su Padre, y ahora también nuestro Padre, habiendo venido no solo aquí abajo a nosotros, sino que llevados en Cristo ante Él, muertos, resucitados y ascendidos, para estar ante Él sin mancha. ¿Qué hacer entonces, sino adorarlo?

Y así,  tan ciertamente  como las almas  entran en el lugar del cristiano y la iglesia, la adoración en espíritu y verdad se manifiesta. Dios  se ha revelado en Su gracia, la redención ha sido efectuada, el velo está roto, y  ahora hemos sido acercados a Dios como hijos, y tenemos a Dios morando en nosotros. El Espíritu Santo no puede sino guiar a los hijos de Dios a la adoración.  La primera epístola a los Corintios de acuerdo a esto les habla a ellos de cantar con el espíritu, aunque sabemos cuál era el estado de ellos; y en Efesios y Colosenses escuchamos de “hablando entre vosotros con salmos, himnos, y cánticos espirituales” “cantando con gracia en vuestros corazones al Señor” Esto supone unas relaciones  que no pueden sino de este modo prorrumpir en alabanzas y acciones de gracias a Dios. ¡Qué  diferente de ocuparse de sí mismo, importante como puede ser esta! En su lugar y tiempo.  Hay un momento justo para todas las cosas, y para la humillación en general, también;  y es una cosa peligrosa  para el cristiano no juzgarse a sí mismo y examinar con humillación a veces su camino. Pero,  lo que sea que haga necesario el juicio propio, nunca privemos a  nuestro Dios y Padre de Su adoración.  Tampoco estropeemos ni limitemos las alabanzas a Dios y al Cordero. Por tanto encontramos, “examínese cada uno a sí mismo, y coma del pan, y beba de la copa”

En nuestra narración, en  pleno acuerdo con el alcance al cual podía llegar el tipo, tenemos el sentido de Dios y Su bendición llenando el corazón de Eliezer ; de este modo el hombre inclina su cabeza y adora continuamente  a medida que Dios despliega Su gracia (Comp. vv.48,52)

Note nuevamente la forma  en la cual el llamamiento de la esposa se enlaza con la venida del Señor.  Se pregunta a Rebeca, “¿Irás tú con este hombre?” La naturaleza podía argumentar el esperar unos pocos días más, al menos diez.  Pero aquella que había escuchado y creído el reporte, tenía su corazón ya preparado, como el cristiano por Cristo; “a quien amáis sin haber visto,” Hermano, madre, casa, familia, tierra, pueden hablar en vano.  Y el siervo fue fiel a su misión de amor, al llevar a casa a la novia. Este es el mismo modelo en el cual el Espíritu  está obrando en el nuevo hombre y haciendo a Cristo el objeto que lo absorbe todo. “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. 13 Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, 14 prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil.3:12-14) El siervo no se deja distraer,  él tiene solo “una cosa que hacer. Él dice “no me estorbéis,  ya que Jehová ha prosperado mi camino, enviadme para que yo pueda ir a mi señor” ¿habla alguno de resignación,  al partir? ¿Está solo en Su corazón el llevarnos a casa? Su amor verdaderamente conocido produce un verdadero amor; como aquí,  la simple respuesta de Jehová es, “Yo iré” El Espíritu y la esposa dicen ven. Si, ven Señor Jesús. ¿Puede usted decir esto, amado hermano? Isaac viene a encontrar a Rebeca, y ella ha dejado todo atrás  para ir al encuentro del esposo, cubriéndose a sí misma, no para otros, sino solo para él. Cuando el momento se acerca, ella realiza esto de forma creciente en su espíritu.

¡Pueda Dios mismo, por Su Espíritu,  establecer en nosotros la verdad  de lo que Cristo es para y por nosotros! La incredulidad está siempre tratando de ser lo que no es; como creyentes, nunca podemos exagerar lo que la gracia nos ha dado en Él; bendecidos con Cristo ha sido cada cristiano de Dios ahora mismo, aunque todavía solo tenemos la palabra y el Espíritu de Dios, y la carne desprecia y resiste a ambos.

Sondee la palabra de Dios y vea en qué medida su posición  concuerda con esta verdad que tenemos ante nosotros.  Un principal objeto en las epístolas del N. Testamento es revelar aquello que este tipo prefigure en el llamado de la esposa que cruza el desierto bajo la guía de Eliezer  para presentarla a su esposo en Canaán.

Todo aquello que es de valor y estima entre los hombres, todo  lo que usted ha pensado que en su sistema es  bueno y útil, encontrará que a la luz de la palabra de Dios debe ser solo un estorbo para manifestar a Cristo, Cristo nuestra vida. Si un objeto sobre la tierra lo ocupa, esto es  claramente algo extraño al Espíritu Santo que ha venido solo a glorificar a Cristo. “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col.3:1-4) ¡Pueda usted probar  que su verdadera tarea  es ahora dar testimonio para Él sobre una tierra que lo ha rechazado, y que es ahora un Cristo celestial, y que pronto retorna! Dejo esto, que es la verdad de Dios, no la palabra de los hombres, para que obre en su alma. Pruebe todo lo que usted ha escuchado acerca de esto; y retenga firme lo bueno.

En ninguna ocasión el cristiano está libre para olvidar sus propias relaciones, y esto es verdadero de la asamblea como también  del individuo. ¿Es así con usted en ambos respectos? Si usted sabe lo que es ser celestial en sus afecciones y conducta, no tolerará  ser parte de  una denominación  humana y terrenal, como realmente es cada denominación, que como tal, niega el cuerpo y la esposa de Cristo como una realidad presente aquí abajo, que demanda nuestra completa  consagración a Cristo y una continua espera de Su venida, no siendo del mundo, como tampoco Él lo es.  Una denominación es  una  sociedad voluntaria, un sistema  formado por medio de una autoridad mundana, ninguna de estas cosas puede,  en la naturaleza de las cosas, expresar ni siquiera contemplar, el un cuerpo de Cristo. Si somos Suyos, somos así  por el Espíritu Santo que nos ha hecho uno, como los objetos de Su amor y para Su gloria, y al mismo tiempo nos ha separado del mundo que lo crucificó. “¿Crees tú esto?”  ¡Pueda nuestro Dios bendecir Su propia verdad por causa de Cristo!

                                                                                  W. KELLY

EL LLAMADO DE LA ESPOSA

(GÉN. 24)

Vivimos en un tiempo cuando todo es cuestionado, al menos todo lo que es de Dios; y al leer este capítulo esta tarde, estoy feliz de presentar la verdad de Dios de esa parte de Su palabra que,  si ha sido el objeto de especiales ataques, nos presenta el más simple y claro testimonio a la presente sabiduría y bondad de Aquel que escribió esto para nuestra instrucción.

No sería inteligente para nadie esperar la revelación de la Iglesia de Dios aquí. No hay indicación de la unión de Judíos y Gentiles en un cuerpo. Pero, cuando el misterio fue revelado, aquellos que se inclinan ante las Escrituras pueden ver como Dios ha preparado su lugar y tipo, aunque su carácter no había sido aún revelado. Tampoco este es un punto aislado, sino que hay una bien definida conexión de verdad claramente prefigurada en aquello que precede y sigue a esta porción de las Escrituras. ¡Qué testimonio entonces, tenemos aquí a la perfección  de la inspiración! Algunos piensan y creen que las Escrituras contienen la palabra de Dios, pero que esta no es en sí misma Su palabra.

La porción, a la cual deseo dirigir su atención ahora,  comienza con el Cáp.22. Este no es un comienzo arbitrario. El capítulo es introducido de este modo: “Y sucedió después de estas cosas que Dios probó a Abraham”. Este es un nuevo grupo de cuadros de verdad. Al padre se le pide  que entregue a su hijo, “tu hijo único, a quien tú amas”: una prueba que hasta aquí no habíamos escuchado; ofrecerlo como holocausto sobre un monte, el monte Moriah. Bajo sentencia de muerte el hijo permanece hasta el tercer día; después,  cuando la renuncia ha sido completa, y la mano ha sido extendida, y el cuchillo a punto de matar a su hijo, la mano del padre es detenida, y un carnero, cogido por sus cuernos, es sustituido en lugar del hijo.  De este modo Dios se proveía a Si mismo de un cordero para el holocausto; pero ningún tipo puede alcanzar la altura del anti-tipo ni la profundidad de la verdad: el Hijo de Dios es el Cordero.

Quizás no hay hijo de Dios que no haya aprendido que tenemos aquí una sombra de la ofrenda del Hijo de Dios.  Cada alma que valora las Escrituras, y que se inclina a la luz correspondiente del N. Testamento, debe reconocer esto. Pero esto no es todo.  El Espíritu Santo confirma esto  con Su propia firma, que nos muestra Su  mano y pensamientos. El mismo orden es instructivo. Muchos, sabemos,  están contentos con conformarse con menos. Ellos ven el amor de Dios mostrado en el sacrificio proveído: ellos ven la sustitución del carnero que responde  a Aquel que murió por nuestros pecados.  Y allí se detienen; pero el N. Testamento no hace así.  En Hebreos 11 el apóstol Pablo nos da claramente otro paso, al decirnos que, “Abraham ofreció a su unigénito hijo, de quien se había dicho, en Isaac te será llamada descendencia, creyendo que Dios era poderoso para resucitarlo de entre los muertos, desde donde lo recibió en figura”. Es decir,  que esto es lo que se nos indica y señala  en Gén. 22, donde tenemos una sombra, no solamente de la muerte, sino también de la resurrección de Cristo.

 Pero hay otra alusión a esta escena en el N. Testamento, a la cual debemos volvernos por un momento.  Encontramos en el uso que el apóstol hace de esto en Gál.3. Allí él establece con gran énfasis una Simiente contra muchas simientes: - un uso de Génesis  que es a menudo una gran dificultad aún para los creyentes. Ellos no pueden dudar de la declaración hecha, pero todavía, sienten que no comprenden esta.  Ellos saben  que “simiente” en todos los lenguajes puede significar  a muchas personas, como también solamente a una; y de este modo la fuerza del pasaje se les escapa. Pablo debe ser justo, ellos están seguros: ¿por qué?, o ¿qué significa esto?, ellos no lo saben. Cuando los hombres levantan dificultades, ellos están inclinados a ir más lejos y juzgar la palabra que está más allá de ellos.  Ellos harían mejor si mirasen a Dios como también a la palabra de Su gracia.

 El punto aquí creo que es este: el ángel de Jehová llamó a Abraham del cielo y después,  que Isaac fue sacado bajo el cuchillo (figura de la muerte), a Abraham se le muestra un carnero, al cual posteriormente ofrece: entonces el ángel de Jehová lo llama una segunda vez, y le dice, “Por mí mismo he jurado, dice Jehová,  que porque has hecho esto, y no me has negado tu hijo,  te bendeciré y multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y como la arena que está a orillas del mar, y tu simiente poseerá las puertas de sus enemigos”. Esto confunde y deja perplejo al lector apresurado. ¡Cuán extraño que el apóstol ponga el mayor énfasis sobre “una simiente”, considerando que el texto parece hablar de muchas! Pero leamos más, “y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”. Ahora llegamos al punto de Gálatas.

Hay dos formas de bendición ante nosotros; no solo dos medidas sino también dos órdenes de bendición. La bendición de una simiente numerosa viene primero; y aquí,  donde un número es ligado a la simiente, la bendición es claramente de un carácter judío, poseer las puertas de sus enemigos.  Por la voluntad de Dios esto será una realidad; Él piensa bendecir como también libertar a Su pueblo terrenal; Él mantendrá el gobierno divino del mundo en Israel. Él se propone realizar esto cuando Satanás haya hecho lo peor de este.  Su propósito es arrebatar de la mano del destructor su aparente victoria. Y,  cuando Su pueblo sea llevado a lo más bajo, entonces  Dios tendrá Su oportunidad para ello.  El los levantará. Y los establecerá como cabeza de toda la tierra en bendición y gloria. Los profetas están llenos de esto; pero el primer libro es una garantía de esto, y en conexión con el sacrificio de Isaac en la figura.

 Pero hay más que debe tenerse en cuenta, y de más cerca.  El mismo apóstol pone énfasis sobre una Simiente; y con esta presenta otro carácter de bendición; y este es el énfasis al escribir a los Gálatas. El enemigo estaba tratando de hacer a los creyentes de Galacia que se hiciesen judíos (ciertamente en principio, no en hecho), de manera a tener esta bendición, e insistían en la circuncisión para ello. De este modo ellos estaban en peligro de renunciar a todo lo que era más precioso en el Cristianismo. El apóstol trata de recordarles, y en esta forma;  se habla de la Una Simiente (sin referencia a número, no a la simiente numerosa), allí está la bendición prometida a los gentiles, y al Judío claramente.  Esto él lo aplica a Cristo resucitado, “y en tu simiente (donde no hay nada acerca de estrellas o arena del mar) serán benditas todas las naciones de la tierra”. No se trata aquí de las puertas de sus enemigos poseídas por los Judíos, sino de los Gentiles bendecidos; lo primero estaba en relación con la simiente numerosa, lo último a la Simiente sola.  Repito, este es el punto de Gálatas 3:16. Nuestra bendición no es siquiera con Cristo como Mesías aquí abajo, sino con Aquel que fue crucificado y resucitó de entre los muertos.  Este es un carácter de bendición completamente nuevo al otro lado de la muerte, con el resucitado Señor Jesús, la “sola Simiente”. De este modo venimos a ser  simiente de Abraham, no por ser circuncidados, que es de este lado de la muerte, sino por fe en Aquel que murió y resucitó. Esto es ante Dios  la completa anulación del hombre en la carne, y la introducción de un nuevo hombre en Cristo resucitado, en Quien no hay Judío ni Gentil. Y la fe actúa sobre aquello que está ante Dios.

Hay otra cosa que es una inmensa dificultad para muchos en esta conexión. Sara muere en el Cáp.23. De acuerdo a la doctrina demasiado común en la cristiandad, Sara debería desde entonces vivir y ser vigorosa. Tal, estoy persuadido, habría sido el ordenamiento del tipo si el hombre lo hubiese ordenado, ya que este es el pensamiento corriente en la teología.  Pero de acuerdo a la Escritura  Sara muere; no Agar, el viejo pacto conforme a la carne, sino la madre de la Simiente de la promesa, es la que muere.  ¿Cuál es el significado de esto? Si Génesis 22 nos da una clara ilustración de la muerte y la resurrección del Señor, y de Su propósito de bendecir a los Gentiles en Cristo con una completa y diferente bendición de aquella de Israel aunque verdadera también en su propio lugar, ¿cuál es el significado de la muerte de Sara en este punto?

Los Hechos de los Apóstoles nos aclaran esto.  Después del don del Espíritu Santo los apóstoles presentaron al Señor Jesús a Israel como tal,  dirigiéndose a ellos como “Varones de Israel”, y empeñando la verdad de Dios dando la seguridad de que, que si ellos solo se arrepentían y lo recibían a Él, a Quien habían puesto a muerte sobre la cruz, y que ahora estaba resucitado por el poder de Dios, todas las promesas les serían cumplidas a ellos. Esto es muy especialmente marcado en Hechos 3. “El Dios de Abraham y de Isaac y Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a Su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis, y negasteis en presencia de Pilato cuando éste estaba determinado en soltarle. Vosotros negasteis al Santo y Justo,  y deseasteis a un asesino, y matasteis al Príncipe de la vida, a quien Dios ha resucitado de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”. Y nuevamente, “Estas cosas de las cuales Dios ha hablado de antemano por boca de sus profetas, que Cristo debía sufrir…Arrepentíos, por tanto, y convertíos para que vuestros pecados puedan ser perdonados y vengan tiempos de refrigerio de parte del Señor, quien enviará a Jesucristo que antes os fue predicado, a quien los cielos deben retener hasta la restauración de todas las cosas de las cuales hablaron los profetas desde que el mundo comenzó”.

¿No es evidente que aquí tenemos  la clara propuesta de Dios a través de Su siervo de cumplir todo lo prometido a Israel? Pero ellos rechazaron esto también.  La consecuencia fue que,  Su oferta quedó pospuesta. Sara muere. No hay más presentación del pacto de promesa. De este modo se ha hecho  al final de Hechos 3. “Vosotros sois los hijos de los profetas y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham, y en tu simiente serán bendecidas todas las familias de la tierra; a vosotros primeramente, Dios,  habiendo resucitado a su Hijo Jesús, a quien envió para bendecirnos”. Esta fue la oferta; pero esta fue rechazada, la consecuencia de lo que vemos en una nueva presentación de la palabra del Señor conforme a esto, a Israel sobre este fundamento. Sara muere.  No se dice que Sara no resucitará; ciertamente que literalmente lo hará, de manera que el pacto de gracia reaparecerá, cuando el Hijo del hombre retorne, para ambas casas de Israel.

¿Qué sigue conforme a los Hechos de los Apóstoles? Un extraordinario apóstol es llamado, y nuevo fundamento es tomado; más aún,  es demasiado poco hablar de este cambio así.  El secreto que había estado oculto en Dios de edades y generaciones es manifestado por un nuevo y adecuado testigo. Saulo de Tarso viene a ser el testigo característico no a la madre de la Simiente de la promesa, ni del cumplimiento de lo que Dios mismo ha prometido desde el principio acerca del linaje de Abraham; sino que una esposa tiene que ser llamada fuera del mundo, formada y preparada para el Esposo. El apóstol Pablo viene a ser el especial y típico “ministro de la Iglesia”. De este modo Antiguo y Nuevo testamento armonizan completamente.

 Así es también el próximo capítulo, Gén.24, sigue aquí una nueva escena, que en la más significativa forma corrobora lo que se ha dicho; y me esforzaré por seguir esto como Dios nos lo ha dado. “Y Abraham era viejo, y Jehová había bendecido a Abraham en todas las cosas, y Abraham dijo al más viejo siervo de su casa, quien gobernaba sobre todo lo que Abraham tenía, Pone, te ruego, tu mano bajo mi muslo, y te juramentaré por Jehová, el Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás esposa para mi hijo de las hijas de los cananeos entre los cuales yo moro, sino que irás a mi parentela, y de allí traerás  esposa para mi hijo Isaac”.

Los Cananeos, como cada  uno moderadamente sabe, eran los futuros enemigos del pueblo escogido, ya en la tierra, los instrumentos de Satanás para excluir, si fuese posible, o al menos oponerse y corromper, a los que habían sido llamados por Dios. Ellos tipifican, de acuerdo a Efes.6., a nuestros enemigos, a los gobernadores de las tinieblas de este mundo, a espiritual maldad en los lugares celestiales, contra quienes debemos  estar en conflicto. En conformidad a esto, como todos lo admitirán, no de demonios o ángeles caídos son a quienes Dios llama a la comunión de Su Hijo. Es del mundo que la gracia soberana está formando una esposa para Cristo.

 Este es entonces el encargo del padre a su mayordomo, el siervo de todo lo que él tenía, “irás a mi parentela, y tomarás de allí esposa para mi hijo Isaac”. El siervo tiene sus temores, y en alguna manera presenta sus dificultades. “Si la mujer no quisiere seguirme a esta tierra: ¿debo yo volver a tu hijo a la tierra de la cual tu saliste?” Y Abraham le dijo, “Guárdate de llevar a mi hijo hasta allí. Jehová el Dios del cielo, que me tomó  de la casa de mi padre, y de la tierra de mi parentela, y quien me habló, y me juró diciendo, a tu simiente daré esta tierra; Él envía su ángel ante ti,  y tú tomarás una esposa para mi hijo desde allí. Y si la mujer no quisiere venir, entonces serás libre de este mi juramento: solo que no lleves a mi hijo hasta allí”  No hay un punto sobre el cual se insista más en este capítulo que este: Isaac, el hijo resucitado, debe permanecer exclusivamente en Canaán; y por ninguna razón debe dejar esta tierra.

Comparémoslo con otros. Abraham ha sido llamado de Mesopotamia, y desde allí trajo su esposa. Después, Jacob sale de Canaán, y muy lejos de esta tierra se casa con Lea y Raquel, y desde allí retorna a Canaán. Pero, mientras el llamado de la nueva esposa sale a Mesopotamia, Isaac debe permanecer en el lugar que  es un muy bien conocido tipo del cielo: al menos, durante esta transacción, el esposo permanece en Canaán.  El Hijo del Padre, mientras la esposa está siendo llamada, no tiene relación con el mundo, y es visto exclusivamente en el cielo a la diestra de Dios. Y esta es claramente conforme a la doctrina del Nuevo Testamento concerniente a Cristo, como el mandato respecto a Isaac era imperativo a través de todo este tipo en Génesis. Es un infinito privilegio ser bendecido con Cristo; ser bendecidos no solamente por Cristo sino en y con Cristo y esto en el cielo y en la presencia de Dios.  Pero esta es nuestra bendición, ya que nosotros estamos en el lugar donde Él ha sido ignominiosamente expulsado; y nuestra bendición está en Él ahora a la diestra de Dios.

¿No es este el lugar celestial de Cristo que el Espíritu de Dios nos muestra con gran cuidado en el capítulo recién leído? Durante el llamado de la Iglesia, Cristo no tiene relaciones directas con la tierra, Él es simplemente el cabeza glorificado en lo alto.  Antes de esto Él ha venido a la tierra; y ha estado aquí,  y solo aquí,  aunque ha sido levantado sobre la tierra en la cruz, para que esa poderosa obra de la redención fuese cumplida por Su Hijo, a Quien el Padre no libró, sino que entregó por todos nosotros. Aquí el hombre ha pecado, y aquí el pecado debe ser juzgado; pero es en el cielo, y solo allí, que Cristo es visto en relación con la esposa. Es desde el cielo que el Espíritu Santo ha venido: y es para la cena de matrimonio del Cordero en el cielo que la esposa está destinada, y es mientras  que el resucitado Esposo está en el cielo que ella está en proceso de ser formada aquí abajo, antes de que Él venga para tomar a los santos y a la Iglesia para presentársela a Si mismo arriba.

Esto establece serias cuestiones.  Y es esto por lo que los cristianos se turban especialmente acerca de esta materia; porque algunos consideran fanatismo esto y no tienen ningún interés en ello. Su asociación con Cristo como el cabeza celestial es, por tanto,  lo que Satanás desea frustrar; porque si nuestro poder y bendición dependen de comprender nuestras verdaderas relaciones con Cristo y de la realidad de las relaciones de Cristo con nosotros, el esfuerzo del enemigo es separar todo lo que él pueda a Cristo y la Iglesia; mientras la activa obra del Espíritu de Dios es  establecer y mantener al creyente, no solo al individuo sino también a la Iglesia, en la viva conciencia de Sus y nuestras relaciones  con Él, porque Dios espera una conducta fundamentada sobre esta relación. Otra relación sería impropia y también pecado.  SI la esposa no anda como esposa, ella fracasa completamente. Pero la conocida relación es el fundamento de nuestros deberes.

 En medio de esta revelada escena que un Judío, y quizás algunos cristianos, pudiesen considerar como meramente una historia doméstica, el Espíritu de Dios ha trazado los lineamientos típicos de nuestro llamado y nuestras relaciones con Cristo, y es de toda importancia para nuestras almas ahora, y más dulce porque uno ve en Génesis, en días tan primitivos, que este era un propósito ante Dios; y realmente, sabemos por el N. Testamento; que este era un propósito formado en Cristo antes de la fundación del mundo. Aquí vemos este propósito en sombra, y lo que me parece de alto valor, en relación al sistema de promesa por una parte, y sobre todo, al sacrificio del Hijo de Dios, por la otra.

Pero debemos tener en cuenta también otras notables características que llenan este bosquejo, y convienen a tal escena.  Permítanme nuevamente imprimir sobre ustedes la gran verdad de que aquí vemos a la Iglesia  fundamentada sobre la obra cumplida de Cristo, como un hecho cumplido; si,  no solo de Su muerte, sino también de Su resurrección. Aquí vemos al Hijo de Dios resucitado y en un lugar completamente nuevo. En este lugar se encuentra Cristo bajo la representación de Isaac, recibido en figura  como de entre los muertos, quien,  se mantiene completamente en Canaán, que es el reconocido e innegable tipo del cielo. Cuando pensamos en la previa historia de Abraham, o del caso que sigue, la historia de Jacob, de José o de algún otro, la solemne restricción a Isaac es más destacable aún.  Podemos ver que hay una tendencia que se repite para la familia a través de todo, desde padre a hijo.  Esto es más sorprendente aún como un hecho; ¡cuánto más donde  vemos su pleno significado en Cristo como nuestro Cabeza celestial y Esposo ahora!  Isaac tuvo ese lugar típico. No hubo ninguno de los patriarcas de este modo tan destacablemente visto en Canaán de principio a fin, y  enfáticamente solo allí en relación  al llamado de Rebeca. Si Dios quería mostrar un Esposo exclusivamente celestial, ¿de qué otra manera podía hacerlo efectivamente? Isaac no debe tener ninguna excusa para dejar Canaán, cual sean las dificultades para llevarle una esposa.

El Espíritu de Dios, ya hemos destacado,  nos muestra la misma verdad abiertamente en las epístolas del N. Testamento, y en sustancia también en las últimas partes del evangelio de Juan donde Cristo es mostrado poniéndonos en Su propio lugar arriba.  Aun así en el A. Testamento Cristo es a menudo presentado como Aquel que debe reinar sobre Israel, restaurado y bendecido sobre la tierra;  Quien juzgará también y gobernará a todas las naciones.  Y así, sin fracasos,  Él lo hará, porque la Escritura no puede ser rota; y si la palabra de Dios fuese fluctuante para la tierra, ¿cómo podría uno confiar en ella para el cielo? Los Salmos y los profetas están llenos de brillantes visiones  del día cuando Él una vez humillado Mesías reinará de mar a mar y traerá los días del cielo sobre la tierra; y entonces los santos de antiguo, aunque no sin celestiales prospectos, como lo sabemos de Hebreos, consideraron justamente la tierra como la futura esfera  de la manifestada bendición, aunque no ciertamente de la tierra exclusivamente. Sin duda entonces Cristo pedirá, y Jehová le dará a los paganos como Su herencia y los extremos de la tierra como Su posesión. Pero ese día de pedir y tener estas cosas, y por lo tanto del juicio de los vivos (Salmo 2:6,8) está en contraste con lo que ahora es verdad (Jn.17), cuando Él no pide por el mundo como lo hará entonces, sino que pide por nosotros mientras está en los cielos. Este es el verdadero Isaac de este modo imprimiendo un carácter celestial sobre las almas sobre la tierra; dándoles a ellos no solamente un destino celestial, para entonces, sino también ahora,  desde y con Él mismo mientras ellos están aquí como conscientemente perteneciendo a Él allí.

Pero debía llegar también el tiempo para este sorprendente despliegue de fe. El Señor Jesús ha ido hasta las profundidades de la expiación. Él también ha sido completamente rechazado por los Judíos, y Dios los ha ahora rechazado a ellos y a la directa bendición de la tierra, al menos por un tiempo; porque esto depende de la recepción de Él, y cuando esto suceda la consecuencia para el mundo será vida de entre los muertos. Pero no es sobre la tierra que arrojaron o echaron al Justo, sino al cielo, donde ahora se ve la justicia, donde Dios ha glorificado al Santo que el hombre despreció y rechazó; y aquellos que mientras tanto lo reciben son hechos la justicia de Dios en Él. De este modo la actual gracia de Dios es más rica que cualquier promesa, porque Dios nunca se limitará a Si mismo a una promesa. ¿Podría Él realmente tal pensamiento, que  el dar de Él en gracia es agotable?

El gran hecho para nosotros, frente al mal que guió al mundo para poner a muerte al Señor, es que Dios lo resucitó de entre los muertos después de haber sufrido por nuestros pecados, y lo estableció en gloria celestial, mientras Él llama fuera del mundo no solo a individuos para ser bendecidos con Cristo,  sino que los forma a ellos por el Espíritu como Su Asamblea, un cuerpo, del cual Cristo es la Cabeza mientras está allí en el cielo. Y si usted tiene el Espíritu de Cristo realmente ahora, esa es su relación con Él. Usted es un miembro de Su cuerpo, carne y huesos, a pesar de sus propios pensamientos o los de los hombres. Y como Él es celestial, también los tales son celestiales. Si cree en Él, no tendrá temor de  confesarlo, ni de dudar de su bendición, y no se avergonzará de Él en ninguna forma. ¡Qué tristeza es tener que presionar esta verdad cuando la Iglesia debiese vivir en el pleno gozo de ella! ¡Cuán triste es que tengamos ahora que recordar a los hijos de Dios lo que Su gracia les ha dado, pero que ha sido olvidado! Dios decide (esta no es nuestra elección) cuales serían nuestras relaciones con Cristo. He escuchado a alguien decir, pensando que esto era un acto de mucha humildad, “no me atrevo a preguntar si soy un hijo de Dios, estoy contento con ser  su siervo”. ¡Ay! esta es verdadera incredulidad, no humildad. Porque esto significa medirnos a nosotros mismos por nosotros mismos u otros, lo que necesitamos es ver que Cristo ha sufrido todo, para que Dios pueda bendecir de esta manera, e introducirnos en relaciones  de acuerdo a la obra de redención y la gloria de Aquel que la realizó, en el cumplimiento de los consejos divinos para magnificarlo a Él.

¿Es Cristo, entonces, “celestial” ahora?, “Como Él es celestial, así también los celestiales”  ¿Si hay celestiales, quienes son ellos? No los ángeles.  Los ángeles buenos no son sacados de su posición, y los malos aún no son tratados judicialmente. La gracia actúa plenamente; y el último en quien la naturaleza  podría suponer escogidos son aquellos a los cuales Dios concede la más rica bendición. Esta es la posición del cristiano y de la Iglesia, aunque poco o nada hayamos hecho por Su nombre. Nuestra libertad y relaciones son consecuencias de lo que es Él y Su obra; no de lo que son o han hecho aquellos que siegan la bendición a través de la gracia de Dios. No digo que usted no puede conocer su lugar celestial individualmente, o con todos los santos, o su responsabilidad en ambos respectos como el templo de Dios.  Lo que digo es que usted debe tratar de  mantener y realizar sus relaciones  antes que pueda manifestar la afección y los caminos y conducta adecuadas a estas. ¿Quién esperaría la conducta de un hijo salvo un hijo que conoce a su padre?

Este es precisamente el mismo principio en la esfera de Cristo y la Iglesia. El hombre, no la mujer, determina la posición y la dignidad de acuerdo a la suya propia. Él estuvo, y volverá a estar sobre la tierra; pero ahora está en el cielo, y solo allí nosotros lo conocemos. La relación con Él ha sido establecida, y para nosotros en una bendita forma, ya que Cristo nos ha bautizado en un solo cuerpo por el Espíritu Santo enviado desde el cielo.  La cruz hizo posible esto, habiendo puesto a un lado el pecado por medio del juicio de una vez y para siempre; no por longanimidad, aunque hubo un tiempo cuando Dios actuó de esta manera, sino ahora en justicia, ya que el pecado ha sido juzgado, y juzgado como nunca lo será en el infierno, y nunca más podrá serlo. La fe se inclina ante Dios, y recibe a través y con Cristo esta porción celestial; al creer en el Señor Jesús somos unidos a Él. Sobre lo alto el Hombre sufriente fue dado a la Iglesia, como Cabeza sobre todas las cosas. Él tuvo que pasar primeramente por la muerte; porque, “si el grano de trigo no cae a tierra y muere queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” La palabra de Dios hace perfectamente cierto que el Señor Jesús, solo después de la redención, vino a ser a la diestra de Dios el cabeza de Su cuerpo, que está ahora en proceso de formación por el Espíritu sobre la tierra. No hubo tal estado de cosas mientras Él estuvo sobre la tierra. En ningún respecto Él fue nuestra cabeza hasta que tomó Su lugar en lo alto; tampoco el cuerpo podía comenzar hasta que Cristo estuviese allí como cabeza, a Quien el Espíritu santo podría unir. Porque no es tampoco una conciencia despertada ni la fe solo lo que une, sino el Espíritu que se nos ha dado. Repito, lo que creo como  un individuo; y esto es de gran importancia, y del más grande valor para cada alma. Si la conciencia está perturbada, no puede haber un justo fluir  de la afección divina; y fue parte de los tratos de Dios y de Su sabiduría no dejar cuestiones antes de ser unidos a Cristo por el Espíritu.

Debemos distinguir entre el nuevo nacimiento y el bautismo del Espíritu. Como pecadores hemos sido vivificados; como santos tenemos el Espíritu, sea como individuos o por unión. Supongamos que una mujer, la más oscura que usted pueda encontrar, cuyo solo nombre era de mala reputación; pero un hombre de los más  nobles de la tierra, y del más exaltado carácter y posición, se agradase en hacerla a ella el objeto de su amor, y más que eso darle su propio nombre como siendo su esposa, ¿qué entonces? En un instante todo es cambiado; no importa lo que ella pueda haber sido antes, ahora todo depende de estas nuevas relaciones, para otros y especialmente para ella.  Ninguna incredulidad de los creyentes pone esa bendición lejos hasta que estemos en el cielo; pero,  conforme a la palabra de Dios (y solo esta es obligatoria y tiene autoridad), esto es verdadero de nosotros aquí, aunque el poder práctico, y el gozo y testimonio de ello se pierda ahora si no creemos. Somos el cuerpo de Cristo ahora. No hay en la Escritura tal doctrina como venir a ser miembros del cuerpo de Cristo en el cielo. Porque esta es una cuestión de Cristo y Su obra revelada por el Espíritu, no hay nada demasiado bueno o grande para la Iglesia en los pensamientos de Dios, Quien está glorificando a Cristo y bendiciéndonos en Él.  Todos los santos tienen que sufrir, y especialmente los cristianos, no solo por causa de la justicia sino también por Cristo; y esto las personas no lo desean.

La incredulidad desea el camino intermedio, uno de buen sentido común; está se asusta de los extremos porque menosprecia a Cristo. Esta desea el honor y la comodidad ahora, y espera tener perdón y aceptación arriba. Esto no es el Cristianismo, sino el reavivamiento de un semi-judaísmo, que destruye las verdaderas relaciones y testimonio de la Iglesia. La verdad puede a veces ser presentada crudamente y con laxitud, y Satanás hace de esta forma la hace ridícula para el hombre natural y su forma repulsiva a una mente espiritual. Debe deplorarse y ser reconocido, pero no justificado por aquel que siente por la gloria de Dios. Pero no podemos cercenar o reducir la verdad de Dios para hacerla más agradable al mundo o a los cristianos que desean andar con este. Todo lo que es conforme a Dios debe fluir de la fe; la fe del santo (no digo del alma que viene a Dios) es formada por su objeto, Cristo en gloria, a Quien la persona es unida y por Quien es cambiado más y más de acuerdo a Su imagen, como por el Espíritu del Señor, de gloria en gloria. Sin duda,  hasta que el alma de un hombre se inclina ante Dios en el sentido de su propia pecaminosidad, y encuentre redención en la sangre de Cristo, es locura y equivocado hablarle de los privilegios celestiales. Pero,  cuando toda necesidad de la conciencia ha sido satisfecha ante Dios por la fe, el Espíritu sella al creyente, quien es hecho uno con Cristo en los cielos.

Veremos de las Escrituras, de hecho,  que sin fe no hay unión; pero fe en sí misma no es lo que une.  No hay tal cosa como una persona unida a Cristo al creer; pero, cuando esta cree, es hecha uno con Cristo por el Espíritu Santo, Quien ahora ha querido condescender  a tomar el lugar de servir a los consejos del Padre para la gloria de Su Hijo amado.  Como el Hijo vino a ser siervo al venir a hacer la voluntad de Dios aquí abajo, del mismo modo ahora el Espíritu Santo glorifica a Cristo en comunión con el pensamiento y amor del Padre.  Y esto solo podía ser cuando Cristo estuviese en lo alto, después de haber realizado Su obra, y enviado al Consolador para que estuviese  con y en ellos para siempre.

 Un resultado lo vemos hermosamente descrito aquí, es el espíritu de fe en el cual actúa el siervo, y mostrado en sus ruegos en conformidad al pensamiento de Dios. “Y el criado tomó diez camellos de los camellos de su señor, y se fue, tomando toda clase de regalos escogidos de su señor; y puesto en camino, llegó a Mesopotamia, a la ciudad de Nacor. 11 E hizo arrodillar los camellos fuera de la ciudad, junto a un pozo de agua, a la hora de la tarde, la hora en que salen las doncellas por agua. 12 Y dijo: Oh Jehová, Dios de mi señor Abraham, dame, te ruego, el tener hoy buen encuentro, y haz misericordia con mi señor Abraham. 13 He aquí yo estoy junto a la fuente de agua, y las hijas de los varones de esta ciudad salen por agua. 14 Sea, pues, que la doncella a quien yo dijere: Baja tu cántaro, te ruego, para que yo beba, y ella respondiere: Bebe, y también daré de beber a tus camellos; que sea ésta la que tú has destinado para tu siervo Isaac; y en esto conoceré que habrás hecho misericordia con mi señor.

15 Y aconteció que antes que él acabase de hablar, he aquí Rebeca, que había nacido a Betuel, hijo de Milca mujer de Nacor hermano de Abraham, la cual salía con su cántaro sobre su hombro.” (vv.10-15) ¿No ilustra esto vívidamente lo que es  “orando en el Espíritu Santo”? Esta es oración, no solamente  por esto o aquello, sino ruego en la corriente de aquello que es para la gloria  del Hijo y conforme al propósito del Padre. Esta me parece que es  la más viva anticipación en el A. Testamento de pedir al Padre en el nombre de Cristo, y tener lo que le hemos pedido. Hablo del espíritu de esto.

            ¿Es entonces esto solo una circunstancia casual el que tales pasajes se encuentren aquí? ¡Qué contraste  con el voto de Jacob en Gén.28, o su clamor y angustia en Gén. 32! Realmente, no es demasiado decir  que no hay otro capítulo en Génesis  donde  haya tanto acerca de la oración como aquí, y ¿por qué? ¿No es a causa  que ahora,  durante el llamado de la esposa, el andar por la fe es ejemplificado por Aquel que mora  y obra en los cristianos? Ciertamente que Dios no espera menos  hábitos de dependencia  en aquellos que llevan el nombre  de Cristo.  Por supuesto,  en cada tiempo desde el comienzo de los tratos de Dios con los hombres, todo los que han tenido fe han orado; y vemos esto de forma admirable en Abraham y otros. Pero apelo a cada  mente con discernimiento  para que  diga si no encuentra en tal tipo, lo que no encontramos en ningún otro en el libro.

Hay otra característica, también; el Espíritu Santo ha descendido en una forma que nunca antes lo había hecho. Tan ciertamente como el Hijo de Dios descendió personalmente a la tierra para tomar carne, del mismo modo el Espíritu Santo vino para morar con nosotros ahora.  El vino para morar en el Hijo, sellado, y sin sangre, Aquel que era el Santo de Dios. Pero, ¿cómo podríamos nosotros, pecadores como somos, tener Su Espíritu? ¿Cómo podríamos ser los vasos  del Espíritu Santo de Dios? Solo en el poder,  del perfecto sacrificio de Cristo.  Después de eso,  no antes,  el Espíritu Santo descendió para morar en aquellos que habían sido muy desgraciados pecadores; y Él puede morar en nosotros para siempre en virtud de la sangre que nos limpia de todo pecado. ¿No tiene esto una voz para nosotros, amados hermanos? Esta es realmente una muy solemne cosa  para todos los cristianos. Necesitamos, y debemos cultivar ese espíritu de fe y oración  que nos mantendrá prácticamente en la presencia de Dios donde la carne es juzgada, sabiendo que Él nos escucha, y que de este modo tenemos las peticiones que  le hemos hecho.

Pero esta no es la única cosa aquí. El mismo siervo que representa el poder  del Espíritu actuando en el hombre ahora, nos muestra también  la maravillosa  fidelidad en la cual Dios no solo lo guía a él, sino que controla para él todas las circunstancias  justo como al comienzo del capítulo, no fue solamente como Jehová-Dios que Abraham lo reconoce, sino también como, “Dios del cielo y de la tierra”. Y así,  aún más debe sentirlo el cristiano ahora,  de acuerdo a  la infinita amplitud  de las revelaciones de Su gloria como el Dios  y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Entonces, en Efes.4 Él  muestra lo que estando sobre y a través de todo, y también en todos nosotros. No es solo que hemos sido  introducidos  en la más íntima cercanía por gracia; sino que, despreciados y rechazados como podemos serlo por causa de Cristo, estamos,  como hijos  en esa intimidad que nos capacita para hablar a Aquel que mueve todas las cosas. Justo como el hombre tomó pendientes de oro de medio siclo, y brazaletes para sus manos de diez siclos de oro (vv.22, 30), a cada uno de nosotros nos es dada gracia de acuerdo a la medida del don de Cristo (Comp. Efes. 4:7-16)

Nuevamente, el corazón del siervo se vuelve instantáneamente a Dios en adoración. “El hombre entonces se inclinó, y adoró a Jehová, 27 y dijo: Bendito sea Jehová, Dios de mi amo Abraham, que no apartó de mi amo su misericordia y su verdad, guiándome Jehová en el camino a casa de los hermanos de mi amo”  (vv.26, 27) Esto fue, sin duda,  homenaje más bien que adoración en el propio sentido cristiano; es decir,  esto fue individual,  no la alabanza  de los hijos de Dios o de la asamblea. Aun así esta es la figura de la adoración. ¿Le sorprende  el que haya más de  tal homenaje  o adoración en este capítulo que en todos los otros  capítulos de Génesis puestos juntos? ¿Por qué es esto así? ¿Puede alguno dudar que sea porque Dios  ha manifestado el camino para los verdaderos adoradores? De  acuerdo a la verdad, y conforme al amor, Dios ahora  se ha revelado en Cristo el Hijo.  Él no debe ser más buscado a tientas; sino que como Dios y Padre del Señor Jesucristo. Él nos ha llevado a Su Padre, y ahora también nuestro Padre, habiendo venido no solo aquí abajo a nosotros, sino que llevados en Cristo ante Él, muertos, resucitados y ascendidos, para estar ante Él sin mancha. ¿Qué hacer entonces, sino adorarlo?

Y así,  tan ciertamente  como las almas  entran en el lugar del cristiano y la iglesia, la adoración en espíritu y verdad se manifiesta. Dios  se ha revelado en Su gracia, la redención ha sido efectuada, el velo está roto, y  ahora hemos sido acercados a Dios como hijos, y tenemos a Dios morando en nosotros. El Espíritu Santo no puede sino guiar a los hijos de Dios a la adoración.  La primera epístola a los Corintios de acuerdo a esto les habla a ellos de cantar con el espíritu, aunque sabemos cuál era el estado de ellos; y en Efesios y Colosenses escuchamos de “hablando entre vosotros con salmos, himnos, y cánticos espirituales” “cantando con gracia en vuestros corazones al Señor” Esto supone unas relaciones  que no pueden sino de este modo prorrumpir en alabanzas y acciones de gracias a Dios. ¡Qué  diferente de ocuparse de sí mismo, importante como puede ser esta! En su lugar y tiempo.  Hay un momento justo para todas las cosas, y para la humillación en general, también;  y es una cosa peligrosa  para el cristiano no juzgarse a sí mismo y examinar con humillación a veces su camino. Pero,  lo que sea que haga necesario el juicio propio, nunca privemos a  nuestro Dios y Padre de Su adoración.  Tampoco estropeemos ni limitemos las alabanzas a Dios y al Cordero. Por tanto encontramos, “examínese cada uno a sí mismo, y coma del pan, y beba de la copa”

En nuestra narración, en  pleno acuerdo con el alcance al cual podía llegar el tipo, tenemos el sentido de Dios y Su bendición llenando el corazón de Eliezer ; de este modo el hombre inclina su cabeza y adora continuamente  a medida que Dios despliega Su gracia (Comp. vv.48,52)

Note nuevamente la forma  en la cual el llamamiento de la esposa se enlaza con la venida del Señor.  Se pregunta a Rebeca, “¿Irás tú con este hombre?” La naturaleza podía argumentar el esperar unos pocos días más, al menos diez.  Pero aquella que había escuchado y creído el reporte, tenía su corazón ya preparado, como el cristiano por Cristo; “a quien amáis sin haber visto,” Hermano, madre, casa, familia, tierra, pueden hablar en vano.  Y el siervo fue fiel a su misión de amor, al llevar a casa a la novia. Este es el mismo modelo en el cual el Espíritu  está obrando en el nuevo hombre y haciendo a Cristo el objeto que lo absorbe todo. “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. 13 Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, 14 prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil.3:12-14) El siervo no se deja distraer,  él tiene solo “una cosa que hacer. Él dice “no me estorbéis,  ya que Jehová ha prosperado mi camino, enviadme para que yo pueda ir a mi señor” ¿habla alguno de resignación,  al partir? ¿Está solo en Su corazón el llevarnos a casa? Su amor verdaderamente conocido produce un verdadero amor; como aquí,  la simple respuesta de Jehová es, “Yo iré” El Espíritu y la esposa dicen ven. Si, ven Señor Jesús. ¿Puede usted decir esto, amado hermano? Isaac viene a encontrar a Rebeca, y ella ha dejado todo atrás  para ir al encuentro del esposo, cubriéndose a sí misma, no para otros, sino solo para él. Cuando el momento se acerca, ella realiza esto de forma creciente en su espíritu.

¡Pueda Dios mismo, por Su Espíritu,  establecer en nosotros la verdad  de lo que Cristo es para y por nosotros! La incredulidad está siempre tratando de ser lo que no es; como creyentes, nunca podemos exagerar lo que la gracia nos ha dado en Él; bendecidos con Cristo ha sido cada cristiano de Dios ahora mismo, aunque todavía solo tenemos la palabra y el Espíritu de Dios, y la carne desprecia y resiste a ambos.

Sondee la palabra de Dios y vea en qué medida su posición  concuerda con esta verdad que tenemos ante nosotros.  Un principal objeto en las epístolas del N. Testamento es revelar aquello que este tipo prefigure en el llamado de la esposa que cruza el desierto bajo la guía de Eliezer  para presentarla a su esposo en Canaán.

Todo aquello que es de valor y estima entre los hombres, todo  lo que usted ha pensado que en su sistema es  bueno y útil, encontrará que a la luz de la palabra de Dios debe ser solo un estorbo para manifestar a Cristo, Cristo nuestra vida. Si un objeto sobre la tierra lo ocupa, esto es  claramente algo extraño al Espíritu Santo que ha venido solo a glorificar a Cristo. “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col.3:1-4) ¡Pueda usted probar  que su verdadera tarea  es ahora dar testimonio para Él sobre una tierra que lo ha rechazado, y que es ahora un Cristo celestial, y que pronto retorna! Dejo esto, que es la verdad de Dios, no la palabra de los hombres, para que obre en su alma. Pruebe todo lo que usted ha escuchado acerca de esto; y retenga firme lo bueno.

En ninguna ocasión el cristiano está libre para olvidar sus propias relaciones, y esto es verdadero de la asamblea como también  del individuo. ¿Es así con usted en ambos respectos? Si usted sabe lo que es ser celestial en sus afecciones y conducta, no tolerará  ser parte de  una denominación  humana y terrenal, como realmente es cada denominación, que como tal, niega el cuerpo y la esposa de Cristo como una realidad presente aquí abajo, que demanda nuestra completa  consagración a Cristo y una continua espera de Su venida, no siendo del mundo, como tampoco Él lo es.  Una denominación es  una  sociedad voluntaria, un sistema  formado por medio de una autoridad mundana, ninguna de estas cosas puede,  en la naturaleza de las cosas, expresar ni siquiera contemplar, el un cuerpo de Cristo. Si somos Suyos, somos así  por el Espíritu Santo que nos ha hecho uno, como los objetos de Su amor y para Su gloria, y al mismo tiempo nos ha separado del mundo que lo crucificó. “¿Crees tú esto?”  ¡Pueda nuestro Dios bendecir Su propia verdad por causa de Cristo!

                                                                                  W. KELLY