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ENEMIGOS DE LA CRUZ DE CRISTO, Y  MORADORES SOBRE LA TIERRA

 

El lector atento escasamente puede haber fallado en tener en cuenta que Filipenses 3 es un capítulo que abunda en marcados contrastes.

Allí tenemos el contraste entre los Judaizantes, a quienes el apóstol llama  menospreciativamente como "la concisión" (el corte) y aquellos a quienes él designa  como "la circuncisión", "quienes no tenemos confianza en la carne y nos regocijamos en Cristo Jesús" (vv.2,3)  Esto lo guía a contrastar su propia pasada religiosidad (su  confianza en la carne) con su actual estado, como habiendo contado todo como pérdida por Cristo y estimando felizmente todo como basura, para ganar a  Cristo (vv.4-9)

En el v.9 la justicia legal que "es de la ley" es contrastada con "la justicia  de Dios que es por la fe". Esto no es sino realmente aplicar la distinción notada arriba.

En los vv. 10,11 se implica al menos, el contraste entre la resurrección de juicio que era todo lo que él podía esperar, y la "resurrección de entre los muertos" en la cual él ahora espera tener parte.

La perfección, en el sentido de absoluta santidad, (perfección como tal será nuestra al final del camino) es después contrastada con perfección (o pleno crecimiento) en el sentido de haber comprendido las grandes verdades del evangelio (vv.12-16). Lo anterior él lo desconoce (v.12), considerando que de la última puede decir, "por tanto, los que somos perfectos, pensemos una misma cosa"

Finalmente él contrasta el cuerpo de humillación con lo que serán nuestros cuerpos a la venida del Señor, "hechos conforme al cuerpo de Su gloria." (V.21)

Un poco antes  de esto  él  señala un contraste entre dos clases morales  frecuentemente puestas ante nosotros nuevamente en el libro de Apocalipsis, y de hecho distinguidas  en todo lugar en las Escrituras. Este es el contraste  entre el pensar en las cosas terrenales y las celestiales.

"Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal. Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo" (Fil.3:18-20). El v.17 también debiese tenerse en cuenta en esta conexión: "Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros". El "andar" sin duda aquí se refiere a tomar exteriormente el lugar Cristiano. Quienes "andan" son aquellos que presumiblemente, al menos, han seguido un camino de peregrinos. Ellos profesan "buscar una patria". En el A. Testamento leemos "pues Jehová tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos; Él sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta años Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado" (Dt.2: 7), mientras en Hech. 9:31, del Israel anti-típico se nos dice, "Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo”.

Ellos también habían salido al desierto con Dios.  Ellos no estaban más en casa allí. ¡Ay!,  Que nuestro andar pudiese ser siempre diferente al de ellos, "en el temor de Dios".

Aquellos referidos en Filipenses tenían la apariencia exterior de peregrinos, y aun así, de forma diferente a aquellos que comenzaron con aquello de lo que hablaba la sangre rociada sobre los dinteles de las puertas, ¡ellos eran enemigos de la cruz de Cristo!

Hubo personas que anduvieron así en Israel antiguamente. El mismo capítulo que presenta al pueblo comenzando su jornada, después de haber sido protegidos por la sangre del cordero, nos dice que "También subió con ellos grande multitud de toda clase de gentes, y ovejas, y muchísimo ganado" (Ex.12:38). Exteriormente, quizás, uno podría haber tenido dificultad para distinguir a tales personas de la nación elegida, pero su verdadero carácter se manifestó en el desierto. En Núm. 11:4-6, tenemos el clamor de las personas que eran enemigos de la cruz de Cristo (típicamente por supuesto) quienes nunca habían entrado en lo que el juicio en el mar Rojo debiese haberles enseñado, separación de Egipto y sus codicias. "Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos"(Num 11:4-6). "Y el maná  hablaba de Cristo descendido en gracia para satisfacer las necesidades de Su pueblo” (Jn.6:32). Pero, ¡ay!, Su belleza, temporalmente oscurecida por asociarnos con aquellos de quienes el apóstol nos advierte "llorando,"  perdemos nuestra apreciación de esa belleza, aunque Él es  "hojuelas de miel"  dulce, y "fresco sobre el rocío" ministrado por el poder del Espíritu Santo.

Ellos no tenían corazón para el maná; _ sino que más bien ellos deseaban la carne y los peces de Egipto y los frutos que para obtener ellos debían inclinarse a tierra y aun cavar por ellos. Así es siempre cuando la cruz ha perdido su atracción para nuestras almas; cuando no podemos decir más, "Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo". (Gál.6:14)

¿No hemos todos conocido algo de la mortal influencia de la multitud mezclada que "anda" y da una hermosa apariencia en la carne, pero cuyos corazones  están todavía en el mundo donde ellos de buena gana quisieran atraernos? ¡Recordemos que, puerros, cebollas y ajos todos dejan su olor detrás!

Usted no puede gustar de estas cosas sin pérdida espiritual. Quizás usted piense que un poco de mundanalidad, un poco de satisfacer la carne, no dañará su testimonio, ni estropeará su gozo de las cosas divinas. Tal vez usted imagina que esto nunca será notado por otros, de los cuales usted respeta su piedad y que velan por su alma. Si usted se permite andar en alguna medida con el mundo, usted al menos estará regularmente de  las reuniones y manifestará interés en el evangelio. Pero debe estar seguro que es imposible comer ajos y no tener su olor en la boca, como probar las locuras del mundo en alguna forma sin claramente rebajar el tono de su espiritualidad.

Una noche en compañía mundana,  habla mucho. Una tarde en el teatro, ¡qué mal aliento tendremos un día después! Una fascinante y popular novela, ansiosamente devorada, y ¡qué hedor dejará!  ¡Indulgencia en vanidades, vestidos mundanos y descuido en el andar, como carcomen la vida espiritual y hacen que el alma deteste el maná! Usted no puede gozar del mundo y de Cristo al mismo tiempo. Uno inevitablemente  expulsará al otro.

Pienso que hay una distinción, y una marcada, entre  la multitud mezclada y murmuradora en Israel; justo como somos llamados a distinguir entre los "enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin es destrucción", (no solamente castigo) y los santos filipenses que eran advertidos de los tales. Porque aun un santo está en peligro de venir a ser en alguna medida como ellos en sus caminos, si no vigila, aunque uno con ellos nunca podrá serlo. Olvidarse de la cruz de Cristo, los creyentes a menudo lo hacemos; y es triste que esto sea así. Enemigos de la cruz de Cristo los santos no pueden serlo. 1Cor. 9:24; 10:11 es dirigido a todos.  El hijo sabio toma atención y es guardado; pero el insensato pasa adelante y  es castigado.

La gran característica de tales personas, "cuyo dios es su vientre, y que piensan en las cosas terrenales". Su conexión con la multitud mezclada  es muy marcada. Codicias, el deseo de satisfacciones personales (cuál pueda ser la forma de esto) y amor por la escena  de la cual la cruz ha separado al cristiano, son sus dos grandes características.

Guardémonos, hermanos, de cualquiera que quisiera tentarnos a buscar nuestro gozo en la esfera que ha rechazado a nuestro Señor. Su cruz ha intervenido entre nosotros y el mundo. ¿Necesitamos algo de este? Si así, en el corazón vamos atrás a Egipto.

Para hacer eso Israel tenía que volver a cruzar el mar Rojo (Jer. 43:1-7);  a través de este ellos no podían pasar. Es una cosa terrible poner de esta forma  poner a un lado la cruz. Esto no es necesariamente negar nuestro interés en la muerte de Cristo o en el derramamiento de Su sangre. Estas verdades pueden ser reconocidas y confesadas en alguna medida donde la cruz, símbolo de su vergüenza y amarga aflicción, son  realmente ignoradas.

Es la cruz la que ha manchado toda la gloria de este mundo; como antiguamente madera de cedro, escarlata e hisopo eran manchadas con la sangre del ave de los cielos muerta en un vaso de barro sobre aguas corrientes (Cristo el Hombre celestial), en el cuerpo preparado para Él para que pudiese ofrecerse a Sí mismo por el Espíritu eterno en sacrificio para nuestra limpieza (Lv.14). Para la fe toda su gloria ha desaparecido en la quema "de la vaca roja" (Núm.19). Este mundo no tiene gloria desde que se hizo culpable  del asesinato del Hijo de Dios. Todos sus objetos bellos, su esplendor religioso, su sociedad y cultura, todo aquello en lo cual éste se jacta, todo está manchado ahora con sangre.

Esto es lo que quienes "piensan en las cosas terrenales" niegan.  Rechazando la verdad de que Él está fuera  de esta escena donde se despliega el orgullo y la locura del hombre, ellos  tratan de ligar Su nombre al mundo que lo ha rechazado. Antiguamente ellos clamaron, "¡Crucifícale!" Ahora ellos adornan Su sepulcro.

Ellos no pueden ignorarlo completamente; Su impacto es demasiado fuerte y claro para eso. Es imposible que Dios en forma humana o mejor dicho en carne estuviese en el mundo y no dejase alguna evidencia de Su presencia detrás de Sí. De modo que ellos lo reconocen ahora como uno de ellos mismos.

Ha notado usted ¿qué todos hacen alguna demanda del Señor Jesús, aunque ellos odien Su cruz? Ellos hablan de Él como el gran ejemplo, el Maestro, el Mártir de cualquier cosa, pero que Él haya muerto  para libertarnos de este presente siglo malo, que Su cruz es la línea que divide, esto ellos no lo aceptaran.

En contraste con estos "moradores de la tierra", es muy dulce leer de algunos "cuya ciudadanía está en los cielos." Ellos no encuentran  aquí  una patria o ciudad permanente.  Ellos buscan la por venir. Su camino solitario de aflicción y separación es aquel que pisan en un mundo como este. Identificados por medio de la fe con un Cristo rechazado, y poseyendo Su vida, por medio del nuevo nacimiento, ellos no pueden sentirse en casa  en la escena de Sus profundos sufrimientos y de Su terrible vergüenza. Como un pueblo especial y separado, ellos confiesan claramente que "buscan una patria," y están contentos con esperar por la gloria hasta el amanecer de Su aparición. Su camino de aislamiento y de peregrinos y extranjeros  les es más querido que las riquezas del mundo, porque justamente Él  "nos ha dejado ejemplo para que sigamos Sus pasos".

Este contraste es marcado ahora. Y marcado será al final. Tomados para estar siempre con Él serán todos aquellos que le han conocido como Señor y Salvador.  Dejados en la tierra al lugar que ellos mismos han escogido para sus esperanzas serán aquellos que son enemigos de la cruz de Cristo. El futuro de ambos lo vemos bosquejado en el Apocalipsis.

A la asamblea que tiene poca fuerza, pero que no ha negado Su nombre, Él dice, "Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra" (Apoc.3:10).

Estos últimos son evidentemente la misma clase moral cuyo andar terrenal hemos estado considerando; Porque la expresión no se refiere  meramente a habitantes del mundo, y esto es claro al referirnos  a los capítulos 11:9,10; 14:6, donde los encontramos a ellos distinguidos  de "pueblos, y familias y  lenguas y naciones."

En el verso citado arriba  vemos que cuando el Señor venga y tome a los Suyos del lugar de su trabado y sufrimiento para entrar en Su propio descanso en la gloria de Dios, estos serán dejados (a pesar de su posible profesión Cristiana) para pasar a través del terrible período de juicio tan gráficamente descrito en la última porción de los oráculos divinos.

Que ellos son idénticos con los falsos profesantes de cada edad es claro por el Cáp.6:10 donde escuchamos a los mártires clamando por venganza "sobre los que moran sobre la tierra". ¡Siempre los enemigos de la cruz de Cristo han sido una y otra vez los perseguidores de aquellos que  se glorían en esa cruz!

Los encontramos a ellos nuevamente  especialmente puestos ante nosotros, en el Cáp.8, que precede el sonido de las últimas tres trompetas. "Y miré, y oí a un ángel volar por en medio del cielo, diciendo a gran voz: ¡Ay, ay, ay, de los que moran en la tierra, a causa de los otros toques de trompeta que están para sonar los tres ángeles!" (v.13).

Quienes no se preocupan por un nombre y lugar aquí son vistos antes de esto, representados en 24 ancianos coronados en el cielo; Su tema de alabanza, la preciosa sangre derramada en la cruz que los ha separado del mundo. ¡Qué terrible es la posición de aquellos que rechazan el llamamiento celestial que, a través de la gracia, estos han aprendido a valorar! La tierra que ellos han amado ahora es la escena de los terribles juicios de Dios; y para el cielo ellos han perdido toda esperanza; aunque una vez, ellos pensaron que al menos tendrían un lugar allí cuando la muerte los separara de sus  delicias aquí. De este modo ellos quieren tener lo mejor de ambos mundos. ¡Pero ahora han perdido ambas cosas!

El testimonio de los dos testigos de Dios solo hiere con agonizante desesperanza; y en medio del gozo universal debido a la muerte de estos testigos, todos se alegran, y se nos dice: "Y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros; porque estos dos profetas habían atormentado a los moradores de la tierra"  (Apoc.11:10)

Pero aunque ninguna voz  aquí abajo puede continuar proclamando su destino, en el cielo se escucha  una gran voz: "Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! Porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo" (Apoc.12:12).

¡Cuán marcado es el contraste aquí!, con las palabras: "Regocijaos, cielos, y los que moráis en ellos."

En el próximo capítulo, mientras autoridad es dada a  la bestia Romana "También se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. 8 Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Apoc.13:7,8). Porque ellos no estarán sin religión entonces, como no lo están ahora. Dos veces en el Cáp.17 ellos son también referidos, en conexión  con la misma bestia y  la ramera que cabalga sobre ella. "Con la cual han fornicado los reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación"  (v.2). "La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será."  (v.8)

¡Terrible futuro para la Cristiandad apóstata! Es el falso Cristo "el hombre de la tierra;" Con apariencia de cordero, quien los guía en la adoración de la primera bestia. "Y ejerce toda la autoridad de la primera bestia en presencia de ella, y hace que la tierra y los moradores de ella adoren a la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada. También hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en presencia de la bestia, mandando" (13:12-14)

Ella será entregada a un espíritu de error o engaño. Aquellos cuyos corazones están sobre las cosas de aquí abajo tienen un dios y un cristo propio, de la tierra y conveniente a ella, pero todos de igual forma serán destruidos a la aparición del Hombre celestial en juicio.

En el Cáp.14 encontramos a los 144.000 de Israel distinguida de estos como un pueblo "redimido de la tierra". Ellos no son la Iglesia, ni forman parte de ella, pero durante la ausencia del "Cordero" sus corazones se han vuelto a Él en el lugar donde ellos esperan Su venida, y de esta forma ellos no son seducidos por la Babilonia o por el cristo de la tierra.

Siguiendo inmediatamente a esta visión, tenemos la última palabra de Dios con relación a los moradores de la tierra. "Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, 7 diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas"  (14:6,7) Este es un llamado a dejar sus locuras , pero no escuchamos ninguna respuesta a él.

Su terrible destino como adoradores de la Bestia se nos da  en el mensaje que sigue: "él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero"  (14:10) ¡Solemnes palabras! ¿Quién puede  imaginar su terrible alcance?.

Esta copa el Señor la ha secado para los pecadores  cuando Él fue colgado en la cruz, esta es la verdad conectada con aquello que ellos odiaban. Ahora ellos deben beber de su terrible contenido por sí mismos.

Tal en resumen entonces, es el camino presente y la porción futura de aquellos que piensan en las cosas terrenales, "cuyo fin es destrucción".

Consideremos esto, amados, para que andemos  en una santa separación de ellos ahora, "aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne." (Judas 23). "Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col.3:1-3)

Como extranjeros y peregrinos, pueda ser nuestro apurar nuestros pasos a la tierra donde ha ido Aquel que ha ganado nuestros corazones por morir por nosotros sobre la cruz, y que pronto ha de venir para tomarnos consigo mismo a la casa del Padre. ¡Qué miserable y pobre parece Egipto entonces cuando nos alimentamos del maná oculto!

 

 

H. A. IRONSIDE