EL MAR DE BRONCE

(2 CRÓN. 4)

 

“También hizo un mar de fundición, el cual tenía diez codos de un borde al otro, enteramente redondo; su altura era de cinco codos, y un cordón de treinta codos de largo lo ceñía alrededor. Y debajo del mar había figuras de calabazas que lo circundaban, diez en cada codo alrededor; eran dos hileras de calabazas fundidas juntamente con el mar.

            Estaba asentado sobre doce bueyes, tres de los cuales miraban al norte, tres al occidente, tres al sur, y tres al oriente; y el mar descansaba sobre ellos. Y las ancas de ellos estaban hacia adentro. Y tenía de grueso un palmo menor, y el borde tenía la forma de un cáliz o de una flor de lis. Y le cabían tres mil batos.

            Hizo también diez fuentes, y puso cinco a la derecha y cinco a la izquierda, para lavar y limpiar en ellas lo que se ofrecía en holocausto; pero el mar era para que los sacerdotes se lavaran en él” (2 Crón. 4:2-6)

 

            Para tener una clara comprensión de la doctrina que se nos enseña en esta hermoso y significativa figura, tres cosas demandan nuestra atención, la materia, los contenidos y los objetos. ¡Pueda el Espíritu de Dios guiar nuestros pensamientos y hablar a nuestros corazones mientras meditamos en estas cosas!

            El material. El mar era de bronce fundido, el adecuado símbolo de la justicia divina que demanda el juicio sobre el pecado (como en el altar de bronce) o demanda juicio sobre la inmundicia (como en el mar de bronce). El señor Jesús es referido en Apocalipsis 1 como teniendo Sus pies como “bronce bruñido como en un horno”. Es de este modo que Él es visto andando en medio de los candeleros. Él no puede tolerar el mal, sino que debe, en el ejercicio del juicio, pisotearlo bajo Sus pies. Esto explicará la razón de porque el altar donde el pecado era expiado y el mar donde las manchas eran quitadas, ambos eran de bronce. Todo en la Escritura tiene su significado y debemos buscar en un espíritu de oración comprender cuál es el significado de esto.

            Es muy confortante para el corazón estar seguros de que el pecado que Dios perdona libremente y la inmundicia que Él remueve han sido plenos y para siempre juzgados y condenados en la cruz.  Ni una jota y ni una tilde de culpabilidad, ni traza de inmundicia, ha sido pasada por alto. Todo ha sido divinamente juzgado, “La misericordia de regocija contra el juicio” y “la gracia reina a través de la justicia” (Santiago 2:13; Rom. 5:21). El creyente es perdonado y limpiado; su culpabilidad e inmundicia han sido juzgadas en la cruz. El conocimiento de esta preciosa verdad obra en una doble forma. Ponen al corazón y la conciencia perfectamente libre y hace también que uno aborrezca el pecado y la inmundicia con creciente intensidad. El altar de bronce cuenta en silente y aun así con impresionante elocuencia, su doble historia: la culpabilidad ha sido divinamente condenada, querido testimonio al hecho de que la inmundicia ha sido divinamente juzgada, y sobre ese fundamento, puede divinamente ser puesta a un lado.

            ¡Que profunda consolación para el corazón es todo esto! Y aun así es una santa consolación. No puedo ver el anti-tipo del altar y fácilmente pecar. No puedo pensar en el anti-tipo del mar de bronce e indiferentemente contraer una mancha. Mi consolación es profunda y sólida porque sé que estoy perdonado y limpiado, pero mi consolación es santa porque sé que el Señor Jesús ha puesto Su vida para procurarme mi perdón y limpieza. Dios ha sido perfectamente glorificado; el pecado y la inmundicia han sido perfectamente condenadas; y yo he sido eternamente libertado; pero la muerte de Cristo es la base de todo. Esta es la consoladora y santa lección que se nos enseña en el material del altar y el mar de bronce. Nada ha sido pasado por alto por Dios, aun así, nada me es imputado ahora porque Cristo ha sido juzgado por todo esto.

|          Consideremos ahora el contenido del mar de Salomón. “este contenía tres mil batos” de agua. Si en el altar vemos bronce conectado con sangre, en el mar encontramos bronce en conexión con agua. Ambas cosas señalan a Cristo. “El vino por agua y sangre; no solo por agua, sino por agua y sangre” (1 Jn. 5:6). “Pero uno de los soldados traspasó su costado del cual salió agua y sangre (Jn. 19:34) La sangre que expía y el agua que purifica, ambas cosas han fluido del Salvador. ¡Preciosas y solemnes palabras!, porque tenemos expiación y limpieza, solemne a causa de la forma en la cual obtenemos esto.

            Pero el mar de bronce contenía agua, no sangre. Quienes se acercaban a él ya habían probado el poder de la sangre y por tanto solo necesitaban lavarse con agua. Así era en el anti-tipo como en el tipo. Un sacerdote bajo la ley, cuyas manos y pies se habían manchado, no necesitaban ir una y otra vez a aplicarse la sangre que lo hacía a él ser un sacerdote, sino solo lavarse con agua para ser capacitado para cumplir sus funciones sacerdotales. Así es ahora, si un creyente falla, si él comete pecado, si contrae alguna mancha, no necesita nuevamente ser lavado en la sangre como al principio, sino simplemente la acción purificadora de la palabra por medio del Espíritu Santo que aplica al alma el recuerdo de lo que Cristo ha hecho. De este modo la mancha es quitada, la comunión es restaurada y el sacerdote espiritual nuevamente en condiciones para cumplir sus funciones sacerdotales. “El que está lavado no necesita sino lavarse los pies, porque está todo limpio” (Jn.13:10). “Los adoradores una vez limpiados no tienen más conciencia de pecados” (Heb.10:2) ¿hace esto insignificantes las manchas? ¡Lo opuesto! ¿Hizo la provisión de un mar fundido, con sus 3000 batos de agua, hacer insignificante una mancha sacerdotal? ¿No probó más bien cuanta importancia tenía que, era una seria materia al juicio de Dios, de cuan imposible es estar con una sola mancha en las manos o pies?

            Lector, medite en esto. Examine a la luz de las Escrituras esto. Y asegúrese de comprender esta verdad: hay, en muchos casos, una gran falta de claridad en cuanto a la doctrina que nos presenta el altar y el mar de bronce. Entonces, muchos cristianos sinceros están en una oscuridad espiritual y turbados en cuanto a la cuestión de los pecados y manchas diarias.  Ellos no ven la divina plenitud de su limpieza por la sangre de Cristo. Ellos por tanto mantienen la idea que deben, en cada ocasión, ir al altar de bronce como si ellos nunca hubiesen sido lavados. Este es un error. Cuando una persona es limpiada por la sangre de Jesús, es limpia para siempre. Si Cristo me ha limpiado, estoy divina y eternamente limpiado.  He sido introducido a una condición a la cual está ligada una eterna limpieza de la cual nunca puedo salir. Puedo perder el sentido de esto, el poder, y el goce de ello. Pedro habla de algunos que habían olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Si el pecado es tratado ligeramente y el yo no juzgado, es difícil decir hasta dónde puede llegar un cristiano. El Señor quiere que andemos cada día ante Él para que no vengamos a estar bajo la enceguecedora influencia del pecado

            Pero debe recordarse que la más efectiva salvaguarda contra la obra y la influencia del pecado es tener el corazón establecido en gracia y estar claro en el entendimiento de nuestra posición en Cristo. Estar en oscuridad o sombras en cuanto a estas cosas es un camino seguro en el cual caer en las trampas de Satanás. Si estoy buscando vivir en una vida santa para establecer mi posición ante Dios, seré llevado al fariseísmo o seré sumergido en algún horrible pecado. Pero cuando conozco que todos mis pecados y manchas han sido juzgados y condenados en la cruz, y que soy justificado y aceptado en un Cristo resucitado, entonces estoy sobre el verdadero fundamento de santidad. Y si allí fallo, como constantemente lo hago, puedo llevar mi fracaso a Dios en confesión y juicio propio y sé que Él es fiel y justo para perdonar mis pecados y limpiarme de toda injusticia.

            Si me juzgo a mí mismo sobre el fundamento de que Cristo ya ha sido juzgado ante Dios por la misma cosa que confieso en presencia de Dios. Si no fuese así, mi confesión no sería de utilidad. El único fundamento sobre el cual Dios puede ser “fiel y justo para perdonar y limpiar” es que Cristo ya ha sido juzgado por mi causa. Y muy ciertamente, Dios no ejecutará juicio dos veces por la misma cosa. Dichosamente esto es verdad, y debo confesar y juzgarme a mí mismo si he hecho el mal. Un solo pensamiento pecaminoso es suficiente para interrumpir la comunión. Cada pensamiento debe ser juzgado antes de que mi comunión pueda ser restaurada. Pero es con una conciencia limpiada que confieso. No soy más visto como un pecador, teniendo que tratar con Dios como juez, ahora estoy en la posición de un hijo que tiene que tratar con Dios como Padre. Él ha hecho provisión para mis necesidades diarias, una provisión que no envuelve una negación de mi lugar y porción o el ignorar la obra de Cristo, sino una provisión que me habla de la santidad y gracia de Aquel que hizo posible esto. No ignoro el altar porque necesito el mar, pero adoro la gracia de Aquel que ha provisto para el uno y el otro.

            Habiendo de este modo dicho lo suficiente sobre el material y contenido del mar, unas pocas palabras bastarán en cuanto al objeto de este. “El mar era para que se lavaran los sacerdotes”. Allí venían los sacerdotes día tras día para lavar sus manos y sus pies para estar siempre en condiciones de cumplir su labor sacerdotal. Este es un sorprendente tipo de los sacerdotes espirituales, de todos los verdaderos creyentes cuyas obras y caminos necesitan ser limpiados por la acción de la palabra. La fuente de bronce en el tabernáculo y el mar de bronce en el templo son figura de ese “lavado del agua por la palabra” que está ahora Cristo realizando por medio del poder del Espíritu Santo. Cristo en persona está actuando por nosotros en el cielo; por Su Espíritu y Palabra, Él está actuando en y sobre nosotros. Él nos restaura cuando nos alejamos; nos limpia de toda mancha; corrige de cada error. Él vive siempre por nosotros. Somos salvados diariamente por Su vida. Él nos mantiene en el pleno poder e integridad de esa posición en la cual Su preciosa sangre nos ha puesto. Todo está asegurado en Él. “Cristo amó a la iglesia y se entregó a si mismo por ella; para santificarla y limpiarla por el lavamiento del agua por la palabra, para presentarse a Sí mismo una iglesia gloriosa, sin mancha o arruga, ni cosa semejante; santa y sin mancha” (Efes. 5:25:27).

            Finalmente, una palabra en cuanto a “los bueyes” que sostenían el mar de bronce. El buey es usado en la Escritura como el símbolo de paciente labor. Entonces su significativo lugar bajo el mar de bronce. De cualquier lado que el sacerdote se acercaba, él se enfrentaba con la adecuada expresión de una paciente labor.  No importaba cuan a menudo o porque camino éste venía, nunca agotaba la paciencia que estaba consagrada a la obra de limpiarlo de todas sus manchas. ¡Que preciosa figura! Y tenemos la sustancia de esto en Cristo. Nunca podemos cansarlo a Él por nuestros frecuentes extravíos, Su paciencia es inagotable. Él no se cansará hasta presentarnos a Él mismo sin mancha y sin arruga o cosa semejante.

            ¡Puedan nuestros corazones adorar a Aquel que es nuestro altar, nuestro lavador, Sacrificio, Sacerdote, Abogado, y nuestro todo!     

 

                                                                                                                C.H.M.

                                                                                                

                                                                                                            

 

 

 

EL LAVADOR Y EL MAR DE BRONCE.

 

 

            |El lavador de bronce que estaba en el atrio en el tabernáculo de Israel, y el mar de bronce que Salomón puso en el atrio del templo, cada uno tienen su propia palabra de instrucción para nuestras almas. Al contemplar el lavador, o fuente de bronce, es importante observar el lugar dado a este en las especificaciones divinas para el tabernáculo. Estas pueden dividirse en dos partes: Ex. 25- 27:19, y Ex.27:20- 30, la primera parte se ocupa con la manifestación de Dios mismo; la segunda con los medios por los cuales Sus adoradores podían acercarse y tratar con él. La primera parte, conforme a esto, comienza con el arca, el bien conocido símbolo de la presencia de Jehová, y la más alta manifestación de sí mismo en esa edad, y desde allí el pensamiento viaja hasta que el atrio es alcanzado. La segunda parte comienza con aceite para el alumbrado (Ex.27:20-21), porque la primera lección que Dios quiere imprimir sobre aquellos que desean acercarse a Él es que Él es luz, y mora en la luz. Después tenemos el sacerdocio (Ex.28 y 29) Porque “cómo podía el débil hombre tratar con un Dios santo sino por tales medios. El altar de oro, el lugar de la adoración sacerdotal sigue a esto apropiadamente (Ex.30:1-10); después, tenemos la mención al medio siclo de la expiación, y la fuente de bronce o lavador, sobre el cual nos detendremos un poco.

            El lavador o fuente fue provista para el uso de los sacerdotes, para la remoción de las manchas que eran contraídas diariamente al tocar las cosas externas del tabernáculo. Aarón y sus hijos tipifican a Cristo y los cristianos, a todos aquellos que han sido constituidos una familia sacerdotal, “un sacerdocio santo”, como nos dice Pedro (1 Ped. 2:3) No era suficiente para los sacerdotes de Dios que ellos hubiesen sido bañados en su consagración (Ex.29:4); ellos debían también lavar sus pies y manos día tras día.  El lavado total (al cual se hace referencia sin duda, por el apóstol en Heb.10:22) tipifica el nuevo nacimiento, que cada creyente en Jesús ha experimentado por medio de la gracia. Esto nos ha hecho en naturaleza adecuados para acercarnos a Dios, pero el lavador nos enseña lo que debe también satisfacer en la práctica para realmente gozar de Su presencia.  Como ha dicho el salmista, cuando confesaba su afección por la casa de Jehová, el lugar donde moraba Su honor, “Lavaré mis manos en inocencia, y así rodearé tu altar, OH Señor” (Sal. 26:6) Dios demanda pureza de pensamiento y vida en aquellos que se acercan a Él.  Se nos recuerda también, las palabras del apóstol, “por tanto, quiero que los hombres levanten manos santas sin ira” (1 Tim. 2:8).

            La fuente de bronce estaba hecha con los espejos de las mujeres que servían en conexión con el tabernáculo (Ex.38:8). Esto es sugestivo de la renuncia propia de parte de ellas, porque los espejos son un importante ítem en las posesiones de las mujeres. Otra lección está, por tanto, estampada sobre las páginas de las Escrituras para nosotros, la humillación de poner a un lado el yo es vista en aquellos que tienen que tratar con Dios. Ante Él, la carne es incapaz de gloriarse; donde la carne se gloría es evidente que el alma conoce poco experimentalmente de la presencia de un Dios santo.  El espejo es usado por Santiago como un símbolo de la palabra de Dios (Stgo. 1:22-25), que fielmente muestra al hombre que mira lo que él es. ¡Que misericordiosa provisión para nosotros en nuestras circunstancias del desierto! Cuando venimos a la palabra de Dios, y nos ponemos a nosotros mismos ante ella, cada secreto del corazón es expuesto, cada motivo impuro es detectado, cada mancha en la vida práctica es manifestada, y esto en su verdadero carácter, tal como es a los ojos de Dios. La palabra es el detector y el limpiador del mal.  Lo que el agua del lavador o fuente fue para los sacerdotes de Israel, la palabra de Dios es para nosotros hoy. Entonces las palabras en el Sal. 119:9: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Por dar atención a tu palabra” Entonces, también, la instrucción del Señor en Jn.13:10, cuando lavó los pies de Sus discípulos antes de que Él sufriese la cruz.

            Dios insistía en la pureza de Sus sacerdotes, “para que ellos no mueran” (Ex.30:21). ¿Estamos exceptuados de esto porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia? De ninguna manera. Donde la santidad personal es descuidada, la santa mano de Dios en gobierno desciende sobre el ofensor: ¿Por qué? ¿Por qué Él no nos ama? No, sino porque nos ama, y quiere que en una forma práctica seamos participantes de Su santidad (Heb.12:10). Fue a causa de su obstinación en el mal que el apóstol ha tenido que decir a los Corintios, “Hay muchos y débiles entre vosotros, y muchos duermen” (1 Cor. 11:30). El mandamiento es todavía imperativo como siempre, “Purificaos los que lleváis los vasos del Señor” (Isa. 52:11).

            Se observará que en las especificaciones de la fuente de bronce no se nos dan medidas. Esto es muy destacable, porque en conexión con las varias partes del tabernáculo los detalles de medida son dados con gran detalle. Ciertamente la omisión en el caso de la fuente de bronce está llena de significado como la omisión de la genealogía de Melquisedec en Gén.14, de lo cual el Espíritu de Dios hace mucho en Heb.7. Este es indudablemente el feliz camino de Dios para enseñarnos la gracia que perdona y limpia cada día es sin límite y medida. Esto es siempre absolutamente verdadero, aunque profundos y frecuentes sean nuestros fracasos, “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos, y limpiarnos de toda injusticia” (1 Jn. 1:9)

            Pero ahora debemos volvernos al mar de bronce (2 Crón. 4: 2-5). Este es un desarrollo del lavador, tenemos necesariamente el mismo pensamiento de limpieza sacerdotal conectado con esto, pero no solo esto. Hay además otros pensamientos. El reino de Salomón es destacablemente típico del futuro reino del Señor Jesús. Este fue un período de paz y gloria para Israel, donde todos los enemigos habían sido sometidos. El arreglo del templo conforme a esto nos sugiere varias características mileniales. De este modo tenemos al querubín mirando “hacia la casa” (2 Crón. 3:13) Hacia el pueblo, que nos habla de la justicia divina mirando hacia fuera en bendición para los hombres. Compare Sal. 72:2,3; Isa.32:1. Después tenemos los dos pilares llamados Jaquín y Boaz; que significan respectivamente “Él establecerá” y “En Él está el poder”, que nos enseñan que Cristo en el día de Su reino establecerá todas las cosas en poder para Su pueblo terrenal, y preservará de la ruina lo que Él establecerá para siempre. Él es el verdadero Booz, El Pariente Redentor.

            ¿Pero qué lugar tiene el mar de bronce en esta conexión?  Si observamos unos pocos detalles, vendrá a ser claro. “Este estaba sobre doce bueyes, tres de los cuales miraban al sur, tres hacia el oeste, tres hacia el sur, y tres al oriente; y el mar estaba sobre ellos, y las ancas de ellos estaban hacia adentro” (2 Crón. 4:4). Esto es muy interesante. El buey es siempre el tipo en las Escrituras de labor paciente para Dios (1 Cor. 9:9,10); doce es el número de las tribus de Israel. Con toda probabilidad, había conductos en medio de las bocas de los bueyes por los cuales salía el agua. Aquí, entonces, tenemos la palabra del Señor fluyendo a través de Israel en un día futuro para la bendición de las naciones, porque los bueyes miraban hacia los cuatro puntos cardinales de la tierra. Bajo el poderoso impulso del derramamiento del Espíritu santo en el último día, porque de su interior correrían “ríos de agua viva”. En el pasado, la simiente de Jacob ha sido un pueblo fríamente conservativo. Aún el evangelio, que ellos no desean para sí mismos, ellos tratan de estorbarlo para que no llegue a otros (1 Tes. 2:16; Hech.13:45; 14:2-19). Pero cuando el redentor venga a Sión, y sus corazones sean trabajados por la gracia divina, ellos realizarán el propósito de Dios al elegirlos, y felizmente se hallarán en la corriente de las operaciones del Espíritu, extendiendo de este modo la bendición lejos y ampliamente. “De Sión saldrá la ley y la palabra del Señor de Jerusalén” (Isa.2:3). “El remanente de Jacob será en medio de muchos pueblos como rocío del Señor, como lluvia sobre la hierba” (Miq.5:7). Tenga en cuenta también, la oración del remanente en el Sal. 67, “Dios sé misericordioso hacia nosotros, y bendícenos, y haz brillar tu rostro sobre nosotros, para que tus caminos puedan ser conocidos sobre la tierra, Tu salvación entre las naciones” Como el río (sin duda uno literal) que fluirá desde el santuario en aquel día, que fertilizará dondequiera que llegue (Ezeq. 47), así las bendiciones de la redención fluirán a los más remotos rincones de la tierra en el día cuando el corazón de Israel se vuelva al Señor. Porque la conversión de Israel está relacionada con la bendición que le espera al mundo.

            En el borde del mar hay grabadas flores de lirios. Esto lleva nuestros pensamientos al Cantar de los Cantares, donde tenemos los varios frutos de la gracia que se desplegarán en Israel posterior a su reconciliación. En ese libro el rey repetidamente asemeja a Su pueblo a lirios (Cant. 2:2-16) Un hermoso símil, seguramente, que habla de pureza y humildad; dos características siempre agradables al ojo del Señor. Lo contrario de esto se ve en Isa. 45:2-5, corrupción combinada con orgullo farisaico. Estas odiosas características darán lugar al carácter de lirio; en la escuela de la aflicción, en un día futuro, estas santas lecciones de Dios serán aprendidas.

            No podemos terminar sin una breve referencia a Apoc.4:6. Aquí vemos a toda la compañía de santos celestiales, bajo el símbolo de 24 ancianos, en gloria con el Señor. Allí se nos muestra, no vestidos con armaduras, ni con espadas en la mano, como en Efes.6, sino como llevando el vestido sacerdotal, cada uno coronado y entronizado.  Los peligros del desierto han pasado para siempre. “Ante el trono había un mar de vidrio semejante al cristal”. La alusión al mar fundido en el santuario terrenal es demasiado obvia para equivocarse. Pero este no es un mar de agua, sino de cristal, un silencioso pero elocuente testimonio a la permanente e inalterable pureza eterna de los santos glorificados. Sobre la tierra había agua (la palabra) es a menudo necesaria a causa de las manchas contraídas por el camino, y que se introducen entre nuestras almas y Dios; en la bendita escena celestial a la cual estamos yendo las manchas no serán posibles. El agua da lugar, por lo tanto, al brillante cristal.

                                                                                                                   W.W. Fereday