LA NUEVA Y LA VIEJA NATURALEZA EN EL CREYENTE

 

Muchos cristianos experimentan una buena parte de dificultad en la vida diaria como resultado de no tener una comprensión clara acerca de este tema. Ellos  están conscientes de una multitud de deseos y emociones de una naturaleza  extrañamente contradictoria. El apóstol Santiago puede preguntar, "¿puede una fuente dar al mismo tiempo agua dulce y amarga?" Ellos, sin embargo,  parecían no tener  dificultad  al realizar algo de esta clase; porque en pensamiento, palabra y acción encuentran la más extraña mezcla posible de  bien y mal hasta que todo el problema  viene a ser muy perturbador.

Es una gran ayuda comprender el hecho de que el creyente posee dos naturalezas, la nueva y la vieja, una es la fuente de  cada deseo justo, la otra la fuente solo de mal. Una gallina sería penosamente distraída si tuviese que dirigir crías mezcladas de pollos y patos. Sus naturalezas son distintas, y entonces sus deseos y conducta son muy opuestas, pero no más opuestas que las dos naturalezas de las cuales hablamos. ¡Y muchos creyentes  son semejantes a esta gallina!

Cuando el Señor Jesús habló a Nicodemo Él insistió sobre la necesidad de "nacer de nuevo", "nacer del agua y del Espíritu",  y añadió, "lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es" (Jn.3:6) Consideremos cuidadosamente estas  importantes palabras.

En primer lugar ellas indican claramente la existencia de dos naturalezas, cada una  caracterizada por su fuente. "Carne" es el nombre de una, porque brota de la carne, "espíritu" el nombre de la otra, porque brota del Espíritu Santo de Dios.

Entonces es evidente que hablamos justamente de la "carne" como  la antigua naturaleza, porque ésta nos pertenece como viniendo al mundo de la raza de Adán por generación natural; "espíritu" es la nueva naturaleza, y es nuestra, si hemos nacido del  Espíritu, en el nuevo nacimiento.

Nuevamente, estas palabras distinguen claramente entre "espíritu", por la cual se designa a la nueva naturaleza, y el "Espíritu," es decir, el  Espíritu Santo de Dios. Lo primero es el directo producto de este maravilloso poder, y Él nunca mora en una persona en quien no ha previamente obrado un nuevo nacimiento, produciendo la nueva naturaleza que es  "espíritu." Aun así, sería un gran error confundir, como algunos están inclinados a hacer, la nueva naturaleza que el Espíritu Santo produce con Él mismo.

Cuando usted nace de nuevo, entonces se le imparte por medio del Espíritu Santo esta  nueva naturaleza que es espíritu, y que uno de los primeros resultados de esto es el inevitable conflicto de esta nueva naturaleza con la  vieja, que hemos heredado como  hijos de Adán. Ambas naturalezas luchan por el dominio, cada una dirigiéndose en  direcciones diametralmente opuestas, y hasta que el secreto de la  libertad del poder de la carne dentro es aprendido, este penoso conflicto de bien y mal continuará.

En Rom.7 esa penosa experiencia es descrita para nosotros. Lea cuidadosamente esta porción, notando de manera especial los versos 14 hasta el fin. Y continúe su lectura hasta Rom.8:4. ¿No ve en esto muchas características que concuerdan con sus  experiencias?

En ese capítulo el que habla llega a  una  muy importante conclusión. "sé que en mí (es decir, en mi carne) no mora el bien" (v.18). La carne, entonces, es absoluta y desesperadamente mala, y Dios nos permite caminar a través del barro de amargas experiencias para que podamos  aprender  esta lección. "la carne para nada aprovecha,"  son las propias palabras del Salvador (Jn.6:63). "Los que están en la carne no pueden agradar a Dios," son palabras que  corroboran la historia (Rom.8.8). Esto siendo así,  de ella nada sino mal puede salir.

La carne puede ser dejada descuidada y sin ser educada, ésta entonces viene a ser pagana, salvaje, y posiblemente aun carne caníbal. Ella puede ser altamente refinada y educada, refrenada, civilizada, carne cristianizada, pero es carne, porque lo nacido de la carne, carne es, no importa lo que usted haga con ella. Y en ésta, aunque sea carne de una elevada clase, no mora el bien.

¿Qué puede hacer usted con una naturaleza como esa, una naturaleza que es simplemente el vehículo del pecado, en la cual mora el pecado?

Respondamos esa  pregunta  preguntando, ¿Qué ha hecho Dios con ella? ¿Cuál es su remedio?

Rom.8:3 nos presenta la respuesta. "Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne"

La ley desde el comienzo fuertemente censuró la carne, pero no podía refrenarla ni controlarla para que pudiésemos ser libertados de su poder. Pero lo que la ley no podía hacer Dios lo ha hecho.  En la cruz de Cristo Dios trató judicialmente con ella, "condenó el pecado en la carne," Él la condenó en la misma raíz y esencia de  su naturaleza.

Rom.8:4 presenta el resultado práctico de esto. La cruz siendo la condenación de la vieja naturaleza en la raíz de su ser, hemos recibido al Espíritu santo para ser el poder de la nueva naturaleza, de manera que andando en el Espíritu cumpliremos todos los justos  requerimientos de la ley, aunque no estemos más bajo ella como nuestra regla de vida.

Dios entonces ha condenado, en la cruz de  Cristo, la carne_ la vieja naturaleza. ¿Pero qué puedo hacer con esto? podemos con gratitud aceptar lo que Dios ha hecho, y tratarla desde entonces como una cosa condenada. El apóstol Pablo indica esto cuando dice, "nosotros somos la circuncisión, que adoramos a Dios en Espíritu, y nos gloriamos en Cristo Jesús, y no tenemos confianza en la carne" (Fil.3:3)

Cuando  uno lee esta escritura comenzando positivamente con la palabra "somos", uno es inclinado a preguntar, ¿somos? ¿Estoy completamente consciente del verdadero carácter  de la carne_  que ninguna cosa buena mora en ella, y por otra parte,  la condenación de Dios de ella en la cruz, por la otra_ que no tengo confianza en ella, aun en su más hermosas  formas? Dependa de esto, aquí está lo esencial de toda la materia. Ese punto no es fácilmente alcanzado. Se pasa a través de muchas  penosas experiencias, muchos  fracasos de corazón son experimentados, y una y otra vez la carne, como en Sansón se niega a ser sujetada, rompiendo las cuerdas de esfuerzos y oraciones piadosas, y las nuevas ropas_ cuidadosamente tejidas. Pero cuando este punto es realmente alcanzado la batalla está cerca de su final.

La destrucción de nuestra confianza en la carne es en gran parte es el quebrantamiento del poder de la carne sobre nosotros. Entonces enseguida miramos fuera de nosotros, y   miramos por un Libertador, y lo encontramos en el Señor  Jesucristo, quien ha tomado posesión de nosotros por su Espíritu. El Espíritu es el poder; Él no solo desbarata la actividad de la vieja naturaleza (ver Gál. 5:16), sino que también energiza, expande y controla la nueva (ver Rom. 8:2, 4,5, y 10)

Tenga en mente que la nueva naturaleza no tiene poder en sí misma. Rom.7 muestra eso.  La nueva naturaleza en si misma da aspiraciones y deseos que son justos y bellos, pero para tener poder para cumplirlos debe existir esta sumisión practica a Cristo y Su Espíritu_ este andar en el Espíritu, que es en gran parte el resultado de venir al real y sincero  acuerdo con Dios acerca de la condenación de la vieja naturaleza en la cruz de Cristo.

Algunas personas son buenas en naturaleza y religión casi desde su nacimiento. ¿Tales personas  necesitan la nueva naturaleza de la cual usted habla?

Ciertamente que sí. El mismo hombre a quien el Señor Jesús expresó estas memorables palabras, "debes nacer de nuevo," era exactamente de ese tipo. Moral, social, y religiosamente, todo estaba en su favor, aun así el Señor lo enfrentó con una proposición abstracta (Jn.3:3) pero con la misma verdad en concreto y claramente en una forma personal. "Debes nacer de nuevo" (v.7)

Esto establece eso.  Después de todo,  la carne es solo carne, y no es de ningún valor ni utilidad para Dios.

Existe una idea muy extendida de que cada individuo tiene una chispa de bien dentro, y que lo único que necesita  es desarrollarla por medio de la oración y el control propio. ¿Es esto escritural?

Esto es muy inescritural. Y realmente anti-escritural. Muchos pasajes podrían citarse, pero me contentaré con citar solo dos.

El primero será la evidencia negativa. En Rom. 3:9-19 se nos presenta un extenso y detallado retrato de la humanidad en sus características morales. Los detalles son escogidos por el apóstol Pablo desde las escrituras del Antiguo Testamento. Primero consideraremos las declaraciones generales (vv.10-12), después declaraciones incisivas y particulares en odiosos detalles (vv. 13-18), y ninguna palabra es alentada en cuanto a  esta  latente chispa de bien. ¡Cuán injusto, y falso sería, si realmente después de todo, esta estuviese allí! El Dios que no puede mentir describe a Sus criaturas, y no menciona esta supuesta chispa de bien.  La inferencia  es obvia.  Esta no está allí.

La clara  evidencia es:

"Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal." (Gén.6:5)

El apóstol Pablo puso la misma verdad en palabras diferentes cuando dice, "sé que en mi (es decir, en mi carne) no mora el bien" (Rom.7:18) _ ni una chispa de bien.

Para aquellos que creen en la Biblia tal evidencia  es completamente conclusiva. Nada más queda por decir.

¿Puede una persona librarse de la vieja naturaleza en el nuevo nacimiento, o debemos  comprender que una persona convertida tiene dentro de sí la nueva y la vieja  naturaleza?

La vieja naturaleza no es erradicada por la nueva, de otra manera no leeríamos: "si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos, y la  verdad no está en nosotros" (1 Jn. 1:8)

Tampoco ésta es transformada en la nueva naturaleza. El nuevo nacimiento no es como la piedra del filosofal, que la fábula dice que transformaba en oro fino cada objeto que tocaba. Jn. 3:6, ya citado prueba esto. Ambas  naturalezas están en el creyente justo como ambas naturalezas estaban representadas en los dos árboles en el huerto. Realmente, el proceso de "injertar" ilustra adecuadamente la materia en mano, porque por el árbol silvestre en el cual se inserta la naturaleza del manzano cultivado y elegido manzano, es  por ello condenado. El cuchillo es puesto a éste y cortado para que el proceso tenga lugar.  Además, desde el instante que el injerto es hecho el jardinero no reconoce más éste como  un árbol silvestre, sino que lo llama por el nombre de la variedad de manzano que él ha injertado.

Así es con nosotros; ambas naturalezas están allí. Aun así Dios solo reconoce la nueva naturaleza, y nosotros, habiendo recibido el Espíritu Santo, no estamos, "en la carne, sino en el Espíritu" (Rom. 8:9)

Si la vieja naturaleza está aún allí, ciertamente debemos hacer algo. ¿Cómo debemos tratarla?

No debemos, por supuesto, ser insensibles a su presencia, tampoco podemos ser impasibles ante sus actividades en nosotros, pero al mismo tiempo ninguna suma de resolución  o esfuerzo humano valdrá de algo.

Nuestra sabiduría es  estar en línea con los pensamientos de Dios y tratarla como Dios lo  hace. Debemos comenzar por reconocer que usted está ahora identificado con la nueva naturaleza y autorizado a desconocer la antigua naturaleza. "no soy yo quien hace esto, sino el pecado que mora en mi" (Rom.7:17). La nueva naturaleza es su verdadera  individualidad, no la antigua, justo como el manzano cultivado es el árbol tan pronto como  el injerto es efectivo.

Esto siendo así, su tratamiento de la vieja naturaleza es simple.  El jardinero  mantiene una  aguda mirada sobre este árbol injertado. Si  el antiguo trata de hacerse reconocer, y arroja retoños desde las raíces, el corta estos retoños tan pronto como ellos aparecen. Para hacer así debe hacer que la cruz de Cristo trate como las tijeras agudas sobre la vieja naturaleza y sus pecaminosos deseos.

"Mortificad por tanto vuestros miembros que están sobre la tierra" (Col.3:3). Las  palabras  que he enfatizado responden a los retoños del viejo árbol.

Para esto usted necesita energía espiritual, coraje y propósito de corazón, que no posee en sí mismo. Su único poder es simplemente mirar al Señor Jesús, y ponerse sin reserva en las manos de Su Espíritu.

"Si a través del Espíritu hacéis morir los hechos del cuerpo viviréis" (Rom.8:13)

¿Es por un gran acto de nuestra propia voluntad que finalmente obtenemos el poder del Espíritu y vencemos, o es por rendirse a Dios?

Que la misma Escritura responda. "sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia" (Rom.6:3). "así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia". (Rom. 6:19). "Más ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna" (Rom.6:22)

La idea de que el poder necesario se obtiene por un acto de nuestra propia  voluntad parece un último desesperado intento por obtener un poco de crédito para la carne, en lugar de condenarla totalmente y dar la gloria a Dios.

¿La nueva naturaleza en el creyente nunca alcanza tal perfecto crecimiento como para presentar una prueba contra los deseos de la antigua naturaleza?

2 Cor.12 muestra muy claramente que no. En ese  capítulo leemos que el apóstol Pablo, privilegiado sobre todos los otros cristianos, fue arrebatado al tercer cielo_ la inmediata  presencia de Dios. Después de escuchar allí cosas que  ningún lenguaje  humano podría  expresarlas, él fue dejado para reasumir su vida ordinaria sobre la tierra y él nos dice que Dios le dio desde ese momento un aguijón en la carne_ alguna debilidad que contrabalanceara_ para que él no se exaltase sobre medida, a  causa de la  grandeza de las  revelaciones.

Ahora, reconocidamente el cristianismo de Pablo fue de un tipo muy avanzado y extraordinario, aun así, y con una permanencia momentánea en el tercer cielo, él no fue en si mismo ninguna prueba  contra la exaltación propia que es inherente a la vieja naturaleza.

Si él no lo fue, tampoco podemos serlo nosotros.

¿Puede usted dar algún indicio que nos ayude a distinguir prácticamente entre los deseos e impulsos, que brotan de la vieja naturaleza, y aquellas que  brotan de la nueva?

No puedo darle algo que lo dispense de la palabra de Dios, y de la necesidad de arrodillarse en oración con un corazón ejercitado. La palabra de Dios es "viva y poderosa  y más cortante que una espada de doble filo." Solo ella puede discernir los pensamientos e intentos del corazón (Heb.4:12), y el trono de gracia  está disponible siempre para que podamos encontrar gracia para la ayuda  oportuna (Heb.4:16).

La palabra de Dios y la oración, entonces, son absolutamente necesarias, si hemos de distinguir y  desenredar los pensamientos y deseos que encontramos dentro de nosotros.

Reconociendo esto, sin embargo, puede ayudarnos si recordamos que justo como la brújula del marinero indica hacia el norte, de la misma manera  la nueva naturaleza indica y dirige a Dios y la vieja  al yo. Todo lo que tiene a Cristo por su objeto en una, y lo que tiene al yo por su objeto es la otra.

Esto siendo así, miles de preguntas  que perpleja serían resueltas por preguntar, ¿cuál es el motivo secreto que actúa en mí en esto? ¿Qué sea  glorificado Cristo o el yo?

 

 

F. B. HOLE