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DIOS EN TODAS LAS COSAS

Rudolf Brockhaus


 

Un  ojo sencillo y un corazón de niño son un precioso don  de Dios. Todos los creyentes podrían y deberían poseerlos, pero desgraciadamente lo encontramos raramente entre los hijos  de Dios. El poder, la razón y la voluntad propia,  juegan  habitualmente un  gran papel   y el ojo de la fe es turbado, la mirada se oscurece y el corazón es  incapaz de comprender los caminos  de Dios, y de  recoger su acción misteriosa y escondida en todas las  cosas. Es una gran pérdida para nosotros, y una deshonra para nuestro Dios.

Nada ayuda más al cristiano que  busca su camino en la paz y en el consuelo, tener la costumbre de  ver al Señor en todas las cosas  más que soportar las dificultades y las tentaciones del peregrinaje  y  glorificar   a Dios.   No hay ninguna situación, ninguna circunstancia, ningún acontecimiento en la vida de un creyente poco importantes o tan insignificantes como aparecen el ojo natural, que no puedan ser considerados como mudos mensajeros de Dios. Si solamente nuestro ojo es sencillo, nuestro oído  atento, nuestro corazón como el de un  niño y nuestra razón inteligente,   haremos la experiencia bendita y preciosa de la acción divina;  experimentaremos que Él  pone la mano en las cosas más comunes de esta vida, y que Él   se agrada  en conducirnos con una  simple  señal de Su ojo. ¡Oh! ¡Si solamente  dejáramos más a menudo  que nos dirija de esa manera, para que  El no necesite ponernos  freno y  rienda!

¡Cuán grande y digno de adoración es nuestro Dios, Creador del cielo y de la tierra, qué desciende hasta ocuparse de las cosas más pequeñas y menos importantes! El que dijo en otro tiempo: ¡« Sea la luz», qué sostiene y mantiene todas las  cosas por la Palabra  de su poder, se ocupa también del pájaro sobre el tejado, y cuenta los cabellos de nuestra cabeza!  Para  nosotros, las  cosas parecen grandes o pequeñas porque las medimos según nuestra fuerza y  capacidad. Pero para Él, el Todopoderoso, no hay nada grande y nada pequeño. Le es tan fácil llamar a la existencia  a millones de gente, como alimentar  a los críos del cuervo. Su maravillosa grandeza   se manifiesta tanto en la tempestad furiosa  como  en el murmullo dulce de la brisa, en el cedro majestuoso de Líbano  como  en la pequeña violeta que florece a lo largo del camino.


¡Si solamente tuviéramos  ojos más sencillos  para ver, corazones más inocentes para comprender! Si en las circunstancias diarias,  viéramos   solamente que lo que el hombre natural ve  — acontecimientos muy naturales, tales como la vida humana  ,  fruto del  día a  día, — la vida  sería  una  uniformidad fastidiosa, y no valdría casi la pena vivirla, o bien  llegaría a ser una carga pesada que haría desear  que se  acabase lo más pronto posible. Pero si distinguimos allí a Dios en cada cosa, adquiere un precio inestimable, un significado profundo en  una dirección   renovada, y un atractivo maravilloso para el ojo de la fe; entonces  vemos así, en todo,   la mano de un Padre sabio, muy poderoso y cariñoso; reconocemos a cada paso los trazos benditos de  su presencia y de su acción. Apenas necesitamos decir hasta qué punto la vida de oración, las relaciones íntimas con  el Padre son confortadas por esto mismo. ¡Cuán  dulce y refrescante  es  oír  la oración simple de un creyente qué experimentó durante su carrera la fidelidad y la bondad de su Dios, y que al mismo tiempo aprendió a conocer  su  entera nulidad de su propia fuerza y de su propia sabiduría! Le expone, al Padre, todas sus demandas, las grandes y las pequeñas con oraciones, súplicas y acciones de gracias,  vuelca   todas sus preocupaciones,   grandes y pequeñas, sobre Él, que siempre está dispuesto a  llevarlas: « y  la paz de Dios que sobrepasa toda inteligencia guarda su corazón y sus pensamientos en el Cristo Jesús»  (Filipenses  4).  ¡Bienaventurado aquel que, en todo, hace del Señor su confianza y su fuerza! Para  Él  cada día tiene su importancia, y no se equivoca en  el  día de las «pequeñas cosas». La historia de cada día despierta su simpatía; ¿y cómo podría ser de otro modo, ya que tiene  importancia para su Dios y Padre?

Aprendemos por  la Escritura que no hay, para el creyente, ninguna suerte, ninguna cosa fortuita. Y entre todos ellos, el libro del profeta Jonás nos da pruebas sorprendentes de esta verdad. En toda la historia del profeta, la intervención de Dios se muestra por todas partes, hasta en las cosas más comunes. ¿No  será lo  mismo  para nosotros  el  día cuando veremos toda nuestra historia a  la luz de la presencia divina?  Estaremos sorprendidos  entonces de nuestra vista corta, de la debilidad de nuestro entendimiento, de nuestra pequeña fe, de nuestra locura. Y admiraremos la bondad, la fidelidad, la paciencia maravillosa de nuestro Dios, cuya mano dirigió todos nuestros caminos aquí abajo, y nos condujo hasta el fin con una misericordia infinita.
No quiero entrar en una explicación detallada del libro en cuestión, sino solamente llamar la atención de una expresión que  allí se encuentra  muchas veces: “Jehová tenía preparado ». El  Espíritu Santo  nos deja  poner  una mirada detrás de la escena, y nos muestra la acción escondida  de Dios. Es Él quien tiene todo en Su mano: el viento y las olas,  el calor y el frío,  el hombre y la bestia, y conduce todo según el consejo de Su voluntad.

En el primer capítulo, el Señor envía una gran tempestad para hablar al alma y a la conciencia de su siervo  desobediente. Jonás quería librarse del mandato  divino, embarcándose  en  una  nave que iba a Tarsis  Nínive estaba al este de Palestina, Tarsis al oeste.  Dios le dice: “anda a la derecha”, pero Jonás va a la izquierda.  Así  es el hombre. « Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave (Jonás 1: 4). Esta sola tempestad hubiera  hablado al profeta de manera terminante y severa, si solamente su oído hubiera estado  abierto para oír  la voz de Dios. Era un mensaje solemne que Dios le enviaba. Jonás es el que  necesita  ser enseñado y restituido por el buen camino, y no los pobres marineros paganos. Para ellos, una tempestad no era nada nuevo o extraordinario, era sólo uno de los acontecimientos corrientes de la vida del marinero. Pero había en el barco un hombre para el cual esto era algo especial. Y, cosa maravillosa, los marineros paganos observan muy rápidamente que Dios está contra ellos, mientras que Jonás, el profeta de Dios, está acostado al  interior de la nave, y duerme tan profundamente que  el jefe de los remeros debe despertarle bruscamente interpelándole. ¡Qué lección importante para nosotros!

¿Cómo  un creyente   puede, podemos bien  preguntarnos,  llegar a ser tan insensible? Nuestra historia prueba que esto es posible. Sólo cuando los marineros echaron  suertes para saber a causa de quién la desgracia les alcanzaba, sí, es sólo cuando la suerte cae sobre el profeta y cuando los hombres le preguntan  de dónde viene y  cuál  es su ocupación,  Jonás se da cuenta de su desobediencia. Entonces  entiende  la voz del mensaje de Dios y reconoce que es a causa de él que el Señor habla tan enfáticamente. Sobre su propia sentencia, los marineros angustiados   echan  al profeta al mar. Para ellos, el asunto se acabó, pero no  así  para Jonás ni  para Dios. Los marineros ya  no ven más a Jonás, pero  Dios si le   veía y pensaba en él.

¡Dios en todas las cosas! Jonás se encuentra en una nueva posición, en  una nueva circunstancia, pero  aun allí  el mensaje de Dios puede alcanzarle. El creyente jamás puede encontrarse en una posición en la cual el brazo de su Padre sea demasiado corto y donde su voz no pueda alcanzar su oído. Cuando Jonás fue echado al mar,  «Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás ».  Jehová preparó la tempestad, es Él quien prepara  el pez. Un gran pez no es nada extraordinario. Hay muchos en el mar. Pero el Señor preparó especialmente uno para Jonás, con el fin de que fuera  un mensajero de Dios para su alma. Y  aquí, en el vientre del pez, Jonás reflexiona,  y llega a ser bajo estas  circunstancias y hasta en sus palabras  un tipo de Cristo.
Pasemos ahora al último capítulo; encontramos allí a nuestro profeta en Nínive. Les había anunciado el mensaje de Dios a los habitantes de la ciudad;  con  su predicación,  se  habían vuelto de su mal camino, de modo que Dios se había arrepentido del mal que había hablado de hacerles a causa de sus pecados. Jonás  está descontento y discute con Dios. Habría preferido asistir a la destrucción de esta gran ciudad, llena de habitantes, que  ver la gracia y la misericordia de Dios.  No podemos impedir  decir "pobre Jonás"; pero  pensemos que nuestros corazones  no hubieran sido diferentes del corazón del profeta.  Estamos hechos de  la misma carne y capaces  también de la misma locura.

Jonás parece haber olvidado completamente las verdades de las que se había enterado durante los tres días pasados en  el vientre del pez, y necesita recibir una nueva advertencia de parte de Dios. ¡Oh! ¡Cuán lleno de gracia y misericordioso es nuestro Dios! Se ocupa de nosotros sin cansarse, y nos enseña pacientemente las mismas lecciones. «Y preparó Jehová Dios una calabacera, la cual creció sobre Jonás para que hiciese sombra sobre su cabeza, y le librase de su malestar;» (. 4:6). ¡Qué gracia! La  calabacera como el gran pez, formaban un anillo  en la cadena de circunstancias a través de las cuales el profeta debía pasar según  el propósito de Dios. 


Aunque muy diferentes,  ambos eran  mensajeros de Dios para su alma. « Jonás se alegró grandemente por la calabacera.»  Antes había pedido morir; pero no era  el resultado del deseo  santo de dejar esta pobre tierra y  estar  para siempre en el descanso,  sino el resultado de su descontento y de su decepción. No era la felicidad del futuro, no, hasta los sufrimientos del  presente   despertaban en él  el deseo de morir; era el orgullo herido, la vana preocupación de su renombre de profeta.


   A menudo los sufrimientos del presente  despiertan en nosotros el deseo de  partir y  estar con Cristo. Deseamos ser librados de  la  dificultad presente; pero, cuando el mal momento ha  pasado, el deseo  ya  se termina. Si,  al contrario,  la Persona del Señor  es el objeto de nuestro deseo, suspiramos por Su  venida  para verlo cara a cara, «tal como Él es  », y las circunstancias exteriores tienen poca influencia sobre nosotros. Este deseo es entonces muy grande durante los días de sol y  tranquilidad, como durante   aquellos  de tempestad y de opresión.
Cuando Jonás se encontró sentado al amparo de la calabacera, no tuvo ningún deseo de morir. Su alegría, respecto a la planta y respecto a su sombra fresca, le hizo olvidar su mal humor; y precisamente esto prueba cuánto necesitaba un mensaje especial del Señor. El estado de su alma debía ser manifestado y fue  así su profunda vergüenza. El Señor puede emplear todo para descubrir los secretos y las profundidades del corazón humano, como  una planta  que «en espacio de una noche nació»; y lo hace para nuestra eterna felicidad y para la gloria de Su Nombre. Verdaderamente el cristiano puede decir:           « Dios en todas las  cosas». Puede percibir su voz en los  gruñidos de la tempestad como en una planta marchita.
Sin embargo no llegamos  aun al  término de los caminos  de Dios hacia Jonás.  La calabacera era, como lo dijimos, un anillo en la cadena de las circunstancias; ¡el anillo siguiente es un gusano! «Pero al venir el alba del día siguiente, Dios preparó un gusano, el cual hirió la calabacera, y se secó. » El gusano, tan insignificante, no  es menos  un  mensajero de Dios, totalmente igual  como la tempestad y el gran  pez. Un gusano puede hacer maravillas, cuando es Dios quien le emplea.  La calabacera se secó.


«Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza,»“. Todo debe ocurrir para hacer que Jonás reconozca  su culpa. Un gusano y una ligera brisa — Medios maravillosos en la mano de Dios. ¡Pero  justamente en su aparente debilidad  se revela  la grandeza de nuestro Padre celestial! La tempestad, el gran pez, el gusano, el viento dulce de oriente — todos  ellos están en su mano  como instrumentos para el cumplimiento de sus intenciones de amor. El mensajero más insignificante como el más poderoso debe secundar sus propósitos. ¿Quién  habría  pensado que juntos  una tempestad y un gusano   podrían ser los medios para  cumplir una obra de Dios? Sin embargo  fue así.  Como lo hemos notado  al comienzo, grande y pequeño son sólo expresiones  usadas  entre los hombres. Ante Dios, no hay nada grande, nada pequeño.  Él cuenta la multitud de las estrellas, no olvida al pájaro sobre el tejado. Hace de las nubes su comitiva, y de un corazón humilde su morada.

Es por eso que, una vez más: «Dios  en todas las  cosas». Para el creyente, no hay azar, nada que sea  sin importancia en todo lo que se  encuentra. Puede pasar por las mismas circunstancias que  los otros hombres, y haciendo frente a las mismas tentaciones; pero no debe interpretarlos según los mismos principios. Estas circunstancias hablan a su  oído abierto   con  otro lenguaje que al oído del hombre natural. Deberíamos  distinguir la voz de Dios y reconocer a sus mensajeros en las cosas más  comunes  como en las más importantes de cada día.   Se  harían  así experiencias preciosas. 

 El sol que sigue su curso majestuosamente, y el gusano que se arrastra en una planta, los dos  han sido creados por Dios, y  ambos pueden concurrir para la ejecución de sus insondables propósitos. Es el mismo Dios «quién afirmó todos los términos de la tierra,  que   encerró los vientos en sus puños,  ató las aguas en un paño» Proverbios 30:4), Quién prepara al cuervo su alimento» (Job 38:41) y refresca la hierba por su rocío. ¡Este Dios es nuestro Dios de la  eternidad!


« Alábenle, los reyes de la tierra y todos los pueblos, Los príncipes y todos los jueces de la tierra; Los jóvenes y también las doncellas, los ancianos y los niños. Alaben el nombre de Jehová, Porque sólo su nombre es enaltecido.
Su gloria es sobre tierra y cielos» (Salmos 148: 11,12, 13).

  Rudolf Brockhaus